Sin más parches

Tonos dorados

Que le den por culo a tus amigos,
pasa de ellos y ven conmigo.
Tu trabajo me toca las pelotas,
conmigo ya tienes de sobra.

[Tus Amigos, Los Punsetes]

Desde que mi vida transcurre en un pueblo he olvidado lo que significa viajar en tren, en transporte público en general. Quizá por eso, por infrecuente, si sucede, me esfuerzo en vivir la experiencia con inconsciente intensidad. Antes Renfe no tenía wifi y tu vecina te podía explicar quién era la diosa Kali o preguntarte cómo ir de Atocha a Torre Picasso en metro (ni puta idea). Ahora el pasaje duerme o mira una pantalla. A ella le caían lentas lágrimas, lágrimas enteras pero discretas, leyendo la pantalla. Por puro morbo me logueé en la wifi abierta e identifiqué su terminal, también conectado, para descubrir el origen de su pena. Leía este mail de un tal Julio al que, por inercia, hice un pantallazo:

Váyase a saber porqué el mundo gira en un sentido y no se plantea jamás invertir el giro, en marzo al envés y en agosto al revés, por ejemplo. Váyanse a saber tantas cosas sobre este inconcebible e incomprensible mundo que puedan irse todas al garete, de la mano y sin chistar. Siéntese uno a reflexionar y no sienta más que el trasero dolorido por el tiempo en el asiento. Póngase uno a reflexionar y dude de Descartes (pienso, luego existo). Hasta qué punto son inexplicables los hechos inexplicables. Llore uno y sea de sangre. Las lágrimas siempre vienen después del final, cuando ya han encendido las luces y los títulos de crédito se desmoronan, cuando la impotencia se presenta en forma de ogro de dimensiones inabarcables. Estuve en el infierno, pero regresé porque no soportaba la soledad. La libertad era otra cosa, pero Robespierre siempre fue demasiado testarudo. No quedan parches en mi caja de recambios. Mis pocas neuronas pululan en silencio ataviadas con una cinta en señal de luto. La incoherencia es lo más coherente que hoy puedo encontrar. Que se quemen las palomitas, que arda París o que no amanezca mañana, qué importa. Las acacias son las únicas que se resisten a sobrevivir. Los sentimientos pretenden ser enmarañados, pero en realidad no son más que una tela de araña concienzudamente tejida que abarca una superficie amplia. Y toda esta parrafada inconexa para confesarte, Silvia, que ni puedo ni quiero seguir contigo. Cuestión de ilusiones perdidas, sentimientos distantes, esperanzas enterradas. Hoy firmo la defunción de nuestra relación sintiendo no poder explicarlo mejor.

De verdugos y zanahorias

Otoño en el pueblo
Otoño en Villaescusa de Haro.

“Tuve que volver a admitir que la materia prima de mi oficio, la palabra, no es un elemento tan imprescindible de la comunicación humana como a veces suponen los escritores cegados por el orgullo; en momentos críticos, la gente capta la esencia con muy pocas palabras o incluso sin ninguna”.
["La hermana", Sándor Márai]

Eso. Que son tus silencios el reino de mis torturas y tus miradas a otra parte el verdugo de mis esperanzas. Y que esa sonrisa que me finges viene a ser la zanahoria colgada de la vara a una cuarta del hocico del burro y, lo peor, la persigo sabiéndola inalcanzable. Y lo mejor, ¿qué haría con la zanahoria, como burro, entre la dentadura si no desintegrar ese deseo? Sonríe, maldita, que yo disfruto.

Estrellas a un cielo pegadas

Se puede sentir sin palabras, pero no se puede pensar sin palabras. ¿Y soñar? ¿Soñamos sentimientos o pensamientos? Por lo general, soñamos o angustias (a lo que llamamos pesadillas) o traiciones de nuestro subconsciente (a lo que llamamos represión, frustración, cómocoñosabemisubconscienteesesecreto) o banalidades que olvidamos con efervescencia.

Muchas pesadillas no tienen palabras, son una zozobra analfabeta que intentamos deletrear después en el retorno a la conciencia. En este caso, el paciente transcribió que había estado dos noches seguidas sin dormir, atenazado por una pesadilla recurrente que consistía en una huida infinita.

La primera noche porque llegaba tarde al trabajo y todo eran contratiempos para alargar el trayecto, el metro se había estropeado, no había autobuses cerca, todos los taxis iban ocupados, andaba, corría, sudaba, volvía a llamar a un taxi pero nunca lo veían, daba la sensación de que la oficina estaba cada vez más lejos, inaccesible. Su primera sensación al constatar que era un sueño fue acordarse de Ulises y de que no trabajaba en una oficina. Se mentía hasta en sueños.

