El Odio del Ocio

El (o la) community manager de JotDown repite periódicamente el tuit “decidme, ¿qué se odia hoy?”, descargando todo su sarcasmo sobre la cibertribu tuitera de los odiadores profesionales, haters para los amigos, gente que se loguea reiteradamente en una red social con el cuchillo entre los dientes y se excita despedazando al personal. Se me antoja tremendamente deprimente malgastar tanto tiempo y energía en generar vibraciones negativas a nuestro alrededor.

Parece que hemos venido a internet a odiarnos, lo que equivale a confesar que nos pone sembrar nubes negras en nuestro tiempo libre y de ocio. Da lo mismo que sea con el representante de España en Eurovisión, con un torero, con Rita Maestre o con Pablo Motos. Y qué decir si el asunto va de feminismo y se descontextualiza una respuesta de una entrevista, como le pasó a Blanca Suárez. Qué frustrante y depresivo resulta leer las respuestas que genera cualquier tuit de un personaje relevante; cuando lees un puñado de reacciones lo dejas y casi sientes ganas de disculparte por haber entrado en esa sala abarrotada de hienas hambrientas.

Evidentemente no estoy descubriendo nada nuevo, la literatura que ha generado ya el fenómeno hater es inmensa, pero cada día resulta más penoso poder ejercer el derecho a la libertad de expresión. De un lado, porque al estar las lanzas siempre de punta resulta harto difícil expresar opiniones o ideas que puedan alejarse de lo tuiteramente aceptable, que a la postre es nada nadie nunca. Raúl del Pozo lo expresó como “en las redes sociales se cocina la censura actual”. De otro lado porque resulta complicado dibujar el contexto pormenorizado de cada opinión que se pretende defender cuando las hordas van a maltratar una parte o desfigurar el todo. Además, un hater no tiene ningún escrúpulo en mezclar churras con merinas porque en ningún caso su propósito será el de debatir sino el de destruir. Y para colmo, si el mensaje no es suculento se dirige la crítica al sujeto y no al objeto.

Se presenta cómodo, por tanto, destripar al aventurado iluso, máxime cuando debe enfrentarse a una jauría inquisidora, habitualmente numerosa y con capacidad para incendiar diversos frentes. En el génesis de las redes sociales los debates se eternizaban y difuminaban, hoy en día no queda más remedio que tragarse la impotencia, dejar a los haters con la chicha entre los dientes y tener fe en que sean mayoría los que capten un mensaje en su contexto y sin tergiversar. Y no, por supuesto, porque el mensaje primario aspire a erigirse como Verdad Absoluta©, que en muchas ocasiones las collejas son merecidas y en otras (léase Pérez Reverte o Soto Ivars) juegan a provocar a sabiendas de la susceptibilidad de las redes, sino porque las respuestas suelen apostar a la destrucción por la destrucción.

Algo así como la democracia del exterminio y la devastación. Un joven escritor lo expresó ayer de forma certera tuiteando “cada día me carga más el prestigio intelectual que tiene el desprecio” (supuse que como asustada respuesta al linchamiento que ayer mismo sufrió Antonio Maestre por escribir que en su infancia llevaba J’Hayber). Y es que existe un grupo de gente que siempre ve todo negativo y criticable, con un enfoque permanente de desprecio y reproche. Gente que, no sabemos si por interés propio o por oscura perspectiva vital, tiende a la destrucción y evita arrimar el hombro donde diagnostica un problema. Gente empeñada, en fin, en abrazarse a la crispación como modo de vida.

Hace pocos días redacté un mensaje de agradecimiento a todos los maestros que han pasado por el colegio de nuestro pueblo dejando huella en la esmerada educación sin complejos ni carencias que nos brindaron. En vez de recuerdos melancólicos de los lectores, los comentarios terminaron criticando a Cospedal y lamentando la desaparición de la banda de música del pueblo. Pobres maestros.

