Pregoneras y Patriotismos

Crestería & Farola

Sueño que estoy andando
por un puente y que la acera (mira, mira, mira, mira)
cuanto más quiero cruzarlo
más se mueve y tambalea.

[Malamente, Rosalía]

Un alcalde de un pueblo vecino se quejaba, de forma casi infantil y con el respaldo de su mujer, de que a los demás alcaldes les interesaba hacer acto de presencia en “los pueblos grandes” pero al suyo no se acercaba ninguna autoridad en sus fiestas patronales y se sentía abandonado y ninguneado. Como sea que entre mis mil y un defectos se cuenta el de sentir compasión por la pena cuando viene originada por un sincero sentimiento de inferioridad y desamparo, decidí acompañar junto a mi familia a Fernando en su acto de coronación y pregón a San Benito Abad. A él y a sus 69 habitantes según el INE, que son 48 reales contados uno a uno por un concejal en mi presencia; el concejal ronda la cincuentena y remarca con triste orgullo que es el “duodécimo más joven del pueblo”.

Al llegar, Fernando nos presentó a la pregonera de fiestas, oriunda del lugar, en la treintena, sacrificada a unos innegablemente incómodos zapatos de tacón y exteriorizando tensión, nervios e ilusión. Pensé en qué podría decir de su pueblo, sin un pasado glorioso que evocar ni un futuro brillante del que presumir; un pueblo cuya mayor singularidad consiste en tener dos pequeños cerritos idénticos tras el núcleo urbano conocidos popularmente como “las tetas de Monreal“. Hace poco el alcalde confesó que aspira esta legislatura a comprar “las tetas”.

Ya en el escenario Cristina brindó una alocución contundente en forma y fondo. Centró su discurso en torno a su infancia, a su vida en el pueblo, a su familia y amigos, a los numerosos vecinos fallecidos este año que duelen individualmente y horadan sin piedad el oscuro futuro de Monreal. Sin retórica difusa ni complejos lastimeros pregonó una profunda y emotiva declaración de amor al lugar que la vio crecer, con sus lágrimas, su orgullo y sus vivas como punto y final.

Ajeno a los sentimientos y emociones que el discurso afloró en el auditorio local por una evidente carencia de contexto, me descubrí conmovido por un pensamiento paralelo: Cristina me acababa de abofetear con una rotunda lección de humildad mostrando que su pueblo no era menos que ningún otro que tuviese más habitantes, un pasado más célebre, más personajes ilustres o un entorno más atractivo. La pregonera, en su desnudo alegato de cariño a Monreal, desbordaba autenticidad y un cariño específicamente enfocado a “su” lugar y “su” gente, su pequeño lugar común y su gente humilde. Tan simple y evidente que casi da incluso vergüenza relatarlo, ¿quién si no tú va a querer a tu gente y tu sitio en el mundo? ¿acaso alguien quiere menos a su vecino por no ser astronauta o estima menos su infancia por no crecer en una ciudad patrimonio de la humanidad?

En esas andaba divagando cuando me vinieron a la mente aleatorias instantáneas de dos viajes recientes; unas imágenes de un blanco y húmedo pueblo costero de pescadores de una isla balear y otras de un espectacular pueblecito vasco verde en sus cuatro costados en la frontera entre Guipúzcoa y Navarra. El camarero balear de nuestro restaurante de confianza esos días confesaba con satisfacción que trabajaba seis meses en hostelería para luego disfrutar de otros seis de salir al mar con su hijo todos los días. La casera vasca de nuestro alojamiento rural presumía de caserío del siglo XVI en el que las vigas de madera del gran salón diáfano se asentaban sobre la roca natural del enclave y mostraba los retratos de antepasados que allí mismo habían llevado a cabo sus vidas.

Y así fue cómo un joven camarero de temporada, una cariñosa vasca y una pregonera manchega acabaron encontrándose sin saberlo y sin conocerse en un mismo sentimiento de noble orgullo emergido por su casual habitación geográfica. A eso se le suele llamar patriotismo y, aunque sea un concepto que viene untado por connotaciones peyorativas, considero elemental la sensibilidad individual del agradecimiento y el aprecio a nuestro lugar en el mundo. Camilo José Cela lo resumió en un aforismo: “el nacionalista cree que el lugar donde nació es el mejor lugar del mundo; y eso no es cierto. El patriota cree que el lugar donde nació se merece todo el amor del mundo; y eso sí es cierto.”

Huelga recordar que cada vida es irrepetible, y el patriotismo conforma una de las vigas en las que se sustenta esa unicidad. La singularidad que viene del chopo tronchado en el que te rompiste el brazo, del bar del primer beso y de la iglesia de tu primera comunión, de las casas en las que cantas villancicos cada Nochebuena, del banco de tus mejores botellones y del césped de las resacas del verano, de la arena de tus mejores goles, de la cuesta de tus mayores sudores y de la esquina de tu artesanal cabaña. Y eso sin un mar Mediterráneo bañando la Pesquera ni un frondoso bosque en el cerro de los Molinos.

Diez Putos Años

Atardecer en Mojácar

Changes fill my time, baby, that’s alright with me
in the midst I think of you, and how it used to be.

