Common People (vol. El ojo de Bono)

Tres Anuncios en las afueras

But still you’ll never get it right,
’cause when you’re laid in bed at night,
watching roaches climb the wall,
if you called your Dad he could stop it all.

[Common People, Pulp]

Supongo que los políticos también son common people like you, aunque unas veces su zafiedaz otras su carisma u otras su zalamería nos hipnotizen y o asqueen hasta parámetros insospechados. Resulta harto complicado abstraerse de su imagen pública -quizá mérito intencionado de sus gabinetes propagandísticos- e imaginar a Oriol Junqueras jugando una pachanga de central en la cárcel de Estremera (y lesionando a un atracador de bancos).

Imagino a Rajoy en un despacho de Moncloa identificado como usuario anónimo, “gabioto_55″, en un chat de diario deportivo comentando partidos de narración online y escribiendo “puto árbitro, menudo penalti se ha tragao” o “Ramos oh mi capitán eres el puto amo, machaca a los ingleses” mientras le burbujea la saliva en las comisuras de los labios.

Imagino a Irene Montero excitada elaborando su argumentación en defensa de su uso incorrecto del lenguaje con la palabra “portavoza” antes de exponerlo en la sesión del Congreso. Y que por la cabeza le ronden pensamientos como que “portavocía” es femenino, vaya, había sido una alternativa, pero no habría llamado la atención porque no es discriminatorio, y España, España también es femenino porque termina en “a”, así que nuestro país es chica y lleva falda, qué cosas, y todo lo que significa nuestro país también termina en a: España es insolidaria, es machista, es hipócrita, es envidiosa. ¿Y por qué la “a” es femenina si tiene rabito y no es femenina la “o”? ¿Por qué no hablamos de Españo?

Imagino a la señora Angela Merkel bajándose las bragas en el baño de un hotel en el que ha ofrecido un desayuno informativo a la prensa, estreñida, bisbiseando en alemán por su inesperado infortunio y maldiciendo a la corresponsal del Frankfurter Allgemeine Zeitung que casualmente aprovecha en ese instante para acicalarse frente al espejo del aseo.

Imagino a Pablo Iglesias en su sofá, con un chándal viejo y el pelo mojado, leyendo a Bolaño y tropezándose con el párrafo “Las mujeres son putas asesinas, son monos ateridos de frío que contemplan el horizonte desde un árbol enfermo, son princesas que te buscan en la oscuridad, llorando, indagando las palabras que nunca podrán decir. En el equívoco vivimos y planeamos nuestros ciclos de vida”. Y después sentirse sucio y mirar a los lados de forma inocente para comprobar que nadie lo haya sorprendido leyendo indecencias.

Imagino a José Bono acompañando a su padre a la consulta del médico a revisión de una operación de cataratas. Y allí, los dos sentados esperando su turno, él agacha la cabeza para diluirse discretamente entre los pacientes mientras consulta la previsión del tiempo para el fin de semana que viene en el móvil; tiene intención de subir a esquiar. Otro paciente abre una ventana y fuera el tiempo es tan ventoso que arrastra polvo, hojas y minúsculas partículas al interior de la sala de espera. Una diminuta astilla y o piedrecita salta al ojo de Bono, redondo, grande, respingón y, ahora, lloroso. El ojo, enrojecido y húmedo, sufre frotes desesperados por parte de su propietario, sin mucho éxito, porque la minúsucula astilla se ha cobijado cómodamente entre el párpado y el globo ocular. La enfermera abre la puerta para hacer el llamamiento a José Bono padre pero cuando ambos se levantan los mira sin saber quién será el paciente, si el viejo o el llorón.

La ira siempre engendra más ira

Tres Anuncios en las afueras

Pequeña de las dudas infinitas,
aquí estaré esperando mientras viva.
No dejes que todo esto quede en nada
porque ahora estés asustada.

[De las dudas infinitas, Supersubmarina]

Algunos tienen la malísima costumbre de preguntarte al salir del cine qué te ha parecido la peli. ¿Te he preguntado yo acaso qué tal te ha sentado el cocido antes de terminar el postre? ¿Tan ágiles son tus engranajes mentales para extraer conclusiones durante los títulos de crédito finales? Debes ser de esos que dicen que esa película la han visto y se saben de qué va y entonces ya no tiene más interés.

