Diez Putos Años

Atardecer en Mojácar

Changes fill my time, baby, that’s alright with me
in the midst I think of you, and how it used to be.

[Ten Years Gone, Led Zeppelin]

Hace diez años era ingeniero pero no doctor, tenía poco pelo pero no canas, tenía poco dinero pero no me faltaba, no tenía ni chica ni coche ni piso ni un trabajo serio ni un futuro nítido detrás del abismo que se asomaba tras las toneladas de hormigón armado. Tampoco tenía una bicicleta competente ni una cámara réflex, así que ni sé en qué echaba los ratos más allá de las cervezas de los miércoles en el Living con Rober y los partidos de fútbol 7 con el Todohogar (patrocinador que no pagaba ni las camisetas). España iba a ganar su primera Eurocopa y en Ciudad Real éramos los putos jefes del balonmano mundial; creo que ser los reyes del mundo en una pequeña ciudad de provincias marcó de alguna forma nuestra personalidad. Europa todavía no había empezado su particular rito del harakiri y habíamos estado en Londres con Esther bailando en un concierto de los Editors del que solo recuerdo que fuimos sin cenar y con pocas libras. Hipólito estudiaba hasta la hora a la que yo me levantaba para ir a la escuela a hacer cosas de lógica difusa, fuzzy logic, poesía. La estudiante de caminos de debajo de mi cama ahora es senadora. Víctor pasaba más rato en Scranton con Michael Scott que en el salón jugando a la play pero me convenció para abrir este blog que se inauguró en mayo de 2008 después de unas guerras poco épicas con la plantilla y la paleta de colores del wordpress. Diez años después el diseño se mantiene intacto y seguimos rulando con wordpress 2.5.1. ¿Y qué iba a conseguir en diez años una persona que no ha sido capaz ni de hacer click para upgradear el gestor de su blog personal?

Confieso ser feliz leyendo algún rato perdido las gilipolleces que escribía cuando mi edad empezaba con un dos. Sé que ahora no lo haría mejor: incluso la más ridícula de las entradas me representa. La vanidad me pide imprimir el blog antes de que se rompa (me salen granitos cada vez que me saltan mensajes de deprecated en la plantilla) o me quiten el hosting y encuadernarlo en gusanillo para que lo lean mis nietos y me suban la dosis. Pero luego pienso que no pierdo nada si desaparece porque ya ni gin ni soaked ni boy. Y francamente lo que en su día fue un instrumento útil y activo hoy no es más un blog moribundo que se arrastra por las zonas más abandonadas de la red.

En estos años han terminado cortándonos las alas, pero, al fin, para qué las habríamos querido. Habríamos dado la vida por conservarlas y cuando nos las robaron fuimos conscientes de que nada había cambiado. Al final no somos más que la suma de nuestros fracasos y el producto de las oportunidades perdidas en un mar de infinitas decisiones. Nadie nos dijo que no era pecado no hacer la revolución en la juventud y que sigue sin haber arena de playa bajo los adoquines.

No entiendo cómo nos resulta tan poco trágico el salto de las esperanzas inútiles y las ilusiones ilusorias al mundo del cinismo desbordado; nos molesta incluso que nos despierte el camión de la basura obviando la gran maravilla que representa.

Y me vienen a la cabeza hombres en pijama llorando en la soledad de su piso y ordenadores que funcionan con Windows Millenium y el búcaro lleno de pan duro casi mohoso. Y monos ateridos de frío viendo una pelea de Jake LaMotta mientran reparten likes en las stories. La única certeza vigente es sentir que todo va demasiado deprisa, como un black mirror a 2.5x, desde la evolución del pulgar humano hasta la talla 12-18. Feliz décimo aniversario, amigo.

2017 o el año de la mitosis

Tour de France 2017
Lo importante es saber cómo caerse.

