¡Europa!

Zweig

The weight of the world is in our hands, right
straight as my oath that I live by
don’t even know what we’re fighting for.

[Misery Company, Kaiser Chiefs]

Haya querido la providencia que devore las últimas páginas de “El mundo de ayer: memorias de un europeo”, la autobiografía del judío austríaco Stefan Zweig, en este contexto socio-político tan inestable e impredecible y en unas semanas en las que se anuncia el acuerdo para que Gran Bretaña abandone la Unión Europea, Italia se limpia los mocos con las recriminaciones europeas a sus próximos presupuestos, unos catalanes inician huelga de hambre por considerarse presos políticos, una formación extremista se abre paso en autonómicas nacionales y el gremio de los politólogos se rasga las vestiduras por la marcada tendencia centrífuga de los resultados electorales a lo largo y ancho de nuestro viejo continente.

“El mundo de ayer” es un imprescindible incuestionable de esos que no necesitan recomendación. Más aún, casi considero indigno atreverme a comentar algunas ideas y sensaciones transmitidas en un libro tan lúcido y conmovedor, un libro donde cada página es un regalo en forma de minuciosa descripción, de amena anécdota, de curioso secreto o de reflexiva idea. Y si alguna nota quería adjuntar casualmente hoy han sacado del horno un artículo titulado Ver la historia desde el palco que ronda el concepto de las devastaciones inexplicables y la inocencia con que recibimos modificaciones legislativas con recorrido de fondo.

Imaginar conflictos bélicos tan terribles como las dos grandes guerras del siglo veinte que sufrió Zweig se antoja, a día de hoy, tanto simplista como alarmista, incluso a pesar de los indicios y paralelismos en los comportamientos sociales, así como en la gestión política del miedo y el odio que toleramos en la actualidad. A pesar de la distancia, no obstante, es inevitable estremecerse en una analítica narración del caldo de cultivo que desemboca en una guerra: el odio intrínsecamente nacionalista al diferente, el miedo a la incertidumbre, la utilidad de la propaganda incisiva, la financiación de material bélico por empresarios poderosos y, sobre todo, la deslealtad y la mentira como herramientas infalibles para la movilización interesada de las masas.

La genial y actual radionovela Guerra 3, en su entradilla, repite: “¿Cómo empieza una guerra? Los libros de historia nos dicen que al principio de todo hay una explosión, un disparo. Un país invade otro, alguien muere, mueren cientos o miles. Pero no es cierto. Las guerras empiezan mucho antes del primer disparo.” Zweig esboza como un frío visionario el ascenso de Hitler y el contexto social alemán durante aquellos determinantes años treinta. Poco importa que lo relatase a posteriori, lo relevante es entenderlo y aprenderlo más allá de recursos literarios de advenimientos predichos. Pero si algo demuestra la historia es que se repite y no se aprende a corregir errores, como si fuese algo innato a nuestra genética.

En la base de toda la autobiografía subyace la idea de la Unión Europea a la que aspiraba el escritor judío y que se materializó mucho después de que él pudiese conocerla. Siempre he pensado que el hecho de cursar un año académico como Erasmus ha determinado mi concepción de Europa, tan afín a las ideas de Zweig: la necesidad de la unión, la solidaridad, la fusión cultural, el respeto, el entendimiento con concesiones y el progreso común. Más allá de efectos secundarios, errores cometidos e inconvenientes inherentes a las “super-administraciones”, los hechos han demostrado durante décadas las bondades de la Unión. ¿Sabremos cuidarla como se merece o preferimos asomarnos a abismos conocidos?

Stefan Zweig, de cuna pudiente, amigo de los hombres más relevantes del siglo veinte, felizmente casado y rico se suicidó en febrero de 1942 pocos meses después de publicar “El mundo de ayer”.

No os arrejuntéis taaanto

La Pesquera
Paraje de La Pesquera una noche otoñal y fría.

Ojalá que las hojas no te toquen el cuerpo
cuando caigan
para que no las puedas convertir en cristal.

[Ojalá, Silvio Rodríguez]

Hace unos meses publiqué un post acerca de la despoblación del mundo rural. Como sea que me han vuelto a invitar como ponente en un foro regional sobre el mismo asunto intentaré plasmar a vuelapluma unas cuantas ideas que recogí de las diferentes intervenciones. No vamos a arreglar el mundo pero suele ser beneficioso desahogarse y no inventar la rueda diagnóstico a diagnóstico.

Partiendo de la certeza de que la lucha contra la despoblación es un asunto complejo caracterizado por el mayor peso de los diagnósticos sobre las soluciones y sin un remedio geográfico integral, sí que se puede combatir en diferentes frentes para atenuarlo porque cada éxito en una batalla complementa a otras. Vamos a agrupar las medidas en tres grandes bloques bien diferenciados:

Bloque Económico: creación de empleo y explotación de recursos
Convertir la España Vacía en la España de las Oportunidades