Habíamos pagado diez euros por ver Tres anuncios en las afueras en el cine el día de su estreno en España. No por ansia cinéfila sino por casualidad -el estreno- y descarte -menuda cartelera-. Y si bien las expectativas iniciales no eran altas, la asociación mental coste-precio nos empujaba a una desconfianza razonablemente pesimista.

Y sin embargo, desde entonces se me repiten periódicamente algunas escenas, como esa en la que un personaje chirriante recuerda que la ira siempre engendra más ira. Y, por supuesto, la escena final que, además de brindar un giro más que inesperado para los tiempos que corren, carga de sentido a toda la historia.

Tres anuncios en las afueras narra la lucha de una madre contra las autoridades locales por no haber cerrado con éxito y culpable la investigación por la desaparición, violación y muerte de su hija. En torno a ese guión se presenta un pueblo casi perdido, Ebbing, en el que se identifican características frecuentes en estas pequeñas localidades: disfunciones emocionales, comportamientos hiperbólicos, explosiones de furia desmedida, frustraciones perennes, inexistencia de empatía y comprensión, conductas autómatas, y muchas otras cosas de esas que de buen grado estudiarían muchos psicólogos y psiquiatras.

Y como toda la historia se circunscribe en ese remolino de disputas personales, adquiere un peso incuestionable la repetida frase de que la ira siempre engendra más ira. Por lo que he navegado por Wikiquote esa cita es de Ovidio. Confucio lo expresó como si te enfadas, piensa en las consecuencias. Aunque prefiero el refrán que recuerda que la ira acorta la vida.

No tengo nada más que añadir, Señoría.

2017 o el año de la mitosis

Tour de France 2017
Lo importante es saber cómo caerse.

Como animal metódico vuelvo un año más a repasar algunos aspectos que considero reseñables del año que ya terminó, sin más preámbulos ni digresiones…

>>> TWITTER - Un puñado de tuits marcados para reír o llorar <<<

  • Sobre la playa - Me encanta la playa. Me molesta un poco la sal, la arena, el sol y la gente. Pero por lo demás es maravilloso.
  • Sobre Mr. Trump - Elect a clown, expect a circus.
  • Sobre Cataluña - Los del Parlament no son informáticos. Jamás sacarían una República a producción un viernes a las 15.30.
  • Sobre los toros - A la gente honrada se nos torea porque si no nos extinguiríamos.
  • Sobre el dolor - “Entre el dolor y la nada, prefiero el dolor” decía Faulkner.
  • Sobre la vida - Querida vida: por ahí no es.
  • Sobre la dignidad - Cada minuto que pasa me siento feliz de comprobar que el esfuerzo no siempre lleva al éxito, pero sí al amor propio y la dignidad.
  • Sobre la muerte - Faulkner escribió en «Mientras agonizo» que «la única razón para vivir es prepararse para estar muerto durante mucho tiempo».
  • Sobre la sonrisa - Lección de gente lista: la sonrisa desarma. Nunca sabrán si la tienes porque eres feliz, eres tonto o te ríes de ellos.
  • Sobre el amor - Serge Gainsbourg repetía continuamente la frase de Balzac según la cual en el amor hay siempre uno que sufre y otro que se aburre.
  • Sobre la edad - “El entusiasmo es el pan diario de la juventud. El escepticismo, el vino diario de la vejez”, Pearl S. Buck.
  • Sobre el dinero - “El mundo se divide en dos categorías: los que tienen el revólver cargado y los que cavan”, Sergio Leone.

>>> LITERATURA - Esa cosa vieja de papel y tinta <<<

Voy a remarcar el quinteto de libros que más me gustaron en 2017:

  • La España Vacía (Sergio del Molino) - un libro de la estantería perenne.
  • Mientras Agonizo (William Faulkner) - asfixiante obra maestra.
  • La lluvia amarilla (Julio Llamazares) - me quedé como enamorado al leer esta novelita, pensando todo el día en ella, sufriendo con un dolor nítido e íntimo. Andrés se apaga y con él muere su pueblecito pirenaico, Ainielle, en un monólogo perturbador sobre el tiempo que se va, la memoria que se evapora, las alucinaciones que centellean y la nieve que cubre con manto blanco la vida lenta.
  • Plataforma (Michel Houellebecq) - aunque no sea mi novela preferida del escritor francés sigue estando bastantes peldaños por encima de casi todo lo que se publica hoy. Una vez más, feroz e incisivo, mete la llaga en males contemporáneos como el turismo sexual, el terrorismo islámico, la desigualdad de la riqueza, la turismofobia y las vidas aburridas, ¡qué más quieres?
  • Sostiene Pereira (Antonio Tabucchi) - aunque esté escrita por un italiano esta novela está ambientada en Lisboa durante el régimen de Salazar. Pereira es un periodista tranquilo y aburrido encargado de la sección cultural de un periódico local. Y existe una posibilidad remota de que perturben la paz de un señor aburrido que solo come omelettes a las finas hierbas.

