Patrimonio, por sus hechos los conoceréis

Ruinas II

Entre el cielo y el suelo hay algo
con tendencia a quedarse calvo
de tanto recordar.
Y ese algo, que soy yo mismo
es un cuadro de bifrontismo
que solo da una faz.

[Me cuesta tanto olvidarte, Xoel López & Combo Viramundo]

El concepto Patrimonio viene sufriendo en los últimos tiempos un abuso y manoseo que diluye su significado y desvirtúa peligrosamente su relevancia social. Debemos ser conscientes de que el Patrimonio Histórico-Artístico no se reduce a un amasijo de piedras bien dispuestas, “montones de piedras” dicen algunos de forma simplista y despectiva, sino que engloba al conjunto de bienes materiales e inmateriales que hemos heredado de nuestros antecesores. En consecuencia, su valor está íntimamente ligado a nuestra identidad y a nuestra forma de ver el mundo, a cómo lo vieron antes que nosotros y a la proyección que hacemos de nuestra cultura, de nuestro arte, de nuestra arquitectura, de nuestra tradición.

El Monasterio de Uclés, el Castillo de Belmonte o la Catedral de Cuenca son ejemplos que se asocian de forma instintiva al concepto de bien patrimonial. No obstante, no está de más recordar que también forman parte de nuestro patrimonio muchos otros monumentos que no han corrido la misma suerte con el devenir del tiempo como el Convento de los Franciscanos de Torrejoncillo del Rey o el Palacio de los Gosálvez de Casas de Benítez. Y, por supuesto, también otros bienes inmateriales como las danzas de paloteo que siguen vivas en las festividades de muchos pueblos como Montalbo o Iniesta, la Endiablada de Almonacid del Marquesado, la Trashumancia por la cañada real de Los Chorros o las Maderadas de los Gancheros por el Escabas y el Júcar.

Ahora que está de moda el concepto “apropiación cultural”, se podría inferir el concepto “apropiación política” para hacer referencia al anhelo de confiscación de un valor con fines políticos y partidistas. No se debe pensar en el Patrimonio como en un territorio en el que clavar la bandera propia o enterrar la clavada por otro, sino como un compromiso que a todos incumbe tanto por razones económicas, debido al potencial turístico de muchos rincones de la provincia, como por razones de justicia histórica, debido a la responsabilidad íntima con la herencia de nuestros ascendientes.

Y por lo expuesto, precisamente, resulta desalentador que las buenas intenciones se queden tantas veces en el trastero cogiendo polvo. En este contexto de sensibilización y “apropiación política” no se pueden entender dos decisiones puntuales tomadas por dos instituciones gobernadas por el PSOE como la Diputación Provincial de Cuenca y la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha.

De un lado, Martínez Chana ha propuesto y aprobado en la institución provincial una reducción del remanente destinado a “inversiones en conservación y rehabilitación de patrimonio” desde 7 millones hasta 2,92 millones de euros, una merma de más de la mitad de lo presupuestado por la anterior Corporación presidida por Benjamín Prieto. Esta decisión implica la no ejecución de varias inversiones ya aprobadas, con el consiguiente perjuicio e inseguridad para los proyectos afectados.

Del otro lado, y más flagrante, resulta la decisión de Page puesto que el Proyecto de Ley de los Presupuestos Generales de la JCCM para el año 2020 reserva la injustificable cifra de 137.860 euros en la partida “bienes patrimonio histórico, artístico y cultural”. Podría parecer una broma pero esa es la cantidad que Page presupuesta para inversiones en bienes patrimoniales para el conjunto de Castilla-La Mancha de cara al próximo ejercicio.

Invade la tristeza y la decepción cuando se escuchan discursos de defensa del Patrimonio, de potenciar recursos turísticos y de conservar el pasado para enriquecer el futuro en boca de aquellos cuyas decisiones van en dirección contraria. La “apropiación política” del Patrimonio por parte de los socialistas Martínez Chana y García Page se diluye en sus presupuestos. Por sus hechos los conoceréis.

Salvatierra de Tormes


Vista del embalse de Santa Teresa desde Salvatierra de Tormes.

No soy toro, ni soy matador
ni tornillo, el destornillador
no soy hijo de un antecesor.
Soy la flor entre la vía.

[La flor entre la vía, Christina Rosenvinge]

El mundo es grande, oh qué perspicacia, y ofrece infinidad de culturas, idiomas y paisajes que disfrutar y conocer, pero resulta complicado abordarlo con un niño pequeño y poco tiempo libre. Estos factores limitan, de forma temporal y nada sacrificada, el radio del viaje a la península ibérica. Afortunadamente, resulta imposible cansarse de viajar por España.

Por cualquier motivo desconocido del subconsciente uno se siente como en casa en cualquier rincón de las cuatro grandes autonomías sin mar: Aragón, Extremadura y las Castillas. Nos une la sobriedad, la carrasca aislada, la sencillez, la tierra seca, la jota, una economía lenta, una hospitalidad rural, un pasado mejor. Y todos esos elementos confluyen también en la parte sur de la provincia de Salamanca.

La siesta del chico nos permitió recorrer el trayecto desde Villaescusa de Haro hasta ya la provincia de Ávila. En concreto y por casualidad paramos en Villatoro para refrescar el gaznate y merendar. Las banderolas en las calles y el trasiego de gente informaban que estaban en fiestas. A la postre nos notificaron que ese mismo día conmemoraban el recuerdo de la feria ganadera anual del pueblo, ya desaparecida y que suponía, como en muchos otros lugares de la península, el foro de compra-venta de ganado para el año y momento en el que los pastores aprovechaban para ajustarse. Todo el pueblo disfrutaba de una sana barbacoa de chorizo, morcilla, salchicha, panceta y lomo a la que nos convidaron con simpático altruismo. Solo la regente del bar local parecía preocupada, y no porque ese día disminuyese su negocio, sino porque su hija acababa de desembarcar en Salamanca para estudiar una carrera y esa noche iba a sufrir las célebres novatadas salmantinas. Comprendí sus temores al día siguiente, cuando la primera plana del periódico provincial se hacía eco de la advertencia del rector al control de las “actividades universitarias de bienvenida”.

Con fuerzas recobradas retomamos el viaje hasta el destino en un hotel rural en Salvatierra de Tormes, junto al embalse de Santa Teresa y cerca de Guijuelo. Un alojamiento, por cierto, encantador y sumamente recomendable, aunque no pudiese disfrutar de un rato de sosegada lectura de Solenoide en su impresionante sala biblioteca, eje de las zonas comunes del hotel. Sí disfrutamos, en cambio, de su rotunda comida en la que la sopa de cocido se podía cortar con cuchillo (sopa ibérica sólida con tocino y fideo) y el cerdo ibérico reinaba en el plato en cualquiera de sus cortes de excepción. Una ventaja de su gastronomía radica en la familiaridad con todos los productos, no como aquella vez que en Lima nos lanzamos a una cena de fusión peruana y japonesa.