  • Discriminación Positiva: necesidad de discriminación positiva a nivel legislativo en ámbitos que permitan formentar la creación de riqueza y de empleo. Por ejemplo, con normas urbanísticas específicas, con exigencias sanitarias atenuadas, con disminución de cargas fiscales, con ayudas a empresas, con subvenciones al comercio rural, con facilidades para la obtención de licencias de contrucción o de actividad,… En general, abrir el marco normativo jurídico y legislar pensando en las zonas rurales y no solo en los grandes núcleos urbanos.
  • Explotación de recursos propios: en determinadas circunstancias se debe innovar y ver nuevas oportunidades no descubiertas o explotadas. Se puede tomar a Teruel como ejemplo: genera riqueza a través de los dinosaurios en Dinópolis, a través de las estrellas en el Observatorio Astronómico de Javalambre, a través de relatos históricos como el de los amantes de Teruel en su recreación anual, a través de productos gastronómicos como la trufa negra en Sarrión y el queso en Albarracín o, por último, a través del aeropuerto sin pasajeros que se utiliza como aparcamiento y desgüace de aviones.
  • Transferencia de modelos de éxito: partiendo de un escepticismo prudente debido a la casuística dispar de cada comarca, en diferentes sectores se pueden encontrar ejemplos de prácticas exitosas que se pueden copiar, desde la promoción de la cultura o el turismo activo a la publicidad de la gastronomía, la conservación del patrimonio o la ornitología.
  • Explotación de recursos forestales: si las zonas rurales son los pulmones del país, tanto los propietarios forestales como las administraciones propietarias deberían “cobrar” una tasa por el rendimiento que sus bosques producen en favor de la calidad del aire y el medio ambiente. Algo así como la compra-venta de emisiones de CO2 entre países del Protocolo de Kyoto.
  • Aprovechar las ventajas que ofrecen las TIC: en un mundo cada día más ubicuo, las TIC se presentan como una herramienta óptima para el desempeño de profesiones con posibilidades de teletrabajo o deslocalizadas como los desarrolladores software, diseñadores gráficos, teleoperadores, museógrafos, arquitectos, traductores, artistas, artesanos, restauradores, redactores de contenidos, community managers, profesores de plataformas de e-learning y un largo etcétera. La ventaja primordial es que no implica la utópica creación de trabajo sino el traslado físico al área rural. El asentamiento, no obstante, se puede ver favorecido con medidas prácticas:
    • Creando espacios de coworking que generan sinergias positivas y mejoran la convivencia sociolaboral.
    • Fomentando los viveros tecnológicos que impulsen a autónomos emprendedores y aceleren start-ups.
    • Mejorando las comunicaciones -carreteras y transporte urbano- para mejorar los desplazamientos a las sedes de las empresas y así poder favorecer modelos mixtos teletrabajo-presencial.
    • Invirtiendo en la Smart Rural o “inteligencia artificial rural” para optimizar procesos agrícolas y ganaderos, aumentar la productividad y mejorar la sostenbilidad.

Bloque Servicios Públicos: garantizar la prestación de servicios públicos
Que la decisión del lugar donde vivir la tome el ciudadano y no la administración

> Acercamiento de los servicios administrativos a los pueblos o descentralización: como muestra, en Sajonia un autobús recorre zonas poco pobladas facilitando trámites administrativos a los ciudadanos de forma rápida y sencilla. Otra alternativa consiste en tejer redes de municipios repartiendo entre todos las sedes de los servicios públicos.

> Cobertura de banda ancha en todo el territorio: si se fijan compromisos gubernamentales de cobertura deben ser en base al porcentaje de territorio y no al porcentaje de población, que discrimina más si cabe a las regiones escasamente pobladas. Y al tiempo no obsesionarse con la tecnología puntera: no hace falta cobertura 5G y fibra óptica para trabajar en nuevas tecnologías igual que no hace falta un transatlántico para navegar por el Záncara.

> Desconocimiento estatal del mundo rural: un gobierno no puede impulsar la liquidación del diésel en comarcas que requieren vehículos con mucha autonomía para realizar desplazamientos cotidianos, incluso siendo conscientes de la necesidad de actualización del modelo energético, como tampoco puede igualar la cuota de un autónomo madrileño a la de un trabajador de la serranía conquense.

> Optimización de recursos: optimizar el volumen presupuestario de empresas públicas como Geacam para vertebrar y conservar el territorio y fijar población.

> Canalización de esfuerzos: las administraciones como la diputaciones deben planificar inversiones en líneas de desarrollo estratégicas que cobren fuerza a partir de su concepción de unidad. En este sentido la catalogación de la Unión Europea de “desiertos demográficos” debe favorecer las inversiones para el desarrollo.

> Garantizar la vida digna de la población envejecida: la edad media de los habitantes de los pueblos es muy elevada y se debe ofrecer una vejez digna por justicia social y porque permiten conservar a esa población en el mundo rural evitando su emigración con familiares o a ciudades con mejores servicios. Esta línea implica la creación y uso de residencias, viviendas tuteladas y ayuda a domicilio, entre otros servicios.

Bloque Psicológico: seducción, calidad de vida y autoestima rural
Make your village great again!

> Se habla de la creación de empleo como elemento clave para fijar población pero convendría hacer primero la pregunta: ¿por qué profesionales cualificados como médicos, enfermeros, administrativos o maestros que ejercen su labor profesional en el área rural no se establecen en los pueblos?

> Mejorar la autoestima rural: se deben centrar esfuerzos en trabajar la mentalidad sociocultural para aumentar la autoestima de los habitantes del mundo rural y que sean conscientes de que vivir en el pueblo no supone un fracaso sino una decisión vital. Trabajar la voluntad para valorar los argumentos objetivos que confirman que la vida rural es una alternativa válida mucho más allá de tópicos simplones como que “en el pueblo los tomates saben a tomate y todo el mundo te saluda”.

> Garantizar alternativas de ocio: evitar el aburrimiento como antídoto contra la depresión y deseo de abandono. Las TIC favorecen el ocio y ya no se puede considerar exótico que un pastor vea netflix; cualquier persona casi en cualquier rincón puede disfrutar de una amplia oferta de ocio a partir de un teléfono móvil. No obstante, se requiere una mayor dinamización cultural que permita a las poblaciones “ganar prestigio” y, a la larga, convertirse en receptoras de población.

> Combatir prejuicios y visiones pesimistas: el periodismo se acerca al mundo rural como a un zoo exótico y suele dibujar un mundo hermético, deprimido, sumiso y morboso. La concienciación de lo contrario debe demostrarse a nivel práctico y no teórico con ejemplos como acoger refugiados para combatir el estigma del miedo al que viene de fuera.

> Aprovechar el deseo metafórico de volver: la masificación y frialdad de las ciudades está favoreciendo la gestación de una corriente que aspira a recuperar la identidad, la cercanía, el sosiego y los vínculos humanos. Se debe trabajar para materializar en repoblación esa corriente y evitar la pérdida de cultura, de tradiciones locales, de conocimiento aprehendido a lo largo de siglos y de la propia historia de la tierra.

Un Hombre Jamás Duerme En Pijama

Obama

Tan sólo hay que mirar
debajo de la mesa
a ver si hay migas de pan.
Cúantas cosas quedan por barrer,
ya ni te agachas
y no te importa.

[Nunca estás a la altura, Klaus & Kinski]

Estupefacto al descubrir que en más de diez años de blog no he escrito la palabra “lenteja” ni la palabra “adular” porque eso significa que no se ha presentado la ocasión de traer a Diógenes para plasmar su certero aforismo: “si aprendieses a comer lentejas no tendrías que adular tanto al emperador”. Y después de escribirlo es difícil añadir nada más.