Como animal metódico vuelvo un año más a repasar algunos aspectos que considero reseñables del año que ya terminó, sin más preámbulos ni digresiones…

>>> TWITTER - Un puñado de tuits marcados para reír o llorar <<<

  • Sobre la playa - Me encanta la playa. Me molesta un poco la sal, la arena, el sol y la gente. Pero por lo demás es maravilloso.
  • Sobre Mr. Trump - Elect a clown, expect a circus.
  • Sobre Cataluña - Los del Parlament no son informáticos. Jamás sacarían una República a producción un viernes a las 15.30.
  • Sobre los toros - A la gente honrada se nos torea porque si no nos extinguiríamos.
  • Sobre el dolor - “Entre el dolor y la nada, prefiero el dolor” decía Faulkner.
  • Sobre la vida - Querida vida: por ahí no es.
  • Sobre la dignidad - Cada minuto que pasa me siento feliz de comprobar que el esfuerzo no siempre lleva al éxito, pero sí al amor propio y la dignidad.
  • Sobre la muerte - Faulkner escribió en «Mientras agonizo» que «la única razón para vivir es prepararse para estar muerto durante mucho tiempo».
  • Sobre la sonrisa - Lección de gente lista: la sonrisa desarma. Nunca sabrán si la tienes porque eres feliz, eres tonto o te ríes de ellos.
  • Sobre el amor - Serge Gainsbourg repetía continuamente la frase de Balzac según la cual en el amor hay siempre uno que sufre y otro que se aburre.
  • Sobre la edad - “El entusiasmo es el pan diario de la juventud. El escepticismo, el vino diario de la vejez”, Pearl S. Buck.
  • Sobre el dinero - “El mundo se divide en dos categorías: los que tienen el revólver cargado y los que cavan”, Sergio Leone.

>>> LITERATURA - Esa cosa vieja de papel y tinta <<<

Voy a remarcar el quinteto de libros que más me gustaron en 2017:

  • La España Vacía (Sergio del Molino) - un libro de la estantería perenne.
  • Mientras Agonizo (William Faulkner) - asfixiante obra maestra.
  • La lluvia amarilla (Julio Llamazares) - me quedé como enamorado al leer esta novelita, pensando todo el día en ella, sufriendo con un dolor nítido e íntimo. Andrés se apaga y con él muere su pueblecito pirenaico, Ainielle, en un monólogo perturbador sobre el tiempo que se va, la memoria que se evapora, las alucinaciones que centellean y la nieve que cubre con manto blanco la vida lenta.
  • Plataforma (Michel Houellebecq) - aunque no sea mi novela preferida del escritor francés sigue estando bastantes peldaños por encima de casi todo lo que se publica hoy. Una vez más, feroz e incisivo, mete la llaga en males contemporáneos como el turismo sexual, el terrorismo islámico, la desigualdad de la riqueza, la turismofobia y las vidas aburridas, ¡qué más quieres?
  • Sostiene Pereira (Antonio Tabucchi) - aunque esté escrita por un italiano esta novela está ambientada en Lisboa durante el régimen de Salazar. Pereira es un periodista tranquilo y aburrido encargado de la sección cultural de un periódico local. Y existe una posibilidad remota de que perturben la paz de un señor aburrido que solo come omelettes a las finas hierbas.

También el quinteto de los suplentes, aquellos que están bien pero podría haber sobrevivido sin ellos, la clase media:

  • En la orilla (Rafael Chirbes) - esta novela es tan notable y disecciona con tal precisión la crisis de estos últimos años, sus causas y consecuencias, que termina cansando en su genialidad. Ha sido demasiado tiempo de pesimismo y desilusión como para seguir rebozándose.
  • Instrumental (James Rhodes) - autobiografía de un músico de cuna pudiente que sufre abusos sexuales en su infancia y trata de salir del trauma utilizando como terapia la música clásica. Los intelectuales apalean a Rhodes con tanta inquina como éxito goza entre el público generalista, tanto su libro autobiográfico como sus conciertos. Debo ser muy poco intelectual porque me pareció un libro bastante ilustrativo y didáctico.
  • Luz de agosto (William Faulkner) - un novelón lúgubre y de personajes sucios que van incorporándose a nuestro imaginario a fuerza de desgarros y que, me temo, permanecerán ahí durante muchos años. La suciedad de Faulkner mancha.
  • Mientras haya bares (Juan Tallón) - a ver, lo compré por el título, evidentemente, y un poco también por la editorial (Círculo de Tiza) y porque el autor es joven y tendrá que sacarse un dinerillo para unas copas. Se lee como se mondan pipas; se saltan páginas lúcidas, se tropieza en anécdotas curiosas y ágiles que se olvidan a medida que se leen.
  • Pedro Páramo (Juan Rulfo) - la pongo aquí porque es mi lista y hago lo que quiero, aunque esté entronizada en la cumbre de la literatura universal. Realismo mágico con tantos vericuetos formales que mi paladar es incapaz de saborearla con intensidad. Comala mola más como mito que como lugar.

