El talento atemporal


Fotograma de Tiempos Modernos (1936).

Smile and maybe tomorrow
you’ll see the sun come shining through
for you.

[Smile, Charles Chaplin]

En otra vida, aquella universitaria, fui cinéfilo empedernido, de esos de rapiñar en bibliotecas pelis menores de Truffaut o de Fellini y engullirlas en versión original, de amontonar entradas de cine e, incluso, de coordinar ciclos de cine y tertulia en la residencia universitaria y en la facultad de letras que asaltaba, informático intruso. Con La naranja mecánica petamos el aula magna de letras, recuerdo, en un ciclo de cine violento de los setenta. Por entonces, y como mandan los cánones, había que elegir entre Charlie Chaplin y Buster Keaton o Harold Lloyd. Como me parecía tan evidente que las obras maestras de Chaplin como La quimera del oro, Luces de la ciudad o El gran dictador eran absolutamente insuperables, entonces vendía que mi preferido era Keaton aunque solo hubiese visto El maquinista de la general y El boxeador (ambas, por cierto, del mismo año, 1926). Cosas de la juventud, aunque quince años después hayamos empeorado.

Anoche programaron Tiempos modernos en La 2. La crítica siempre dijo que era una gran obra maestra de Charlot por la combinación genial de escenas cómicas memorables que jalonan una trama creativa y absorbente, por esa crítica a la modernidad de la industrialización simbolizada en la cadena de montaje, por la lúcida reflexión sociológica de la pobreza piramidal y la alienación del hombre a través del trabajo. Conceptos así, una invitación introspectiva embebida en cine mudo cómico.

Anoche, después de cenarte una tortilla de dos huevos con jamón y todo el pan del mundo mojado en aceite y pera, te dije que te sentases en el sofá conmigo, con escepticismo, a sabiendas de que no has mirado la tele dos minutos seguidos jamás en tus tres años de vida. En la pantalla, Charlot apretaba tuercas a dos manos sin parar, la cadena de montaje se lo tragaba y nadaba entre los engranajes de la maquinaria industrial. Te tronchabas de risa como nunca habría imaginado. A Charlot, conejillo de indias de una máquina portátil de dispensar comida, la susodicha le tiraba la sopa encima y le estampaba un pastel en la cara. No parabas de reír a carcajada limpia, casi nervioso y excitado, junto a mí. Charlot patinaba en su turno de vigilante nocturno en un centro comercial y, mientras, tú repetías “papá, ese tío está muy loco, más loco que la maraca de Máchi“. Estuviste casi una hora absorto, entre estruendosas risotadas, en un mundo en blanco y negro de hace más de ochenta años. Hoy me has vuelto a pedir que te ponga en la tele “la peli del tío loco“.

El respeto y cariño que siempre me ha merecido Charles Chaplin promocionó anoche a absoluta reverencia e infinita gratitud.

Libros, películas y series del 2020


Fotograma de Handia.

With your feet on the air
and your head on the ground,
try this trick and spin it, yeah,
your head will collapse.

[Where is my mind, Pixies]