“El desencanto” es un documental mítico de Jaime Chávarri en el que la familia del poeta Leopoldo Panero abre sus miserias en canal. Documental, aunque algunos digan que se visiona más bien como película de terror, y mítico en su acepción más literal: “historia fabulosa de tradición oral que explica, por medio de la narración, las acciones de seres que encarnan de forma simbólica fuerzas de la naturaleza y/o aspectos de la condición humana”. Emana unos fantasmas tan perturbadores que duele verla. En un momento del documental Michi, el más pequeño de los hijos, mirando a su madre -paradójicamente llamada Felicidad- y anticipándose a la extinción de su estirpe familiar, confiesa que a la muerte de su padre repetía “éramos todos tan felices”. De forma estúpida e inconsciente cada vez que doy un repaso fugaz por redes sociales como facebook, instagram o whatsapp stories se me repite esa frase deformada como “parecemos todos tan felices”, repicando cada una de las cuatro palabras. Y me acuerdo de los amigos que no publicitan su estado y me pregunto si, aunque no enseñen que parecen felices, lo son. Y también de forma estúpida e inconsciente querría que mandasen una notificación espontánea como certificado de bienestar.

Pedro Sánchez duerme en Moncloa desde hace pocos meses. Al mirarlo a los ojos se siente que le gusta, que satisface un hambre personal, pura vanidad de político de cartón piedra más preocupado por la imagen y la consigna publicitaria que por los ciudadanos y por materializar en políticas su ideario, entre otras cosas porque carece de arquitectura ideológica. Qué lejos se percibe de gente como Manuela Carmena, Carolina Bescansa, Angela Merkel o Mariano Rajoy, cuyas miradas transmiten la conciencia de su responsabilidad. Estudios e imágenes demuestran el envejecimiento aplastante de los políticos comprometidos -célebre resulta el caso de Barack Obama- como consecuencia de la presión inherente a su cometido social. Pedro Sánchez no tiene pinta de ir a envejecer en su cargo.

En el pueblo solemos comer lentejas una vez a la semana, dicen que son sanas porque tienen hierro. Ignoro si serán muchos los vecinos que, tras cada cucharada, sientan ese dulce gusto de triunfo sobre el poder.

Pregoneras y Patriotismos

Crestería & Farola

Sueño que estoy andando
por un puente y que la acera (mira, mira, mira, mira)
cuanto más quiero cruzarlo
más se mueve y tambalea.

[Malamente, Rosalía]

Un alcalde de un pueblo vecino se quejaba, de forma casi infantil y con el respaldo de su mujer, de que a los demás alcaldes les interesaba hacer acto de presencia en “los pueblos grandes” pero al suyo no se acercaba ninguna autoridad en sus fiestas patronales y se sentía abandonado y ninguneado. Como sea que entre mis mil y un defectos se cuenta el de sentir compasión por la pena cuando viene originada por un sincero sentimiento de inferioridad y desamparo, decidí acompañar junto a mi familia a Fernando en su acto de coronación y pregón a San Benito Abad. A él y a sus 69 habitantes según el INE, que son 48 reales contados uno a uno por un concejal en mi presencia; el concejal ronda la cincuentena y remarca con triste orgullo que es el “duodécimo más joven del pueblo”.

Al llegar, Fernando nos presentó a la pregonera de fiestas, oriunda del lugar, en la treintena, sacrificada a unos innegablemente incómodos zapatos de tacón y exteriorizando tensión, nervios e ilusión. Pensé en qué podría decir de su pueblo, sin un pasado glorioso que evocar ni un futuro brillante del que presumir; un pueblo cuya mayor singularidad consiste en tener dos pequeños cerritos idénticos tras el núcleo urbano conocidos popularmente como “las tetas de Monreal“. Hace poco el alcalde confesó que aspira esta legislatura a comprar “las tetas”.

Ya en el escenario Cristina brindó una alocución contundente en forma y fondo. Centró su discurso en torno a su infancia, a su vida en el pueblo, a su familia y amigos, a los numerosos vecinos fallecidos este año que duelen individualmente y horadan sin piedad el oscuro futuro de Monreal. Sin retórica difusa ni complejos lastimeros pregonó una profunda y emotiva declaración de amor al lugar que la vio crecer, con sus lágrimas, su orgullo y sus vivas como punto y final.

Ajeno a los sentimientos y emociones que el discurso afloró en el auditorio local por una evidente carencia de contexto, me descubrí conmovido por un pensamiento paralelo: Cristina me acababa de abofetear con una rotunda lección de humildad mostrando que su pueblo no era menos que ningún otro que tuviese más habitantes, un pasado más célebre, más personajes ilustres o un entorno más atractivo. La pregonera, en su desnudo alegato de cariño a Monreal, desbordaba autenticidad y un cariño específicamente enfocado a “su” lugar y “su” gente, su pequeño lugar común y su gente humilde. Tan simple y evidente que casi da incluso vergüenza relatarlo, ¿quién si no tú va a querer a tu gente y tu sitio en el mundo? ¿acaso alguien quiere menos a su vecino por no ser astronauta o estima menos su infancia por no crecer en una ciudad patrimonio de la humanidad?

En esas andaba divagando cuando me vinieron a la mente aleatorias instantáneas de dos viajes recientes; unas imágenes de un blanco y húmedo pueblo costero de pescadores de una isla balear y otras de un espectacular pueblecito vasco verde en sus cuatro costados en la frontera entre Guipúzcoa y Navarra. El camarero balear de nuestro restaurante de confianza esos días confesaba con satisfacción que trabajaba seis meses en hostelería para luego disfrutar de otros seis de salir al mar con su hijo todos los días. La casera vasca de nuestro alojamiento rural presumía de caserío del siglo XVI en el que las vigas de madera del gran salón diáfano se asentaban sobre la roca natural del enclave y mostraba los retratos de antepasados que allí mismo habían llevado a cabo sus vidas.

