La ira siempre engendra más ira

Tres Anuncios en las afueras

Pequeña de las dudas infinitas,
aquí estaré esperando mientras viva.
No dejes que todo esto quede en nada
porque ahora estés asustada.

[De las dudas infinitas, Supersubmarina]

Algunos tienen la malísima costumbre de preguntarte al salir del cine qué te ha parecido la peli. ¿Te he preguntado yo acaso qué tal te ha sentado el cocido antes de terminar el postre? ¿Tan ágiles son tus engranajes mentales para extraer conclusiones durante los títulos de crédito finales? Debes ser de esos que dicen que esa película la han visto y se saben de qué va y entonces ya no tiene más interés.

Habíamos pagado diez euros por ver Tres anuncios en las afueras en el cine el día de su estreno en España. No por ansia cinéfila sino por casualidad -el estreno- y descarte -menuda cartelera-. Y si bien las expectativas iniciales no eran altas, la asociación mental coste-precio nos empujaba a una desconfianza razonablemente pesimista.

Y sin embargo, desde entonces se me repiten periódicamente algunas escenas, como esa en la que un personaje chirriante recuerda que la ira siempre engendra más ira. Y, por supuesto, la escena final que, además de brindar un giro más que inesperado para los tiempos que corren, carga de sentido a toda la historia.

Tres anuncios en las afueras narra la lucha de una madre contra las autoridades locales por no haber cerrado con éxito y culpable la investigación por la desaparición, violación y muerte de su hija. En torno a ese guión se presenta un pueblo casi perdido, Ebbing, en el que se identifican características frecuentes en estas pequeñas localidades: disfunciones emocionales, comportamientos hiperbólicos, explosiones de furia desmedida, frustraciones perennes, inexistencia de empatía y comprensión, conductas autómatas, y muchas otras cosas de esas que de buen grado estudiarían muchos psicólogos y psiquiatras.

Y como toda la historia se circunscribe en ese remolino de disputas personales, adquiere un peso incuestionable la repetida frase de que la ira siempre engendra más ira. Por lo que he navegado por Wikiquote esa cita es de Ovidio. Confucio lo expresó como si te enfadas, piensa en las consecuencias. Aunque prefiero el refrán que recuerda que la ira acorta la vida.

No tengo nada más que añadir, Señoría.

The Cherry Coke Zero Pope

El romance entre la HBO, bendita HBO, y el genial director italiano Paolo Sorrentino solo podría engendrar una criatura única y digna de admiración. Si, para más inri, el engendro gira en torno a las andanzas por el Vaticano de un nuevo, joven y guapo Santo Padre, entonces el impacto visual, la irreverencia y el diálogo ácido están garantizados.

Esa criatura recibe el nombre de “The Young Pope” y se adentra en el recién estrenado papado de Pío XIII (impresionante Jude Law) tras un cónclave en el que los cardenales parecieron guiados por el Espíritu Santo y no por un previsible juego de conspiraciones de poder. Con toda la fuerza visual propia de Sorrentino se presenta a un Papa elegante, vanidoso, que desayuna Cherry Coke Zero y sostiene su cigarrillo entre los dedos mientras alza sus plegarias al Cielo. Un Papa que viste de blanco inmaculado desde el chándal de deporte hasta el bañador y que confiesa que “mi único pecado es que mi conciencia no me acusa de haber pecado”.

Pío XIII es huérfano, lo que incide determinantemente en sus miedos y sus sueños, y desde muy pequeño fue criado por Sister Mary (Diane Keaton), una monja fiel y ambiciosa a la que asigna un papel fundamental en la jerarquía vaticana. Son recurrentes los flashback que rememoran aquellos tiempos de infancia de uno y juventud de otra.

Pío XIII es un emisario de Dios obsesionado con crear expectación y misterio y que aspira a depurar su Iglesia para cribar a los fieles que considera indignos. No obstante, y a pesar de su carácter prepotente, es un Papa que reza constantemente a Dios incluso en sus crisis de fe y llega a afirmar que “la existencia o inexistencia absolutas de Dios reconforta en su determinación”. Más allá de la imagen pública distante que pretende proyectar, se muestra como un humano tremendamente sensible y analítico, con capacidad de amar aunque en un momento dado susurre que “todos los curas somos cobardes e infelices, incapaces de enfrentarnos al amor de un ser humano”, dispuesto a sacrificios por el bien de la Iglesia, consciente del poder del amor y la paz en el mundo. Una tesis se podría escribir psicoanalizando al personaje, lejos de nuestras humildes pretensiones que no van más allá de animar al lector a disfrutar de estas diez horas de serie televisiva.