DE LIBROS

  1. Solenoide, de Mircea Cartarescu.
    Aunque hablé un poquito de este coloso aquí, lo vuelvo a traer porque lo acabé ya en 2020 y porque lo merece. No me cabe duda que debe formar parte de cualquier lista de las mejores novelas de lo que llevamos de siglo, no es poca cosa.
  2. El gigante enterrado, de Kazuo Ishiguro.
    Qué gran feliz descubrimiento. Puedes vivir sin haberlo leído, pero malamente.
  3. Sumisión, de Michael Houellebecq.
    Insistimos en que es una de las obras cumbre del genial francés: una sociedad en decadencia, una civilización al borde del abismo de la pereza y de la rendición, un gremio débil contra las cuerdas, la sumisión de la intelectualidad a la sexualidad, el alcohol como único refugio, el nihilismo suicida que impregna un fundado pesimismo ante el futuro político y el nuevo orden mundial.
  4. Los asquerosos, de Santiago Lorenzo.
    Lo ha leído ya más de media España, incluso lectores poco habituales, y eso que la prosa de Santiago Lorenzo, aunque muy ágil, está plagada de frases elaboradas con amplio vocabulario. La vida en la España Vacía, la mochufa que viene de visita a decir que el aire del pueblo es puro, la precariedad de la vida y del bienestar, la autenticidad contra esta nueva modernidad líquida. Leedlo.
  5. Imposible, de Erri De Luca.
    Lo trajo el Papá Noel de 2020 y llegó leído a Nochevieja para entrar en esta lista. Dos hombres se encuentran en la montaña en un sendero peligroso y poco transitado cuarenta años después de un juicio en el que uno era acusado y otro delator tras una juventud de amistad y afiliación comunista. El revolucionario italiano nos habla de la vejez, de la justicia desde diferentes prismas, de las secuelas de la amistad, del valor del tiempo, y de todas esas cosas grandes. Lo emparento con El Último Encuentro de Sándor Marai.
  6. Bazar, de Emilio Gavilanes.
    Disfruté tanto con su anterior Historia secreta del mundo que en cuanto me llegó este Bazar a través de la suscripción a La Discreta quise meterle mano. No es ni una novela ni un ensayo ni un diario, sino la recopilación de notas y reflexiones personales del autor. Un libro para beber a sorbos y con muchos comentarios anotados para volver porque lo merece.
  7. Irene y el aire, de Alberto Olmos.
    La magistral narración de un parto desde el punto de vista paterno. No se conoce lector que haya tardado más de 48 horas en devorarlo.
  8. Jesús de Nazaret, de Joseph Ratzinger.
    El Papa intelectual analiza la historia de Jesús de Nazaret desde un punto de vista histórico y espiritual. Una obra gigante. Le metí mano en la Semana Santa del Extremo Confinamiento a la parte dedicada a la Pasión. Uno se siente muy pequeño entre sus páginas.
  9. Manual para mujeres de la limpieza, de Lucia Berlin.
    Sucesión de relatos de una escritora de vida muy complicada, algunos adoran este libro, a mí me costó entrar y entender, percibo claros altibajos pero la personalidad y voz propia de la autora son incuestionables. “Una vez me dijo que me amaba porque yo era como San Pablo Avenue. Él era como el vertedero de Berkeley. Ojalá hubiera un autobús al vertedero”.

DE PELIS

  1. Handia, de Aitor Arregi y Jon Garaño.
    Entrañable historia de un gigante vasco de habilidades limitadas, emparentada con la inolvidable El Hombre Elefante pero en el ambiente familiar de un caserío vasco.
  2. Parásitos, de Bong Joon-Ho.
    Que una película surcoreana gane el Óscar a Mejor Película dice bastante bueno de este drama de suspense y humor negro con lectura social. Divertida y asfixiante, me manda al recuerdo de La Casa Tomada, el célebre relato de Cortázar.
  3. Los dos papas, de Fernando Meirelles.
    Netflix estrenó esta atípica película que explora la relación personal entre el Papa Benedicto y el Papa Francisco y en cómo se ha vendido de uno la imagen de intelectual de pasado nazi y del otro la imagen de simpático amigo de los pobres. Como si el mundo fuese tan simple y ser Papa una anécdota.
  4. La trinchera infinita, de Jon Garaño, Aitor Arregi, Jose Mari y Goenaga.
    De los directores de Handia y seleccionada para los Óscar como representante española para este año. Buen cine español acerca de un topo de la guerra condenado a vivir su vida detrás de un tabique y cómo, con el pasar de los años, su existencia es ninguneada. Sin ser crítico de cine creo que las interpretaciones y la ambientación son muy acertadas.
  5. Tarde para la ira, de Raúl Arévalo.
    Ganó el Goya a mejor película en 2016. No creo que sea plato de buen gusto salir de la cárcel después de ocho años como único preso por un atraco grupal y que encima te hayan levantado a la novia. Una historia verosímil y muy bien hilada.
  6. El ciudadano ilustre, de Mariano Cohn y Gastón Duprat.
    Daniel Mantovani, escritor argentino galardonado con el Premio Nobel de Literatura, hace cuarenta años abandonó su pueblo y partió hacia Europa, donde triunfó escribiendo sobre su localidad natal, Salas, y sus personajes. En el pico de su carrera, el alcalde de Salas le invita para nombrarle “Ciudadano Ilustre” del mismo, y Montavani, contra todo pronóstico, decide cancelar su apretada agenda y aceptar la invitación. Divertidísima película argentina para preguntarse si la cultura debe servir para algo más que nivelar la pata de la mesa.
  7. El circo de la mariposa, de Joshua Weigel.
    Sobre el papel de un hombre sin brazos ni piernas en un circo de esos que recorren la ruralidad norteamericana. Solo veinte minutos de bella metáfora.
  8. Milagro en la celda 7, de Mehmet Ada Öztekin.
    Un hombre con discapacidad intelectual es injustamente encarcelado por la muerte de una niña, y debe demostrar su inocencia para poder estar de nuevo con su hija. La peli es tramposa en sus efectos emotivos pero a la postre resulta inolvidable.
  9. El hoyo, de Galder Gaztelu-Urrutia.
    Distopía del bienestar y la riqueza piramidal. Un poco gore, un poco humorística, un superventas del confinamiento. Te quedas pensando en qué nivel estás.
  10. Historia de un matrimonio, de Noah Baumbach.
    Charlie, un director de teatro neoyorquino y su mujer actriz, Nicole, luchan por superar un proceso de divorcio que les lleva al extremo tanto en lo personal como en lo creativo. Recibió tantas alabanzas de la crítica que al final me dejó frío incluso a pesar de la presencia de Scarlett Johansson. Hacer poesía de un divorcio es arriesgado.