También el quinteto de los suplentes, aquellos que están bien pero podría haber sobrevivido sin ellos, la clase media:

  • En la orilla (Rafael Chirbes) - esta novela es tan notable y disecciona con tal precisión la crisis de estos últimos años, sus causas y consecuencias, que termina cansando en su genialidad. Ha sido demasiado tiempo de pesimismo y desilusión como para seguir rebozándose.
  • Instrumental (James Rhodes) - autobiografía de un músico de cuna pudiente que sufre abusos sexuales en su infancia y trata de salir del trauma utilizando como terapia la música clásica. Los intelectuales apalean a Rhodes con tanta inquina como éxito goza entre el público generalista, tanto su libro autobiográfico como sus conciertos. Debo ser muy poco intelectual porque me pareció un libro bastante ilustrativo y didáctico.
  • Luz de agosto (William Faulkner) - un novelón lúgubre y de personajes sucios que van incorporándose a nuestro imaginario a fuerza de desgarros y que, me temo, permanecerán ahí durante muchos años. La suciedad de Faulkner mancha.
  • Mientras haya bares (Juan Tallón) - a ver, lo compré por el título, evidentemente, y un poco también por la editorial (Círculo de Tiza) y porque el autor es joven y tendrá que sacarse un dinerillo para unas copas. Se lee como se mondan pipas; se saltan páginas lúcidas, se tropieza en anécdotas curiosas y ágiles que se olvidan a medida que se leen.
  • Pedro Páramo (Juan Rulfo) - la pongo aquí porque es mi lista y hago lo que quiero, aunque esté entronizada en la cumbre de la literatura universal. Realismo mágico con tantos vericuetos formales que mi paladar es incapaz de saborearla con intensidad. Comala mola más como mito que como lugar.

Y por último voy a señalar algunos de los que tampoco habría pasado nada si no los hubiese abierto, por si estoy a tiempo de recomendar su no-lectura:

  • La insoportable levedad del ser (Milan Kundera) - lo que resulta insoportable son sus toneladas de existencialismo pasado de moda y esa perspectiva de enfocar la vida de una pareja con altibajos emocionales.
  • La mirada de los peces (Sergio del Molino) - lo compré por ser del autor de La España Vacía y sin saber qué me encontraría, y lo que encontré fue un libreto de memorias de juventud del joven escritor en el barrio de San José de Zaragoza y una hagiografía de su profesor de filosofía del instituto. Supongo que tenía el dinero de la editorial encima de la mesa por el éxito de ventas de La España Vacía y luego pasan estas cosas.
  • Amberes (Roberto Bolaño) - amigo Roberto, con lo que yo te quiero y que me hagas esto, que me he gastado cientos de euros en tus libros para que tus descendientes no pasen penurias, como tú querías, pero no hacía falta llegar a esta novela poética de juventud, por mucho que te sintieses orgulloso de su prosa poética inconexa.
  • Bésame mucho (Carlos González) - esto va de bebés y la crianza. Carlos González viene a decir que a los bebés hay que quererlos mucho, abrazarlos mucho, y hacer siempre lo que pidan, bien sea teta, brazos o compañía; que ya crecerán y habrá que educar, pero en etapas posteriores de su desarrollo. Pues vale, muy bien, pero en un artículo me lo habías contado.
  • Para siempre (Susanna Tamaro) - es la novela dramática sobre la tristeza y el poder regenerador de la naturaleza que podría escribir una italiana, demasiada glucosa y conflicto existencial.