La serie está poblada de personajes entrañables, en gran medida trazados con pinceladas caricaturescas para regular la dosis de empatía que Sorrentino pretende que segregue el espectador con cada personaje. Destaca Voiello, el secretario del Estado Vaticano, un cardenal conspirador y fanático del Nápoles que equipara a Maradona con su dios pero que cuida con infinito cariño a un niño discapacitado por las noches. También tienen un gran peso en la trama el cardenal huérfano que creció con Pío XIII en el internado de Sister Mary, la jefa de marketing del Vaticano, una femme fatale resignada a los caprichos del joven papa, o el cardenal Gutiérrez (Javier Cámara), obstinado borrachín que debe enfrentarse, con miedo y determinación a partes iguales, a un caso de abusos a menores ocurrido en las altas esferas eclesiásticas norteamericanas.

La serie carece de un hilo argumental lineal y vertiginoso, por lo que el peso de su interés recae por necesidad sobre otros elementos como el contexto, el guión y la imagen. Atreverse a dibujar un fresco de un Vaticano verosímil y televisivamente atractivo es una labor al alcance de muy pocos directores y guionistas. Sorrentino lo consigue, en parte por ser un astuto y corrosivo italiano, pintando un Vaticano que huele nítidamente a las dos propiedades seculares de la institución eclesiástica: la diplomacia y la conspiración. Y todo recubierto de una exquisita y rompedora banda sonora, sin llegar a ser tan anacrónica como aquella de la María Antonieta de Sofia Coppola.

Sintetizando al máximo, si te atraen los diálogos sobre el sentido de la vida de Six Feet Under, te impactó el lenguaje visual y el surrealismo narrativo de La Gran Belleza, y te gusta sentirte cómplice de conspiraciones mundanales como en The Wire o House of Cards, muy probablemente no te arrepentirás de lanzarte a The Young Pope.

La democracia está sobrevalorada

Frank Underwood
Frank Underwood, un hombre sin amigos

Te sentaste justo al borde del sofá
como si algo allí te fuera a morder.
Dijiste: “Hay cosas que tenemos que aprender,
yo a mentir y tú a decirme la verdad,
yo a ser fuerte y tú a mostrar debilidad,
tú a morir y yo a matar.”

[Nacho Vegas, Morir o matar]

No debería haber visto House of Cards. No debería haberme dejado absorber por esa historia de ficción de la política norteamericana que dibuja un boceto desolador de buitres e intereses cruzados. Ahora vislumbro segundas intenciones y deseos oscuros por doquier, un panorama triste y desesperanzado de la política y, en definitiva, de nuestro lugar en el mundo.

Su protagonista, Frank Underwood (genial y avasallador Kevin Spacey), es un demócrata de armas tomar capaz de todo con tal de ir escalando en sus ambiciones personales, despiadado y frío, un político de los que no dan puntada sin hilo, incluso aunque la aguja tenga que atravesar mantos de diamante y acero. Para él “sólo hay una regla: cazar o ser cazado”, así de simple y descarnado. Es más, repite que “los amigos son los peores enemigos” y que “no existe la justicia, sólo partes satisfechas.” Frank es una persona que siempre encuentra una forma de ejecutar sus planes para satisfacer sus deseos. Lo bueno de la política es precisamente eso, que siempre existe una fórmula para dar forma a una idea; lo malo de la política también es eso, que la idea puede no ser noble, ¿verdad, Frank?

Aplaudiría a los guionistas de la serie si no fuese por la ducha de realidad cruel que te echan encima. Podemos pensar que la serie es una caricatura exagerada de la realidad y que sus personajes son deformaciones desalmadas, pero nos pone cuanto menos en la encrucijada de la reflexión. House of Cards supura un darwinismo social desmesurado. Sus personajes, más allá del protagonista mencionado, son amigos de las decisiones rotundas y las conversaciones breves, como Remy Danton o Raymond Tusk, símbolos de los lobbies exigentes que “informan” a las altas esferas. La mujer de Frank, Claire, traza también un papel fundamental en la perspectiva que del poder tiene el matrimonio, con su verbo afilado y su elegancia imponente. Se podría hablar de muchos personajes y su verosimilitud, de la joven e intrépida periodista Zoe Barnes, del jefe de gabinete implacable Doug Stamper, del dubitativo presidente de los EE.UU. Garrett Walker, o de muchos otros protagonistas de esta trama de poder y cartas escondidas en la manga.