DE NETFLIX

  1. El último baile.
    El gran Carlos Boyero dice “merece la pena ver las hazañas deportivas y la complejidad psicológica de un dios demasiado cruel con sus compañeros llamado Michael Jordan”. Una forma de entender a Jordan, de recordar lo que le tocó vivir, de adentrarse en personalidades como las de Scottie y Dennis, de una época dorada de baloncesto y fama.
  2. When they see us.
    En el año 1989, cinco adolescentes de Harlem se ven atrapados en una pesadilla cuando se les acusa injustamente de un ataque brutal en Central Park. Basada en hechos reales, una miniserie que expone las profundas grietas que presenta el sistema judicial y policial estadounidense. Solo cuatro capítulos de miniserie que aborda un tema ampliamente recogido en el cine pero con un tacto delicado y un resultado absorbente.
  3. Fariña.
    Tráfico de drogas en las rías gallegas con gente como Sito Miñanco o Laureano Oubiña. Por ser española la entendemos muy bien, pescadores en paro, familias destrozadas, ambiciones peligrosas, corruptelas inevitables.
  4. El día menos pensado.
    Un repaso a la temporada 2019 del equipo ciclista Movistar, con sus éxitos y sus sinsabores, con las luchas intestinas, con las guerras de egos. Y todo con un esmero estético admirable. Qué buen rato.
  5. Unbelievable.
    La historia de una supuesta violación y de la denuncia interpuesta contra la violada por haber simulado de forma falsa el daño. Ocho capítulos de pena y dolor, de injusticia y depresión, de sentir cómo duelen las entrañas de la joven chica.

Paraguas transparente, peluca rosa

Walking back to you
is the hardest thing that
I can do,
that I can do for you.

[Just like honey, The Jesus and Mary Chain]

Dicen que en estas fechas se cumplen quince años del estreno en España de Lost in Translation, una de esas películas que transmiten magia y emoción desde la sencillez en forma transmisión de sentimientos muy humanos. Quince años y parece que fue ayer, jamás pensé que llegaría a decir esta frase. Sofia Coppola, treintañera en estado de gracia después de Las Vírgenes Suicidas y antes de María Antonieta, Scarlett Johansson, apenas mayor de edad, cuántas vidas hay que beberse antes de olvidar la primera imagen de la primera secuencia, Bill Murray, tararea en el karaoke con mediocridad mientras lanza unas miradas a Charlotte que resumen un todo omnipotente y todopoderoso, Tokyo, espectador privilegiado y protagonista de contrastes, The Jesus and Mary Chain, la emoción a flor de piel en una escena final sobrecogedora con uno de los grandes éxitos musicales del siglo XX abriéndose hueco entre los títulos de crédito finales. Quien lo probó lo sabe.