Y así fue cómo un joven camarero de temporada, una cariñosa vasca y una pregonera manchega acabaron encontrándose sin saberlo y sin conocerse en un mismo sentimiento de noble orgullo emergido por su casual habitación geográfica. A eso se le suele llamar patriotismo y, aunque sea un concepto que viene untado por connotaciones peyorativas, considero elemental la sensibilidad individual del agradecimiento y el aprecio a nuestro lugar en el mundo. Camilo José Cela lo resumió en un aforismo: “el nacionalista cree que el lugar donde nació es el mejor lugar del mundo; y eso no es cierto. El patriota cree que el lugar donde nació se merece todo el amor del mundo; y eso sí es cierto.”

Huelga recordar que cada vida es irrepetible, y el patriotismo conforma una de las vigas en las que se sustenta esa unicidad. La singularidad que viene del chopo tronchado en el que te rompiste el brazo, del bar del primer beso y de la iglesia de tu primera comunión, de las casas en las que cantas villancicos cada Nochebuena, del banco de tus mejores botellones y del césped de las resacas del verano, de la arena de tus mejores goles, de la cuesta de tus mayores sudores y de la esquina de tu artesanal cabaña. Y eso sin un mar Mediterráneo bañando la Pesquera ni un frondoso bosque en el cerro de los Molinos.

Sin más parches

Tonos dorados

Que le den por culo a tus amigos,
pasa de ellos y ven conmigo.
Tu trabajo me toca las pelotas,
conmigo ya tienes de sobra.

[Tus Amigos, Los Punsetes]

Desde que mi vida transcurre en un pueblo he olvidado lo que significa viajar en tren, en transporte público en general. Quizá por eso, por infrecuente, si sucede, me esfuerzo en vivir la experiencia con inconsciente intensidad. Antes Renfe no tenía wifi y tu vecina te podía explicar quién era la diosa Kali o preguntarte cómo ir de Atocha a Torre Picasso en metro (ni puta idea). Ahora el pasaje duerme o mira una pantalla. A ella le caían lentas lágrimas, lágrimas enteras pero discretas, leyendo la pantalla. Por puro morbo me logueé en la wifi abierta e identifiqué su terminal, también conectado, para descubrir el origen de su pena. Leía este mail de un tal Julio al que, por inercia, hice un pantallazo:

Váyase a saber porqué el mundo gira en un sentido y no se plantea jamás invertir el giro, en marzo al envés y en agosto al revés, por ejemplo. Váyanse a saber tantas cosas sobre este inconcebible e incomprensible mundo que puedan irse todas al garete, de la mano y sin chistar. Siéntese uno a reflexionar y no sienta más que el trasero dolorido por el tiempo en el asiento. Póngase uno a reflexionar y dude de Descartes (pienso, luego existo). Hasta qué punto son inexplicables los hechos inexplicables. Llore uno y sea de sangre. Las lágrimas siempre vienen después del final, cuando ya han encendido las luces y los títulos de crédito se desmoronan, cuando la impotencia se presenta en forma de ogro de dimensiones inabarcables. Estuve en el infierno, pero regresé porque no soportaba la soledad. La libertad era otra cosa, pero Robespierre siempre fue demasiado testarudo. No quedan parches en mi caja de recambios. Mis pocas neuronas pululan en silencio ataviadas con una cinta en señal de luto. La incoherencia es lo más coherente que hoy puedo encontrar. Que se quemen las palomitas, que arda París o que no amanezca mañana, qué importa. Las acacias son las únicas que se resisten a sobrevivir. Los sentimientos pretenden ser enmarañados, pero en realidad no son más que una tela de araña concienzudamente tejida que abarca una superficie amplia. Y toda esta parrafada inconexa para confesarte, Silvia, que ni puedo ni quiero seguir contigo. Cuestión de ilusiones perdidas, sentimientos distantes, esperanzas enterradas. Hoy firmo la defunción de nuestra relación sintiendo no poder explicarlo mejor.

Diez Putos Años

Atardecer en Mojácar

Changes fill my time, baby, that’s alright with me
in the midst I think of you, and how it used to be.

[Ten Years Gone, Led Zeppelin]

Hace diez años era ingeniero pero no doctor, tenía poco pelo pero no canas, tenía poco dinero pero no me faltaba, no tenía ni chica ni coche ni piso ni un trabajo serio ni un futuro nítido detrás del abismo que se asomaba tras las toneladas de hormigón armado. Tampoco tenía una bicicleta competente ni una cámara réflex, así que ni sé en qué echaba los ratos más allá de las cervezas de los miércoles en el Living con Rober y los partidos de fútbol 7 con el Todohogar (patrocinador que no pagaba ni las camisetas). España iba a ganar su primera Eurocopa y en Ciudad Real éramos los putos jefes del balonmano mundial; creo que ser los reyes del mundo en una pequeña ciudad de provincias marcó de alguna forma nuestra personalidad. Europa todavía no había empezado su particular rito del harakiri y habíamos estado en Londres con Esther bailando en un concierto de los Editors del que solo recuerdo que fuimos sin cenar y con pocas libras. Hipólito estudiaba hasta la hora a la que yo me levantaba para ir a la escuela a hacer cosas de lógica difusa, fuzzy logic, poesía. La estudiante de caminos de debajo de mi cama ahora es senadora. Víctor pasaba más rato en Scranton con Michael Scott que en el salón jugando a la play pero me convenció para abrir este blog que se inauguró en mayo de 2008 después de unas guerras poco épicas con la plantilla y la paleta de colores del wordpress. Diez años después el diseño se mantiene intacto y seguimos rulando con wordpress 2.5.1. ¿Y qué iba a conseguir en diez años una persona que no ha sido capaz ni de hacer click para upgradear el gestor de su blog personal?

Confieso ser feliz leyendo algún rato perdido las gilipolleces que escribía cuando mi edad empezaba con un dos. Sé que ahora no lo haría mejor: incluso la más ridícula de las entradas me representa. La vanidad me pide imprimir el blog antes de que se rompa (me salen granitos cada vez que me saltan mensajes de deprecated en la plantilla) o me quiten el hosting y encuadernarlo en gusanillo para que lo lean mis nietos y me suban la dosis. Pero luego pienso que no pierdo nada si desaparece porque ya ni gin ni soaked ni boy. Y francamente lo que en su día fue un instrumento útil y activo hoy no es más un blog moribundo que se arrastra por las zonas más abandonadas de la red.

