MAMOCU, un infierno consentido

La expresión “poner a alguien mirando pa’ Cuenca” cobra esplendoroso significado en la MAMOCU, carrera de montaña en la que los simpáticos diseñadores del recorrido trazan un circuito que asciende a todos los cerros, numerosos y escarpados, que rodean la ciudad de Cuenca. No sé si con ánimo de invitar al corredor a contemplar la belleza de esta capital Patrimonio de la Humanidad desde todas las perspectivas posibles o más bien, sospecho, con intención de colocar al atleta en posición favorable para la penetración anal. Algo de eso sentimos.

Poco amigo de competiciones de media y larga distancia consciente, sobre todo, de los perjuicios para articulaciones y tendones, me atreví el pasado domingo excepcionalmente con la MAratón de MOntaña de CUenca, a la postre Campeonato Regional de Carreras de Montaña. En concreto, nos lanzamos al reto de la media maratón, medida en más de veintidós kilómetros y medio aquí en Cuenca (no porque lo diga el GPS, que también, sino porque así se informaba ya en el track de la organización). Mi anterior media maratón fue en 2009 en Valencia, más corta, más joven y liviano, clima agradable, nulo desnivel, muchas chicas; supongo que sería como comparar un churro con un botellín. Desde aquel día hasta este domingo nunca me había dado por correr más de una hora, me remito para ello al principio de este párrafo.

Con una hora robada al sueño y al descanso, y después de una semana aliñada con un eficaz virus gastrointestinal, tres inocentes villaescuseros nos presentamos bajo el nublado cielo conquense. Recogimos la bolsa del corredor, impoluta y sin tontunas de relleno, lo que es de agradecer: un bonito buff multicolor conmemorativo de la prueba y un práctico chaleco cortavientos.

Cuando, en la salida, miramos a nuestro alrededor nos sentimos marginados. Desde que empecé a trotar por los alrededores del pueblo en 1999 (sí, no sé por qué motivo pero la selectiva memoria recuerda mi primera salida con el buen tiempo después de una tarde de estudio en aquella época en la que no existían el running ni el jogging, a lo sumo el footing) siempre he corrido con zapatillas, pantalón y camiseta, más sudadera y guantes en invierno. Y así también mis dos compañeros. Confesemos, no obstante, que los últimos meses hemos paseado el teléfono para medir tiempo y distancia. Pero allí, en la línea de salida, escuchando a un speaker que arengaba más que animar, tropezamos con una pujante raza atlética: el corredor de montaña. Un ejemplar modelo de esta raza calza zapatillas de trail, usa medias compresoras para los gemelos, lleva mallas -cortas o largas- pero nunca pantalones de deporte, se sirve de una mochila o un cinturón de hidratación y casi siempre lleva gorra para el sol o cinta en la frente para el sudor. Espero que no se desprenda ningún cariz peyorativo de la descripción porque en realidad envidio esa capacidad de adaptación a la moda y esa tenaz obstinación en mimar los detalles del hato.

Desde que empiezo a correr pienso en el kilómetro en el que me voy a retirar. Las piernas me pesan desde los primeros metros, lo que achaco al virus de principios de semana. Nada más salir se sube el alto de la Guindalera: casi dos kilómetros de ascensión para un desnivel de unos 200 metros. Pienso que quizá hubiese sido más prudente inscribirse en la prueba de iniciación de 10K, al fin y al cabo es la primera vez que afronto una carrera de montaña. En lo alto, Km 4, estoy hecho polvo, así que pensar en otros cuatro picos y otros dieciocho kilómetros se me antoja sobrehumano. No porque la distancia y el desnivel supongan una gesta épica, sino por mi estado renqueante.

Los tres nos lanzamos al descenso desde la Guindalera hasta los pies del Júcar. Marcos ha bajado miles de veces estas sendas con la bici “a fuego” durante sus años de estudiante en la ciudad serrana, así que disfruta como enano saludando a todas las piedras del camino entre saltos. Mientras, Pablo y yo aprendemos una lección de perogrullo: los trails se corren con zapatillas de trail; en caso contrario es fácil resbalar pisando una piedra húmeda o una zona de barro y caer al suelo. No besamos el suelo durante el descenso de puro milagro. Intento levantar la vista y disfrutar de un paisaje espectacular, pero el cansancio y el miedo al tropiezo son muchísimo más poderosos que el mundo contemplativo.