Y por último voy a señalar algunos de los que tampoco habría pasado nada si no los hubiese abierto, por si estoy a tiempo de recomendar su no-lectura:

  • La insoportable levedad del ser (Milan Kundera) - lo que resulta insoportable son sus toneladas de existencialismo pasado de moda y esa perspectiva de enfocar la vida de una pareja con altibajos emocionales.
  • La mirada de los peces (Sergio del Molino) - lo compré por ser del autor de La España Vacía y sin saber qué me encontraría, y lo que encontré fue un libreto de memorias de juventud del joven escritor en el barrio de San José de Zaragoza y una hagiografía de su profesor de filosofía del instituto. Supongo que tenía el dinero de la editorial encima de la mesa por el éxito de ventas de La España Vacía y luego pasan estas cosas.
  • Amberes (Roberto Bolaño) - amigo Roberto, con lo que yo te quiero y que me hagas esto, que me he gastado cientos de euros en tus libros para que tus descendientes no pasen penurias, como tú querías, pero no hacía falta llegar a esta novela poética de juventud, por mucho que te sintieses orgulloso de su prosa poética inconexa.
  • Bésame mucho (Carlos González) - esto va de bebés y la crianza. Carlos González viene a decir que a los bebés hay que quererlos mucho, abrazarlos mucho, y hacer siempre lo que pidan, bien sea teta, brazos o compañía; que ya crecerán y habrá que educar, pero en etapas posteriores de su desarrollo. Pues vale, muy bien, pero en un artículo me lo habías contado.
  • Para siempre (Susanna Tamaro) - es la novela dramática sobre la tristeza y el poder regenerador de la naturaleza que podría escribir una italiana, demasiada glucosa y conflicto existencial.

Y, por último, vamos a enumerar una serie de propósitos lectores de cara al 2018:

  • El disputado voto del señor Cayo (Miguel Delibes) - ya lo he empezado y, de momento, parece que lo escribió Delibes en un rato que no tenía ganas de trabajar. Eso sí, salta a la vista una percepción privilegiada de la política y su relación con las zonas despobladas: no gente, no votos, no interés.
  • Una habitación propia (Virginia Woolf) - más vale hoy en día ponerse en el bando del feminismo.
  • Corazón tan blanco (Javier Marías) - no he leído nada de Javier Marías y es hora de corregirlo.
  • El mundo de ayer (Stefan Zweig) - mi madre lleva años convenciéndome para que lo lea, y parece que la Europa actual lo recomienda con más ahínco.
  • Solenoide (Mircea Cartarescu) - mi olfato de listas de mejores libros del 2017 me dice que este año este libraco es el ganador, por eso lo he regalado para que luego me regrese prestado.
  • La alegría del amor (Javier de la Torre) - para trabajar el amor y la convivencia en el matrimonio a través de la catequesis.
  • El ruido y la furia (William Faulkner) - regresaremos a Yoknapatawpha algún rato si el tren lo permite.
  • La vida negociable (Luis Landero) - siempre viene bien exprimir a un antihéroe castizo.
  • Mortal y rosa (Francisco Umbral) - me encantó en su día y creo que se merece una relectura, creo que ahora lo entenderé mejor.
  • El último día del invierno (Miguel Pérez de Castro) - novela de un joven escritor villaescusero presentada en agosto y que está ahí en el escritorio esperando su turno.

>>> CAJA TONTA - Con la mente sintonizada <<<

Sigo siendo enemigo de llamar caja tonta a la televisión por identificarlo como el soporte que me permite disfrutar y sentir grandes emociones con películas y series de ficción.