Cuando uno se asoma a Salvatierra de Tormes siente una profunda contradicción. Se percibe un núcleo urbano con sabor a historia, a un pasado próspero de casas señoriales, iglesia de renombre, castillo imponente (”de la mora encantada”), escudos nobiliarios. Y sin embargo, el paseo por el pueblo es desolador, frío, de viviendas abandonadas y esplendor mutilado, de iglesia dejada de la mano de Dios y castillo ruinoso. Hoy día se ensalza la ruina vistiéndola de un halo romántico que tanto repele a los que defendemos la vida rural y entusiasma a los seguidores de La España Vacía. El turista fotografía la teja rota, la pared desplomada, la vegetación en el salón, y cada disparo aspira a firmar la autopsia de un pueblo. En ese primer paseo desconocíamos la historia del declive de ese rincón salmantino cuyo dueño y señor era Gafas, o Gachas, un mastín ya jubilado que hacía de sereno en la calle mayor de Salvatierra.

Por allí cerca está Candelario, en la sierra de Béjar, pueblo de cuento y destino turístico rural por excelencia. Un pueblo que históricamente ha vivido de la chacinería y, ahora, de un turismo atípico de paseo, foto e ibérico. Una joven estudiante me pregunta en la calle por los ingredientes de la morcilla, le digo que grasa de cerdo, sangre, ajo y pimentón. Por detrás un lugareño salta en su orgullo herido y le saca la lista de especias. Bajamos a Béjar y comemos en El Bosque, restaurante recomendable que nos sirve el mejor plato de jamón y embutidos ibéricos que he comido en mi vida, un plato que atestigua una marca de calidad. Horas más tarde, un rumano afincado en Guijuelo nos arruina la leyenda confesando que traen los guarros de Badajoz y ellos secan los jamones y curan los embutidos. La industria del cerdo ibérico en Guijuelo es envidiable, clave del tejido económico de toda la comarca. El rumano trabajaba en una empresa de embutidos y, viendo las perspectivas, hace unos años montó su propio negocio dentro del sector.

Por allí no muy lejos anda también La Alberca, en el parque natural Las Batuecas-Sierra de Francia, la maqueta de un pueblo idílico en medio de un paraje de ensueño. La Alberca ha cuidado su urbanismo con sabor añejo para exprimir al turista vendiendo que se trata de uno de los pueblos más bonitos de España. Nuestro recorrido terminó cuando dimos con la carpa en la que celebraban una feria gastronómica, con concurso de cortadores de jamón, en la que ofrecían barra libre de vino de la Tierra de Salamanca por 4 euros y platos de jamón ibérico por 5 euros. Menudo nos importaban entonces las balconadas de madera repletas de macetas y las calles empedradas con rincones fotogénicos. Copa de vino en mano, cucurucho de forro asado en otra mano, bailes regionales de frente, cortadores de jamón a la espalda, chico con la animadora infantil y sol en el cogote, menudo nos importaba el urbanismo albercano, menudo nos importaba que hubiese cielo o infierno. Pusimos la guinda con un exquisito chuletón de buey madurado en el recomendable La Cantina de Elías.

El único bar de Salvatierra de Tormes era la cantina del hotel, llamada Bar y custodiada desde la puerta por Gafas, o Gachas, con desidia y aburrimiento. El recepcionista del hotel era negro y amable, aunque me ponía café solo cuando lo pedía cortado, y la limpiadora, que debía ser marroquí, tuvo la inmensa gentileza de lavar la ropa vomitada del chico en un gesto discreto que nos sorprendió y agradecimos. Los parroquianos del bar eran muy escasos y de pocas palabras, y no protestaban si les ponía el baloncesto en la tele.

Al tañer de las campanas del sábado por la tarde nos acercamos a la iglesia para tomar el pulso a esa otra parroquia: tres feligreses y un joven cura que nos miró gozoso como ante una aparición mariana. Rezó por nuestra familia en nuestro tercer aniversario y por la fidelidad en su concepto vasto y trascendente. Al salir, entablamos conversación con el único varón de los tres feligreses, con casi noventa años y “del pueblo de toda la vida”. Nos habló, con lucidez y melancolía, de la época de prosperidad de Salvatierra de Tormes como referencia comarcal y de la riqueza que generaban las tierras húmedas de la ribera del río Tormes. Nos habló de cómo expropiaron todas esas tierras para crear el embalse y cómo trasladaron a muchos vecinos a pueblos de repoblación a cambio de una vivienda y unas hectáreas de regadío. Nos habló de estafas y chantajes, del agua embalsada subiendo pero sin llegar jamás a anegar el pueblo, de la emigración abrupta, del empobrecimiento de la comarca y del abandono de las casas. Nos habló de su pueblo con más de ochocientos habitantes y de los poco más de cuarenta afincados ahora, todos mayores salvo los regentes del hotel. Nos habló de un pueblo sin futuro que se aferra a la rehabilitación de alguna vivienda como motivo de esperanza. Y mientras nos hablaba, la realidad nos abofeteaba sin piedad, todo pasa, no te bañas dos veces en el mismo agua del Tormes, nadie se acordará pronto del esplendor de Salvatierra y su húmeda ribera. El anciano y el cura se marcharon porque el primero le había prometido unos cartones de huevos al segundo.

En el viaje de vuelta se pinchó una rueda del coche. Fui en la grúa con el coche hasta Ávila con un mecánico cincuentón que me contó que una vez había salido de España, a Oporto, y a regañadientes. No le gustaban los aviones ni la gente que hablaba idiomas que no entendía. Su hijo viajaba por el mundo enlazando vuelos y eso a él le bastaba para tomar la medida a sus confines. Intuyo que cuanto más amplia es la perspectiva mayor capacidad para relativizar y, al contrario, los panoramas obtusos generan visiones absolutas. Seguiremos aprendiendo y conversando.

¿Preferiría no hacerlo?

Bartleby, el escribiente, solía repetir su célebre frase “preferiría no hacerlo” (“I would prefer not to”) ante cualquier petición u orden. Y así se le pasaba la vida al discreto escribiente del bufete de un prestigioso abogado en el relato de Herman Melville.

Nosotros, casi sin ser conscientes, seguiremos gobernando Villaescusa de Haro durante otros cuatro años gracias a la ratificación de los votantes que han vuelto a depositar su confianza en nosotros. En un contexto político y social como el actual quizá nos sintamos con más fuerza los antagonistas del humilde Bartleby porque “preferimos hacerlo“.

El próximo 15 de junio volveremos a tomar posesión para seguir haciendo.

P.S. Mientras, me disculpo ante los miles de lectores de este blog por su escasa vida. Quizá digan mucho de mí las entradas no publicadas.

non confundas me ab expectatione mea

Lavadero Romano
Lavadero municipal.

Ay que chiquitín, tin, tin,
que era aquel ratón, ton, ton,
que encontró Martín, tin, tin,
debajo un botón, ton, ton.