La ira siempre engendra más ira

Tres Anuncios en las afueras

Pequeña de las dudas infinitas,
aquí estaré esperando mientras viva.
No dejes que todo esto quede en nada
porque ahora estés asustada.

[De las dudas infinitas, Supersubmarina]

Algunos tienen la malísima costumbre de preguntarte al salir del cine qué te ha parecido la peli. ¿Te he preguntado yo acaso qué tal te ha sentado el cocido antes de terminar el postre? ¿Tan ágiles son tus engranajes mentales para extraer conclusiones durante los títulos de crédito finales? Debes ser de esos que dicen que esa película la han visto y se saben de qué va y entonces ya no tiene más interés.

Habíamos pagado diez euros por ver Tres anuncios en las afueras en el cine el día de su estreno en España. No por ansia cinéfila sino por casualidad -el estreno- y descarte -menuda cartelera-. Y si bien las expectativas iniciales no eran altas, la asociación mental coste-precio nos empujaba a una desconfianza razonablemente pesimista.

Y sin embargo, desde entonces se me repiten periódicamente algunas escenas, como esa en la que un personaje chirriante recuerda que la ira siempre engendra más ira. Y, por supuesto, la escena final que, además de brindar un giro más que inesperado para los tiempos que corren, carga de sentido a toda la historia.

Tres anuncios en las afueras narra la lucha de una madre contra las autoridades locales por no haber cerrado con éxito y culpable la investigación por la desaparición, violación y muerte de su hija. En torno a ese guión se presenta un pueblo casi perdido, Ebbing, en el que se identifican características frecuentes en estas pequeñas localidades: disfunciones emocionales, comportamientos hiperbólicos, explosiones de furia desmedida, frustraciones perennes, inexistencia de empatía y comprensión, conductas autómatas, y muchas otras cosas de esas que de buen grado estudiarían muchos psicólogos y psiquiatras.

Y como toda la historia se circunscribe en ese remolino de disputas personales, adquiere un peso incuestionable la repetida frase de que la ira siempre engendra más ira. Por lo que he navegado por Wikiquote esa cita es de Ovidio. Confucio lo expresó como si te enfadas, piensa en las consecuencias. Aunque prefiero el refrán que recuerda que la ira acorta la vida.

No tengo nada más que añadir, Señoría.

The Cherry Coke Zero Pope

El romance entre la HBO, bendita HBO, y el genial director italiano Paolo Sorrentino solo podría engendrar una criatura única y digna de admiración. Si, para más inri, el engendro gira en torno a las andanzas por el Vaticano de un nuevo, joven y guapo Santo Padre, entonces el impacto visual, la irreverencia y el diálogo ácido están garantizados.

Esa criatura recibe el nombre de “The Young Pope” y se adentra en el recién estrenado papado de Pío XIII (impresionante Jude Law) tras un cónclave en el que los cardenales parecieron guiados por el Espíritu Santo y no por un previsible juego de conspiraciones de poder. Con toda la fuerza visual propia de Sorrentino se presenta a un Papa elegante, vanidoso, que desayuna Cherry Coke Zero y sostiene su cigarrillo entre los dedos mientras alza sus plegarias al Cielo. Un Papa que viste de blanco inmaculado desde el chándal de deporte hasta el bañador y que confiesa que “mi único pecado es que mi conciencia no me acusa de haber pecado”.

Pío XIII es huérfano, lo que incide determinantemente en sus miedos y sus sueños, y desde muy pequeño fue criado por Sister Mary (Diane Keaton), una monja fiel y ambiciosa a la que asigna un papel fundamental en la jerarquía vaticana. Son recurrentes los flashback que rememoran aquellos tiempos de infancia de uno y juventud de otra.

