Pregoneras y Patriotismos

Crestería & Farola

Sueño que estoy andando
por un puente y que la acera (mira, mira, mira, mira)
cuanto más quiero cruzarlo
más se mueve y tambalea.

[Malamente, Rosalía]

Un alcalde de un pueblo vecino se quejaba, de forma casi infantil y con el respaldo de su mujer, de que a los demás alcaldes les interesaba hacer acto de presencia en “los pueblos grandes” pero al suyo no se acercaba ninguna autoridad en sus fiestas patronales y se sentía abandonado y ninguneado. Como sea que entre mis mil y un defectos se cuenta el de sentir compasión por la pena cuando viene originada por un sincero sentimiento de inferioridad y desamparo, decidí acompañar junto a mi familia a Fernando en su acto de coronación y pregón a San Benito Abad. A él y a sus 69 habitantes según el INE, que son 48 reales contados uno a uno por un concejal en mi presencia; el concejal ronda la cincuentena y remarca con triste orgullo que es el “duodécimo más joven del pueblo”.

Al llegar, Fernando nos presentó a la pregonera de fiestas, oriunda del lugar, en la treintena, sacrificada a unos innegablemente incómodos zapatos de tacón y exteriorizando tensión, nervios e ilusión. Pensé en qué podría decir de su pueblo, sin un pasado glorioso que evocar ni un futuro brillante del que presumir; un pueblo cuya mayor singularidad consiste en tener dos pequeños cerritos idénticos tras el núcleo urbano conocidos popularmente como “las tetas de Monreal“. Hace poco el alcalde confesó que aspira esta legislatura a comprar “las tetas”.

Ya en el escenario Cristina brindó una alocución contundente en forma y fondo. Centró su discurso en torno a su infancia, a su vida en el pueblo, a su familia y amigos, a los numerosos vecinos fallecidos este año que duelen individualmente y horadan sin piedad el oscuro futuro de Monreal. Sin retórica difusa ni complejos lastimeros pregonó una profunda y emotiva declaración de amor al lugar que la vio crecer, con sus lágrimas, su orgullo y sus vivas como punto y final.

Ajeno a los sentimientos y emociones que el discurso afloró en el auditorio local por una evidente carencia de contexto, me descubrí conmovido por un pensamiento paralelo: Cristina me acababa de abofetear con una rotunda lección de humildad mostrando que su pueblo no era menos que ningún otro que tuviese más habitantes, un pasado más célebre, más personajes ilustres o un entorno más atractivo. La pregonera, en su desnudo alegato de cariño a Monreal, desbordaba autenticidad y un cariño específicamente enfocado a “su” lugar y “su” gente, su pequeño lugar común y su gente humilde. Tan simple y evidente que casi da incluso vergüenza relatarlo, ¿quién si no tú va a querer a tu gente y tu sitio en el mundo? ¿acaso alguien quiere menos a su vecino por no ser astronauta o estima menos su infancia por no crecer en una ciudad patrimonio de la humanidad?

En esas andaba divagando cuando me vinieron a la mente aleatorias instantáneas de dos viajes recientes; unas imágenes de un blanco y húmedo pueblo costero de pescadores de una isla balear y otras de un espectacular pueblecito vasco verde en sus cuatro costados en la frontera entre Guipúzcoa y Navarra. El camarero balear de nuestro restaurante de confianza esos días confesaba con satisfacción que trabajaba seis meses en hostelería para luego disfrutar de otros seis de salir al mar con su hijo todos los días. La casera vasca de nuestro alojamiento rural presumía de caserío del siglo XVI en el que las vigas de madera del gran salón diáfano se asentaban sobre la roca natural del enclave y mostraba los retratos de antepasados que allí mismo habían llevado a cabo sus vidas.

Y así fue cómo un joven camarero de temporada, una cariñosa vasca y una pregonera manchega acabaron encontrándose sin saberlo y sin conocerse en un mismo sentimiento de noble orgullo emergido por su casual habitación geográfica. A eso se le suele llamar patriotismo y, aunque sea un concepto que viene untado por connotaciones peyorativas, considero elemental la sensibilidad individual del agradecimiento y el aprecio a nuestro lugar en el mundo. Camilo José Cela lo resumió en un aforismo: “el nacionalista cree que el lugar donde nació es el mejor lugar del mundo; y eso no es cierto. El patriota cree que el lugar donde nació se merece todo el amor del mundo; y eso sí es cierto.”