Reconozco ya, muy a mi pesar, la grave crisis de creatividad que asola al cine tradicional y, no en vano, solo destacaría dos películas de las que he visto este año. Una, Verano 1993, española, humilde y precaria, de emociones sinceras en la narración del descubrimiento del mundo de una niña huérfana, dirigida por la joven catalana Carla Simón. Una película tan desnuda que en ocasiones parece un documental y ha sido seleccionada por España para los Óscar. La otra, en las antípodas, La La Land, el hito abarrotasalas anual que de forma cómica ganó el Óscar a mejor película por equivocación durante unos segundos. No es un peliculón de guión sobresaliente pero el buen rollo es contagioso y la interpretación de Emma Stone para enamorarse.

En el otro lado del ring, la madurez de las series de ficción, que cada vez atraen más inversión, guiones más atractivos y actores de mayor reputación. Destaco cuatro: The Young Pope, la historia de ese Papa tan bizarro como creyente, Black Mirror, capítulos hirientes de una distopía tecnológica que no entiendo cómo todavía no había visto, The Handmade’s Tale, otro mundo distópico creado por Margaret Atwood en la novela homónima sobre el sometimiento de la mujer en una sociedad cuasi estéril, y Stranger Things, esa miniserie ochentera maratoneable de la que todo el mundo habla y que no tiene más pretensiones que las que muestra a pecho descubierto.

Y para 2018, tenemos ya en el tintero: The Crown, The Leftovers, The Deuce, Big Little Lies y Fargo III.

El Odio del Ocio

El (o la) community manager de JotDown repite periódicamente el tuit “decidme, ¿qué se odia hoy?”, descargando todo su sarcasmo sobre la cibertribu tuitera de los odiadores profesionales, haters para los amigos, gente que se loguea reiteradamente en una red social con el cuchillo entre los dientes y se excita despedazando al personal. Se me antoja tremendamente deprimente malgastar tanto tiempo y energía en generar vibraciones negativas a nuestro alrededor.

Parece que hemos venido a internet a odiarnos, lo que equivale a confesar que nos pone sembrar nubes negras en nuestro tiempo libre y de ocio. Da lo mismo que sea con el representante de España en Eurovisión, con un torero, con Rita Maestre o con Pablo Motos. Y qué decir si el asunto va de feminismo y se descontextualiza una respuesta de una entrevista, como le pasó a Blanca Suárez. Qué frustrante y depresivo resulta leer las respuestas que genera cualquier tuit de un personaje relevante; cuando lees un puñado de reacciones lo dejas y casi sientes ganas de disculparte por haber entrado en esa sala abarrotada de hienas hambrientas.

Evidentemente no estoy descubriendo nada nuevo, la literatura que ha generado ya el fenómeno hater es inmensa, pero cada día resulta más penoso poder ejercer el derecho a la libertad de expresión. De un lado, porque al estar las lanzas siempre de punta resulta harto difícil expresar opiniones o ideas que puedan alejarse de lo tuiteramente aceptable, que a la postre es nada nadie nunca. Raúl del Pozo lo expresó como “en las redes sociales se cocina la censura actual”. De otro lado porque resulta complicado dibujar el contexto pormenorizado de cada opinión que se pretende defender cuando las hordas van a maltratar una parte o desfigurar el todo. Además, un hater no tiene ningún escrúpulo en mezclar churras con merinas porque en ningún caso su propósito será el de debatir sino el de destruir. Y para colmo, si el mensaje no es suculento se dirige la crítica al sujeto y no al objeto.

Se presenta cómodo, por tanto, destripar al aventurado iluso, máxime cuando debe enfrentarse a una jauría inquisidora, habitualmente numerosa y con capacidad para incendiar diversos frentes. En el génesis de las redes sociales los debates se eternizaban y difuminaban, hoy en día no queda más remedio que tragarse la impotencia, dejar a los haters con la chicha entre los dientes y tener fe en que sean mayoría los que capten un mensaje en su contexto y sin tergiversar. Y no, por supuesto, porque el mensaje primario aspire a erigirse como Verdad Absoluta©, que en muchas ocasiones las collejas son merecidas y en otras (léase Pérez Reverte o Soto Ivars) juegan a provocar a sabiendas de la susceptibilidad de las redes, sino porque las respuestas suelen apostar a la destrucción por la destrucción.