No debería haber visto House of Cards, pero la he visto y la recomiendo. Más aún, diría que entra al top ten de mis series predilectas, junto a The Wire, Six Feet Under, The Office, Treme, Breaking Bad, Fargo, Los Soprano, The Shield y True Detective. Por ejemplo.

P.S. Seamos sinceros: no creo en Frank Underwood, hay esperanza.

P.S.P.S. El título del post es una de las citas célebres del amigo Underwood.

Enhorabuena, David

David
David Trueba, piensa.

Dices que a veces no comprendes qué dice mi voz
¿Cómo quieres que yo sepa lo que digo?
Si entre los dedos se me escapa volando una flor
y yo la dejo que me marque el camino.

[Extremoduro, La vereda de la puerta de atrás]

Me alegró que David Trueba ganase el Goya al mejor director por “Vivir es fácil (con los ojos cerrados)” (sic). Lo tenía fácil, el nivel de candidaturas de este año era ínfimo, tanto que incluso intento evitar rememorar los días que fui al cine a ver “La gran familia española” y “Los amantes pasajeros”. David Trueba, sin embargo, se nota que es un tipo sensato, de inteligentes respuestas en las entrevistas y de humilde conocimiento de la realidad, dualidad insólita en el mundo del cine patrio.

Al pequeño Trueba lo descubrí en su primera película, “La buena vida”, gracias a la “Versión española” de Cayetana. En aquella época todavía era institutero y me conmovían esas historias de fracasos cotidianos, esa cercanía que transmitían actores como Luis Cuenca, que podría haber sido un vecino del pueblo, o Fernando Ramallo, que podría ser de mi pandilla. [paréntesis clarito] De las actrices jóvenes de series y películas españolas actuales no creo que a ninguna le interesase ser de mi pandilla, son todas demasiado guapas, la dictadura de los mercados. A algunas las he conocido gracias a “El hormiguero” y, muchachas, os vais a atragantar de vosotras mismas, ser actrices no os convierte en más mejores. [fin paréntesis clarito] [inciso] Está feo eso de generalizar, lo mismo alguna es maja. [fin inciso] No recuerdo mucho de la “La buena vida”, solo las sensaciones y que me apetecería volver a verla, aunque estos revisionados no suelen terminar en victoria.

De David Trueba recuerdo con cariño también algún artículo deportivo en El País, alguno de esos de recortar. Y su novela “Saber perder” está mejor estructurada y merece más la pena leerla que otras incursiones de “artistas” hispanos en las letras, como el “Exitus” de Antonio Luque (a.k.a. Sr. Chinarro). Me gustó mucho el breve vídeo autorretrato en modo “me gusta/no me gusta” de presentación para el programa “Carta blanca”. Son un par de minutos, merece la pena verlo, saca más de una sonrisa. Yo también prefiero el ombligo de las muchachas a mi propio ombligo.

Y ya. Pretendía escribir un homenaje a tres bandas por efemérides hoy coincidentes: Joaquín Sabina, Julio Cortázar y Clara Campoamor, pero se me ha acabado el papel, así que el único homenajeado es Trueba, ale.

También había pensado otro enfoque retomando la siempre frustrante miseria moral humana, y que venía a colación de dos artículos leídos en JotDown: uno sobre Chernóbil y el comunismo y otro sobre el dopaje en el deporte español. Los ciclistas, invariablemente, ante el juez aseguran desconocer las prácticas dopantes y haber consumido sustancias prohibidas, “it’s all in the game”, como si uno pudiese ser infiel y olvidarlo. Me recuerda a otra señora que declaró el sábado en Mallorca, que empieza por C y termina por A. Precisamente la semana pasada tuve que declarar en el juzgado; no le hice la cobra a ninguna pregunta, y lo peor es que eso no debería ser motivo de orgullo.