Huelga recordar que cada vida es irrepetible, y el patriotismo conforma una de las vigas en las que se sustenta esa unicidad. La singularidad que viene del chopo tronchado en el que te rompiste el brazo, del bar del primer beso y de la iglesia de tu primera comunión, de las casas en las que cantas villancicos cada Nochebuena, del banco de tus mejores botellones y del césped de las resacas del verano, de la arena de tus mejores goles, de la cuesta de tus mayores sudores y de la esquina de tu artesanal cabaña. Y eso sin un mar Mediterráneo bañando la Pesquera ni un frondoso bosque en el cerro de los Molinos.

Sin más parches

Tonos dorados

Que le den por culo a tus amigos,
pasa de ellos y ven conmigo.
Tu trabajo me toca las pelotas,
conmigo ya tienes de sobra.

[Tus Amigos, Los Punsetes]

Desde que mi vida transcurre en un pueblo he olvidado lo que significa viajar en tren, en transporte público en general. Quizá por eso, por infrecuente, si sucede, me esfuerzo en vivir la experiencia con inconsciente intensidad. Antes Renfe no tenía wifi y tu vecina te podía explicar quién era la diosa Kali o preguntarte cómo ir de Atocha a Torre Picasso en metro (ni puta idea). Ahora el pasaje duerme o mira una pantalla. A ella le caían lentas lágrimas, lágrimas enteras pero discretas, leyendo la pantalla. Por puro morbo me logueé en la wifi abierta e identifiqué su terminal, también conectado, para descubrir el origen de su pena. Leía este mail de un tal Julio al que, por inercia, hice un pantallazo:

Váyase a saber porqué el mundo gira en un sentido y no se plantea jamás invertir el giro, en marzo al envés y en agosto al revés, por ejemplo. Váyanse a saber tantas cosas sobre este inconcebible e incomprensible mundo que puedan irse todas al garete, de la mano y sin chistar. Siéntese uno a reflexionar y no sienta más que el trasero dolorido por el tiempo en el asiento. Póngase uno a reflexionar y dude de Descartes (pienso, luego existo). Hasta qué punto son inexplicables los hechos inexplicables. Llore uno y sea de sangre. Las lágrimas siempre vienen después del final, cuando ya han encendido las luces y los títulos de crédito se desmoronan, cuando la impotencia se presenta en forma de ogro de dimensiones inabarcables. Estuve en el infierno, pero regresé porque no soportaba la soledad. La libertad era otra cosa, pero Robespierre siempre fue demasiado testarudo. No quedan parches en mi caja de recambios. Mis pocas neuronas pululan en silencio ataviadas con una cinta en señal de luto. La incoherencia es lo más coherente que hoy puedo encontrar. Que se quemen las palomitas, que arda París o que no amanezca mañana, qué importa. Las acacias son las únicas que se resisten a sobrevivir. Los sentimientos pretenden ser enmarañados, pero en realidad no son más que una tela de araña concienzudamente tejida que abarca una superficie amplia. Y toda esta parrafada inconexa para confesarte, Silvia, que ni puedo ni quiero seguir contigo. Cuestión de ilusiones perdidas, sentimientos distantes, esperanzas enterradas. Hoy firmo la defunción de nuestra relación sintiendo no poder explicarlo mejor.

Diez Putos Años

Atardecer en Mojácar

Changes fill my time, baby, that’s alright with me
in the midst I think of you, and how it used to be.

[Ten Years Gone, Led Zeppelin]

Hace diez años era ingeniero pero no doctor, tenía poco pelo pero no canas, tenía poco dinero pero no me faltaba, no tenía ni chica ni coche ni piso ni un trabajo serio ni un futuro nítido detrás del abismo que se asomaba tras las toneladas de hormigón armado. Tampoco tenía una bicicleta competente ni una cámara réflex, así que ni sé en qué echaba los ratos más allá de las cervezas de los miércoles en el Living con Rober y los partidos de fútbol 7 con el Todohogar (patrocinador que no pagaba ni las camisetas). España iba a ganar su primera Eurocopa y en Ciudad Real éramos los putos jefes del balonmano mundial; creo que ser los reyes del mundo en una pequeña ciudad de provincias marcó de alguna forma nuestra personalidad. Europa todavía no había empezado su particular rito del harakiri y habíamos estado en Londres con Esther bailando en un concierto de los Editors del que solo recuerdo que fuimos sin cenar y con pocas libras. Hipólito estudiaba hasta la hora a la que yo me levantaba para ir a la escuela a hacer cosas de lógica difusa, fuzzy logic, poesía. La estudiante de caminos de debajo de mi cama ahora es senadora. Víctor pasaba más rato en Scranton con Michael Scott que en el salón jugando a la play pero me convenció para abrir este blog que se inauguró en mayo de 2008 después de unas guerras poco épicas con la plantilla y la paleta de colores del wordpress. Diez años después el diseño se mantiene intacto y seguimos rulando con wordpress 2.5.1. ¿Y qué iba a conseguir en diez años una persona que no ha sido capaz ni de hacer click para upgradear el gestor de su blog personal?