Casi al final del descenso se bifurca la prueba para los de 22K y los de 10K. La tentación de tomar el camino más corto es poderosa, pero decido que es preferible retirarse cuando fallen las piernas antes que limitarse a lo fácil. Además, en la bifurcación nosotros seguimos descendiendo y los de 10K empiezan una pequeña ascensión, así que ante la duda, para abajo.

Estamos en la ribera del Júcar, en primavera, el ambiente es fresco y recorremos unos cientos de metros llanos, así que disfrutamos inocentemente sin saber que vamos al matadero, al puto abismo. El infierno está en el Km 8,5, donde se dibuja un ascenso perfecto desde el Júcar hasta el cerro San Cristóbal, una senda casi lineal y escarpada de unos 750 metros con una pendiente media del 33% y rampas del 50%. Algo así como subir un edificio de 80 plantas pero sin escaleras, intentando anclar el pie en la tierra para dar un paso más. Los corredores vamos en fila india, y dan ganas de agarrarse al tobillo del que te precede porque no puedes dar un paso más. Si lo das es por orgullo, por vergüenza, y por miedo a caerte hacia abajo y arrastrar como fichas de dominó a todos los demás. Solo miras los pies del de delante, para ir pisando en los mismos sitios y llevar la cabeza agachada para no mirar lo lejos que está la cima, en el cielo. Cada paso es un martirio que hay que rumiar y tomar la decisión de dar porque tu cuerpo, por sí mismo, sabio, no lo daría. Cuando quedan menos de 100 metros no puedo dar un paso más, tengo los gemelos completamente rígidos y con buen criterio me suplican una tregua. Me aparto de la fila, me siento y veo subir a los demás, entre ellos Marcos y Pablo. El descanso no dura más de quince segundos, que saben a gloria, y me incorporo otra vez a la fila para alcanzar la cima.

Arriba casi me atraganto bebiendo agua desesperadamente en el avituallamiento. Agua, aquarius, golosinas, plátano y lo que vea. No llevamos ni diez kilómetros y tengo las piernas petrificadas, va a ser una quimera que me aguanten mucho tiempo. Pero bueno, ahora toca un descenso hasta el Km 11, cuando se cruza por el puente de San Pablo, y aunque solo sea porque Inma va a estar ahí animando hay que hacer un gratificante sacrificio. Mientras descendemos, nos cruzamos con los líderes de la prueba de 22K, que ya vienen de vuelta por el Km 14 y subiendo, qué máquinas.

Abajo cruzamos el famoso puente de madera los tres al trote, mágicamente recuperados después de asomarnos al averno. Nos anima Inma, me paro a darle un beso, y también los padres de Marcos, entre nuestras pesadas y ruidosas pisadas por el vertiginoso puente. Desde ahí comienza una nueva ascensión al cerro del Socorro, por el parador nacional. Esta subida es más tendida (más de un kilómetro para menos de 200 metros de desnivel positivo) pero estoy tan cansado que, desde las primeras rampas, sopeso abandonar y bajar a encontrarme con Inma. Así Pablo y Marcos podrán ir a su ritmo y yo disfrutar de un merecido descanso. No sé por qué no me doy la vuelta, pero voy subiendo estación a estación por los monolitos del viacrucis que adornan la subida; sé que son catorce, que Jesús ya ha caído dos veces por el peso de la cruz y la Verónica le ha limpiado el rostro. Seguimos andando, en algunos tramos apoyando las manos en los muslos para ayudar a las piernas a dar la siguiente zancada.

En la cima llevamos 12,5 Km, poco más de la mitad de la prueba, así que ya he corrido más que los de 10K, he cumplido, puedo retirarme con la cabeza alta, pero reponemos fuerzas en el avituallamiento y nos lanzamos al descenso. Empiezo a bajar y les digo a Pablo y Marcos que ahora me pillan. Es el descenso más difícil y peligroso, con grandes escalones y mucha piedra suelta. A los cuádriceps les cuesta un mundo retener la inercia de mi cuerpo, así que intento descender haciendo eses, como esquiando, para minimizar el impacto en los maltrechos músculos, que están a punto de saltar por los aires. Pablo tropieza y cae, pero como va detrás no lo veo, así que sigo bajando muy concentrado, consciente de que como me dé un tirón bajaré rodando hasta el auditorio. Al final del todo hay una cuerda para bajar rapelando la última roca, me agarro y mientras bajo sonrío pensando en lo inocente que fui al inscribirme. Aquí en el auditorio, Km 13,7, está el punto de control: había que llegar en tres horas y, como no llevo reloj, no sé ni cuánto llevamos. Marcos dice que vamos bien, que llevamos una hora y cuarenta. Más o menos lo que se tarda en hacer una media maratón.