En estos años han terminado cortándonos las alas, pero, al fin, para qué las habríamos querido. Habríamos dado la vida por conservarlas y cuando nos las robaron fuimos conscientes de que nada había cambiado. Al final no somos más que la suma de nuestros fracasos y el producto de las oportunidades perdidas en un mar de infinitas decisiones. Nadie nos dijo que no era pecado no hacer la revolución en la juventud y que sigue sin haber arena de playa bajo los adoquines.

No entiendo cómo nos resulta tan poco trágico el salto de las esperanzas inútiles y las ilusiones ilusorias al mundo del cinismo desbordado; nos molesta incluso que nos despierte el camión de la basura obviando la gran maravilla que representa.

Y me vienen a la cabeza hombres en pijama llorando en la soledad de su piso y ordenadores que funcionan con Windows Millenium y el búcaro lleno de pan duro casi mohoso. Y monos ateridos de frío viendo una pelea de Jake LaMotta mientran reparten likes en las stories. La única certeza vigente es sentir que todo va demasiado deprisa, como un black mirror a 2.5x, desde la evolución del pulgar humano hasta la talla 12-18. Feliz décimo aniversario, amigo.

Lo Rural

Mirando al campo desde ventanas inesperadas
Mirando “lo rural” desde ventanas inesperadas.

Estáis aquí, estáis aquí,
en Buenos Aires y en Berlín.
Estáis callados pero sé que estáis aquí.

[Estáis Aquí, Sidonie]

Hace unos días me propusieron participar en una mesa redonda acerca del reto demográfico (enfocado desde el punto de vista político) en la provincia de Cuenca. Puesto que la despoblación encabeza mis preocupaciones a nivel político (y casi personal), decidí aceptar la invitación aunque mi perspectiva sea moderadamente pesimista y mi aportación probablemente reiterativa.

De un tiempo a esta parte estamos asistiendo a una vorágine de literatura acerca de las zonas rurales de la península y su despoblación, la España vacía, la Laponia del Sur, la Meseta desierta. Tan abrumadora es la presencia en la actualidad de la dispersión poblacional que no entiendo cómo las grandes recetas de los gurús no han desembocado en que tengamos que construir un hospital, una casa de apuestas y una universidad en el pueblo. Miento, sí lo entiendo, por dos motivos, el primero porque se trata de un problema muy complejo, de difícil diagnóstico y más difícil remedio, y el segundo porque mucha de la literatura que se está generando aspira a una premeditada apropiación de “lo rural” con ánimo de lucro y afán de comercialización de románticos conceptos como “el pueblo” y “el campo”.

Según la RAE la despoblación se define de forma tan dramática como “reducir a yermo y desierto lo que estaba habitado”. Estéril. Desierto. Muerto.

La provincia de Cuenca se presenta como el arquetipo de región despoblada, puesto que contiene 206 pueblos con menos de mil habitantes (de un total de 238 municipios y doscientos mil habitantes, un cuarto del total en la capital). Y me resulta paradójico que la prensa cite modelos de éxito que imitar como el de las Highlands de Escocia, como si tuviese algo que ver un escocés con un vecino de Villar de Domingo García o de Villaverde y Pasaconsol (quién le pondría nombre).

Acotando más el entorno, Villaescusa de Haro cuenta con alrededor de medio millar de habitantes (según el INE, señor que nunca ha venido a contarlos), situado como el 61º de los 238, encabezando el segundo cuartil. No obstante, la cifra es engañosa porque se encuentra en un frágil equilibrio asomado al abismo desde el momento en el que se tuvo que cerrar el colegio local en septiembre de este mismo curso. Dos datos que corroboran esta mala salud: solo hay dos niños nacidos desde el 2010 (¡en ocho años!) que viven en el pueblo, uno de ellos mi hijo, y no llegan a 70 personas las menores de 40 años. Imaginad la pirámide (sic) poblacional, una nítida peonza girando precariamente sobre su punta. Huelga decir que cada vez hay más población estacional y menos población fija.

Síntoma de decadencia
Síntomas de decadencia y abandono.

Personalmente no soy partidario del intervencionismo artificial que intenta aumentar la población con medidas puntuales que a la larga no consolidan población, si acaso alguna familia que trae más problemas que hijos. Esas propuestas con una pizca de suerte y mucha buena voluntad sirven para salir en la tele, como el alcalde de Chumillas en Salvados, pero no para garantizar un futuro estable.

En el diagnóstico de los motivos de la despoblación se repiten insistentemente las mismas hipótesis, que permiten abrir difusas y genéricas líneas de trabajo para paliar sus consecuencias:

  • La falta de servicios públicos y la necesidad de garantizar el acceso a los mismos en igualdad de condiciones. Si bien jamás en la historia los pueblos han tenido a su disposición tal cantidad y calidad de servicios públicos, y aún así se siguen desangrando.
  • La necesidad de fondos públicos e inversiones que prioricen a las zonas rurales; aunque desde la Unión Europea se han invertido millones de euros con programas de cohesión (FEDER, LEADER, etc) y se sigue perdiendo población.
  • Las políticas estatales de aglomeración. Supongo que es más barato y sencillo gestionar una multitud bien juntita; aunque deberían ser conscientes algunos políticos de que esto no es un problema que nos afecta solo a nosotros, sino a todos, porque la desertización conlleva la desvertebración de la sociedad española y de su propio territorio.
  • La necesidad de un régimen fiscal reducido específico para empresas y vecinos de municipios pequeños. Como Canarias, pero rodeados de tierra en vez de agua.
  • La necesidad de crear puestos de trabajo como elemento clave para fijar población, favoreciendo la creación de empresas de sectores vinculados al mundo rural y mimando a lo que llaman en Bruselas “los campeones ocultos”, que son aquellos emprendedores con potencial de los que se debe conseguir explotar sus virtudes.
  • Revertir el esquema tipo de población rural: envejecida, abundancia de solteros/as y familias mucho menos numerosas que las de generaciones anteriores. En este sentido se debe valorar muy positivamente la labor de los inmigrantes que se establecen en núcleos de población pequeños.
  • Fomentar el uso de las TIC y conseguir que todos los rincones puedan disponer de acceso de calidad a Internet para favorecer el trabajo a distancia dado que cada vez son más las profesiones que se pueden desempeñar de forma ubicua (en mi caso personal, gracias al teletrabajo puedo vivir junto a mi familia en mi pueblo).