Confieso ser feliz leyendo algún rato perdido las gilipolleces que escribía cuando mi edad empezaba con un dos. Sé que ahora no lo haría mejor: incluso la más ridícula de las entradas me representa. La vanidad me pide imprimir el blog antes de que se rompa (me salen granitos cada vez que me saltan mensajes de deprecated en la plantilla) o me quiten el hosting y encuadernarlo en gusanillo para que lo lean mis nietos y me suban la dosis. Pero luego pienso que no pierdo nada si desaparece porque ya ni gin ni soaked ni boy. Y francamente lo que en su día fue un instrumento útil y activo hoy no es más un blog moribundo que se arrastra por las zonas más abandonadas de la red.

En estos años han terminado cortándonos las alas, pero, al fin, para qué las habríamos querido. Habríamos dado la vida por conservarlas y cuando nos las robaron fuimos conscientes de que nada había cambiado. Al final no somos más que la suma de nuestros fracasos y el producto de las oportunidades perdidas en un mar de infinitas decisiones. Nadie nos dijo que no era pecado no hacer la revolución en la juventud y que sigue sin haber arena de playa bajo los adoquines.

No entiendo cómo nos resulta tan poco trágico el salto de las esperanzas inútiles y las ilusiones ilusorias al mundo del cinismo desbordado; nos molesta incluso que nos despierte el camión de la basura obviando la gran maravilla que representa.

Y me vienen a la cabeza hombres en pijama llorando en la soledad de su piso y ordenadores que funcionan con Windows Millenium y el búcaro lleno de pan duro casi mohoso. Y monos ateridos de frío viendo una pelea de Jake LaMotta mientran reparten likes en las stories. La única certeza vigente es sentir que todo va demasiado deprisa, como un black mirror a 2.5x, desde la evolución del pulgar humano hasta la talla 12-18. Feliz décimo aniversario, amigo.

Lo Rural

Mirando al campo desde ventanas inesperadas
Mirando “lo rural” desde ventanas inesperadas.

Estáis aquí, estáis aquí,
en Buenos Aires y en Berlín.
Estáis callados pero sé que estáis aquí.

[Estáis Aquí, Sidonie]

Hace unos días me propusieron participar en una mesa redonda acerca del reto demográfico (enfocado desde el punto de vista político) en la provincia de Cuenca. Puesto que la despoblación encabeza mis preocupaciones a nivel político (y casi personal), decidí aceptar la invitación aunque mi perspectiva sea moderadamente pesimista y mi aportación probablemente reiterativa.

De un tiempo a esta parte estamos asistiendo a una vorágine de literatura acerca de las zonas rurales de la península y su despoblación, la España vacía, la Laponia del Sur, la Meseta desierta. Tan abrumadora es la presencia en la actualidad de la dispersión poblacional que no entiendo cómo las grandes recetas de los gurús no han desembocado en que tengamos que construir un hospital, una casa de apuestas y una universidad en el pueblo. Miento, sí lo entiendo, por dos motivos, el primero porque se trata de un problema muy complejo, de difícil diagnóstico y más difícil remedio, y el segundo porque mucha de la literatura que se está generando aspira a una premeditada apropiación de “lo rural” con ánimo de lucro y afán de comercialización de románticos conceptos como “el pueblo” y “el campo”.

Según la RAE la despoblación se define de forma tan dramática como “reducir a yermo y desierto lo que estaba habitado”. Estéril. Desierto. Muerto.

La provincia de Cuenca se presenta como el arquetipo de región despoblada, puesto que contiene 206 pueblos con menos de mil habitantes (de un total de 238 municipios y doscientos mil habitantes, un cuarto del total en la capital). Y me resulta paradójico que la prensa cite modelos de éxito que imitar como el de las Highlands de Escocia, como si tuviese algo que ver un escocés con un vecino de Villar de Domingo García o de Villaverde y Pasaconsol (quién le pondría nombre).