Ahora toca subir al alto del Castillo. No es que sea fácil ni corta, pero de todas las ascensiones es la más asequible, así que en contra de la voluntad de mis piernas tiro para arriba. Amenazan con boicotear los deseos de mi ilusión, pero se resignan y siguen dando un paso tras otro, escalón a escalón, aunque estén ya solidificadas desde los gemelos hasta los glúteos. Sé que Marcos y Pablo podrían ir más rápido y les animo a que busquen un tiempo que los deje satisfechos, pero prefieren que vayamos los tres juntos (casi seguro que porque prometí invitarlos a comer). En lo alto del castillo estamos en el Km 15, así que calculo que quedan más de siete todavía. En este momento pienso que voy a seguir hasta que me respondan las piernas, que no puedo pensar en abandonar salvo que estallen las fibras de los músculos.

En el descenso del castillo al río nos adelantan como gamos los dos líderes de la prueba de 42K, que salieron una hora antes que nosotros y que vuelan hacia la meta en genial duelo; sacaron veinte minutos al tercero del maratón. Al final de la bajada hay un kilómetro llano, otra vez por la ribera del Júcar, pero ya me cuesta un mundo trotar. A duras penas alcanzamos la base de la última ascensión de más de 200 metros de desnivel por la ermita de San Julián el Tranquilo. Me convenzo a duras penas de que “en subiendo ya es to’ bajar” aunque mis fuerzas estén exprimidas. Hacemos la subida andando y, en los tramos de descanso, intento trotar, trotar como lo haría un elefante en terreno embarrado, más artificio que eficacia. Sospecho que los músculos de las piernas han llegado a un acuerdo democrático de tal forma que no van a permitir a ninguno de ellos conceder el privilegio de su propia distensión. Cuando falta poco para la cima adelanto a un atleta que va todavía peor que yo y me dice que ya hemos entrado en “modo walking dead”, como no tengo fuerza ni para contestar, afirmo, sonrío y continúo. Me duele hasta la espalda de empujar “con los riñones” en las zonas con más desnivel.

En la cima estamos ya en el Km 19 y ahora ya es todo bajada hasta la meta. Cruzo los dedos para que me respeten los músculos y trotamos hacia abajo. Luego en la ducha un chico cuenta que se ha tenido que retirar en el Km 19, qué rabia, podría haber rodado hasta la meta. Son tres kilómetros de bajada, pero se hacen eternos, con las piernas graníticas, descendiendo el alto de la Guindalera que subimos al principio de la prueba. Estoy a punto de tropezar dos o tres veces con piedras y raíces, ya exhausto, nos adelantan unos cuantos corredores que están sacando fuerzas de flaqueza para maquillar su tiempo. A mí obviamente me dan igual el tiempo y la posición, he sufrido demasiado como para que un puñado de minutos deprima mi satisfacción.

Llegamos a la meta junto al cuarto clasificado de la prueba de 42K, así que el speaker ni se fija en nosotros, Inma y los padres de Marcos nos aplauden y hacen fotos, claro, ya casi estaban preocupados porque no llegábamos. Cuando cruzamos el arco de meta veo que hemos tardado más de tres horas, posición 145 de casi trescientos inscritos, a Marcos y a Pablo les da un poco de vergüenza y se van a estirar donde no los vea nadie. Yo estoy tremendamente orgulloso de haber vencido a un trail que los propios expertos califican como rompepiernas (+1300m, es decir, subir un edificio de más de 400 plantas), de soportar una prueba que triplica el tiempo que normalmente salgo a correr, de superar una recurrente sobrecarga en el sóleo durante los últimos meses y un virus a principios de semana. Soy consciente de que la gesta no es épica ni sobrehumana pero todas las circunstancias eran adversas.

Para celebrarlo nos vamos a comer al Nazareno y Oro. La compañía es inmejorable, el cochinillo asado sabe a gloria, hemos pasado un domingo de sufrimiento y diversión, aunque parezcan adjetivos antónimos. Entre bocado y bocado planteamos inscribirnos a la MAMOCU 2018, aunque nos vuelvan a poner mirando pa’ Cuenca.

The Cherry Coke Zero Pope

El romance entre la HBO, bendita HBO, y el genial director italiano Paolo Sorrentino solo podría engendrar una criatura única y digna de admiración. Si, para más inri, el engendro gira en torno a las andanzas por el Vaticano de un nuevo, joven y guapo Santo Padre, entonces el impacto visual, la irreverencia y el diálogo ácido están garantizados.

