La vigilante y el dentífrico

Los Barruecos
Nidos de cigüeñas y caballos pastando en Los Barruecos.

En Viena hay diez muchachas,
un hombro donde solloza la muerte
y un bosque de palomas disecadas.
Hay un fragmento de la mañana
en el museo de la escarcha.
Hay un salón con mil ventanas.

[Pequeño Vals Vienés, Enrique Morente,
con letra de García Lorca y música de Leonard Cohen]

Se paseaba de un lado a otro de la sala con las manos en la espalda, como si estuviese esposada, lentamente, sin atender ni por un momento a las obras de arte que la rodeaban y que, no en vano, le daban de comer, para que digan que el arte no alimenta. Su misión consistía en que no robásemos el alma a susodichas obras, prohibido hacer fotografías, gracias, ni con cámara ni con teléfono. Paréntesis. En la Capilla Sixtina anuncian ¡por megafonía! de modo mecánico y periódico “no photo, no video”, anulando el sobrecogimiento ante la maravilla de Miguel Ángel, ya maltrecho por la marabunta inevitable, para mí ha quedado desnuda de lo que la convierte en arte. Fin paréntesis. De vez en cuando la vigilante miraba al exterior por una ventana como el que se asoma a ver si llueve, obviando por completo la maravilla de la naturaleza que encuadraba el marco, Los Barruecos, Malpartida de Cáceres. Paréntesis. Aquí han rodado escenas de Juego de Tronos por lo atípico de un paisaje de oasis mágico, y doy fe que así parece. Fin paréntesis.

Como éramos los únicos visitantes, vigilaba mi cámara de fotos como si la fuese a desenfundar de un momento a otro y ¡pum! ¡catástrofe congelada! La sentía al acecho como si formase parte de la colección del Museo Vostell, por cierto muy recomendable; como sea que algunas de las originales obras de arte conceptual estaban planteadas para la interacción, no resultaba descabellado asignar a la vigilante -por su comportamiento- un valor artístico. Me la imaginaba en sueños susurrándome “zona de confort tu puta madre”.

Una de las instalaciones consistía en una pequeña habitación con paredes llenas de lana (el edificio del museo fue en tiempos de la trashumancia un prestigioso lavadero de lanas) y con una aspiradora en el centro, conectada a la corriente, de tal forma que podías optar por recoger la lana, redistribuirla por las paredes, o limitarte a ser un mero observador de la instalación. La vigilante decidió por nosotros con su papel activo en la sala 2 del museo: la supremacía de la autoridad ante las gilipolleces del artista. Con perdón.

Conté un taquillero, dos vigilantes en la primera sala, otro vigilante en la entrada de la segunda sala y la vigilante-artista-omnipotente. Cinco personas para dos visitantes, a dos con cincuenta la entrada. Complicada rentabilidad. Indagando descubro que el museo ha recibido 47.376 visitantes en 2016, lo que equivale a casi mil visitantes a la semana. Que me perdonen los que hacen el recuento y los que venden esas cifras porque si un sábado soleado de mayo a media mañana pude contar un puñado de parejas en la cafetería del museo (en el propio museo no coincidimos con nadie) me cuesta admitir esa taquilla salvo que todos los colegios, institutos y jubilados de la provincia lo visiten anualmente.

Doy por hecho que un museo no nace para ser económicamente rentable y que su rendimiento se mide con otras varas. Es más, agradezco haber tenido la posibilidad de disfrutar con recogimiento y atención de las ideas vanguardista del alemán Wolf Vostell en ese mágico y remoto rincón de Extremadura. Tanto las obras como el enfoque y los materiales me remitían insistentemente a Adolfo y sus piezas. Descubro que a esta corriente se le conoce como Fluxus, aunque adentrarse en ese mundo es harina de otro costal. Desde la obra que da la bienvenida al visitante, Fiebre del Automóvil, un coche con elementos móviles rodeado de platos vacíos que plantea el abismo que separa el primer y el tercer mundo, el recorrido se presenta sugerente y reflexivo saltando entre diversas obsesiones y temáticas del artista. Como ni se podía hacer fotos ni se repartían folletos (la guía era un folio plastificado que tenías que devolver al finalizar el recorrido) no guardo recuerdos en soporte físico, pero he memorizado dos frases muy significativas del autor: “son las cosas que no conocéis las que cambiarán vuestra vida” y “la mayor obra de arte del hombre es la paz”.

Tanto el entorno natural de Los Barruecos como el arte contemporáneo del museo Vostell ensancharon nuestro estrecho conocimiento del mundo este sábado aunque Wolf Vostell tampoco ha resuelto mi dilema metafísico vital: por qué no venden dentífricos -bonita palabra- de medio kilo para no tener que luchar con tanta frecuencia contra el cuello de los envases.

El Talento y el Trabajo

Alarcón


Pinturas Murales de Jesús Mateo (Alarcón, Cuenca)

La belleza salvará al mundo.

Su odio nuestra sonrisa y Bartolín en Irún

Neutral Milk Hotel
Neutral Milk Hotel o un grupo que se descubre de rebote y resulta ser imprescindible

And when we meet on a cloud
I’ll be laughing out loud
I’ll be laughing with everyone I see
Can’t believe how strange it is to be anything at all.