Acotando más el entorno, Villaescusa de Haro cuenta con alrededor de medio millar de habitantes (según el INE, señor que nunca ha venido a contarlos), situado como el 61º de los 238, encabezando el segundo cuartil. No obstante, la cifra es engañosa porque se encuentra en un frágil equilibrio asomado al abismo desde el momento en el que se tuvo que cerrar el colegio local en septiembre de este mismo curso. Dos datos que corroboran esta mala salud: solo hay dos niños nacidos desde el 2010 (¡en ocho años!) que viven en el pueblo, uno de ellos mi hijo, y no llegan a 70 personas las menores de 40 años. Imaginad la pirámide (sic) poblacional, una nítida peonza girando precariamente sobre su punta. Huelga decir que cada vez hay más población estacional y menos población fija.

Síntoma de decadencia
Síntomas de decadencia y abandono.

Personalmente no soy partidario del intervencionismo artificial que intenta aumentar la población con medidas puntuales que a la larga no consolidan población, si acaso alguna familia que trae más problemas que hijos. Esas propuestas con una pizca de suerte y mucha buena voluntad sirven para salir en la tele, como el alcalde de Chumillas en Salvados, pero no para garantizar un futuro estable.

En el diagnóstico de los motivos de la despoblación se repiten insistentemente las mismas hipótesis, que permiten abrir difusas y genéricas líneas de trabajo para paliar sus consecuencias:

  • La falta de servicios públicos y la necesidad de garantizar el acceso a los mismos en igualdad de condiciones. Si bien jamás en la historia los pueblos han tenido a su disposición tal cantidad y calidad de servicios públicos, y aún así se siguen desangrando.
  • La necesidad de fondos públicos e inversiones que prioricen a las zonas rurales; aunque desde la Unión Europea se han invertido millones de euros con programas de cohesión (FEDER, LEADER, etc) y se sigue perdiendo población.
  • Las políticas estatales de aglomeración. Supongo que es más barato y sencillo gestionar una multitud bien juntita; aunque deberían ser conscientes algunos políticos de que esto no es un problema que nos afecta solo a nosotros, sino a todos, porque la desertización conlleva la desvertebración de la sociedad española y de su propio territorio.
  • La necesidad de un régimen fiscal reducido específico para empresas y vecinos de municipios pequeños. Como Canarias, pero rodeados de tierra en vez de agua.
  • La necesidad de crear puestos de trabajo como elemento clave para fijar población, favoreciendo la creación de empresas de sectores vinculados al mundo rural y mimando a lo que llaman en Bruselas “los campeones ocultos”, que son aquellos emprendedores con potencial de los que se debe conseguir explotar sus virtudes.
  • Revertir el esquema tipo de población rural: envejecida, abundancia de solteros/as y familias mucho menos numerosas que las de generaciones anteriores. En este sentido se debe valorar muy positivamente la labor de los inmigrantes que se establecen en núcleos de población pequeños.
  • Fomentar el uso de las TIC y conseguir que todos los rincones puedan disponer de acceso de calidad a Internet para favorecer el trabajo a distancia dado que cada vez son más las profesiones que se pueden desempeñar de forma ubicua (en mi caso personal, gracias al teletrabajo puedo vivir junto a mi familia en mi pueblo).

Centinela de la nada
Centinela de la nada.

No obstante, más allá de esas líneas de trabajo tangibles y de políticas intervencionistas, considero que el factor anímico y psicológico es primordial para entender el fenómeno. En ocasiones pienso que algunos pueblos prefieren morir, abandonarse a su suerte y no ser incordiados en su decadencia; como enfermos terminales que ansían su fin, desahuciados y desesperados, o como tozudos e imperturbables vecinos que aspiran a ejecutar nuevos planes siguiendo idénticas estrategias.

Una veterana ex-eurodiputada muy concienciada con el asunto incidió en su ponencia en el peligro de la incertidumbre, el miedo que paraliza y favorece la emigración urbanita. Incertidumbre a realizar una inversión, incertidumbre ante el turismo que se desconoce si llegará, incertidumbre ante la potencial supresión de servicios públicos, incertidumbre ante un futuro difuso y claramente gris oscuro. El miedo es un factor determinante en la despoblación de hoy más que en décadas pasadas.

Por último, también a nivel psicológico y educativo, en la conciencia de muchos jóvenes subyace la idea de que vivir en un pueblo supone un fracaso. Se percibe un nítido complejo de inferioridad y de falta de orgullo por la patria, quizá alimentado por factores externos como la imagen que se sigue proyectando -paradójicamente- hoy día del mundo rural. Falta, en ciertos casos, orgullo, ilusión y autoestima por vivir y dar vida en un pueblo.