Esa criatura recibe el nombre de “The Young Pope” y se adentra en el recién estrenado papado de Pío XIII (impresionante Jude Law) tras un cónclave en el que los cardenales parecieron guiados por el Espíritu Santo y no por un previsible juego de conspiraciones de poder. Con toda la fuerza visual propia de Sorrentino se presenta a un Papa elegante, vanidoso, que desayuna Cherry Coke Zero y sostiene su cigarrillo entre los dedos mientras alza sus plegarias al Cielo. Un Papa que viste de blanco inmaculado desde el chándal de deporte hasta el bañador y que confiesa que “mi único pecado es que mi conciencia no me acusa de haber pecado”.

Pío XIII es huérfano, lo que incide determinantemente en sus miedos y sus sueños, y desde muy pequeño fue criado por Sister Mary (Diane Keaton), una monja fiel y ambiciosa a la que asigna un papel fundamental en la jerarquía vaticana. Son recurrentes los flashback que rememoran aquellos tiempos de infancia de uno y juventud de otra.

Pío XIII es un emisario de Dios obsesionado con crear expectación y misterio y que aspira a depurar su Iglesia para cribar a los fieles que considera indignos. No obstante, y a pesar de su carácter prepotente, es un Papa que reza constantemente a Dios incluso en sus crisis de fe y llega a afirmar que “la existencia o inexistencia absolutas de Dios reconforta en su determinación”. Más allá de la imagen pública distante que pretende proyectar, se muestra como un humano tremendamente sensible y analítico, con capacidad de amar aunque en un momento dado susurre que “todos los curas somos cobardes e infelices, incapaces de enfrentarnos al amor de un ser humano”, dispuesto a sacrificios por el bien de la Iglesia, consciente del poder del amor y la paz en el mundo. Una tesis se podría escribir psicoanalizando al personaje, lejos de nuestras humildes pretensiones que no van más allá de animar al lector a disfrutar de estas diez horas de serie televisiva.

La serie está poblada de personajes entrañables, en gran medida trazados con pinceladas caricaturescas para regular la dosis de empatía que Sorrentino pretende que segregue el espectador con cada personaje. Destaca Voiello, el secretario del Estado Vaticano, un cardenal conspirador y fanático del Nápoles que equipara a Maradona con su dios pero que cuida con infinito cariño a un niño discapacitado por las noches. También tienen un gran peso en la trama el cardenal huérfano que creció con Pío XIII en el internado de Sister Mary, la jefa de marketing del Vaticano, una femme fatale resignada a los caprichos del joven papa, o el cardenal Gutiérrez (Javier Cámara), obstinado borrachín que debe enfrentarse, con miedo y determinación a partes iguales, a un caso de abusos a menores ocurrido en las altas esferas eclesiásticas norteamericanas.

La serie carece de un hilo argumental lineal y vertiginoso, por lo que el peso de su interés recae por necesidad sobre otros elementos como el contexto, el guión y la imagen. Atreverse a dibujar un fresco de un Vaticano verosímil y televisivamente atractivo es una labor al alcance de muy pocos directores y guionistas. Sorrentino lo consigue, en parte por ser un astuto y corrosivo italiano, pintando un Vaticano que huele nítidamente a las dos propiedades seculares de la institución eclesiástica: la diplomacia y la conspiración. Y todo recubierto de una exquisita y rompedora banda sonora, sin llegar a ser tan anacrónica como aquella de la María Antonieta de Sofia Coppola.

Sintetizando al máximo, si te atraen los diálogos sobre el sentido de la vida de Six Feet Under, te impactó el lenguaje visual y el surrealismo narrativo de La Gran Belleza, y te gusta sentirte cómplice de conspiraciones mundanales como en The Wire o House of Cards, muy probablemente no te arrepentirás de lanzarte a The Young Pope.

Angustias

Carros y carretas

Terminar de leer “Mientras agonizo” el día de San Valentín resulta una casualidad irónica. Menudo título.

Reordenando estanterías de libros, me tropecé con esta novela de William Faulkner que compré en aquellos tiempos universitarios en alguna de las pocas librerías de la ciudad. Si la compré fue por ser de Faulkner -aunque no conociese ni un título de su bibliografía, estaba encumbrado mitológicamente en la literatura que debía atraerme, sin ir más lejos en aquella referencia devocional de Amanece que no es poco- y porque era barata, una edición de bolsillo de Alianza de esas que tienes que leer sin abrir del todo las páginas porque se descuajeringa la encuadernación y se transparentan las letras de la página siguiente porque las hojas son de papel de fumar. La compré para no leerla, como procedía.