[Debajo un botón]

Seguimos teniendo ilusiones y sobresaltos y esperanzas y, afortunadamente, a alguien que nos recuerda que estamos más gordos y más canosos y que no deberíamos llevar calcetines con agujeros ni camisetas con jerseys de punto. Somos conscientes de que nuestras convicciones se van cayendo como hojas caducas o como capas secas de cebolla. Se desprendió la capa de la emoción antológica por un gol propio o de Van Basten, luego el sentimiento de vivir en cine y rezar a los grandes de la historia desde Kubrick a Léolo, se cayó también la capa de la emoción del bikini, y poco queda ya de la conmoción íntima ante un adjetivo preciso en un texto poético. Como si cada vez fuésemos más espectadores y menos protagonistas, la perogrullada de la madurez. Otrosí digo que tenemos la ilusión de bajar dos millones de veces las escaleras al sótano solo para encender la luz de la alacena y abrir el arcón. Y nuestro universo lingüístico se restringe a un “¡ta!” que lo dice todo.

También somos afortunados porque la modernidad líquida nos resbala sin dejar mancha y seguimos prefiriendo leer a publicar entradas y pasear en frías noches mirando la húmeda vegetación que crece en la umbría de la iglesia a sufrir atascos gratuitos escuchando Onda Cero con bocinazos de fondo. Vivimos el más hipócrita de los tiempos líquidos y por eso mutilamos nuestras lenguas para que las marabuntas que saben dónde van sin ir a ningún sitio no nos arrastren a sus vacíos. Otrosí reitero nuestra fortuna por el privilegio de poder seguir siendo ilusos, ilusos con esperanzas para los que todos los errores han prescrito siquiera antes de haberlos cometido.

A Pompeyo le atribuyen la bravuconería de arengar a sus marineros con el desafiante “navegar es necesario, vivir no”. Otrosí insisto en la suerte de ser náufragos que han perdido la noción de si lo importante es la vida o el sentido de navegar. Si el sentido conlleva comportamientos simiescos como mamporrear el teclado para edificar ira o cotillear sobre la maripuri quizá sea preferible valorar el milagro de la naturaleza en sí mismo que aspirar a construir una catedral a partir de barro seco.

Se antoja ficción la tarea de navegar entre las olas de una sociedad cada vez más nórdica, es decir, más aséptica, más higiénica, con menos “¡buenos días!” y menos envoltorios de caramelos en las calles. Nos vamos a la cama temprano para mañana madrugar y en los sueños no aparecen fantasmas sino que calculas y estimas entre la certidumbre y la seguridad, cuánta leche queda, a qué hora pongo el despertador, tengo que comprar crema hidratante, una alcachofa para la ducha y cambiar la talla de los botines. Quién es capaz de navegar en mitad de tan vitales disquisiciones y sabiendo que una rama de la acacia del vecino se está metiendo en nuestro patio por encima de la tapia. Disculpad, de antemano, nuestras dudas. Nos abruman vuestras certezas y nos fascina vuestra seguridad, vuestra capacidad para proponer soluciones infalibles a problemas imposibles.

Quién se atreve a lanzarse al mar bajo la tormenta después de ocho horas de oficina, pasar por el mercadona y recoger la nota simple para rehacer las escrituras. Me gustaría ver la gallardía de Blas de Lezo intentando darse de baja de vodafone mientras su hijo pequeño arranca las hojas de todos los periódicos de todos los tiempos. Pero qué grande nuestra suerte que hay botones que escupen agua potable para que no se infecten nuestras heridas y otros que iluminan pesadillas en la noche y nos permiten disfrutar de las cosas de la hbo y otros que se llevan lejos nuestros desechos naturales para no ver ni oler.

La reja gótica que da acceso a la deslumbrante capilla reza desde hace siglos un verso del Salmo 119: “non confundas me ab expectatione mea”, que no quede defraudada mi esperanza, no me confundas en mis esperanzas. Tu ilusión es bajar las escaleras sin ayuda y la mía que siempre me pidas la mano para agarrarte y darte seguridad en el descenso.

Pregoneras y Patriotismos

Crestería & Farola

Sueño que estoy andando
por un puente y que la acera (mira, mira, mira, mira)
cuanto más quiero cruzarlo
más se mueve y tambalea.

[Malamente, Rosalía]

Un alcalde de un pueblo vecino se quejaba, de forma casi infantil y con el respaldo de su mujer, de que a los demás alcaldes les interesaba hacer acto de presencia en “los pueblos grandes” pero al suyo no se acercaba ninguna autoridad en sus fiestas patronales y se sentía abandonado y ninguneado. Como sea que entre mis mil y un defectos se cuenta el de sentir compasión por la pena cuando viene originada por un sincero sentimiento de inferioridad y desamparo, decidí acompañar junto a mi familia a Fernando en su acto de coronación y pregón a San Benito Abad. A él y a sus 69 habitantes según el INE, que son 48 reales contados uno a uno por un concejal en mi presencia; el concejal ronda la cincuentena y remarca con triste orgullo que es el “duodécimo más joven del pueblo”.

Al llegar, Fernando nos presentó a la pregonera de fiestas, oriunda del lugar, en la treintena, sacrificada a unos innegablemente incómodos zapatos de tacón y exteriorizando tensión, nervios e ilusión. Pensé en qué podría decir de su pueblo, sin un pasado glorioso que evocar ni un futuro brillante del que presumir; un pueblo cuya mayor singularidad consiste en tener dos pequeños cerritos idénticos tras el núcleo urbano conocidos popularmente como “las tetas de Monreal“. Hace poco el alcalde confesó que aspira esta legislatura a comprar “las tetas”.

Ya en el escenario Cristina brindó una alocución contundente en forma y fondo. Centró su discurso en torno a su infancia, a su vida en el pueblo, a su familia y amigos, a los numerosos vecinos fallecidos este año que duelen individualmente y horadan sin piedad el oscuro futuro de Monreal. Sin retórica difusa ni complejos lastimeros pregonó una profunda y emotiva declaración de amor al lugar que la vio crecer, con sus lágrimas, su orgullo y sus vivas como punto y final.

Ajeno a los sentimientos y emociones que el discurso afloró en el auditorio local por una evidente carencia de contexto, me descubrí conmovido por un pensamiento paralelo: Cristina me acababa de abofetear con una rotunda lección de humildad mostrando que su pueblo no era menos que ningún otro que tuviese más habitantes, un pasado más célebre, más personajes ilustres o un entorno más atractivo. La pregonera, en su desnudo alegato de cariño a Monreal, desbordaba autenticidad y un cariño específicamente enfocado a “su” lugar y “su” gente, su pequeño lugar común y su gente humilde. Tan simple y evidente que casi da incluso vergüenza relatarlo, ¿quién si no tú va a querer a tu gente y tu sitio en el mundo? ¿acaso alguien quiere menos a su vecino por no ser astronauta o estima menos su infancia por no crecer en una ciudad patrimonio de la humanidad?