La segunda noche suponía un viaje matemático. Intentar llegar al fin de los números. Perseguir números con la fe de prever un final. ¿Qué habría en el último número? Esa búsqueda que a priori suena tan inocente suponía una misión inevitable para él. Iba escarbando números, todos, sin saltarse ninguno por miedo a saltarse el último y empezar de cero. Su primera sensación al constatar que era un sueño fue sentir una paradoja vital indescriptible, aunque fuesen números.

La tercera noche, más vale prevenir, intentó ser consciente de sus huidas para evitarlas. No atravesaría el Sáhara a pie, ni emularía a los viajeros espaciales de 2001 abocados a vagar eternamente por el espacio, ni afeitaría a todos los hombres de China, ni nadaría hasta el fondo de las fosas Marianas. Se concentró en no soñar y por eso terminó profundamente dormido.

Y al primer amago de pesadilla, se desveló, salió al patio, se bajó levemente el pantalón del pijama y se puso a evacuar. Miró al cielo, infinitamente estrellado esa noche otoñal, y se puso a disfrutar del espectáculo cenital: no era necesario intentar atrapar lo interminable, contar todas las estrellas a la vista e inventariarlas, sino sencillamente gozar de una visión envidiable sin luz artificial que empañase la luminosidad estelar.

Insólito San Valentín

Han pasado dos semanas desde la efeméride del título, pero uno de los protagonistas no me había relatado su singular experiencia en el San Valentín de este año hasta hace pocos días. Pongamos que se llama Abel. Abel acudió un viernes noche a un conocido club nocturno de la comarca acompañado de un par de amigos. Los tres parcialmente ebrios y ansiosos de desarmar el fin de semana desde los primeros brotes. Los amigos de Abel pronto encontraron acomodo cariñoso en el local y él se quedó solo durante un rato, ignorando a las potenciales beneficiarias de su amor, tomando una cerveza. Mientras tanto, observaba el peculiar ecosistema del local y cavilaba el protocolo de sus compañeros nocturnos.

Al final admitió la compañía de una prostituta muda. Si en un club es difícil estar solo, al menos encontró una forma de ahorrarse la conversación. Más por caridad que excitación aceptó subir con la atractiva Simona, según le dijo que se llamaba una compañera de trabajo, a una habitación. Pagó las sábanas y la cuota y subieron en silencio. Ella se aseó y se desnudó y todo lo demás, esas cosas. Al salir un rato después ella le devolvió el dinero y le apuntó su teléfono, a saber por qué, no iban a ser las palabras quienes desenroscasen esa duda. Algo le habría gustado de él, ¿no? Por educación y porque, qué demonios, nunca se sabe a quién se necesitará, Abel también apuntó su teléfono a Simona.

Unos días después, precisamente el catorce de febrero, Abel recibió un sms. Algo del tipo hola abel soy simona esta noche no trabajo taptc quedar a tomar algo? Y bueno, como él mismo me confesó, no había razones para decir que no a una chica, y menos el día del amor y cultivando la soltería. Es cierto que presentía extraña la cita, con una chica muda y sin conocer nada del lenguaje de signos. La incertidumbre lo mantuvo distraído todo el día.

Estuvieron tomando unos vinos en un bar de un pueblo que ni era el de Abel ni el de Simona ni el del club, sino uno ajeno e imparcial. Simona era encantadoramente cariñosa y con atino suplía la falta de conversación con caricias, sentido del humor y una sonrisa inocente. Parece mentira que pueda tener una sonrisa tan virginal, me comentó irónicamente Abel. Ella le enseñó curiosidades sobre el lenguaje de signos, como que los meses del año se signan con elementos representativos de esa época del año. Así, para decir agosto se simula que se está segando, cortando un manojo de trigo con la hoz. Un gesto elegante y simbólico. Abril se signa indicando el centro de las palmas de las manos, como simbolizando los clavos de Cristo, la época de la Semana Santa. Para decir febrero se sitúa la mano en la cara de forma vertical, como partiendo la cara en dos mitades, símbolo de las máscaras y del Carnaval. No habría imaginado Abel un lenguaje tan poético.

Pasaron la noche del insólito San Valentín en casa de Abel. No sé si felices, pero sí en una dulce insconsciencia. No sé si amorosos, pero sí despreocupados y salvajemente sentimentales. Abel me dijo que la noche estuvo bien. Así de aséptico es él.

El fin de semana volvieron a quedar para cenar. Ahora la incertidumbre sería menor, o eso pensaba Abel, que si bien estaba lejos de estar enamorado al menos sentía más ajeno el sentimiento de soledad. En esta ocasión el protocolo era más predecible. Terminaron queriéndose en casa de Simona hasta que flaquearon las fuerzas.