Pero ahora ya no hay vuelta atrás. Ya soy espectador eterno de las desgracias de la familia Bundren. He convivido unos días intensos, pocos por la brevedad de la novela pero intensos, con estos personajes desamparados que “hacen todo lo que pueden” mientras trasladan el cuerpo de la madre de familia, Addie Bundren, para su enterramiento en Jefferson en un viaje tremendamente cargado de sufrimiento resignado. Ellos mismos se han abierto a mi inocente lectura con todas las aristas de sus almas, sedimentando en mi conciencia un sólido y pesado poso de triste compasión.

Anse, padre de familia, guía hacia la oscuridad, encorvado campesino, qué vida de humillación sufres y qué eterna desconfianza hacia los demás inspiras mientras repites “mi familia nunca deberá nada a nadie”. Cash, hermano mayor, generoso y comprensivo con su familia, obstinado y hábil trabajador, qué entereza demuestras en tu sufrimiento mientras intentan curarte con cemento una pierna rota. Darl, imaginación al borde del colapso, la energía hecha carne, el equilibrio inestable, qué vueltas de tuerca sufrimos contigo mientras narras gran parte de la historia de tu familia. Jewel, agrio carácter, fuerza descontrolada, describirte es destripar la narración, te imagino en los momentos álgidos siempre dando el cien por cien de ti. Dewey Dell, única hija, ni tan frágil ni tan inocente, incubada en el ambiente hostil de la granja familiar, cómo sobrevives a tantos reveses y a un destino certeramente perfilado por un dios cruel. Vardaman, hijo menor de la saga, mirada inocente de niño, creatividad coartada por el analfabetismo, aprendemos a ver el mundo con tus ojos y jamás podremos convencerte de que tu madre no es un pez.

“Mientras agonizo” se te mete dentro e invade tus pensamientos de forma recurrente, como los libros que se vuelven imprescindibles.

Obstinada Imaginación Húmeda

Hace ya tiempo me tropecé con un párrafo de Vila-Matas en, reconozco, el único libro que de él he leído y que ni recuerdo cómo se titulaba. Creo que llevaba “París” en el nombre, resultaría sencillo identificarlo gracias a google. Creo recordar que no me entusiasmó pero este fragmento premia de por sí mi admiración por el controvertido catalán. El párrafo en cuestión se me repite frecuentemente como una larga sobremesa de bocadillo de chorizo:

“Desde luego, es más bien complicado ser joven, aunque eso no implica ni muchísimo menos que uno deba andar desesperado. Claro que la madurez tampoco es que sea una maravilla. En la madurez conoces la ironía, sí. Pero ya no eres joven y la única posibilidad que te queda de serlo un poco estriba en resistir, no renunciar demasiado, con el paso del tiempo, a aquella húmeda imaginación del arcón de Neauphle-le-Chateau. Sólo te queda resistir, no ser como aquellos que, a medida que la intensidad de su imaginación juvenil va decayendo, se acomodan a la realidad y se angustian el resto de su vida. Sólo te queda tratar de ser de los más obstinados, mantener la fe en la imaginación durante más tiempo que otros.”

La España Vacía

Sin título

Tierra de conquistadores,
no nos quedan más cojones,
pues si no quieres irte lejos,
te quedarás sin pellejo.

[Extremaydura, Extremoduro]

Es cómodo esperar a que llegue la Navidad para que críticos y escritores publiquen sus listas de lo mejor del año que finaliza y así no errar en los regalos navideños. Con el paso de los años resulta relativamente sencillo inferir, a partir de una breve reseña de esos libros top, los que merecen la pena de los que son productos puramente comerciales y de los que tratan asuntos ajenos a mis inquietudes. Hace unos días revisé las lecturas que habría lamentado perderme en 2016 de Enric González, con lo que me remití al genial artículo En la España sin nadie de Antonio Muñoz Molina. Y así, sin más retórica, decidí regalarme “La España vacía”.

“La España vacía: viaje por un país que nunca fue” es un extraordinario ensayo de Sergio del Molino (Madrid, 1979, 37 años) que estudia el éxodo a las ciudades, sobre todo el fenómeno producido entre los años 50 y 70 al que llama “El Gran Trauma”, y las consecuencias del vaciamiento de gran parte del interior de la península. Sin ir más lejos, recomiendo echar un vistazo a este gráfico de la evolución de la población en Villaescusa de Haro, donde se ilustra con triste clarividencia el gran trauma.