En esas andaba divagando cuando me vinieron a la mente aleatorias instantáneas de dos viajes recientes; unas imágenes de un blanco y húmedo pueblo costero de pescadores de una isla balear y otras de un espectacular pueblecito vasco verde en sus cuatro costados en la frontera entre Guipúzcoa y Navarra. El camarero balear de nuestro restaurante de confianza esos días confesaba con satisfacción que trabajaba seis meses en hostelería para luego disfrutar de otros seis de salir al mar con su hijo todos los días. La casera vasca de nuestro alojamiento rural presumía de caserío del siglo XVI en el que las vigas de madera del gran salón diáfano se asentaban sobre la roca natural del enclave y mostraba los retratos de antepasados que allí mismo habían llevado a cabo sus vidas.

Y así fue cómo un joven camarero de temporada, una cariñosa vasca y una pregonera manchega acabaron encontrándose sin saberlo y sin conocerse en un mismo sentimiento de noble orgullo emergido por su casual habitación geográfica. A eso se le suele llamar patriotismo y, aunque sea un concepto que viene untado por connotaciones peyorativas, considero elemental la sensibilidad individual del agradecimiento y el aprecio a nuestro lugar en el mundo. Camilo José Cela lo resumió en un aforismo: “el nacionalista cree que el lugar donde nació es el mejor lugar del mundo; y eso no es cierto. El patriota cree que el lugar donde nació se merece todo el amor del mundo; y eso sí es cierto.”

Huelga recordar que cada vida es irrepetible, y el patriotismo conforma una de las vigas en las que se sustenta esa unicidad. La singularidad que viene del chopo tronchado en el que te rompiste el brazo, del bar del primer beso y de la iglesia de tu primera comunión, de las casas en las que cantas villancicos cada Nochebuena, del banco de tus mejores botellones y del césped de las resacas del verano, de la arena de tus mejores goles, de la cuesta de tus mayores sudores y de la esquina de tu artesanal cabaña. Y eso sin un mar Mediterráneo bañando la Pesquera ni un frondoso bosque en el cerro de los Molinos.

Diez Putos Años

Atardecer en Mojácar

Changes fill my time, baby, that’s alright with me
in the midst I think of you, and how it used to be.

[Ten Years Gone, Led Zeppelin]

Hace diez años era ingeniero pero no doctor, tenía poco pelo pero no canas, tenía poco dinero pero no me faltaba, no tenía ni chica ni coche ni piso ni un trabajo serio ni un futuro nítido detrás del abismo que se asomaba tras las toneladas de hormigón armado. Tampoco tenía una bicicleta competente ni una cámara réflex, así que ni sé en qué echaba los ratos más allá de las cervezas de los miércoles en el Living con Rober y los partidos de fútbol 7 con el Todohogar (patrocinador que no pagaba ni las camisetas). España iba a ganar su primera Eurocopa y en Ciudad Real éramos los putos jefes del balonmano mundial; creo que ser los reyes del mundo en una pequeña ciudad de provincias marcó de alguna forma nuestra personalidad. Europa todavía no había empezado su particular rito del harakiri y habíamos estado en Londres con Esther bailando en un concierto de los Editors del que solo recuerdo que fuimos sin cenar y con pocas libras. Hipólito estudiaba hasta la hora a la que yo me levantaba para ir a la escuela a hacer cosas de lógica difusa, fuzzy logic, poesía. La estudiante de caminos de debajo de mi cama ahora es senadora. Víctor pasaba más rato en Scranton con Michael Scott que en el salón jugando a la play pero me convenció para abrir este blog que se inauguró en mayo de 2008 después de unas guerras poco épicas con la plantilla y la paleta de colores del wordpress. Diez años después el diseño se mantiene intacto y seguimos rulando con wordpress 2.5.1. ¿Y qué iba a conseguir en diez años una persona que no ha sido capaz ni de hacer click para upgradear el gestor de su blog personal?

Confieso ser feliz leyendo algún rato perdido las gilipolleces que escribía cuando mi edad empezaba con un dos. Sé que ahora no lo haría mejor: incluso la más ridícula de las entradas me representa. La vanidad me pide imprimir el blog antes de que se rompa (me salen granitos cada vez que me saltan mensajes de deprecated en la plantilla) o me quiten el hosting y encuadernarlo en gusanillo para que lo lean mis nietos y me suban la dosis. Pero luego pienso que no pierdo nada si desaparece porque ya ni gin ni soaked ni boy. Y francamente lo que en su día fue un instrumento útil y activo hoy no es más un blog moribundo que se arrastra por las zonas más abandonadas de la red.

En estos años han terminado cortándonos las alas, pero, al fin, para qué las habríamos querido. Habríamos dado la vida por conservarlas y cuando nos las robaron fuimos conscientes de que nada había cambiado. Al final no somos más que la suma de nuestros fracasos y el producto de las oportunidades perdidas en un mar de infinitas decisiones. Nadie nos dijo que no era pecado no hacer la revolución en la juventud y que sigue sin haber arena de playa bajo los adoquines.

No entiendo cómo nos resulta tan poco trágico el salto de las esperanzas inútiles y las ilusiones ilusorias al mundo del cinismo desbordado; nos molesta incluso que nos despierte el camión de la basura obviando la gran maravilla que representa.

Y me vienen a la cabeza hombres en pijama llorando en la soledad de su piso y ordenadores que funcionan con Windows Millenium y el búcaro lleno de pan duro casi mohoso. Y monos ateridos de frío viendo una pelea de Jake LaMotta mientran reparten likes en las stories. La única certeza vigente es sentir que todo va demasiado deprisa, como un black mirror a 2.5x, desde la evolución del pulgar humano hasta la talla 12-18. Feliz décimo aniversario, amigo.

2017 o el año de la mitosis

Tour de France 2017
Lo importante es saber cómo caerse.

Como animal metódico vuelvo un año más a repasar algunos aspectos que considero reseñables del año que ya terminó, sin más preámbulos ni digresiones…

>>> TWITTER - Un puñado de tuits marcados para reír o llorar <<<

  • Sobre la playa - Me encanta la playa. Me molesta un poco la sal, la arena, el sol y la gente. Pero por lo demás es maravilloso.
  • Sobre Mr. Trump - Elect a clown, expect a circus.
  • Sobre Cataluña - Los del Parlament no son informáticos. Jamás sacarían una República a producción un viernes a las 15.30.
  • Sobre los toros - A la gente honrada se nos torea porque si no nos extinguiríamos.
  • Sobre el dolor - “Entre el dolor y la nada, prefiero el dolor” decía Faulkner.
  • Sobre la vida - Querida vida: por ahí no es.
  • Sobre la dignidad - Cada minuto que pasa me siento feliz de comprobar que el esfuerzo no siempre lleva al éxito, pero sí al amor propio y la dignidad.
  • Sobre la muerte - Faulkner escribió en «Mientras agonizo» que «la única razón para vivir es prepararse para estar muerto durante mucho tiempo».
  • Sobre la sonrisa - Lección de gente lista: la sonrisa desarma. Nunca sabrán si la tienes porque eres feliz, eres tonto o te ríes de ellos.
  • Sobre el amor - Serge Gainsbourg repetía continuamente la frase de Balzac según la cual en el amor hay siempre uno que sufre y otro que se aburre.
  • Sobre la edad - “El entusiasmo es el pan diario de la juventud. El escepticismo, el vino diario de la vejez”, Pearl S. Buck.
  • Sobre el dinero - “El mundo se divide en dos categorías: los que tienen el revólver cargado y los que cavan”, Sergio Leone.