Ideología Barra Antidepresivo

Debería estar regulado eso de tener ideología. Primero se debería pasar un examen de sentido común y, una vez superado y contrastada tu propia sensatez, que se te regalase el privilegio de formarte una ideología. Nunca antes porque luego pasa lo que vemos a diario tanto en la tele como en la calle: que cualquiera se escuda en una ideología sin pasar la criba de un mínimo sentido común propio y, así, a la intemperie, el ideario se oxida y el pensar y el hacer avanzan por sinuosos caminos en sentidos desviados. Deberías, despacico, sentarte y esbozar los cimientos de tu ideología, base rocosa conforme a la que amoldar tu presente y tu futuro a través de la síncrona sinfonía del decir, el pensar y el hacer. Pero eso debería servir solo para personas superiores, superhombres de esos que decía Niche. Muchacho, ¡cómo vas a presumir de ideología con esa carencia de sensatez? ¡Cómo pretendes ser pregonero de un credo que no te merece? “Que tu boca no extienda cheques que tus manos no puedan pagar” (creo que de La Chaqueta Metálica).

Me maravilla, con mucha frecuencia, la facilidad de reivindicación de barra de bar y la inercia imparable de comentarios absolutistas. Como si cada uno llevásemos un repelente tertuliano en nuestro interior. O peor aún, un mesías provisto de la Solución Final a los Problemas del Mundo y vestido de tertuliano amigable con gafas de intelectual. Y sin embargo, ya resulta una quimera mantener en pie un mísero argumento de papel frente a las embestidas de vendavales de dogmas y terremotos de decepciones diarias. Quizá todo sea más fácil: más acción y menos palabra. Acercarse a esa máxima de San Agustín: “haz el bien a los demás y piensa lo que quieras”.

Y reza para que la Justicia siempre sea justa en el mundo de las interpretaciones.

Bueno, eso no lo decía San Agustín, es una plegaria diaria. Y que si la justicia es ciega se busque un lazarillo que le chive quién tiene la culpa y qué límites no se deben rebasar. Que me vienen a la mente multitud de celebridades sospechosas que aparecen en prensa a diario y dan la sensación de ser inmunes al equilibrio de la balanza.

Mientras tanto, por si acaso y porque merece la pena abstraerse, recomiéndense/nos antidepresivos. Un, dos, tres, responda otra vez. Cachitos de Hierro y Cromo, delicioso programa musical que enlaza fragmentos de vídeos musicales del archivo de TVE y nos recuerda cómo ha pasado el tiempo y cómo hemos cambiado en pocas décadas; se emite en La 2 y Radio 3 y son capaces de enlazar a Lola Flores con Manos de Topo. Tic, tac, toc. Reflektor, un punto del firmamento en el que confluye la magia de Arcade Fire con la profesionalidad de James Murphy. Tic, tac, toc. La Gran Belleza, lo mejor del cine italiano desde Fellini es una copia de Fellini, qué paradoja, una peli burlesca y cruel con el mundo actual que sugiere que la nada y la vida y el todo a la larga son una misma cosa. Tic, tac, toc. Responda otra vez…

El hombre que mató a Osama Valance


Liberty Valance con Tom Doniphon

No tengo twitter, aunque no sé por qué, seguro que algún día me hago uno. Es entretenido leer las opiniones de las celebridades y algunos tweets, creo que se escribe así, son muy divertidos. El otro día me tropecé en el twitter del gran columnista David Gistau con un tweet que me llamó especialmente la atención: “Obama es el primer negro de la Historia tratando de convencer al mundo de que él sí mató a un hombre.”

A raíz de ese mensaje me acordé, a saber porqué, de una gran película: El hombre que mató a Liberty Valance, uno de los últimos westerns genuinos, por supuesto, dirigido por el insoportable borrachín de John Ford. Si no has visto la película difícilmente entenderás la relación entre Liberty Valance y Bin Laden y entre Ransom Stoddard y Obama, pero es que si no has visto El hombre que mató a Liberty Valance es altamente improbable que leas este blog.

El filme narra una historia con tres protagonistas: James Stewart como Ransom Stoddard, John Wayne como Tom Doniphon y Lee Marvin como Liberty Valance. Un pueblo del Oeste en el que se entrecruzan los destinos de tres hombres totalmente opuestos. Ransom llegó al pueblo con un morral en el que traía ¡libros!, buenas intenciones, ideales de justicia y un diploma de recién licenciado en Derecho. Pero, vaya, no se le había pasado por la cabeza hacerse con un maldito revólver. A su vez, Liberty vivía asido a su látigo con empuñadura plateada, infundía respeto –perdón, miedo- y sonreía con una seguridad que dejaba traslucir malas intenciones y peores acciones. Por último, Tom, el tipo duro de siempre, con su corazón ya comprado por una joven cocinera y el honor aún intacto. Digamos que se trataba de ver quién era más fuerte, si la racionalidad con ansia de justicia, la represión autoritaria o la honestidad. En fin, una lucha entre el libro, el revólver y el honor. Pero, como suele suceder en este tipo de duelos con tan cualificado personal, nadie vence.