Pío XIII es un emisario de Dios obsesionado con crear expectación y misterio y que aspira a depurar su Iglesia para cribar a los fieles que considera indignos. No obstante, y a pesar de su carácter prepotente, es un Papa que reza constantemente a Dios incluso en sus crisis de fe y llega a afirmar que “la existencia o inexistencia absolutas de Dios reconforta en su determinación”. Más allá de la imagen pública distante que pretende proyectar, se muestra como un humano tremendamente sensible y analítico, con capacidad de amar aunque en un momento dado susurre que “todos los curas somos cobardes e infelices, incapaces de enfrentarnos al amor de un ser humano”, dispuesto a sacrificios por el bien de la Iglesia, consciente del poder del amor y la paz en el mundo. Una tesis se podría escribir psicoanalizando al personaje, lejos de nuestras humildes pretensiones que no van más allá de animar al lector a disfrutar de estas diez horas de serie televisiva.

La serie está poblada de personajes entrañables, en gran medida trazados con pinceladas caricaturescas para regular la dosis de empatía que Sorrentino pretende que segregue el espectador con cada personaje. Destaca Voiello, el secretario del Estado Vaticano, un cardenal conspirador y fanático del Nápoles que equipara a Maradona con su dios pero que cuida con infinito cariño a un niño discapacitado por las noches. También tienen un gran peso en la trama el cardenal huérfano que creció con Pío XIII en el internado de Sister Mary, la jefa de marketing del Vaticano, una femme fatale resignada a los caprichos del joven papa, o el cardenal Gutiérrez (Javier Cámara), obstinado borrachín que debe enfrentarse, con miedo y determinación a partes iguales, a un caso de abusos a menores ocurrido en las altas esferas eclesiásticas norteamericanas.

La serie carece de un hilo argumental lineal y vertiginoso, por lo que el peso de su interés recae por necesidad sobre otros elementos como el contexto, el guión y la imagen. Atreverse a dibujar un fresco de un Vaticano verosímil y televisivamente atractivo es una labor al alcance de muy pocos directores y guionistas. Sorrentino lo consigue, en parte por ser un astuto y corrosivo italiano, pintando un Vaticano que huele nítidamente a las dos propiedades seculares de la institución eclesiástica: la diplomacia y la conspiración. Y todo recubierto de una exquisita y rompedora banda sonora, sin llegar a ser tan anacrónica como aquella de la María Antonieta de Sofia Coppola.

Sintetizando al máximo, si te atraen los diálogos sobre el sentido de la vida de Six Feet Under, te impactó el lenguaje visual y el surrealismo narrativo de La Gran Belleza, y te gusta sentirte cómplice de conspiraciones mundanales como en The Wire o House of Cards, muy probablemente no te arrepentirás de lanzarte a The Young Pope.

La democracia está sobrevalorada

Frank Underwood
Frank Underwood, un hombre sin amigos

Te sentaste justo al borde del sofá
como si algo allí te fuera a morder.
Dijiste: “Hay cosas que tenemos que aprender,
yo a mentir y tú a decirme la verdad,
yo a ser fuerte y tú a mostrar debilidad,
tú a morir y yo a matar.”

[Nacho Vegas, Morir o matar]

No debería haber visto House of Cards. No debería haberme dejado absorber por esa historia de ficción de la política norteamericana que dibuja un boceto desolador de buitres e intereses cruzados. Ahora vislumbro segundas intenciones y deseos oscuros por doquier, un panorama triste y desesperanzado de la política y, en definitiva, de nuestro lugar en el mundo.

Su protagonista, Frank Underwood (genial y avasallador Kevin Spacey), es un demócrata de armas tomar capaz de todo con tal de ir escalando en sus ambiciones personales, despiadado y frío, un político de los que no dan puntada sin hilo, incluso aunque la aguja tenga que atravesar mantos de diamante y acero. Para él “sólo hay una regla: cazar o ser cazado”, así de simple y descarnado. Es más, repite que “los amigos son los peores enemigos” y que “no existe la justicia, sólo partes satisfechas.” Frank es una persona que siempre encuentra una forma de ejecutar sus planes para satisfacer sus deseos. Lo bueno de la política es precisamente eso, que siempre existe una fórmula para dar forma a una idea; lo malo de la política también es eso, que la idea puede no ser noble, ¿verdad, Frank?