>>> LITERATURA - Esa cosa vieja de papel y tinta <<<

Voy a remarcar el quinteto de libros que más me gustaron en 2017:

  • La España Vacía (Sergio del Molino) - un libro de la estantería perenne.
  • Mientras Agonizo (William Faulkner) - asfixiante obra maestra.
  • La lluvia amarilla (Julio Llamazares) - me quedé como enamorado al leer esta novelita, pensando todo el día en ella, sufriendo con un dolor nítido e íntimo. Andrés se apaga y con él muere su pueblecito pirenaico, Ainielle, en un monólogo perturbador sobre el tiempo que se va, la memoria que se evapora, las alucinaciones que centellean y la nieve que cubre con manto blanco la vida lenta.
  • Plataforma (Michel Houellebecq) - aunque no sea mi novela preferida del escritor francés sigue estando bastantes peldaños por encima de casi todo lo que se publica hoy. Una vez más, feroz e incisivo, mete la llaga en males contemporáneos como el turismo sexual, el terrorismo islámico, la desigualdad de la riqueza, la turismofobia y las vidas aburridas, ¡qué más quieres?
  • Sostiene Pereira (Antonio Tabucchi) - aunque esté escrita por un italiano esta novela está ambientada en Lisboa durante el régimen de Salazar. Pereira es un periodista tranquilo y aburrido encargado de la sección cultural de un periódico local. Y existe una posibilidad remota de que perturben la paz de un señor aburrido que solo come omelettes a las finas hierbas.

También el quinteto de los suplentes, aquellos que están bien pero podría haber sobrevivido sin ellos, la clase media:

  • En la orilla (Rafael Chirbes) - esta novela es tan notable y disecciona con tal precisión la crisis de estos últimos años, sus causas y consecuencias, que termina cansando en su genialidad. Ha sido demasiado tiempo de pesimismo y desilusión como para seguir rebozándose.
  • Instrumental (James Rhodes) - autobiografía de un músico de cuna pudiente que sufre abusos sexuales en su infancia y trata de salir del trauma utilizando como terapia la música clásica. Los intelectuales apalean a Rhodes con tanta inquina como éxito goza entre el público generalista, tanto su libro autobiográfico como sus conciertos. Debo ser muy poco intelectual porque me pareció un libro bastante ilustrativo y didáctico.
  • Luz de agosto (William Faulkner) - un novelón lúgubre y de personajes sucios que van incorporándose a nuestro imaginario a fuerza de desgarros y que, me temo, permanecerán ahí durante muchos años. La suciedad de Faulkner mancha.
  • Mientras haya bares (Juan Tallón) - a ver, lo compré por el título, evidentemente, y un poco también por la editorial (Círculo de Tiza) y porque el autor es joven y tendrá que sacarse un dinerillo para unas copas. Se lee como se mondan pipas; se saltan páginas lúcidas, se tropieza en anécdotas curiosas y ágiles que se olvidan a medida que se leen.
  • Pedro Páramo (Juan Rulfo) - la pongo aquí porque es mi lista y hago lo que quiero, aunque esté entronizada en la cumbre de la literatura universal. Realismo mágico con tantos vericuetos formales que mi paladar es incapaz de saborearla con intensidad. Comala mola más como mito que como lugar.

Y por último voy a señalar algunos de los que tampoco habría pasado nada si no los hubiese abierto, por si estoy a tiempo de recomendar su no-lectura:

  • La insoportable levedad del ser (Milan Kundera) - lo que resulta insoportable son sus toneladas de existencialismo pasado de moda y esa perspectiva de enfocar la vida de una pareja con altibajos emocionales.
  • La mirada de los peces (Sergio del Molino) - lo compré por ser del autor de La España Vacía y sin saber qué me encontraría, y lo que encontré fue un libreto de memorias de juventud del joven escritor en el barrio de San José de Zaragoza y una hagiografía de su profesor de filosofía del instituto. Supongo que tenía el dinero de la editorial encima de la mesa por el éxito de ventas de La España Vacía y luego pasan estas cosas.
  • Amberes (Roberto Bolaño) - amigo Roberto, con lo que yo te quiero y que me hagas esto, que me he gastado cientos de euros en tus libros para que tus descendientes no pasen penurias, como tú querías, pero no hacía falta llegar a esta novela poética de juventud, por mucho que te sintieses orgulloso de su prosa poética inconexa.
  • Bésame mucho (Carlos González) - esto va de bebés y la crianza. Carlos González viene a decir que a los bebés hay que quererlos mucho, abrazarlos mucho, y hacer siempre lo que pidan, bien sea teta, brazos o compañía; que ya crecerán y habrá que educar, pero en etapas posteriores de su desarrollo. Pues vale, muy bien, pero en un artículo me lo habías contado.
  • Para siempre (Susanna Tamaro) - es la novela dramática sobre la tristeza y el poder regenerador de la naturaleza que podría escribir una italiana, demasiada glucosa y conflicto existencial.

Y, por último, vamos a enumerar una serie de propósitos lectores de cara al 2018:

  • El disputado voto del señor Cayo (Miguel Delibes) - ya lo he empezado y, de momento, parece que lo escribió Delibes en un rato que no tenía ganas de trabajar. Eso sí, salta a la vista una percepción privilegiada de la política y su relación con las zonas despobladas: no gente, no votos, no interés.
  • Una habitación propia (Virginia Woolf) - más vale hoy en día ponerse en el bando del feminismo.
  • Corazón tan blanco (Javier Marías) - no he leído nada de Javier Marías y es hora de corregirlo.
  • El mundo de ayer (Stefan Zweig) - mi madre lleva años convenciéndome para que lo lea, y parece que la Europa actual lo recomienda con más ahínco.
  • Solenoide (Mircea Cartarescu) - mi olfato de listas de mejores libros del 2017 me dice que este año este libraco es el ganador, por eso lo he regalado para que luego me regrese prestado.
  • La alegría del amor (Javier de la Torre) - para trabajar el amor y la convivencia en el matrimonio a través de la catequesis.
  • El ruido y la furia (William Faulkner) - regresaremos a Yoknapatawpha algún rato si el tren lo permite.
  • La vida negociable (Luis Landero) - siempre viene bien exprimir a un antihéroe castizo.
  • Mortal y rosa (Francisco Umbral) - me encantó en su día y creo que se merece una relectura, creo que ahora lo entenderé mejor.
  • El último día del invierno (Miguel Pérez de Castro) - novela de un joven escritor villaescusero presentada en agosto y que está ahí en el escritorio esperando su turno.