Y luego comenzó a prepararse para dormir. Joder, yo pensaba que se me desmontaba. Se quitó las pestañas, que yo ni sabía que eran postizas. Se quitó la peluca, bueno, no era una peluca, sino extensiones de pelo moreno que le daban un aspecto completamente diferente. Luego se quitó las lentillas. Joder, yo que pensaba que Simona era una morenaza de ojos verdes y resulta que apenas tenía pelo y sus ojos eran del montón. Los labios también se los podría haber quitado, porque la naturaleza no se los había dado de serie. Me sentí como estafado, como víctima de la sociedad esclava de la belleza simulada. No me quedó más alternativa que asumir que ella ya no era Simona, así que recogí mis pantalones y me marché. No me ha vuelto a escribir ningún sms.

Experimento III: y te perdono las mayúsculas

¿Por qué me pides ahora que dé la vida por ti si cuándo saliste con él lo humillaste hasta que llegó a pensar que costaba menos que el plástico protector de las gafas de sol? Parece mentira que tu empatía sea tan nula, siendo mujer, siendo el Niágara y pides que me apiade de ti y te quiera sin compasión. Pides más de lo que ofreces, pero este juego no tiene las reglas del Monopoly, no gana quién más tenga sino quién más dé, qué paradoja. Aunque él te ofreció su vida a manos llenas y perdió la partida. Qué difícil es saber cuándo hay que lanzar el órdago.

Y no sonrías así, no ahora, que esto tampoco es un juego de simpatía. En este campo de batalla los trucos de seducción son insignificantes. Quizá si mi vida no proyectase ya las sombras largas del ocaso podrías desorientarme y atraparme en tu sucia tela de araña, pero ahora ya, más que atractiva resultas patética, como un elefante que pretendiese cortejar bailando ballet.

A estas alturas ya ni me importa que me trates en minúsculas, permito que te ahorres las mayúsculas porque tus insignificancias no herirán mi integridad. No serás las lágrimas que no me permitan vislumbrar las estrellas de Tagore. Mi barro ya está seco y no podrías moldearlo a tu antojo, así que es preferible que evites dibujarme un futuro para que yo vaya uniendo los puntitos y forme el dibujo del futuro de tus deseos. No gastaré la tinta de mi boli en satisfacer tu pasión.

Si ni pescas ni te columpias

Columpio otoñal
Columpio en La Pesquera (Villaescusa de Haro, enero 2011).

La historia pudo ser diferente pero fue como fue.

Los dos eran inseparables y se bebían juntos la vida sin obturar el gaznate, como si fuesen conscientes de la volatilidad del futuro y presintiesen que había una meta invisible a la que inevitablemente eran arrastrados. O como si simplemente les resultase más cómodo dejar el tiempo pasar sin aspiraciones. No, no eran de esos que aspiran, por la nariz o por egoísmo, a un mundo feliz o más justo o al menos más habitable. Es evidente que jamás habían soñado con grandes heroicidades y estaban convencidos de que, llegado el momento, no atravesarían la línea que separaba a espada la gloria de lo cotidiano: no habían nacido para ser Caballeros de la Isla del Gallo.

También: se bebían juntos la cerveza sin obturar el gaznate y habrían apurado los botellines incluso si estuviesen llenos de chinchetas. Su lugar preferido para beber y fumar y desvariar cuando el frío era intenso pero no llovía era el columpio de La Pesquera, tan solitario y en un paraje tan sosegado, donde a media tarde en invierno sólo se escuchaba el sonido ahogado y seco de las hojas crujientes movidas por el viento. Allí, cualquier anochecer de noviembre, las latas de cerveza no se calentaban y ellos planteaban hipótesis descabelladas. Por ejemplo: que Maradona después de dejar atrás a un ejército de ingleses, incluido el portero, no hubiese chutado a puerta sino que hubiese parado el balón sobre la línea de cal bajo palos y se hubiese marchado al vestuario. Por ejemplo: que la joven francesa revolucionaria viniese al pueblo en verano y cantase su himno gabacho en mitad de una procesión a modo de saeta. Por ejemplo: que el mar podía escupir ríos en vez de admitirlos y así la corriente iría hacía el norte y el agua estaría más templada y podrían pescar las latas y las compresas que los turistas tiraban a la playa en verano. Pero no planteaban ser ricos, y si lo pensaban, cada uno se lo callaba al otro, como si fuese una impureza.

Sucedió lo que suele suceder. Uno de ellos emigró, llegado el momento, en busca de una vida más digna. Define digna: cuando el australopitecus abandonó la sabana tanzana y emigro hace cientos de miles de años hacia el norte no sabía que en Noruega los servicios sociales eran más favorables. Él eligió Valencia: ya que iba a abandonar su casa, al menos tener el mar a la vista. Su amigo se quedó en el pueblo manchego y empezó a trabajar en una fábrica que pusieron por aquel entonces de pinturas y barnices. De vez en cuando se reencontraban y repetían cervezas y charlaban, como hacen los amigos, todas esas cosas que importan pero que no hace falta relatar.