Algo así como la democracia del exterminio y la devastación. Un joven escritor lo expresó ayer de forma certera tuiteando “cada día me carga más el prestigio intelectual que tiene el desprecio” (supuse que como asustada respuesta al linchamiento que ayer mismo sufrió Antonio Maestre por escribir que en su infancia llevaba J’Hayber). Y es que existe un grupo de gente que siempre ve todo negativo y criticable, con un enfoque permanente de desprecio y reproche. Gente que, no sabemos si por interés propio o por oscura perspectiva vital, tiende a la destrucción y evita arrimar el hombro donde diagnostica un problema. Gente empeñada, en fin, en abrazarse a la crispación como modo de vida.

Hace pocos días redacté un mensaje de agradecimiento a todos los maestros que han pasado por el colegio de nuestro pueblo dejando huella en la esmerada educación sin complejos ni carencias que nos brindaron. En vez de recuerdos melancólicos de los lectores, los comentarios terminaron criticando a Cospedal y lamentando la desaparición de la banda de música del pueblo. Pobres maestros.

In Nomine Patris

He pasado un buen rato gugleando infructuosamente para encabezar esta entrada con una viñeta humorística que me tropecé cuando era adolescente en una revista médica de mi madre (Jano, de Elsevier, no es una revista médica al uso, sino que combina medicina y humanidades). Si mi memoria no me falla más de quince años después, Forges firmaba la viñeta y en ella aparecía un niño que llegaba a casa con un caimán mastodóntico cogido de una correa a modo de mascota mientras su orgulloso padre exclamaba a su atónita madre: “desde pequeño siempre quise tener uno”. Ahora que se aproxima la paternidad me acuerdo a todas horas de aquella viñeta que se me quedó grabada a fuego y que me sigue pareciendo la definición perfecta de la paternidad en su variante más peligrosa.

Otra. El jueves pasado un niño vestía camiseta del Atlético de Madrid, justo el día después de la cruel eliminación de los colchoneros, rendidos al embrujo de Karim Benzema en el Calderón. El triste niño pasó una nota en clase bajo cuerda a sus compañeros: “a partir de hoy soy del Madrid, no le digáis nada a mi padre”. Lamer tu orgullo herido y tus complejos mediante la exposición a humillación de tu hijo se me antoja una rama poco sensata de educación paternal, supongo.

¿No acojona pensar en dirigir una educación para que tu hijo emule a Zinedine Zidane y tu hija a Virginia Woolf? ¿Se alimenta tu orgullo paternal de los éxitos y triunfos de tus retoños? ¿Si tu hijo es de los más torpes del equipo de balonmano y le cuesta aprobar incluso estudiando sentirás menos satisfacción y vanidad? ¿No vivimos una era de extrema obsesión con el modelado educativo de los hijos para que sean los más mejores y podamos exponerlos como trofeos, desligando al mismo tiempo la responsabilidad de ellos mismos como parte de su educación, sus aspiraciones y su descubrimiento del mundo? ¿No ve cada padre a su retoño como un proyecto de sí mismo en el que canalizar sus obsesiones y frustraciones ignorando conscientemente sus potenciales preferencias y mutilando su libertad? Podría plantear las mil cuestiones similares que me atormentan precisamente en este momento del feto en desarrollo pero lo único que puedo hacer es sentir un agradecimiento infinito por la educación que recibí ahora que me lo planteo como reto.

MAMOCU, un infierno consentido

La expresión “poner a alguien mirando pa’ Cuenca” cobra esplendoroso significado en la MAMOCU, carrera de montaña en la que los simpáticos diseñadores del recorrido trazan un circuito que asciende a todos los cerros, numerosos y escarpados, que rodean la ciudad de Cuenca. No sé si con ánimo de invitar al corredor a contemplar la belleza de esta capital Patrimonio de la Humanidad desde todas las perspectivas posibles o más bien, sospecho, con intención de colocar al atleta en posición favorable para la penetración anal. Algo de eso sentimos.