>>> CAJA TONTA - Con la mente sintonizada <<<

Sigo siendo enemigo de llamar caja tonta a la televisión por identificarlo como el soporte que me permite disfrutar y sentir grandes emociones con películas y series de ficción.

Reconozco ya, muy a mi pesar, la grave crisis de creatividad que asola al cine tradicional y, no en vano, solo destacaría dos películas de las que he visto este año. Una, Verano 1993, española, humilde y precaria, de emociones sinceras en la narración del descubrimiento del mundo de una niña huérfana, dirigida por la joven catalana Carla Simón. Una película tan desnuda que en ocasiones parece un documental y ha sido seleccionada por España para los Óscar. La otra, en las antípodas, La La Land, el hito abarrotasalas anual que de forma cómica ganó el Óscar a mejor película por equivocación durante unos segundos. No es un peliculón de guión sobresaliente pero el buen rollo es contagioso y la interpretación de Emma Stone para enamorarse.

En el otro lado del ring, la madurez de las series de ficción, que cada vez atraen más inversión, guiones más atractivos y actores de mayor reputación. Destaco cuatro: The Young Pope, la historia de ese Papa tan bizarro como creyente, Black Mirror, capítulos hirientes de una distopía tecnológica que no entiendo cómo todavía no había visto, The Handmade’s Tale, otro mundo distópico creado por Margaret Atwood en la novela homónima sobre el sometimiento de la mujer en una sociedad cuasi estéril, y Stranger Things, esa miniserie ochentera maratoneable de la que todo el mundo habla y que no tiene más pretensiones que las que muestra a pecho descubierto.

Y para 2018, tenemos ya en el tintero: The Crown, The Leftovers, The Deuce, Big Little Lies y Fargo III.

El Odio del Ocio

El (o la) community manager de JotDown repite periódicamente el tuit “decidme, ¿qué se odia hoy?”, descargando todo su sarcasmo sobre la cibertribu tuitera de los odiadores profesionales, haters para los amigos, gente que se loguea reiteradamente en una red social con el cuchillo entre los dientes y se excita despedazando al personal. Se me antoja tremendamente deprimente malgastar tanto tiempo y energía en generar vibraciones negativas a nuestro alrededor.

Parece que hemos venido a internet a odiarnos, lo que equivale a confesar que nos pone sembrar nubes negras en nuestro tiempo libre y de ocio. Da lo mismo que sea con el representante de España en Eurovisión, con un torero, con Rita Maestre o con Pablo Motos. Y qué decir si el asunto va de feminismo y se descontextualiza una respuesta de una entrevista, como le pasó a Blanca Suárez. Qué frustrante y depresivo resulta leer las respuestas que genera cualquier tuit de un personaje relevante; cuando lees un puñado de reacciones lo dejas y casi sientes ganas de disculparte por haber entrado en esa sala abarrotada de hienas hambrientas.

Evidentemente no estoy descubriendo nada nuevo, la literatura que ha generado ya el fenómeno hater es inmensa, pero cada día resulta más penoso poder ejercer el derecho a la libertad de expresión. De un lado, porque al estar las lanzas siempre de punta resulta harto difícil expresar opiniones o ideas que puedan alejarse de lo tuiteramente aceptable, que a la postre es nada nadie nunca. Raúl del Pozo lo expresó como “en las redes sociales se cocina la censura actual”. De otro lado porque resulta complicado dibujar el contexto pormenorizado de cada opinión que se pretende defender cuando las hordas van a maltratar una parte o desfigurar el todo. Además, un hater no tiene ningún escrúpulo en mezclar churras con merinas porque en ningún caso su propósito será el de debatir sino el de destruir. Y para colmo, si el mensaje no es suculento se dirige la crítica al sujeto y no al objeto.

Se presenta cómodo, por tanto, destripar al aventurado iluso, máxime cuando debe enfrentarse a una jauría inquisidora, habitualmente numerosa y con capacidad para incendiar diversos frentes. En el génesis de las redes sociales los debates se eternizaban y difuminaban, hoy en día no queda más remedio que tragarse la impotencia, dejar a los haters con la chicha entre los dientes y tener fe en que sean mayoría los que capten un mensaje en su contexto y sin tergiversar. Y no, por supuesto, porque el mensaje primario aspire a erigirse como Verdad Absoluta©, que en muchas ocasiones las collejas son merecidas y en otras (léase Pérez Reverte o Soto Ivars) juegan a provocar a sabiendas de la susceptibilidad de las redes, sino porque las respuestas suelen apostar a la destrucción por la destrucción.

Algo así como la democracia del exterminio y la devastación. Un joven escritor lo expresó ayer de forma certera tuiteando “cada día me carga más el prestigio intelectual que tiene el desprecio” (supuse que como asustada respuesta al linchamiento que ayer mismo sufrió Antonio Maestre por escribir que en su infancia llevaba J’Hayber). Y es que existe un grupo de gente que siempre ve todo negativo y criticable, con un enfoque permanente de desprecio y reproche. Gente que, no sabemos si por interés propio o por oscura perspectiva vital, tiende a la destrucción y evita arrimar el hombro donde diagnostica un problema. Gente empeñada, en fin, en abrazarse a la crispación como modo de vida.

Hace pocos días redacté un mensaje de agradecimiento a todos los maestros que han pasado por el colegio de nuestro pueblo dejando huella en la esmerada educación sin complejos ni carencias que nos brindaron. En vez de recuerdos melancólicos de los lectores, los comentarios terminaron criticando a Cospedal y lamentando la desaparición de la banda de música del pueblo. Pobres maestros.

In Nomine Patris

He pasado un buen rato gugleando infructuosamente para encabezar esta entrada con una viñeta humorística que me tropecé cuando era adolescente en una revista médica de mi madre (Jano, de Elsevier, no es una revista médica al uso, sino que combina medicina y humanidades). Si mi memoria no me falla más de quince años después, Forges firmaba la viñeta y en ella aparecía un niño que llegaba a casa con un caimán mastodóntico cogido de una correa a modo de mascota mientras su orgulloso padre exclamaba a su atónita madre: “desde pequeño siempre quise tener uno”. Ahora que se aproxima la paternidad me acuerdo a todas horas de aquella viñeta que se me quedó grabada a fuego y que me sigue pareciendo la definición perfecta de la paternidad en su variante más peligrosa.

Otra. El jueves pasado un niño vestía camiseta del Atlético de Madrid, justo el día después de la cruel eliminación de los colchoneros, rendidos al embrujo de Karim Benzema en el Calderón. El triste niño pasó una nota en clase bajo cuerda a sus compañeros: “a partir de hoy soy del Madrid, no le digáis nada a mi padre”. Lamer tu orgullo herido y tus complejos mediante la exposición a humillación de tu hijo se me antoja una rama poco sensata de educación paternal, supongo.