Aplaudiría a los guionistas de la serie si no fuese por la ducha de realidad cruel que te echan encima. Podemos pensar que la serie es una caricatura exagerada de la realidad y que sus personajes son deformaciones desalmadas, pero nos pone cuanto menos en la encrucijada de la reflexión. House of Cards supura un darwinismo social desmesurado. Sus personajes, más allá del protagonista mencionado, son amigos de las decisiones rotundas y las conversaciones breves, como Remy Danton o Raymond Tusk, símbolos de los lobbies exigentes que “informan” a las altas esferas. La mujer de Frank, Claire, traza también un papel fundamental en la perspectiva que del poder tiene el matrimonio, con su verbo afilado y su elegancia imponente. Se podría hablar de muchos personajes y su verosimilitud, de la joven e intrépida periodista Zoe Barnes, del jefe de gabinete implacable Doug Stamper, del dubitativo presidente de los EE.UU. Garrett Walker, o de muchos otros protagonistas de esta trama de poder y cartas escondidas en la manga.

No debería haber visto House of Cards, pero la he visto y la recomiendo. Más aún, diría que entra al top ten de mis series predilectas, junto a The Wire, Six Feet Under, The Office, Treme, Breaking Bad, Fargo, Los Soprano, The Shield y True Detective. Por ejemplo.

P.S. Seamos sinceros: no creo en Frank Underwood, hay esperanza.

P.S.P.S. El título del post es una de las citas célebres del amigo Underwood.

Enhorabuena, David

David
David Trueba, piensa.

Dices que a veces no comprendes qué dice mi voz
¿Cómo quieres que yo sepa lo que digo?
Si entre los dedos se me escapa volando una flor
y yo la dejo que me marque el camino.

[Extremoduro, La vereda de la puerta de atrás]

Me alegró que David Trueba ganase el Goya al mejor director por “Vivir es fácil (con los ojos cerrados)” (sic). Lo tenía fácil, el nivel de candidaturas de este año era ínfimo, tanto que incluso intento evitar rememorar los días que fui al cine a ver “La gran familia española” y “Los amantes pasajeros”. David Trueba, sin embargo, se nota que es un tipo sensato, de inteligentes respuestas en las entrevistas y de humilde conocimiento de la realidad, dualidad insólita en el mundo del cine patrio.

Al pequeño Trueba lo descubrí en su primera película, “La buena vida”, gracias a la “Versión española” de Cayetana. En aquella época todavía era institutero y me conmovían esas historias de fracasos cotidianos, esa cercanía que transmitían actores como Luis Cuenca, que podría haber sido un vecino del pueblo, o Fernando Ramallo, que podría ser de mi pandilla. [paréntesis clarito] De las actrices jóvenes de series y películas españolas actuales no creo que a ninguna le interesase ser de mi pandilla, son todas demasiado guapas, la dictadura de los mercados. A algunas las he conocido gracias a “El hormiguero” y, muchachas, os vais a atragantar de vosotras mismas, ser actrices no os convierte en más mejores. [fin paréntesis clarito] [inciso] Está feo eso de generalizar, lo mismo alguna es maja. [fin inciso] No recuerdo mucho de la “La buena vida”, solo las sensaciones y que me apetecería volver a verla, aunque estos revisionados no suelen terminar en victoria.

De David Trueba recuerdo con cariño también algún artículo deportivo en El País, alguno de esos de recortar. Y su novela “Saber perder” está mejor estructurada y merece más la pena leerla que otras incursiones de “artistas” hispanos en las letras, como el “Exitus” de Antonio Luque (a.k.a. Sr. Chinarro). Me gustó mucho el breve vídeo autorretrato en modo “me gusta/no me gusta” de presentación para el programa “Carta blanca”. Son un par de minutos, merece la pena verlo, saca más de una sonrisa. Yo también prefiero el ombligo de las muchachas a mi propio ombligo.

Y ya. Pretendía escribir un homenaje a tres bandas por efemérides hoy coincidentes: Joaquín Sabina, Julio Cortázar y Clara Campoamor, pero se me ha acabado el papel, así que el único homenajeado es Trueba, ale.