En la peli pronto sentimos empatía hacia Ransom por sus buenas maneras, como ha logrado siempre Obama. Alguien mata a Liberty para liberar al pueblo, algo parecido a lo que buscaba EE.UU. suprimiendo por fin a Osama. Y luego está Tom, John Wayne, que ya no va a poder ir al quiosco a comprar la SuperPop.

Hormiguitas negras


Ana María Matute (laclavecultural.blogspot.com)

Todo está relacionado. En mi pueblo, para exagerar y separar conceptos totalmente dispares, dicen ¡pero qué tendrá que ver el tocino con la velocidad! Pues mira por dónde, mucho, porque cuanto más tocino tengas en los michelines menos velocidad alcanzarás. Y eso que es una frase hecha para burlarse de conceptos imposibles de relacionar. Todo está relacionado. También Ana María Matute y Tony Soprano.

Ayer, Ana María Matute pronunció su obligado discurso en la ceremonia de entrega del Premio Cervantes. La escritora, tan sencilla en su “vida de papel”, con esa humilde fragilidad nada disimulada, dictó un emotivo alegato en pos de la imaginación, de la invención, del mundo que habita en nuestro interior. Una lectora siempre sorprendida: “¿cómo es posible que de aquellas páginas de papel, de aquellas hormiguitas negras que las surcaban se levantara un mundo ante mis ojos, mis oídos y mi corazón de niña? ¿Qué clase de magia, de sortilegio era aquel que sobrepasaba cuanto yo vivía y cuanto vivía a mi alrededor?” La puedo imaginar a sus cándidos diecinueve llamando a las puertas de la editorial Destino con el manuscrito de su primera novela “en un cuaderno escolar, cuadriculado, con las tapas de hule negro.” Tenía claro su lugar en el mundo, en su mundo de sueño y fantasía, porque “el que no inventa no vive”. Su felicidad, su pasión, era empezar con un “Érase una vez” que la arrojase al mar de la imaginación.

Entonces me acordé de Tony Soprano, protagonista de Los Soprano, jefe de una vasta familia de mafiosos americanos de pasado italiano. Pensé en la felicidad de Tony contrapuesta a la de Ana María. Cómo ella sufrió la miseria de hacer “interminables colas para conseguir pan y patatas” y, sin embargo, alcanzó su más profunda felicidad navegando entre las páginas de los sueños y las ilusiones. Y Tony, infeliz en su poder más su dinero más sus amigos más su ostentación más su mejor whisky del mundo más sus apetecibles amantes. Refugiando su fracaso personal en una psiquiatra de prestigio a pesar de tener a una esposa fiel y en una parvada de patos a pesar de tener un yate.

Como si la imaginación de Ana María tuviese más valor que todo el dinero que Tony había gastado y ahorrado en su vida. Esas hormiguitas negras.

La muerte a la vuelta de la esquina


Personajes de A Dos Metros Bajo Tierra.

A Dos Metros Bajo Tierra (Six Feet Under, en su original) es una serie producida durante los años del 2001 al 2005 por la fábrica de los sueños más admirable del s. XXI, es decir, el canal por cable americano HBO. La serie, simplificando al máximo, narra el devenir de una familia que regenta una funeraria en Los Ángeles y se centra en las relaciones personales existentes en la misma y con las personas de su entorno.

Sin embargo, SFU es mucho más que eso, es una lección de vida y muerte. Muestra con una precisión quirúrgica la emoción y el sentimiento que rodea a cualquier funeral de cualquier índole, desde bebés hasta ancianos octogenarios, desde suicidios hasta accidentes laborales. Y de este modo propone una descarada reflexión acerca de la relación que tenemos con la muerte: cuánto nos importa, cómo la afrontamos, cómo la evitamos, qué significa para cada uno de nosotros. Además, el tema tabú del sufrimiento extremo se adereza con una familia nada convencional y un humor negro muy fino. Cada personaje, miembro de la familia o allegado, tiene una marcada personalidad que se va dibujando capítulo a capítulo, teniendo además en cuenta las lógicas evoluciones y transformaciones que sufre una persona a lo largo de su vida en función de sus condicionantes. Y ahí radica el secreto de los magníficos guiones de la serie: un punto de vista emotivo y reflexivo acerca de la muerte, un humor negro cuidado y un estudio en profundidad del carácter de los personajes.