¿No acojona pensar en dirigir una educación para que tu hijo emule a Zinedine Zidane y tu hija a Virginia Woolf? ¿Se alimenta tu orgullo paternal de los éxitos y triunfos de tus retoños? ¿Si tu hijo es de los más torpes del equipo de balonmano y le cuesta aprobar incluso estudiando sentirás menos satisfacción y vanidad? ¿No vivimos una era de extrema obsesión con el modelado educativo de los hijos para que sean los más mejores y podamos exponerlos como trofeos, desligando al mismo tiempo la responsabilidad de ellos mismos como parte de su educación, sus aspiraciones y su descubrimiento del mundo? ¿No ve cada padre a su retoño como un proyecto de sí mismo en el que canalizar sus obsesiones y frustraciones ignorando conscientemente sus potenciales preferencias y mutilando su libertad? Podría plantear las mil cuestiones similares que me atormentan precisamente en este momento del feto en desarrollo pero lo único que puedo hacer es sentir un agradecimiento infinito por la educación que recibí ahora que me lo planteo como reto.

MAMOCU, un infierno consentido

La expresión “poner a alguien mirando pa’ Cuenca” cobra esplendoroso significado en la MAMOCU, carrera de montaña en la que los simpáticos diseñadores del recorrido trazan un circuito que asciende a todos los cerros, numerosos y escarpados, que rodean la ciudad de Cuenca. No sé si con ánimo de invitar al corredor a contemplar la belleza de esta capital Patrimonio de la Humanidad desde todas las perspectivas posibles o más bien, sospecho, con intención de colocar al atleta en posición favorable para la penetración anal. Algo de eso sentimos.

Poco amigo de competiciones de media y larga distancia consciente, sobre todo, de los perjuicios para articulaciones y tendones, me atreví el pasado domingo excepcionalmente con la MAratón de MOntaña de CUenca, a la postre Campeonato Regional de Carreras de Montaña. En concreto, nos lanzamos al reto de la media maratón, medida en más de veintidós kilómetros y medio aquí en Cuenca (no porque lo diga el GPS, que también, sino porque así se informaba ya en el track de la organización). Mi anterior media maratón fue en 2009 en Valencia, más corta, más joven y liviano, clima agradable, nulo desnivel, muchas chicas; supongo que sería como comparar un churro con un botellín. Desde aquel día hasta este domingo nunca me había dado por correr más de una hora, me remito para ello al principio de este párrafo.

Con una hora robada al sueño y al descanso, y después de una semana aliñada con un eficaz virus gastrointestinal, tres inocentes villaescuseros nos presentamos bajo el nublado cielo conquense. Recogimos la bolsa del corredor, impoluta y sin tontunas de relleno, lo que es de agradecer: un bonito buff multicolor conmemorativo de la prueba y un práctico chaleco cortavientos.

Cuando, en la salida, miramos a nuestro alrededor nos sentimos marginados. Desde que empecé a trotar por los alrededores del pueblo en 1999 (sí, no sé por qué motivo pero la selectiva memoria recuerda mi primera salida con el buen tiempo después de una tarde de estudio en aquella época en la que no existían el running ni el jogging, a lo sumo el footing) siempre he corrido con zapatillas, pantalón y camiseta, más sudadera y guantes en invierno. Y así también mis dos compañeros. Confesemos, no obstante, que los últimos meses hemos paseado el teléfono para medir tiempo y distancia. Pero allí, en la línea de salida, escuchando a un speaker que arengaba más que animar, tropezamos con una pujante raza atlética: el corredor de montaña. Un ejemplar modelo de esta raza calza zapatillas de trail, usa medias compresoras para los gemelos, lleva mallas -cortas o largas- pero nunca pantalones de deporte, se sirve de una mochila o un cinturón de hidratación y casi siempre lleva gorra para el sol o cinta en la frente para el sudor. Espero que no se desprenda ningún cariz peyorativo de la descripción porque en realidad envidio esa capacidad de adaptación a la moda y esa tenaz obstinación en mimar los detalles del hato.

Desde que empiezo a correr pienso en el kilómetro en el que me voy a retirar. Las piernas me pesan desde los primeros metros, lo que achaco al virus de principios de semana. Nada más salir se sube el alto de la Guindalera: casi dos kilómetros de ascensión para un desnivel de unos 200 metros. Pienso que quizá hubiese sido más prudente inscribirse en la prueba de iniciación de 10K, al fin y al cabo es la primera vez que afronto una carrera de montaña. En lo alto, Km 4, estoy hecho polvo, así que pensar en otros cuatro picos y otros dieciocho kilómetros se me antoja sobrehumano. No porque la distancia y el desnivel supongan una gesta épica, sino por mi estado renqueante.

Los tres nos lanzamos al descenso desde la Guindalera hasta los pies del Júcar. Marcos ha bajado miles de veces estas sendas con la bici “a fuego” durante sus años de estudiante en la ciudad serrana, así que disfruta como enano saludando a todas las piedras del camino entre saltos. Mientras, Pablo y yo aprendemos una lección de perogrullo: los trails se corren con zapatillas de trail; en caso contrario es fácil resbalar pisando una piedra húmeda o una zona de barro y caer al suelo. No besamos el suelo durante el descenso de puro milagro. Intento levantar la vista y disfrutar de un paisaje espectacular, pero el cansancio y el miedo al tropiezo son muchísimo más poderosos que el mundo contemplativo.

Casi al final del descenso se bifurca la prueba para los de 22K y los de 10K. La tentación de tomar el camino más corto es poderosa, pero decido que es preferible retirarse cuando fallen las piernas antes que limitarse a lo fácil. Además, en la bifurcación nosotros seguimos descendiendo y los de 10K empiezan una pequeña ascensión, así que ante la duda, para abajo.

Estamos en la ribera del Júcar, en primavera, el ambiente es fresco y recorremos unos cientos de metros llanos, así que disfrutamos inocentemente sin saber que vamos al matadero, al puto abismo. El infierno está en el Km 8,5, donde se dibuja un ascenso perfecto desde el Júcar hasta el cerro San Cristóbal, una senda casi lineal y escarpada de unos 750 metros con una pendiente media del 33% y rampas del 50%. Algo así como subir un edificio de 80 plantas pero sin escaleras, intentando anclar el pie en la tierra para dar un paso más. Los corredores vamos en fila india, y dan ganas de agarrarse al tobillo del que te precede porque no puedes dar un paso más. Si lo das es por orgullo, por vergüenza, y por miedo a caerte hacia abajo y arrastrar como fichas de dominó a todos los demás. Solo miras los pies del de delante, para ir pisando en los mismos sitios y llevar la cabeza agachada para no mirar lo lejos que está la cima, en el cielo. Cada paso es un martirio que hay que rumiar y tomar la decisión de dar porque tu cuerpo, por sí mismo, sabio, no lo daría. Cuando quedan menos de 100 metros no puedo dar un paso más, tengo los gemelos completamente rígidos y con buen criterio me suplican una tregua. Me aparto de la fila, me siento y veo subir a los demás, entre ellos Marcos y Pablo. El descanso no dura más de quince segundos, que saben a gloria, y me incorporo otra vez a la fila para alcanzar la cima.