[In The Aeroplane Over The Sea, Neutral Milk Hotel]

¿Os acordáis de Bartolín? Aquel ex-concejal del PP en La Carolina (Jaén) que desapareció en el 98. Se ausentó del pueblo en el que era concejal de deportes y apareció lejísimos, casi en otro país, en Irún, sin documentación y casi sin dinero. Hubo miedo a que fuese un secuestro de ETA; el caso de Miguel Ángel Blanco había ocurrido pocos meses antes, el ambiente era muy tenso: un andaluz del PP que desaparece en Euskadi. Y resultó que Bartolín, con su cara dura y sus 27 años, simuló su propio secuestro. El teléfono móvil lo delató. El miedo político y social pronto transmutó en sorna y a Bartolomé Rubia le cortaron las alas: expulsado del partido y la risión de su pueblo. De héroe a caricatura.

El otro día Joaquín Sabina confesó que su íntimo amigo José Tomás le había recomendado tirarse unos pedos antes de salir al escenario para relajarse, que era una táctica que él también usaba en la previa del paseíllo, ¿harán lo propio Rajoy antes de subir al estrado o Sara Carbonero antes de entrar en directo?

“Su odio nuestra sonrisa” pregonan. Me mosquea que quieran venderme “alegría” y “sonrisas”, ¿quién te las distribuye para poder comerciar con ellas? ¿con qué legitimidad te permites comerciar con mis emociones? Sé que sois unos profesionales del marketing y unos genios de la política comunicativa, pero os pediría que negociéis con las ideas, no con los sentimientos. Sois un fenómeno fascinante pero todavía tenemos que descubrir si hay pedos detrás de las consignas.

Ayer telefoneé a un amigo que casualmente estaba en una subasta de arte por Madrid; no como comprador, sino como vendedor, intentando encasquetar un cuadro a alguna ricachona. Obviamente, las casas de arte no subastan todo lo que les llega, sino que tienen un filtro exigente, lo que significa que hay margen de maniobra para darles gato por liebre. Me contó que ayer tarde vendieron un Sorolla por una cantidad de cinco cifras y que él consiguió sacarse cuatro cifras por uno que le había costado dos. Un buen negocio en un mundo que tiene mucho de bolsa y poco de sensibilidad, donde señoras de setenta y cinco llevan tanga y se tiran pedos antes de hacer su puja ganadora.

Lunes y chicha

Vino
Vino frente al Ebro y las viñas anaranjadas.

El sueño va sobre el tiempo
flotando como un velero.
Nadie puede abrir semillas
en el corazón del sueño.

[Lo escribió García Lorca, Así que pasen cinco años]
[Lo cantó Camarón, La leyenda del tiempo]

Los lunes de invierno por la tarde la vida es muy larga. Casi asusta pensar que caben miles de tardes de lunes de invierno. Puedes hacer la compra para la semana o aligerar la agenda de tareas pendientes sencillas, pero poco más. Es como se estuvieses en una estación de tren y se fuesen todos los trenes y te quedases ahí solo, sin coger ninguno, sabiendo que dejarás pasar muchos trenes todas las semanas. Sólo que cada semana cambian los trenes y la estación se llena de colillas, chicles y envoltorios de caramelos. El paso del tiempo implica inevitablemente un incremento de la obsesión. Pero en verano las obsesiones son vapor y en invierno chicha. Pasan los trenes, aunque en realidad nada cambia, es una huida estática, circular, como la de los buscadores de setas de estas fechas que dan vueltas al mismo monte hasta que se pierden. Todos los años de forma invariable el diario provincial anuncia que localizan a buscadores perdidos, extraña paradoja.

Woody Allen, en una entrevista reciente, insistía en que el misterio de la vida consistía en no hacerse preguntas imposibles y en rellenar todos los resquicios de nuestro tiempo en ocupaciones terrenales. Lo ilustraba diciendo que a él le angustiaba no saber si iba a poder contratar a Cate Blanchett pero no si había vida después de la muerte. O algo así. El genio judío también decía que la tradición es la ilusión de la permanencia. Algo así serán los lunes. Pero claro, las obsesiones invernales, hechas de chicha, no son de material apto para tapar las juntas del tiempo y el sueño. A pesar de todo nunca hay que dejar de hacerse preguntas trascendentes, como nunca hay que parar de sonreír aunque los motivos para lo contrario sean tantos que casi resulta inmoral aconsejar la alegría.

Cuando los gitanos escuchaban “La leyenda del tiempo” de Camarón volvían a la tienda de discos a devolverlo porque se sentían estafados: eso no era flamenco. Cuando Kubrick estrenó “2001: una odisea en el espacio” los espectadores abandonaban el cine poco después de ver un fragmento de un documental de simios: eso no era ciencia ficción. A Serge Gainsbourg y Brigitte Bardot le censuraron “Je t’aime moi non plus” por romper moldes: eso no era música. Piero Manzoni enlató mierda y sus colegas le dijeron “¡eh, Piero, los artistas vivimos de esto, no nos jodas, esto no es arte!”, y hoy podría ser millonario con los réditos de sus heces. El tiempo, a la larga, solidifica el vapor y pudre la chicha. O sea, cierra el lunes.

Prepárate para lo peor, espera lo mejor y acepta lo que venga.

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