Burocracia™

Y deberías temer al todopoderoso
porque él quiere vernos muertos a todos
el espacio es infinito y estamos solos
todo es inerte, solo estamos nosotros
luchando en contra de la naturaleza
porque solo existe vida en este planeta
el milagro es que crezcan flores en la Tierra
al final siempre recoges lo que siembras.

[Islamabad, Los Planetas]

No puede ser. He buscado la palabra “burocracia” en el blog pensando que aparecería doscientas veces por tratarse de una de mis obsesiones vitales y resulta que solo existe una coincidencia y se refiere a la burocracia peruana. No puede ser. Solo lo admitiría considerándolo paradigma de resignación.

Adán mordió la manzana y Dios le dio la burocracia.

Cuando despertó el burocratosaurus todavía estaba allí.

La belleza salvará al mundo, si y solo si no lo mata antes la burocracia.

Todos podríamos relatar con sudores fríos epopeyas míticas de nuestros laberintos burocráticos. El que necesitaba constituir una empresa para abrir una cuenta bancaria y el banco requería la constitución de la empresa para abrir dicha cuenta. Las autorizaciones que se demoran meses saltando de mesa en mesa de la administración. La infinita impotencia de Darín en Relatos Salvajes.

Mi depresión brota del dolor de conciencia por ser piedra del bloque jugando un papel dentro de ese sistema infernal, rellenando impresos y firmando documentos eternamente (firma electrónica tecleando una contraseña en el móvil varias veces al día). Alimento al monstruo que me mata. Entre los ratos de terapia psicológica con los vecinos y los ratos de burocracia se pasan los días. Desde que nace una idea hasta que se formaliza pasan dos semanas, pero desde entonces hasta que se superan los millones de obstáculos administrativos pasan dos años. En el mejor de los casos.

Día tras día intento buscar la justificación. Encontrar un asidero al que agarrar la necesidad de los papeles que nacen, crecen, se firman, se reproducen y desaparecen. Podría sospechar que la coherencia y responsabilidad de un mundo globalizado se sostiene en el papel y la firma, pero carezco de fe.

Dios mío, si nos diste la burocracia, al menos podrías habernos dado fe en su papel.

La España Vacía

Sin título

Tierra de conquistadores,
no nos quedan más cojones,
pues si no quieres irte lejos,
te quedarás sin pellejo.

[Extremaydura, Extremoduro]

Es cómodo esperar a que llegue la Navidad para que críticos y escritores publiquen sus listas de lo mejor del año que finaliza y así no errar en los regalos navideños. Con el paso de los años resulta relativamente sencillo inferir, a partir de una breve reseña de esos libros top, los que merecen la pena de los que son productos puramente comerciales y de los que tratan asuntos ajenos a mis inquietudes. Hace unos días revisé las lecturas que habría lamentado perderme en 2016 de Enric González, con lo que me remití al genial artículo En la España sin nadie de Antonio Muñoz Molina. Y así, sin más retórica, decidí regalarme “La España vacía”.

“La España vacía: viaje por un país que nunca fue” es un extraordinario ensayo de Sergio del Molino (Madrid, 1979, 37 años) que estudia el éxodo a las ciudades, sobre todo el fenómeno producido entre los años 50 y 70 al que llama “El Gran Trauma”, y las consecuencias del vaciamiento de gran parte del interior de la península. Sin ir más lejos, recomiendo echar un vistazo a este gráfico de la evolución de la población en Villaescusa de Haro, donde se ilustra con triste clarividencia el gran trauma.

Sergio del Molino describe con tremenda sensibilidad el desamparo del interior de la península afectado por la despoblación, una región mesetaria sin mar ni playa que ocupa más de la mitad de la superficie de España y, por contra, solo cuenta con el 15% de la población. Junto a Laponia y el norte de Suecia, la tercera región más deshabitada de Europa. A través de un lenguaje preciso y literario y desde una mirada atenta, didáctica y sensible, analiza un fenómeno que incide en el carácter español de forma muy notable, desde nuestra asepsia patriótica hasta nuestros vínculos familiares.