Arriba casi me atraganto bebiendo agua desesperadamente en el avituallamiento. Agua, aquarius, golosinas, plátano y lo que vea. No llevamos ni diez kilómetros y tengo las piernas petrificadas, va a ser una quimera que me aguanten mucho tiempo. Pero bueno, ahora toca un descenso hasta el Km 11, cuando se cruza por el puente de San Pablo, y aunque solo sea porque Inma va a estar ahí animando hay que hacer un gratificante sacrificio. Mientras descendemos, nos cruzamos con los líderes de la prueba de 22K, que ya vienen de vuelta por el Km 14 y subiendo, qué máquinas.

Abajo cruzamos el famoso puente de madera los tres al trote, mágicamente recuperados después de asomarnos al averno. Nos anima Inma, me paro a darle un beso, y también los padres de Marcos, entre nuestras pesadas y ruidosas pisadas por el vertiginoso puente. Desde ahí comienza una nueva ascensión al cerro del Socorro, por el parador nacional. Esta subida es más tendida (más de un kilómetro para menos de 200 metros de desnivel positivo) pero estoy tan cansado que, desde las primeras rampas, sopeso abandonar y bajar a encontrarme con Inma. Así Pablo y Marcos podrán ir a su ritmo y yo disfrutar de un merecido descanso. No sé por qué no me doy la vuelta, pero voy subiendo estación a estación por los monolitos del viacrucis que adornan la subida; sé que son catorce, que Jesús ya ha caído dos veces por el peso de la cruz y la Verónica le ha limpiado el rostro. Seguimos andando, en algunos tramos apoyando las manos en los muslos para ayudar a las piernas a dar la siguiente zancada.

En la cima llevamos 12,5 Km, poco más de la mitad de la prueba, así que ya he corrido más que los de 10K, he cumplido, puedo retirarme con la cabeza alta, pero reponemos fuerzas en el avituallamiento y nos lanzamos al descenso. Empiezo a bajar y les digo a Pablo y Marcos que ahora me pillan. Es el descenso más difícil y peligroso, con grandes escalones y mucha piedra suelta. A los cuádriceps les cuesta un mundo retener la inercia de mi cuerpo, así que intento descender haciendo eses, como esquiando, para minimizar el impacto en los maltrechos músculos, que están a punto de saltar por los aires. Pablo tropieza y cae, pero como va detrás no lo veo, así que sigo bajando muy concentrado, consciente de que como me dé un tirón bajaré rodando hasta el auditorio. Al final del todo hay una cuerda para bajar rapelando la última roca, me agarro y mientras bajo sonrío pensando en lo inocente que fui al inscribirme. Aquí en el auditorio, Km 13,7, está el punto de control: había que llegar en tres horas y, como no llevo reloj, no sé ni cuánto llevamos. Marcos dice que vamos bien, que llevamos una hora y cuarenta. Más o menos lo que se tarda en hacer una media maratón.

Ahora toca subir al alto del Castillo. No es que sea fácil ni corta, pero de todas las ascensiones es la más asequible, así que en contra de la voluntad de mis piernas tiro para arriba. Amenazan con boicotear los deseos de mi ilusión, pero se resignan y siguen dando un paso tras otro, escalón a escalón, aunque estén ya solidificadas desde los gemelos hasta los glúteos. Sé que Marcos y Pablo podrían ir más rápido y les animo a que busquen un tiempo que los deje satisfechos, pero prefieren que vayamos los tres juntos (casi seguro que porque prometí invitarlos a comer). En lo alto del castillo estamos en el Km 15, así que calculo que quedan más de siete todavía. En este momento pienso que voy a seguir hasta que me respondan las piernas, que no puedo pensar en abandonar salvo que estallen las fibras de los músculos.

En el descenso del castillo al río nos adelantan como gamos los dos líderes de la prueba de 42K, que salieron una hora antes que nosotros y que vuelan hacia la meta en genial duelo; sacaron veinte minutos al tercero del maratón. Al final de la bajada hay un kilómetro llano, otra vez por la ribera del Júcar, pero ya me cuesta un mundo trotar. A duras penas alcanzamos la base de la última ascensión de más de 200 metros de desnivel por la ermita de San Julián el Tranquilo. Me convenzo a duras penas de que “en subiendo ya es to’ bajar” aunque mis fuerzas estén exprimidas. Hacemos la subida andando y, en los tramos de descanso, intento trotar, trotar como lo haría un elefante en terreno embarrado, más artificio que eficacia. Sospecho que los músculos de las piernas han llegado a un acuerdo democrático de tal forma que no van a permitir a ninguno de ellos conceder el privilegio de su propia distensión. Cuando falta poco para la cima adelanto a un atleta que va todavía peor que yo y me dice que ya hemos entrado en “modo walking dead”, como no tengo fuerza ni para contestar, afirmo, sonrío y continúo. Me duele hasta la espalda de empujar “con los riñones” en las zonas con más desnivel.

En la cima estamos ya en el Km 19 y ahora ya es todo bajada hasta la meta. Cruzo los dedos para que me respeten los músculos y trotamos hacia abajo. Luego en la ducha un chico cuenta que se ha tenido que retirar en el Km 19, qué rabia, podría haber rodado hasta la meta. Son tres kilómetros de bajada, pero se hacen eternos, con las piernas graníticas, descendiendo el alto de la Guindalera que subimos al principio de la prueba. Estoy a punto de tropezar dos o tres veces con piedras y raíces, ya exhausto, nos adelantan unos cuantos corredores que están sacando fuerzas de flaqueza para maquillar su tiempo. A mí obviamente me dan igual el tiempo y la posición, he sufrido demasiado como para que un puñado de minutos deprima mi satisfacción.

Llegamos a la meta junto al cuarto clasificado de la prueba de 42K, así que el speaker ni se fija en nosotros, Inma y los padres de Marcos nos aplauden y hacen fotos, claro, ya casi estaban preocupados porque no llegábamos. Cuando cruzamos el arco de meta veo que hemos tardado más de tres horas, posición 145 de casi trescientos inscritos, a Marcos y a Pablo les da un poco de vergüenza y se van a estirar donde no los vea nadie. Yo estoy tremendamente orgulloso de haber vencido a un trail que los propios expertos califican como rompepiernas (+1300m, es decir, subir un edificio de más de 400 plantas), de soportar una prueba que triplica el tiempo que normalmente salgo a correr, de superar una recurrente sobrecarga en el sóleo durante los últimos meses y un virus a principios de semana. Soy consciente de que la gesta no es épica ni sobrehumana pero todas las circunstancias eran adversas.

Para celebrarlo nos vamos a comer al Nazareno y Oro. La compañía es inmejorable, el cochinillo asado sabe a gloria, hemos pasado un domingo de sufrimiento y diversión, aunque parezcan adjetivos antónimos. Entre bocado y bocado planteamos inscribirnos a la MAMOCU 2018, aunque nos vuelvan a poner mirando pa’ Cuenca.

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