Y, por último, vamos a enumerar una serie de propósitos lectores de cara al 2018:

  • El disputado voto del señor Cayo (Miguel Delibes) - ya lo he empezado y, de momento, parece que lo escribió Delibes en un rato que no tenía ganas de trabajar. Eso sí, salta a la vista una percepción privilegiada de la política y su relación con las zonas despobladas: no gente, no votos, no interés.
  • Una habitación propia (Virginia Woolf) - más vale hoy en día ponerse en el bando del feminismo.
  • Corazón tan blanco (Javier Marías) - no he leído nada de Javier Marías y es hora de corregirlo.
  • El mundo de ayer (Stefan Zweig) - mi madre lleva años convenciéndome para que lo lea, y parece que la Europa actual lo recomienda con más ahínco.
  • Solenoide (Mircea Cartarescu) - mi olfato de listas de mejores libros del 2017 me dice que este año este libraco es el ganador, por eso lo he regalado para que luego me regrese prestado.
  • La alegría del amor (Javier de la Torre) - para trabajar el amor y la convivencia en el matrimonio a través de la catequesis.
  • El ruido y la furia (William Faulkner) - regresaremos a Yoknapatawpha algún rato si el tren lo permite.
  • La vida negociable (Luis Landero) - siempre viene bien exprimir a un antihéroe castizo.
  • Mortal y rosa (Francisco Umbral) - me encantó en su día y creo que se merece una relectura, creo que ahora lo entenderé mejor.
  • El último día del invierno (Miguel Pérez de Castro) - novela de un joven escritor villaescusero presentada en agosto y que está ahí en el escritorio esperando su turno.

>>> CAJA TONTA - Con la mente sintonizada <<<

Sigo siendo enemigo de llamar caja tonta a la televisión por identificarlo como el soporte que me permite disfrutar y sentir grandes emociones con películas y series de ficción.

Reconozco ya, muy a mi pesar, la grave crisis de creatividad que asola al cine tradicional y, no en vano, solo destacaría dos películas de las que he visto este año. Una, Verano 1993, española, humilde y precaria, de emociones sinceras en la narración del descubrimiento del mundo de una niña huérfana, dirigida por la joven catalana Carla Simón. Una película tan desnuda que en ocasiones parece un documental y ha sido seleccionada por España para los Óscar. La otra, en las antípodas, La La Land, el hito abarrotasalas anual que de forma cómica ganó el Óscar a mejor película por equivocación durante unos segundos. No es un peliculón de guión sobresaliente pero el buen rollo es contagioso y la interpretación de Emma Stone para enamorarse.

En el otro lado del ring, la madurez de las series de ficción, que cada vez atraen más inversión, guiones más atractivos y actores de mayor reputación. Destaco cuatro: The Young Pope, la historia de ese Papa tan bizarro como creyente, Black Mirror, capítulos hirientes de una distopía tecnológica que no entiendo cómo todavía no había visto, The Handmade’s Tale, otro mundo distópico creado por Margaret Atwood en la novela homónima sobre el sometimiento de la mujer en una sociedad cuasi estéril, y Stranger Things, esa miniserie ochentera maratoneable de la que todo el mundo habla y que no tiene más pretensiones que las que muestra a pecho descubierto.

Y para 2018, tenemos ya en el tintero: The Crown, The Leftovers, The Deuce, Big Little Lies y Fargo III.

El Odio del Ocio

El (o la) community manager de JotDown repite periódicamente el tuit “decidme, ¿qué se odia hoy?”, descargando todo su sarcasmo sobre la cibertribu tuitera de los odiadores profesionales, haters para los amigos, gente que se loguea reiteradamente en una red social con el cuchillo entre los dientes y se excita despedazando al personal. Se me antoja tremendamente deprimente malgastar tanto tiempo y energía en generar vibraciones negativas a nuestro alrededor.

Parece que hemos venido a internet a odiarnos, lo que equivale a confesar que nos pone sembrar nubes negras en nuestro tiempo libre y de ocio. Da lo mismo que sea con el representante de España en Eurovisión, con un torero, con Rita Maestre o con Pablo Motos. Y qué decir si el asunto va de feminismo y se descontextualiza una respuesta de una entrevista, como le pasó a Blanca Suárez. Qué frustrante y depresivo resulta leer las respuestas que genera cualquier tuit de un personaje relevante; cuando lees un puñado de reacciones lo dejas y casi sientes ganas de disculparte por haber entrado en esa sala abarrotada de hienas hambrientas.

Evidentemente no estoy descubriendo nada nuevo, la literatura que ha generado ya el fenómeno hater es inmensa, pero cada día resulta más penoso poder ejercer el derecho a la libertad de expresión. De un lado, porque al estar las lanzas siempre de punta resulta harto difícil expresar opiniones o ideas que puedan alejarse de lo tuiteramente aceptable, que a la postre es nada nadie nunca. Raúl del Pozo lo expresó como “en las redes sociales se cocina la censura actual”. De otro lado porque resulta complicado dibujar el contexto pormenorizado de cada opinión que se pretende defender cuando las hordas van a maltratar una parte o desfigurar el todo. Además, un hater no tiene ningún escrúpulo en mezclar churras con merinas porque en ningún caso su propósito será el de debatir sino el de destruir. Y para colmo, si el mensaje no es suculento se dirige la crítica al sujeto y no al objeto.