Es importante señalar que SFU no es una serie de la que puedas ver un capítulo para juzgarla dado que su mérito consiste en la fidelidad con la que se perfila a los protagonistas y cuyos diálogos son tan pulcros que no tienen cabida aislados del conjunto de la serie. Tampoco es una serie para ver con prisas. La muerte requiere su tiempo.

Y esa muerte, tan cotidiana para el grueso de los personajes de la serie, se convierte en el eje central, en la gasolina que dinamita la perspectiva vital de cada uno de ellos. Porque cuando uno está tan familiarizado con el dolor extremo necesita experiencias vitales fuertes para combatir las pesadas lágrimas ajenas: se ansía vivir cuando se ve el final tan a menudo y tan cercano. Así, la muerte se torna en el mejor catalizador de la vida, porque no hay que olvidar lo que la serie propone como lema de su última temporada: Everything. Everyone. Everywhere. Ends.

Dublín I: ¡Berberechos y mejillones vivos!

O eso dicen que cantaba la traviesa Molly Malone, pescadera de día, por las calles portuarias de Dublín durante las mañanas neblinosas de buena parte del siglo XVIII. La leyenda cuenta que fue la mujer más guapa en la Noble Ciudad de Dublín (In Dublin’s Fair City) y que solía pasear con un carrito en el que llevaba su mercancía marina. Dicen que vendía marisco de día y su cuerpo de noche, y por eso ahora es apodada The tart with the cart (la golfa con el carro).

La pobre Molly Malone murió sola, de fiebre, en plena calle, delirando ante la indiferencia de los largos abrigos dublineses andantes. Dicen que su fantasma vaga por las lúgubres calles de la ciudad aún hoy. También existe una estatua conmemorativa en una céntrica calle de Dublín (Grafton Street) que representa a la pescadera con su carro de mejillones y berberechos.

Muchos años después de su muerte, un tal James Yorkston compuso una canción dedicada a Molly Malone que a día de hoy se ha convertido en el himno no oficial dublinés. Aquí la puedes ver interpretada por The Dubliners. Tal y como informa la wikipedia, en el cine aparece representada en los primeros minutos de la película La Naranja Mecánica cantada por un vagabundo borrachín que todavía maldice su encuentro con Alex y compañía.

Pobre dulce Molly, trabajadora a destajo, humillada en su pobreza, despreciada su belleza, incapaz de sobrevivir en una ciudad que sólo pretendía mejillones vivitos.

Un conejo blanco sobre un campo nevado

Uno entre mil
Campo de girasoles uniformados (agosto 2010).

La Agrado de Todo sobre mi madre decía que uno es más auténtico cuanto más se parece a lo que ha soñado de sí mismo. Lo malo es cuando el reflejo de los sueños viene en blanco. Cuando uno no ha perfilado una imagen futura de su yo porque va mirando el suelo preocupado por el presente y está más atento a no tropezarse con la piedra que está a un metro que en mirar la cima tan lejana y quién sabe si inalcanzable. Algunos simplemente improvisan una vida, como proponiendo una supervivencia y posponiendo un sentido global. Salen a la calle y pasean sin rumbo, despreocupados de luchar por parecerse a sus sueños, a una hoja en blanco. Aunque algunas hojas en blanco son como el dibujo de Léolo, o sea un conejo blanco en mitad de un campo nevado.

El reflejo de lo que otros han soñado de sí mismo es un cuerpo perfecto, un chalet a las afueras, una lucha sin cuartel contra las injusticias de este mundo, un hito científico inigualable, el gol de todos los tiempos, una carrera profesional sin el más nimio tachón, una oración infinita, un placer desenfrenado y nihilista. Da igual. Relevante se torna el encontrar los hilos de los sueños que nos deben guiar, y así parece que nos podemos olvidar de tomar nuestras decisiones, simplemente títeres de los hilos de nuestros sueños. Y cuidado que no te corten los hilos y se te caigan las manos y las piernas y ya no puedas ni bailar ni saltar ni rezar ni follar ni comer cacahuetes. Al final te quedas como un girasol con un mecánico movimiento diario. Como un triste girasol nocturno.

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