Pero poco a poco su salud fue empeorando debido a las toxinas de la pintura que aspiraba en la fábrica. Al final tuvo que jubilarse de forma anticipada y con una pensión mísera de la que apenas se aprovechó porque falleció de neumonía dos años después. Su amigo asistió al funeral como suelen hacer los amigos de la infancia, recordando los dieciséis años con una nostalgia que casi hace que le estalle el corazón en la caja torácica.

El valenciano ahora baja de vez en cuando, con una cerveza sin alcohol, a La Albufera a pescar compresas y paquetes de tabaco mojados y bolsas de plástico.

El tuerto que se sacó el ojo

- Tú te tienes que poner ahí, en la línea, y no moverte. Después yo tiro a la manzana.
- Vale, pero ¿y si fallas? ¿Y si me clavas la flecha en el ojo?
- No pasa nada, te la saco.
- Claro, y me quedo tuerto.
- Bueno, pero si te vas no te doy la propina.
- ¿Y si te equivocas también en la siguiente flecha y me quedo ciego?
- Es lo de menos, te puedo cambiar por otro.
- Ya, pero es que si me he quedado ciego ya puedo ponerme siempre la manzana sobre la cabeza, no tengo nada más que perder.

Until it makes sense.

November Doll

Y te veo y reveo caminando bajo el frío aire pesado de noviembre, un ambiente preocupante de puro quieto y esterilizado. Con ese rostro pálido y estirado por la seca frialdad manchega, parcialmente oculta tras tu bufanda siempre de color liso, los labios níveos, la nariz sofocada. Con las manos de movimiento grácil, inertes y gélidas. Con el paso acelerado, tus dos piernas tan bien ajustadas a tus mallas oscuras en perfecta sincronía intentando huir del frío. ¿Cómo quieres que no piense que eres una muñeca de ocasión? Tan de porcelana que tu fragilidad paraliza. ¿Para que te querría tan de albina cerámica? Parece que ni pudieses tener sentimientos del aura inerte que te rodea y de la palidez de noviembre.

Una transformación, o dos

Intimidad
Ikea e iPod, baluartes de la globalización (abril 2010)

Era como la luz anaranjada de las farolas de algunos pueblos manchegos, sobria pero con aires de íntima calidez. Una habitación así, tenue, vaporosa. Una cama amplia y algodonosa. Mientras ella se descalzaba sus largas botas de forma desapasionada o quitando hierro al asunto o desentendiéndose de mi intención, me llamó la atención ese libro sin título sobre una moderna mecedora de llamativa funda roja. Lo abrí y leí al azar: blablabla y “en mi transformación no existía el menor deseo de conflicto o rebelión, sino solo el propósito de un desamarre sin rumbo.”

Plas. En el clavo. Justo lo que me rondaba los últimos meses durante las tardes de niebla y oscuridad. Y ni siquiera había sido capaz de poner nombre a mi silenciosa metamorfosis, tan bien definida ahora gracias a un libro sin título. Una revolución pacífica que desea un cambio profundo sin el temblor de ningún elemento cotidiano, como si uno quisiese una larga noche de amor en una cama y que al día siguiente las sábanas siguiesen intactas, algo así. Y yo ansiaba una mansa metamorfosis, no brusca como la del bicho raro ese, no un abismo entre dos vidas, sino un dejar hacer a las olas del mar o de la sociedad o de mi capricho.

Y en ese momento ella regresó de desmaquillarse del baño convertida en una mariposa y ya me daba igual ser cucaracha, larva o no saber si me abrirían en casa transformado en insecto. Cerramos la puerta.

Diferentes preocupaciones

Una tarde muy remota, cuando escocía el sol de junio en las nucas de los constructores, allá por la época en la que los césares eran todopoderosos, en una planicie de una esplendorosa urbe italiana, andrajosos y sucios, Aurelio y Antonino eran dos más de los esclavos encargados de poner en pie una megalómana construcción, una magna obra para disfrute de la plebe ansiosa de gladiadores, leones y cuadrigas.

Aurelio andaba los últimos días muy preocupado, no porque lo explotasen, ni porque no tuviese libertad, ni por los peligros del desprendimiento de piedras (un compañero suyo había muerto tres días antes porque le cayó una piedra mal colocada en la estructura). Si estaba cabizbajo no era por la herida infectada con ese aspecto tan desagradable que tenía en la pantorrilla, ni por no saber leer, eso era lo de menos. Y no le afligía que le contasen extrañas historias acerca de religiones que aseguraban que en un futuro se reencarnaría en un sapo, en un personaje secundario o en un curandero de prestigio. Aurelio estaba inquieto por su mujer. La puta se cepillaba al prestamista, pero no para que no le cobrase los intereses, sino por gusto.

Cuando terminó la jornada, Antonino se fue pensando que tenía hambre.

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