Poco amigo de competiciones de media y larga distancia consciente, sobre todo, de los perjuicios para articulaciones y tendones, me atreví el pasado domingo excepcionalmente con la MAratón de MOntaña de CUenca, a la postre Campeonato Regional de Carreras de Montaña. En concreto, nos lanzamos al reto de la media maratón, medida en más de veintidós kilómetros y medio aquí en Cuenca (no porque lo diga el GPS, que también, sino porque así se informaba ya en el track de la organización). Mi anterior media maratón fue en 2009 en Valencia, más corta, más joven y liviano, clima agradable, nulo desnivel, muchas chicas; supongo que sería como comparar un churro con un botellín. Desde aquel día hasta este domingo nunca me había dado por correr más de una hora, me remito para ello al principio de este párrafo.

Con una hora robada al sueño y al descanso, y después de una semana aliñada con un eficaz virus gastrointestinal, tres inocentes villaescuseros nos presentamos bajo el nublado cielo conquense. Recogimos la bolsa del corredor, impoluta y sin tontunas de relleno, lo que es de agradecer: un bonito buff multicolor conmemorativo de la prueba y un práctico chaleco cortavientos.

Cuando, en la salida, miramos a nuestro alrededor nos sentimos marginados. Desde que empecé a trotar por los alrededores del pueblo en 1999 (sí, no sé por qué motivo pero la selectiva memoria recuerda mi primera salida con el buen tiempo después de una tarde de estudio en aquella época en la que no existían el running ni el jogging, a lo sumo el footing) siempre he corrido con zapatillas, pantalón y camiseta, más sudadera y guantes en invierno. Y así también mis dos compañeros. Confesemos, no obstante, que los últimos meses hemos paseado el teléfono para medir tiempo y distancia. Pero allí, en la línea de salida, escuchando a un speaker que arengaba más que animar, tropezamos con una pujante raza atlética: el corredor de montaña. Un ejemplar modelo de esta raza calza zapatillas de trail, usa medias compresoras para los gemelos, lleva mallas -cortas o largas- pero nunca pantalones de deporte, se sirve de una mochila o un cinturón de hidratación y casi siempre lleva gorra para el sol o cinta en la frente para el sudor. Espero que no se desprenda ningún cariz peyorativo de la descripción porque en realidad envidio esa capacidad de adaptación a la moda y esa tenaz obstinación en mimar los detalles del hato.

Desde que empiezo a correr pienso en el kilómetro en el que me voy a retirar. Las piernas me pesan desde los primeros metros, lo que achaco al virus de principios de semana. Nada más salir se sube el alto de la Guindalera: casi dos kilómetros de ascensión para un desnivel de unos 200 metros. Pienso que quizá hubiese sido más prudente inscribirse en la prueba de iniciación de 10K, al fin y al cabo es la primera vez que afronto una carrera de montaña. En lo alto, Km 4, estoy hecho polvo, así que pensar en otros cuatro picos y otros dieciocho kilómetros se me antoja sobrehumano. No porque la distancia y el desnivel supongan una gesta épica, sino por mi estado renqueante.

Los tres nos lanzamos al descenso desde la Guindalera hasta los pies del Júcar. Marcos ha bajado miles de veces estas sendas con la bici “a fuego” durante sus años de estudiante en la ciudad serrana, así que disfruta como enano saludando a todas las piedras del camino entre saltos. Mientras, Pablo y yo aprendemos una lección de perogrullo: los trails se corren con zapatillas de trail; en caso contrario es fácil resbalar pisando una piedra húmeda o una zona de barro y caer al suelo. No besamos el suelo durante el descenso de puro milagro. Intento levantar la vista y disfrutar de un paisaje espectacular, pero el cansancio y el miedo al tropiezo son muchísimo más poderosos que el mundo contemplativo.

Casi al final del descenso se bifurca la prueba para los de 22K y los de 10K. La tentación de tomar el camino más corto es poderosa, pero decido que es preferible retirarse cuando fallen las piernas antes que limitarse a lo fácil. Además, en la bifurcación nosotros seguimos descendiendo y los de 10K empiezan una pequeña ascensión, así que ante la duda, para abajo.