En cualquier caso, no es intención del autor limitarse al éxodo franquista, sobre todo porque es consciente de que “la confrontación entre una España rural y una España urbana es anterior a la revolución industrial y a cualquier éxodo campesino”. De hecho, subraya que “hay una corriente de fondo que observa el campo como un espacio salvaje. La civilización frente a la barbarie”. Sin ánimo de ofensa, el escritor relata algunos de los episodios de la España negra, miserable y bárbara como Fago o Puerto Hurraco: “pienso en las historias de violencia que todas las comunidades pequeñas contienen. Los odios de siglos, las rencillas que el roce y la moral de vía estrecha acentúan, el aburrimiento. Todo se reduce a una cuestión de heterofobia. Concluye que la falta de estímulos sensoriales provoca efectos devastadores sobre los individuos y propicia la aparición de trastornos mentales. En el entorno hermético y diminuto del pueblo, las tensiones y disputas se magnifican hasta niveles insoportables.

Se incide en el paisaje y el concepto de mar de tierra, imagen ampliamente utilizada en la literatura española. Como si los habitantes de estas latitudes fuésemos marineros cuasi náufragos, “campesinos pobres desperdigados por una meseta de clima hostil”. Subraya que en esta relación, los pobres, cuando consiguen contarse a sí mismos, escoran el punto de vista hacia la dignidad, el esfuerzo y la honradez.

Del Molino huye del elogio de aldea (beatus ille) para mostrar con desnuda crueldad la desesperanza de la vida rural y el abandono político de nuestro campo. Por mi posición política y mi actitud vital no me quedó más remedio que aplaudir las atinadas observaciones del joven escritor, cruelmente sinceras, tras la lectura de algunos párrafos. Y eso que advierte que “no pertenezco al lugar y tiendo a idealizarlo, a caricaturizarlo o a explotar su pintoresquismo”. Más aún: “es muy difícil viajar a la España vacía sin la aprensión del explorador de lo exótico o sin la ilusión del misionero que va a salvar a los indios”. Lejos de esas premisas, se ha de reconocer una exhaustiva labor de investigación que salta entre referencias a Bauman y Muchachada Nui, a Lipovetsky y Extremoduro, al teatro de la Barraca de Lorca y Amanece que no es poco. Todo junto en un ejercicio casi de autopsia de un país.

Al final, en palabras del autor, la España vacía resulta ser un mapa imaginario, un territorio literario, un estado (no siempre alterado) de la conciencia; un frasco de las esencias que, aunque esté casi vacío, conserva perfumes porque se ha sellado muy bien. Fueron muchas las familias que emigraron a la periferia de las ciudades en los años ya citados pero que siguen teniendo el pueblo como referencia nostálgica, aunque Del Molino recuerde que “la nostalgia es una expresión suave y resignada del miedo”. Al fin y al cabo, aunque los pueblos se vacían, existir en la memoria es una de las formas más poderosas de existencia que conocen los humanos”.

***

Compré “La España vacía” desde un rincón conquense de esa España vacía en las que las carreteras se hacen para huir y no para venir. Amazon me lo envió en apenas dos días; el transportista de Seur ya conoce el camino a casa. Pienso en lo díficil que me resulta creer ciertos capítulos del libro, aunque en realidad creo que acierta Sergio del Molino en sus apreciaciones al respecto de la vida rural, si bien notablemente más matizadas y suavizadas de lo que la literatura le exige.

Intento identificar los inconvenientes que tiene vivir en la desértica meseta. Hace mucho frío en invierno. No hay mercadona. Solo hay un bar abierto cuando salgo del trabajo. El cine está a media hora y el aeropuerto a hora y media. Ayer rompí las cuerdas de la raqueta jugando al frontón y tendré que recorrer más de veinte kilómetros para encordar de nuevo la raqueta.

El Talento y el Trabajo

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