Sergio del Molino describe con tremenda sensibilidad el desamparo del interior de la península afectado por la despoblación, una región mesetaria sin mar ni playa que ocupa más de la mitad de la superficie de España y, por contra, solo cuenta con el 15% de la población. Junto a Laponia y el norte de Suecia, la tercera región más deshabitada de Europa. A través de un lenguaje preciso y literario y desde una mirada atenta, didáctica y sensible, analiza un fenómeno que incide en el carácter español de forma muy notable, desde nuestra asepsia patriótica hasta nuestros vínculos familiares.

En cualquier caso, no es intención del autor limitarse al éxodo franquista, sobre todo porque es consciente de que “la confrontación entre una España rural y una España urbana es anterior a la revolución industrial y a cualquier éxodo campesino”. De hecho, subraya que “hay una corriente de fondo que observa el campo como un espacio salvaje. La civilización frente a la barbarie”. Sin ánimo de ofensa, el escritor relata algunos de los episodios de la España negra, miserable y bárbara como Fago o Puerto Hurraco: “pienso en las historias de violencia que todas las comunidades pequeñas contienen. Los odios de siglos, las rencillas que el roce y la moral de vía estrecha acentúan, el aburrimiento. Todo se reduce a una cuestión de heterofobia. Concluye que la falta de estímulos sensoriales provoca efectos devastadores sobre los individuos y propicia la aparición de trastornos mentales. En el entorno hermético y diminuto del pueblo, las tensiones y disputas se magnifican hasta niveles insoportables.

Se incide en el paisaje y el concepto de mar de tierra, imagen ampliamente utilizada en la literatura española. Como si los habitantes de estas latitudes fuésemos marineros cuasi náufragos, “campesinos pobres desperdigados por una meseta de clima hostil”. Subraya que en esta relación, los pobres, cuando consiguen contarse a sí mismos, escoran el punto de vista hacia la dignidad, el esfuerzo y la honradez.

Del Molino huye del elogio de aldea (beatus ille) para mostrar con desnuda crueldad la desesperanza de la vida rural y el abandono político de nuestro campo. Por mi posición política y mi actitud vital no me quedó más remedio que aplaudir las atinadas observaciones del joven escritor, cruelmente sinceras, tras la lectura de algunos párrafos. Y eso que advierte que “no pertenezco al lugar y tiendo a idealizarlo, a caricaturizarlo o a explotar su pintoresquismo”. Más aún: “es muy difícil viajar a la España vacía sin la aprensión del explorador de lo exótico o sin la ilusión del misionero que va a salvar a los indios”. Lejos de esas premisas, se ha de reconocer una exhaustiva labor de investigación que salta entre referencias a Bauman y Muchachada Nui, a Lipovetsky y Extremoduro, al teatro de la Barraca de Lorca y Amanece que no es poco. Todo junto en un ejercicio casi de autopsia de un país.

Al final, en palabras del autor, la España vacía resulta ser un mapa imaginario, un territorio literario, un estado (no siempre alterado) de la conciencia; un frasco de las esencias que, aunque esté casi vacío, conserva perfumes porque se ha sellado muy bien. Fueron muchas las familias que emigraron a la periferia de las ciudades en los años ya citados pero que siguen teniendo el pueblo como referencia nostálgica, aunque Del Molino recuerde que “la nostalgia es una expresión suave y resignada del miedo”. Al fin y al cabo, aunque los pueblos se vacían, existir en la memoria es una de las formas más poderosas de existencia que conocen los humanos”.

***

Compré “La España vacía” desde un rincón conquense de esa España vacía en las que las carreteras se hacen para huir y no para venir. Amazon me lo envió en apenas dos días; el transportista de Seur ya conoce el camino a casa. Pienso en lo díficil que me resulta creer ciertos capítulos del libro, aunque en realidad creo que acierta Sergio del Molino en sus apreciaciones al respecto de la vida rural, si bien notablemente más matizadas y suavizadas de lo que la literatura le exige.

Intento identificar los inconvenientes que tiene vivir en la desértica meseta. Hace mucho frío en invierno. No hay mercadona. Solo hay un bar abierto cuando salgo del trabajo. El cine está a media hora y el aeropuerto a hora y media. Ayer rompí las cuerdas de la raqueta jugando al frontón y tendré que recorrer más de veinte kilómetros para encordar de nuevo la raqueta.

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