Estamos en la ribera del Júcar, en primavera, el ambiente es fresco y recorremos unos cientos de metros llanos, así que disfrutamos inocentemente sin saber que vamos al matadero, al puto abismo. El infierno está en el Km 8,5, donde se dibuja un ascenso perfecto desde el Júcar hasta el cerro San Cristóbal, una senda casi lineal y escarpada de unos 750 metros con una pendiente media del 33% y rampas del 50%. Algo así como subir un edificio de 80 plantas pero sin escaleras, intentando anclar el pie en la tierra para dar un paso más. Los corredores vamos en fila india, y dan ganas de agarrarse al tobillo del que te precede porque no puedes dar un paso más. Si lo das es por orgullo, por vergüenza, y por miedo a caerte hacia abajo y arrastrar como fichas de dominó a todos los demás. Solo miras los pies del de delante, para ir pisando en los mismos sitios y llevar la cabeza agachada para no mirar lo lejos que está la cima, en el cielo. Cada paso es un martirio que hay que rumiar y tomar la decisión de dar porque tu cuerpo, por sí mismo, sabio, no lo daría. Cuando quedan menos de 100 metros no puedo dar un paso más, tengo los gemelos completamente rígidos y con buen criterio me suplican una tregua. Me aparto de la fila, me siento y veo subir a los demás, entre ellos Marcos y Pablo. El descanso no dura más de quince segundos, que saben a gloria, y me incorporo otra vez a la fila para alcanzar la cima.

Arriba casi me atraganto bebiendo agua desesperadamente en el avituallamiento. Agua, aquarius, golosinas, plátano y lo que vea. No llevamos ni diez kilómetros y tengo las piernas petrificadas, va a ser una quimera que me aguanten mucho tiempo. Pero bueno, ahora toca un descenso hasta el Km 11, cuando se cruza por el puente de San Pablo, y aunque solo sea porque Inma va a estar ahí animando hay que hacer un gratificante sacrificio. Mientras descendemos, nos cruzamos con los líderes de la prueba de 22K, que ya vienen de vuelta por el Km 14 y subiendo, qué máquinas.

Abajo cruzamos el famoso puente de madera los tres al trote, mágicamente recuperados después de asomarnos al averno. Nos anima Inma, me paro a darle un beso, y también los padres de Marcos, entre nuestras pesadas y ruidosas pisadas por el vertiginoso puente. Desde ahí comienza una nueva ascensión al cerro del Socorro, por el parador nacional. Esta subida es más tendida (más de un kilómetro para menos de 200 metros de desnivel positivo) pero estoy tan cansado que, desde las primeras rampas, sopeso abandonar y bajar a encontrarme con Inma. Así Pablo y Marcos podrán ir a su ritmo y yo disfrutar de un merecido descanso. No sé por qué no me doy la vuelta, pero voy subiendo estación a estación por los monolitos del viacrucis que adornan la subida; sé que son catorce, que Jesús ya ha caído dos veces por el peso de la cruz y la Verónica le ha limpiado el rostro. Seguimos andando, en algunos tramos apoyando las manos en los muslos para ayudar a las piernas a dar la siguiente zancada.

En la cima llevamos 12,5 Km, poco más de la mitad de la prueba, así que ya he corrido más que los de 10K, he cumplido, puedo retirarme con la cabeza alta, pero reponemos fuerzas en el avituallamiento y nos lanzamos al descenso. Empiezo a bajar y les digo a Pablo y Marcos que ahora me pillan. Es el descenso más difícil y peligroso, con grandes escalones y mucha piedra suelta. A los cuádriceps les cuesta un mundo retener la inercia de mi cuerpo, así que intento descender haciendo eses, como esquiando, para minimizar el impacto en los maltrechos músculos, que están a punto de saltar por los aires. Pablo tropieza y cae, pero como va detrás no lo veo, así que sigo bajando muy concentrado, consciente de que como me dé un tirón bajaré rodando hasta el auditorio. Al final del todo hay una cuerda para bajar rapelando la última roca, me agarro y mientras bajo sonrío pensando en lo inocente que fui al inscribirme. Aquí en el auditorio, Km 13,7, está el punto de control: había que llegar en tres horas y, como no llevo reloj, no sé ni cuánto llevamos. Marcos dice que vamos bien, que llevamos una hora y cuarenta. Más o menos lo que se tarda en hacer una media maratón.