Centinela de la nada
Centinela de la nada.

No obstante, más allá de esas líneas de trabajo tangibles y de políticas intervencionistas, considero que el factor anímico y psicológico es primordial para entender el fenómeno. En ocasiones pienso que algunos pueblos prefieren morir, abandonarse a su suerte y no ser incordiados en su decadencia; como enfermos terminales que ansían su fin, desahuciados y desesperados, o como tozudos e imperturbables vecinos que aspiran a ejecutar nuevos planes siguiendo idénticas estrategias.

Una veterana ex-eurodiputada muy concienciada con el asunto incidió en su ponencia en el peligro de la incertidumbre, el miedo que paraliza y favorece la emigración urbanita. Incertidumbre a realizar una inversión, incertidumbre ante el turismo que se desconoce si llegará, incertidumbre ante la potencial supresión de servicios públicos, incertidumbre ante un futuro difuso y claramente gris oscuro. El miedo es un factor determinante en la despoblación de hoy más que en décadas pasadas.

Por último, también a nivel psicológico y educativo, en la conciencia de muchos jóvenes subyace la idea de que vivir en un pueblo supone un fracaso. Se percibe un nítido complejo de inferioridad y de falta de orgullo por la patria, quizá alimentado por factores externos como la imagen que se sigue proyectando -paradójicamente- hoy día del mundo rural. Falta, en ciertos casos, orgullo, ilusión y autoestima por vivir y dar vida en un pueblo.

No hablo de terceros, sino de casos que vivo en primera persona y que, por supuesto, no juzgo porque cada uno tiene unas circunstancias y toma libremente unas decisiones que lo deben encaminar a buscar su lugar en el mundo. Resulta triste sufrirlo, máxime cuando a día de hoy se podría medir con parámetros objetivos la buena calidad de vida en el pueblo sin necesidad de recurrir a rancios conceptos románticos ni a anacrónicos beatus ille.

Ajenos a esa corriente de frustración, no somos pocos los que consideramos impagable el pan del horno local, con su olor a infancia y su sabor a siempre, y las verduras y hortalizas de huertas comarcales. O la sensación de libertad y sosiego al salir a pasear cual canguro por pistas, caminos y sendas bien conocidas y, todavía, asombro al tropezar con zorros, jabalíes o lechuzas. El bienestar tranquilo de ser consciente de que hay tiempo para todo -el trabajo, la familia, las relaciones sociales y las aficiones personales- sin atropellarse.

Ayer di un paseo para hacer las fotos que ilustran el post y coincidí con un pre-adolescente que estaba jugando solo al baloncesto. Ese es el problema.

Common People (vol. El ojo de Bono)

Tres Anuncios en las afueras

But still you’ll never get it right,
’cause when you’re laid in bed at night,
watching roaches climb the wall,
if you called your Dad he could stop it all.

[Common People, Pulp]

Supongo que los políticos también son common people like you, aunque unas veces su zafiedaz otras su carisma u otras su zalamería nos hipnotizen y o asqueen hasta parámetros insospechados. Resulta harto complicado abstraerse de su imagen pública -quizá mérito intencionado de sus gabinetes propagandísticos- e imaginar a Oriol Junqueras jugando una pachanga de central en la cárcel de Estremera (y lesionando a un atracador de bancos).

Imagino a Rajoy en un despacho de Moncloa identificado como usuario anónimo, “gabioto_55″, en un chat de diario deportivo comentando partidos de narración online y escribiendo “puto árbitro, menudo penalti se ha tragao” o “Ramos oh mi capitán eres el puto amo, machaca a los ingleses” mientras le burbujea la saliva en las comisuras de los labios.

Imagino a Irene Montero excitada elaborando su argumentación en defensa de su uso incorrecto del lenguaje con la palabra “portavoza” antes de exponerlo en la sesión del Congreso. Y que por la cabeza le ronden pensamientos como que “portavocía” es femenino, vaya, había sido una alternativa, pero no habría llamado la atención porque no es discriminatorio, y España, España también es femenino porque termina en “a”, así que nuestro país es chica y lleva falda, qué cosas, y todo lo que significa nuestro país también termina en a: España es insolidaria, es machista, es hipócrita, es envidiosa. ¿Y por qué la “a” es femenina si tiene rabito y no es femenina la “o”? ¿Por qué no hablamos de Españo?

Imagino a la señora Angela Merkel bajándose las bragas en el baño de un hotel en el que ha ofrecido un desayuno informativo a la prensa, estreñida, bisbiseando en alemán por su inesperado infortunio y maldiciendo a la corresponsal del Frankfurter Allgemeine Zeitung que casualmente aprovecha en ese instante para acicalarse frente al espejo del aseo.

Imagino a Pablo Iglesias en su sofá, con un chándal viejo y el pelo mojado, leyendo a Bolaño y tropezándose con el párrafo “Las mujeres son putas asesinas, son monos ateridos de frío que contemplan el horizonte desde un árbol enfermo, son princesas que te buscan en la oscuridad, llorando, indagando las palabras que nunca podrán decir. En el equívoco vivimos y planeamos nuestros ciclos de vida”. Y después sentirse sucio y mirar a los lados de forma inocente para comprobar que nadie lo haya sorprendido leyendo indecencias.

Imagino a José Bono acompañando a su padre a la consulta del médico a revisión de una operación de cataratas. Y allí, los dos sentados esperando su turno, él agacha la cabeza para diluirse discretamente entre los pacientes mientras consulta la previsión del tiempo para el fin de semana que viene en el móvil; tiene intención de subir a esquiar. Otro paciente abre una ventana y fuera el tiempo es tan ventoso que arrastra polvo, hojas y minúsculas partículas al interior de la sala de espera. Una diminuta astilla y o piedrecita salta al ojo de Bono, redondo, grande, respingón y, ahora, lloroso. El ojo, enrojecido y húmedo, sufre frotes desesperados por parte de su propietario, sin mucho éxito, porque la minúsucula astilla se ha cobijado cómodamente entre el párpado y el globo ocular. La enfermera abre la puerta para hacer el llamamiento a José Bono padre pero cuando ambos se levantan los mira sin saber quién será el paciente, si el viejo o el llorón.