También había pensado otro enfoque retomando la siempre frustrante miseria moral humana, y que venía a colación de dos artículos leídos en JotDown: uno sobre Chernóbil y el comunismo y otro sobre el dopaje en el deporte español. Los ciclistas, invariablemente, ante el juez aseguran desconocer las prácticas dopantes y haber consumido sustancias prohibidas, “it’s all in the game”, como si uno pudiese ser infiel y olvidarlo. Me recuerda a otra señora que declaró el sábado en Mallorca, que empieza por C y termina por A. Precisamente la semana pasada tuve que declarar en el juzgado; no le hice la cobra a ninguna pregunta, y lo peor es que eso no debería ser motivo de orgullo.

Ideología Barra Antidepresivo

Debería estar regulado eso de tener ideología. Primero se debería pasar un examen de sentido común y, una vez superado y contrastada tu propia sensatez, que se te regalase el privilegio de formarte una ideología. Nunca antes porque luego pasa lo que vemos a diario tanto en la tele como en la calle: que cualquiera se escuda en una ideología sin pasar la criba de un mínimo sentido común propio y, así, a la intemperie, el ideario se oxida y el pensar y el hacer avanzan por sinuosos caminos en sentidos desviados. Deberías, despacico, sentarte y esbozar los cimientos de tu ideología, base rocosa conforme a la que amoldar tu presente y tu futuro a través de la síncrona sinfonía del decir, el pensar y el hacer. Pero eso debería servir solo para personas superiores, superhombres de esos que decía Niche. Muchacho, ¡cómo vas a presumir de ideología con esa carencia de sensatez? ¡Cómo pretendes ser pregonero de un credo que no te merece? “Que tu boca no extienda cheques que tus manos no puedan pagar” (creo que de La Chaqueta Metálica).

Me maravilla, con mucha frecuencia, la facilidad de reivindicación de barra de bar y la inercia imparable de comentarios absolutistas. Como si cada uno llevásemos un repelente tertuliano en nuestro interior. O peor aún, un mesías provisto de la Solución Final a los Problemas del Mundo y vestido de tertuliano amigable con gafas de intelectual. Y sin embargo, ya resulta una quimera mantener en pie un mísero argumento de papel frente a las embestidas de vendavales de dogmas y terremotos de decepciones diarias. Quizá todo sea más fácil: más acción y menos palabra. Acercarse a esa máxima de San Agustín: “haz el bien a los demás y piensa lo que quieras”.

Y reza para que la Justicia siempre sea justa en el mundo de las interpretaciones.

Bueno, eso no lo decía San Agustín, es una plegaria diaria. Y que si la justicia es ciega se busque un lazarillo que le chive quién tiene la culpa y qué límites no se deben rebasar. Que me vienen a la mente multitud de celebridades sospechosas que aparecen en prensa a diario y dan la sensación de ser inmunes al equilibrio de la balanza.

Mientras tanto, por si acaso y porque merece la pena abstraerse, recomiéndense/nos antidepresivos. Un, dos, tres, responda otra vez. Cachitos de Hierro y Cromo, delicioso programa musical que enlaza fragmentos de vídeos musicales del archivo de TVE y nos recuerda cómo ha pasado el tiempo y cómo hemos cambiado en pocas décadas; se emite en La 2 y Radio 3 y son capaces de enlazar a Lola Flores con Manos de Topo. Tic, tac, toc. Reflektor, un punto del firmamento en el que confluye la magia de Arcade Fire con la profesionalidad de James Murphy. Tic, tac, toc. La Gran Belleza, lo mejor del cine italiano desde Fellini es una copia de Fellini, qué paradoja, una peli burlesca y cruel con el mundo actual que sugiere que la nada y la vida y el todo a la larga son una misma cosa. Tic, tac, toc. Responda otra vez…

El hombre que mató a Osama Valance


Liberty Valance con Tom Doniphon

No tengo twitter, aunque no sé por qué, seguro que algún día me hago uno. Es entretenido leer las opiniones de las celebridades y algunos tweets, creo que se escribe así, son muy divertidos. El otro día me tropecé en el twitter del gran columnista David Gistau con un tweet que me llamó especialmente la atención: “Obama es el primer negro de la Historia tratando de convencer al mundo de que él sí mató a un hombre.”