No hablo de terceros, sino de casos que vivo en primera persona y que, por supuesto, no juzgo porque cada uno tiene unas circunstancias y toma libremente unas decisiones que lo deben encaminar a buscar su lugar en el mundo. Resulta triste sufrirlo, máxime cuando a día de hoy se podría medir con parámetros objetivos la buena calidad de vida en el pueblo sin necesidad de recurrir a rancios conceptos románticos ni a anacrónicos beatus ille.

Ajenos a esa corriente de frustración, no somos pocos los que consideramos impagable el pan del horno local, con su olor a infancia y su sabor a siempre, y las verduras y hortalizas de huertas comarcales. O la sensación de libertad y sosiego al salir a pasear cual canguro por pistas, caminos y sendas bien conocidas y, todavía, asombro al tropezar con zorros, jabalíes o lechuzas. El bienestar tranquilo de ser consciente de que hay tiempo para todo -el trabajo, la familia, las relaciones sociales y las aficiones personales- sin atropellarse.

Ayer di un paseo para hacer las fotos que ilustran el post y coincidí con un pre-adolescente que estaba jugando solo al baloncesto. Ese es el problema.

Common People (vol. El ojo de Bono)

Tres Anuncios en las afueras

But still you’ll never get it right,
’cause when you’re laid in bed at night,
watching roaches climb the wall,
if you called your Dad he could stop it all.

[Common People, Pulp]

Supongo que los políticos también son common people like you, aunque unas veces su zafiedaz otras su carisma u otras su zalamería nos hipnotizen y o asqueen hasta parámetros insospechados. Resulta harto complicado abstraerse de su imagen pública -quizá mérito intencionado de sus gabinetes propagandísticos- e imaginar a Oriol Junqueras jugando una pachanga de central en la cárcel de Estremera (y lesionando a un atracador de bancos).

Imagino a Rajoy en un despacho de Moncloa identificado como usuario anónimo, “gabioto_55″, en un chat de diario deportivo comentando partidos de narración online y escribiendo “puto árbitro, menudo penalti se ha tragao” o “Ramos oh mi capitán eres el puto amo, machaca a los ingleses” mientras le burbujea la saliva en las comisuras de los labios.

Imagino a Irene Montero excitada elaborando su argumentación en defensa de su uso incorrecto del lenguaje con la palabra “portavoza” antes de exponerlo en la sesión del Congreso. Y que por la cabeza le ronden pensamientos como que “portavocía” es femenino, vaya, había sido una alternativa, pero no habría llamado la atención porque no es discriminatorio, y España, España también es femenino porque termina en “a”, así que nuestro país es chica y lleva falda, qué cosas, y todo lo que significa nuestro país también termina en a: España es insolidaria, es machista, es hipócrita, es envidiosa. ¿Y por qué la “a” es femenina si tiene rabito y no es femenina la “o”? ¿Por qué no hablamos de Españo?

Imagino a la señora Angela Merkel bajándose las bragas en el baño de un hotel en el que ha ofrecido un desayuno informativo a la prensa, estreñida, bisbiseando en alemán por su inesperado infortunio y maldiciendo a la corresponsal del Frankfurter Allgemeine Zeitung que casualmente aprovecha en ese instante para acicalarse frente al espejo del aseo.

Imagino a Pablo Iglesias en su sofá, con un chándal viejo y el pelo mojado, leyendo a Bolaño y tropezándose con el párrafo “Las mujeres son putas asesinas, son monos ateridos de frío que contemplan el horizonte desde un árbol enfermo, son princesas que te buscan en la oscuridad, llorando, indagando las palabras que nunca podrán decir. En el equívoco vivimos y planeamos nuestros ciclos de vida”. Y después sentirse sucio y mirar a los lados de forma inocente para comprobar que nadie lo haya sorprendido leyendo indecencias.

Imagino a José Bono acompañando a su padre a la consulta del médico a revisión de una operación de cataratas. Y allí, los dos sentados esperando su turno, él agacha la cabeza para diluirse discretamente entre los pacientes mientras consulta la previsión del tiempo para el fin de semana que viene en el móvil; tiene intención de subir a esquiar. Otro paciente abre una ventana y fuera el tiempo es tan ventoso que arrastra polvo, hojas y minúsculas partículas al interior de la sala de espera. Una diminuta astilla y o piedrecita salta al ojo de Bono, redondo, grande, respingón y, ahora, lloroso. El ojo, enrojecido y húmedo, sufre frotes desesperados por parte de su propietario, sin mucho éxito, porque la minúsucula astilla se ha cobijado cómodamente entre el párpado y el globo ocular. La enfermera abre la puerta para hacer el llamamiento a José Bono padre pero cuando ambos se levantan los mira sin saber quién será el paciente, si el viejo o el llorón.

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