La ira siempre engendra más ira

Tres Anuncios en las afueras

Pequeña de las dudas infinitas,
aquí estaré esperando mientras viva.
No dejes que todo esto quede en nada
porque ahora estés asustada.

[De las dudas infinitas, Supersubmarina]

Algunos tienen la malísima costumbre de preguntarte al salir del cine qué te ha parecido la peli. ¿Te he preguntado yo acaso qué tal te ha sentado el cocido antes de terminar el postre? ¿Tan ágiles son tus engranajes mentales para extraer conclusiones durante los títulos de crédito finales? Debes ser de esos que dicen que esa película la han visto y se saben de qué va y entonces ya no tiene más interés.

Habíamos pagado diez euros por ver Tres anuncios en las afueras en el cine el día de su estreno en España. No por ansia cinéfila sino por casualidad -el estreno- y descarte -menuda cartelera-. Y si bien las expectativas iniciales no eran altas, la asociación mental coste-precio nos empujaba a una desconfianza razonablemente pesimista.

Y sin embargo, desde entonces se me repiten periódicamente algunas escenas, como esa en la que un personaje chirriante recuerda que la ira siempre engendra más ira. Y, por supuesto, la escena final que, además de brindar un giro más que inesperado para los tiempos que corren, carga de sentido a toda la historia.

Tres anuncios en las afueras narra la lucha de una madre contra las autoridades locales por no haber cerrado con éxito y culpable la investigación por la desaparición, violación y muerte de su hija. En torno a ese guión se presenta un pueblo casi perdido, Ebbing, en el que se identifican características frecuentes en estas pequeñas localidades: disfunciones emocionales, comportamientos hiperbólicos, explosiones de furia desmedida, frustraciones perennes, inexistencia de empatía y comprensión, conductas autómatas, y muchas otras cosas de esas que de buen grado estudiarían muchos psicólogos y psiquiatras.

Y como toda la historia se circunscribe en ese remolino de disputas personales, adquiere un peso incuestionable la repetida frase de que la ira siempre engendra más ira. Por lo que he navegado por Wikiquote esa cita es de Ovidio. Confucio lo expresó como si te enfadas, piensa en las consecuencias. Aunque prefiero el refrán que recuerda que la ira acorta la vida.

No tengo nada más que añadir, Señoría.

2017 o el año de la mitosis

Tour de France 2017
Lo importante es saber cómo caerse.

Como animal metódico vuelvo un año más a repasar algunos aspectos que considero reseñables del año que ya terminó, sin más preámbulos ni digresiones…

>>> TWITTER - Un puñado de tuits marcados para reír o llorar <<<

  • Sobre la playa - Me encanta la playa. Me molesta un poco la sal, la arena, el sol y la gente. Pero por lo demás es maravilloso.
  • Sobre Mr. Trump - Elect a clown, expect a circus.
  • Sobre Cataluña - Los del Parlament no son informáticos. Jamás sacarían una República a producción un viernes a las 15.30.
  • Sobre los toros - A la gente honrada se nos torea porque si no nos extinguiríamos.
  • Sobre el dolor - “Entre el dolor y la nada, prefiero el dolor” decía Faulkner.
  • Sobre la vida - Querida vida: por ahí no es.
  • Sobre la dignidad - Cada minuto que pasa me siento feliz de comprobar que el esfuerzo no siempre lleva al éxito, pero sí al amor propio y la dignidad.
  • Sobre la muerte - Faulkner escribió en «Mientras agonizo» que «la única razón para vivir es prepararse para estar muerto durante mucho tiempo».
  • Sobre la sonrisa - Lección de gente lista: la sonrisa desarma. Nunca sabrán si la tienes porque eres feliz, eres tonto o te ríes de ellos.
  • Sobre el amor - Serge Gainsbourg repetía continuamente la frase de Balzac según la cual en el amor hay siempre uno que sufre y otro que se aburre.
  • Sobre la edad - “El entusiasmo es el pan diario de la juventud. El escepticismo, el vino diario de la vejez”, Pearl S. Buck.
  • Sobre el dinero - “El mundo se divide en dos categorías: los que tienen el revólver cargado y los que cavan”, Sergio Leone.

>>> LITERATURA - Esa cosa vieja de papel y tinta <<<

Voy a remarcar el quinteto de libros que más me gustaron en 2017:

  • La España Vacía (Sergio del Molino) - un libro de la estantería perenne.
  • Mientras Agonizo (William Faulkner) - asfixiante obra maestra.
  • La lluvia amarilla (Julio Llamazares) - me quedé como enamorado al leer esta novelita, pensando todo el día en ella, sufriendo con un dolor nítido e íntimo. Andrés se apaga y con él muere su pueblecito pirenaico, Ainielle, en un monólogo perturbador sobre el tiempo que se va, la memoria que se evapora, las alucinaciones que centellean y la nieve que cubre con manto blanco la vida lenta.
  • Plataforma (Michel Houellebecq) - aunque no sea mi novela preferida del escritor francés sigue estando bastantes peldaños por encima de casi todo lo que se publica hoy. Una vez más, feroz e incisivo, mete la llaga en males contemporáneos como el turismo sexual, el terrorismo islámico, la desigualdad de la riqueza, la turismofobia y las vidas aburridas, ¡qué más quieres?
  • Sostiene Pereira (Antonio Tabucchi) - aunque esté escrita por un italiano esta novela está ambientada en Lisboa durante el régimen de Salazar. Pereira es un periodista tranquilo y aburrido encargado de la sección cultural de un periódico local. Y existe una posibilidad remota de que perturben la paz de un señor aburrido que solo come omelettes a las finas hierbas.