Se presenta cómodo, por tanto, destripar al aventurado iluso, máxime cuando debe enfrentarse a una jauría inquisidora, habitualmente numerosa y con capacidad para incendiar diversos frentes. En el génesis de las redes sociales los debates se eternizaban y difuminaban, hoy en día no queda más remedio que tragarse la impotencia, dejar a los haters con la chicha entre los dientes y tener fe en que sean mayoría los que capten un mensaje en su contexto y sin tergiversar. Y no, por supuesto, porque el mensaje primario aspire a erigirse como Verdad Absoluta©, que en muchas ocasiones las collejas son merecidas y en otras (léase Pérez Reverte o Soto Ivars) juegan a provocar a sabiendas de la susceptibilidad de las redes, sino porque las respuestas suelen apostar a la destrucción por la destrucción.

Algo así como la democracia del exterminio y la devastación. Un joven escritor lo expresó ayer de forma certera tuiteando “cada día me carga más el prestigio intelectual que tiene el desprecio” (supuse que como asustada respuesta al linchamiento que ayer mismo sufrió Antonio Maestre por escribir que en su infancia llevaba J’Hayber). Y es que existe un grupo de gente que siempre ve todo negativo y criticable, con un enfoque permanente de desprecio y reproche. Gente que, no sabemos si por interés propio o por oscura perspectiva vital, tiende a la destrucción y evita arrimar el hombro donde diagnostica un problema. Gente empeñada, en fin, en abrazarse a la crispación como modo de vida.

Hace pocos días redacté un mensaje de agradecimiento a todos los maestros que han pasado por el colegio de nuestro pueblo dejando huella en la esmerada educación sin complejos ni carencias que nos brindaron. En vez de recuerdos melancólicos de los lectores, los comentarios terminaron criticando a Cospedal y lamentando la desaparición de la banda de música del pueblo. Pobres maestros.

Burocracia™

Y deberías temer al todopoderoso
porque él quiere vernos muertos a todos
el espacio es infinito y estamos solos
todo es inerte, solo estamos nosotros
luchando en contra de la naturaleza
porque solo existe vida en este planeta
el milagro es que crezcan flores en la Tierra
al final siempre recoges lo que siembras.

[Islamabad, Los Planetas]

No puede ser. He buscado la palabra “burocracia” en el blog pensando que aparecería doscientas veces por tratarse de una de mis obsesiones vitales y resulta que solo existe una coincidencia y se refiere a la burocracia peruana. No puede ser. Solo lo admitiría considerándolo paradigma de resignación.

Adán mordió la manzana y Dios le dio la burocracia.

Cuando despertó el burocratosaurus todavía estaba allí.

La belleza salvará al mundo, si y solo si no lo mata antes la burocracia.

Todos podríamos relatar con sudores fríos epopeyas míticas de nuestros laberintos burocráticos. El que necesitaba constituir una empresa para abrir una cuenta bancaria y el banco requería la constitución de la empresa para abrir dicha cuenta. Las autorizaciones que se demoran meses saltando de mesa en mesa de la administración. La infinita impotencia de Darín en Relatos Salvajes.

Mi depresión brota del dolor de conciencia por ser piedra del bloque jugando un papel dentro de ese sistema infernal, rellenando impresos y firmando documentos eternamente (firma electrónica tecleando una contraseña en el móvil varias veces al día). Alimento al monstruo que me mata. Entre los ratos de terapia psicológica con los vecinos y los ratos de burocracia se pasan los días. Desde que nace una idea hasta que se formaliza pasan dos semanas, pero desde entonces hasta que se superan los millones de obstáculos administrativos pasan dos años. En el mejor de los casos.

Día tras día intento buscar la justificación. Encontrar un asidero al que agarrar la necesidad de los papeles que nacen, crecen, se firman, se reproducen y desaparecen. Podría sospechar que la coherencia y responsabilidad de un mundo globalizado se sostiene en el papel y la firma, pero carezco de fe.

Dios mío, si nos diste la burocracia, al menos podrías habernos dado fe en su papel.

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