A raíz de ese mensaje me acordé, a saber porqué, de una gran película: El hombre que mató a Liberty Valance, uno de los últimos westerns genuinos, por supuesto, dirigido por el insoportable borrachín de John Ford. Si no has visto la película difícilmente entenderás la relación entre Liberty Valance y Bin Laden y entre Ransom Stoddard y Obama, pero es que si no has visto El hombre que mató a Liberty Valance es altamente improbable que leas este blog.

El filme narra una historia con tres protagonistas: James Stewart como Ransom Stoddard, John Wayne como Tom Doniphon y Lee Marvin como Liberty Valance. Un pueblo del Oeste en el que se entrecruzan los destinos de tres hombres totalmente opuestos. Ransom llegó al pueblo con un morral en el que traía ¡libros!, buenas intenciones, ideales de justicia y un diploma de recién licenciado en Derecho. Pero, vaya, no se le había pasado por la cabeza hacerse con un maldito revólver. A su vez, Liberty vivía asido a su látigo con empuñadura plateada, infundía respeto –perdón, miedo- y sonreía con una seguridad que dejaba traslucir malas intenciones y peores acciones. Por último, Tom, el tipo duro de siempre, con su corazón ya comprado por una joven cocinera y el honor aún intacto. Digamos que se trataba de ver quién era más fuerte, si la racionalidad con ansia de justicia, la represión autoritaria o la honestidad. En fin, una lucha entre el libro, el revólver y el honor. Pero, como suele suceder en este tipo de duelos con tan cualificado personal, nadie vence.

En la peli pronto sentimos empatía hacia Ransom por sus buenas maneras, como ha logrado siempre Obama. Alguien mata a Liberty para liberar al pueblo, algo parecido a lo que buscaba EE.UU. suprimiendo por fin a Osama. Y luego está Tom, John Wayne, que ya no va a poder ir al quiosco a comprar la SuperPop.

Hormiguitas negras


Ana María Matute (laclavecultural.blogspot.com)

Todo está relacionado. En mi pueblo, para exagerar y separar conceptos totalmente dispares, dicen ¡pero qué tendrá que ver el tocino con la velocidad! Pues mira por dónde, mucho, porque cuanto más tocino tengas en los michelines menos velocidad alcanzarás. Y eso que es una frase hecha para burlarse de conceptos imposibles de relacionar. Todo está relacionado. También Ana María Matute y Tony Soprano.

Ayer, Ana María Matute pronunció su obligado discurso en la ceremonia de entrega del Premio Cervantes. La escritora, tan sencilla en su “vida de papel”, con esa humilde fragilidad nada disimulada, dictó un emotivo alegato en pos de la imaginación, de la invención, del mundo que habita en nuestro interior. Una lectora siempre sorprendida: “¿cómo es posible que de aquellas páginas de papel, de aquellas hormiguitas negras que las surcaban se levantara un mundo ante mis ojos, mis oídos y mi corazón de niña? ¿Qué clase de magia, de sortilegio era aquel que sobrepasaba cuanto yo vivía y cuanto vivía a mi alrededor?” La puedo imaginar a sus cándidos diecinueve llamando a las puertas de la editorial Destino con el manuscrito de su primera novela “en un cuaderno escolar, cuadriculado, con las tapas de hule negro.” Tenía claro su lugar en el mundo, en su mundo de sueño y fantasía, porque “el que no inventa no vive”. Su felicidad, su pasión, era empezar con un “Érase una vez” que la arrojase al mar de la imaginación.

Entonces me acordé de Tony Soprano, protagonista de Los Soprano, jefe de una vasta familia de mafiosos americanos de pasado italiano. Pensé en la felicidad de Tony contrapuesta a la de Ana María. Cómo ella sufrió la miseria de hacer “interminables colas para conseguir pan y patatas” y, sin embargo, alcanzó su más profunda felicidad navegando entre las páginas de los sueños y las ilusiones. Y Tony, infeliz en su poder más su dinero más sus amigos más su ostentación más su mejor whisky del mundo más sus apetecibles amantes. Refugiando su fracaso personal en una psiquiatra de prestigio a pesar de tener a una esposa fiel y en una parvada de patos a pesar de tener un yate.

Como si la imaginación de Ana María tuviese más valor que todo el dinero que Tony había gastado y ahorrado en su vida. Esas hormiguitas negras.

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