También el quinteto de los suplentes, aquellos que están bien pero podría haber sobrevivido sin ellos, la clase media:

  • En la orilla (Rafael Chirbes) - esta novela es tan notable y disecciona con tal precisión la crisis de estos últimos años, sus causas y consecuencias, que termina cansando en su genialidad. Ha sido demasiado tiempo de pesimismo y desilusión como para seguir rebozándose.
  • Instrumental (James Rhodes) - autobiografía de un músico de cuna pudiente que sufre abusos sexuales en su infancia y trata de salir del trauma utilizando como terapia la música clásica. Los intelectuales apalean a Rhodes con tanta inquina como éxito goza entre el público generalista, tanto su libro autobiográfico como sus conciertos. Debo ser muy poco intelectual porque me pareció un libro bastante ilustrativo y didáctico.
  • Luz de agosto (William Faulkner) - un novelón lúgubre y de personajes sucios que van incorporándose a nuestro imaginario a fuerza de desgarros y que, me temo, permanecerán ahí durante muchos años. La suciedad de Faulkner mancha.
  • Mientras haya bares (Juan Tallón) - a ver, lo compré por el título, evidentemente, y un poco también por la editorial (Círculo de Tiza) y porque el autor es joven y tendrá que sacarse un dinerillo para unas copas. Se lee como se mondan pipas; se saltan páginas lúcidas, se tropieza en anécdotas curiosas y ágiles que se olvidan a medida que se leen.
  • Pedro Páramo (Juan Rulfo) - la pongo aquí porque es mi lista y hago lo que quiero, aunque esté entronizada en la cumbre de la literatura universal. Realismo mágico con tantos vericuetos formales que mi paladar es incapaz de saborearla con intensidad. Comala mola más como mito que como lugar.

Y por último voy a señalar algunos de los que tampoco habría pasado nada si no los hubiese abierto, por si estoy a tiempo de recomendar su no-lectura:

  • La insoportable levedad del ser (Milan Kundera) - lo que resulta insoportable son sus toneladas de existencialismo pasado de moda y esa perspectiva de enfocar la vida de una pareja con altibajos emocionales.
  • La mirada de los peces (Sergio del Molino) - lo compré por ser del autor de La España Vacía y sin saber qué me encontraría, y lo que encontré fue un libreto de memorias de juventud del joven escritor en el barrio de San José de Zaragoza y una hagiografía de su profesor de filosofía del instituto. Supongo que tenía el dinero de la editorial encima de la mesa por el éxito de ventas de La España Vacía y luego pasan estas cosas.
  • Amberes (Roberto Bolaño) - amigo Roberto, con lo que yo te quiero y que me hagas esto, que me he gastado cientos de euros en tus libros para que tus descendientes no pasen penurias, como tú querías, pero no hacía falta llegar a esta novela poética de juventud, por mucho que te sintieses orgulloso de su prosa poética inconexa.
  • Bésame mucho (Carlos González) - esto va de bebés y la crianza. Carlos González viene a decir que a los bebés hay que quererlos mucho, abrazarlos mucho, y hacer siempre lo que pidan, bien sea teta, brazos o compañía; que ya crecerán y habrá que educar, pero en etapas posteriores de su desarrollo. Pues vale, muy bien, pero en un artículo me lo habías contado.
  • Para siempre (Susanna Tamaro) - es la novela dramática sobre la tristeza y el poder regenerador de la naturaleza que podría escribir una italiana, demasiada glucosa y conflicto existencial.

Y, por último, vamos a enumerar una serie de propósitos lectores de cara al 2018:

  • El disputado voto del señor Cayo (Miguel Delibes) - ya lo he empezado y, de momento, parece que lo escribió Delibes en un rato que no tenía ganas de trabajar. Eso sí, salta a la vista una percepción privilegiada de la política y su relación con las zonas despobladas: no gente, no votos, no interés.
  • Una habitación propia (Virginia Woolf) - más vale hoy en día ponerse en el bando del feminismo.
  • Corazón tan blanco (Javier Marías) - no he leído nada de Javier Marías y es hora de corregirlo.
  • El mundo de ayer (Stefan Zweig) - mi madre lleva años convenciéndome para que lo lea, y parece que la Europa actual lo recomienda con más ahínco.
  • Solenoide (Mircea Cartarescu) - mi olfato de listas de mejores libros del 2017 me dice que este año este libraco es el ganador, por eso lo he regalado para que luego me regrese prestado.
  • La alegría del amor (Javier de la Torre) - para trabajar el amor y la convivencia en el matrimonio a través de la catequesis.
  • El ruido y la furia (William Faulkner) - regresaremos a Yoknapatawpha algún rato si el tren lo permite.
  • La vida negociable (Luis Landero) - siempre viene bien exprimir a un antihéroe castizo.
  • Mortal y rosa (Francisco Umbral) - me encantó en su día y creo que se merece una relectura, creo que ahora lo entenderé mejor.
  • El último día del invierno (Miguel Pérez de Castro) - novela de un joven escritor villaescusero presentada en agosto y que está ahí en el escritorio esperando su turno.

>>> CAJA TONTA - Con la mente sintonizada <<<

Sigo siendo enemigo de llamar caja tonta a la televisión por identificarlo como el soporte que me permite disfrutar y sentir grandes emociones con películas y series de ficción.

Reconozco ya, muy a mi pesar, la grave crisis de creatividad que asola al cine tradicional y, no en vano, solo destacaría dos películas de las que he visto este año. Una, Verano 1993, española, humilde y precaria, de emociones sinceras en la narración del descubrimiento del mundo de una niña huérfana, dirigida por la joven catalana Carla Simón. Una película tan desnuda que en ocasiones parece un documental y ha sido seleccionada por España para los Óscar. La otra, en las antípodas, La La Land, el hito abarrotasalas anual que de forma cómica ganó el Óscar a mejor película por equivocación durante unos segundos. No es un peliculón de guión sobresaliente pero el buen rollo es contagioso y la interpretación de Emma Stone para enamorarse.

En el otro lado del ring, la madurez de las series de ficción, que cada vez atraen más inversión, guiones más atractivos y actores de mayor reputación. Destaco cuatro: The Young Pope, la historia de ese Papa tan bizarro como creyente, Black Mirror, capítulos hirientes de una distopía tecnológica que no entiendo cómo todavía no había visto, The Handmade’s Tale, otro mundo distópico creado por Margaret Atwood en la novela homónima sobre el sometimiento de la mujer en una sociedad cuasi estéril, y Stranger Things, esa miniserie ochentera maratoneable de la que todo el mundo habla y que no tiene más pretensiones que las que muestra a pecho descubierto.

Y para 2018, tenemos ya en el tintero: The Crown, The Leftovers, The Deuce, Big Little Lies y Fargo III.

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