Ahora toca subir al alto del Castillo. No es que sea fácil ni corta, pero de todas las ascensiones es la más asequible, así que en contra de la voluntad de mis piernas tiro para arriba. Amenazan con boicotear los deseos de mi ilusión, pero se resignan y siguen dando un paso tras otro, escalón a escalón, aunque estén ya solidificadas desde los gemelos hasta los glúteos. Sé que Marcos y Pablo podrían ir más rápido y les animo a que busquen un tiempo que los deje satisfechos, pero prefieren que vayamos los tres juntos (casi seguro que porque prometí invitarlos a comer). En lo alto del castillo estamos en el Km 15, así que calculo que quedan más de siete todavía. En este momento pienso que voy a seguir hasta que me respondan las piernas, que no puedo pensar en abandonar salvo que estallen las fibras de los músculos.

En el descenso del castillo al río nos adelantan como gamos los dos líderes de la prueba de 42K, que salieron una hora antes que nosotros y que vuelan hacia la meta en genial duelo; sacaron veinte minutos al tercero del maratón. Al final de la bajada hay un kilómetro llano, otra vez por la ribera del Júcar, pero ya me cuesta un mundo trotar. A duras penas alcanzamos la base de la última ascensión de más de 200 metros de desnivel por la ermita de San Julián el Tranquilo. Me convenzo a duras penas de que “en subiendo ya es to’ bajar” aunque mis fuerzas estén exprimidas. Hacemos la subida andando y, en los tramos de descanso, intento trotar, trotar como lo haría un elefante en terreno embarrado, más artificio que eficacia. Sospecho que los músculos de las piernas han llegado a un acuerdo democrático de tal forma que no van a permitir a ninguno de ellos conceder el privilegio de su propia distensión. Cuando falta poco para la cima adelanto a un atleta que va todavía peor que yo y me dice que ya hemos entrado en “modo walking dead”, como no tengo fuerza ni para contestar, afirmo, sonrío y continúo. Me duele hasta la espalda de empujar “con los riñones” en las zonas con más desnivel.

En la cima estamos ya en el Km 19 y ahora ya es todo bajada hasta la meta. Cruzo los dedos para que me respeten los músculos y trotamos hacia abajo. Luego en la ducha un chico cuenta que se ha tenido que retirar en el Km 19, qué rabia, podría haber rodado hasta la meta. Son tres kilómetros de bajada, pero se hacen eternos, con las piernas graníticas, descendiendo el alto de la Guindalera que subimos al principio de la prueba. Estoy a punto de tropezar dos o tres veces con piedras y raíces, ya exhausto, nos adelantan unos cuantos corredores que están sacando fuerzas de flaqueza para maquillar su tiempo. A mí obviamente me dan igual el tiempo y la posición, he sufrido demasiado como para que un puñado de minutos deprima mi satisfacción.

Llegamos a la meta junto al cuarto clasificado de la prueba de 42K, así que el speaker ni se fija en nosotros, Inma y los padres de Marcos nos aplauden y hacen fotos, claro, ya casi estaban preocupados porque no llegábamos. Cuando cruzamos el arco de meta veo que hemos tardado más de tres horas, posición 145 de casi trescientos inscritos, a Marcos y a Pablo les da un poco de vergüenza y se van a estirar donde no los vea nadie. Yo estoy tremendamente orgulloso de haber vencido a un trail que los propios expertos califican como rompepiernas (+1300m, es decir, subir un edificio de más de 400 plantas), de soportar una prueba que triplica el tiempo que normalmente salgo a correr, de superar una recurrente sobrecarga en el sóleo durante los últimos meses y un virus a principios de semana. Soy consciente de que la gesta no es épica ni sobrehumana pero todas las circunstancias eran adversas.

Para celebrarlo nos vamos a comer al Nazareno y Oro. La compañía es inmejorable, el cochinillo asado sabe a gloria, hemos pasado un domingo de sufrimiento y diversión, aunque parezcan adjetivos antónimos. Entre bocado y bocado planteamos inscribirnos a la MAMOCU 2018, aunque nos vuelvan a poner mirando pa’ Cuenca.

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