[Ten Years Gone, Led Zeppelin]

Hace diez años era ingeniero pero no doctor, tenía poco pelo pero no canas, tenía poco dinero pero no me faltaba, no tenía ni chica ni coche ni piso ni un trabajo serio ni un futuro nítido detrás del abismo que se asomaba tras las toneladas de hormigón armado. Tampoco tenía una bicicleta competente ni una cámara réflex, así que ni sé en qué echaba los ratos más allá de las cervezas de los miércoles en el Living con Rober y los partidos de fútbol 7 con el Todohogar (patrocinador que no pagaba ni las camisetas). España iba a ganar su primera Eurocopa y en Ciudad Real éramos los putos jefes del balonmano mundial; creo que ser los reyes del mundo en una pequeña ciudad de provincias marcó de alguna forma nuestra personalidad. Europa todavía no había empezado su particular rito del harakiri y habíamos estado en Londres con Esther bailando en un concierto de los Editors del que solo recuerdo que fuimos sin cenar y con pocas libras. Hipólito estudiaba hasta la hora a la que yo me levantaba para ir a la escuela a hacer cosas de lógica difusa, fuzzy logic, poesía. La estudiante de caminos de debajo de mi cama ahora es senadora. Víctor pasaba más rato en Scranton con Michael Scott que en el salón jugando a la play pero me convenció para abrir este blog que se inauguró en mayo de 2008 después de unas guerras poco épicas con la plantilla y la paleta de colores del wordpress. Diez años después el diseño se mantiene intacto y seguimos rulando con wordpress 2.5.1. ¿Y qué iba a conseguir en diez años una persona que no ha sido capaz ni de hacer click para upgradear el gestor de su blog personal?

Confieso ser feliz leyendo algún rato perdido las gilipolleces que escribía cuando mi edad empezaba con un dos. Sé que ahora no lo haría mejor: incluso la más ridícula de las entradas me representa. La vanidad me pide imprimir el blog antes de que se rompa (me salen granitos cada vez que me saltan mensajes de deprecated en la plantilla) o me quiten el hosting y encuadernarlo en gusanillo para que lo lean mis nietos y me suban la dosis. Pero luego pienso que no pierdo nada si desaparece porque ya ni gin ni soaked ni boy. Y francamente lo que en su día fue un instrumento útil y activo hoy no es más un blog moribundo que se arrastra por las zonas más abandonadas de la red.

En estos años han terminado cortándonos las alas, pero, al fin, para qué las habríamos querido. Habríamos dado la vida por conservarlas y cuando nos las robaron fuimos conscientes de que nada había cambiado. Al final no somos más que la suma de nuestros fracasos y el producto de las oportunidades perdidas en un mar de infinitas decisiones. Nadie nos dijo que no era pecado no hacer la revolución en la juventud y que sigue sin haber arena de playa bajo los adoquines.

No entiendo cómo nos resulta tan poco trágico el salto de las esperanzas inútiles y las ilusiones ilusorias al mundo del cinismo desbordado; nos molesta incluso que nos despierte el camión de la basura obviando la gran maravilla que representa.

Y me vienen a la cabeza hombres en pijama llorando en la soledad de su piso y ordenadores que funcionan con Windows Millenium y el búcaro lleno de pan duro casi mohoso. Y monos ateridos de frío viendo una pelea de Jake LaMotta mientran reparten likes en las stories. La única certeza vigente es sentir que todo va demasiado deprisa, como un black mirror a 2.5x, desde la evolución del pulgar humano hasta la talla 12-18. Feliz décimo aniversario, amigo.

2017 o el año de la mitosis

Tour de France 2017
Lo importante es saber cómo caerse.

Como animal metódico vuelvo un año más a repasar algunos aspectos que considero reseñables del año que ya terminó, sin más preámbulos ni digresiones…

>>> TWITTER - Un puñado de tuits marcados para reír o llorar <<<

  • Sobre la playa - Me encanta la playa. Me molesta un poco la sal, la arena, el sol y la gente. Pero por lo demás es maravilloso.
  • Sobre Mr. Trump - Elect a clown, expect a circus.
  • Sobre Cataluña - Los del Parlament no son informáticos. Jamás sacarían una República a producción un viernes a las 15.30.
  • Sobre los toros - A la gente honrada se nos torea porque si no nos extinguiríamos.
  • Sobre el dolor - “Entre el dolor y la nada, prefiero el dolor” decía Faulkner.
  • Sobre la vida - Querida vida: por ahí no es.
  • Sobre la dignidad - Cada minuto que pasa me siento feliz de comprobar que el esfuerzo no siempre lleva al éxito, pero sí al amor propio y la dignidad.
  • Sobre la muerte - Faulkner escribió en «Mientras agonizo» que «la única razón para vivir es prepararse para estar muerto durante mucho tiempo».
  • Sobre la sonrisa - Lección de gente lista: la sonrisa desarma. Nunca sabrán si la tienes porque eres feliz, eres tonto o te ríes de ellos.
  • Sobre el amor - Serge Gainsbourg repetía continuamente la frase de Balzac según la cual en el amor hay siempre uno que sufre y otro que se aburre.
  • Sobre la edad - “El entusiasmo es el pan diario de la juventud. El escepticismo, el vino diario de la vejez”, Pearl S. Buck.
  • Sobre el dinero - “El mundo se divide en dos categorías: los que tienen el revólver cargado y los que cavan”, Sergio Leone.

>>> LITERATURA - Esa cosa vieja de papel y tinta <<<

Voy a remarcar el quinteto de libros que más me gustaron en 2017:

  • La España Vacía (Sergio del Molino) - un libro de la estantería perenne.
  • Mientras Agonizo (William Faulkner) - asfixiante obra maestra.
  • La lluvia amarilla (Julio Llamazares) - me quedé como enamorado al leer esta novelita, pensando todo el día en ella, sufriendo con un dolor nítido e íntimo. Andrés se apaga y con él muere su pueblecito pirenaico, Ainielle, en un monólogo perturbador sobre el tiempo que se va, la memoria que se evapora, las alucinaciones que centellean y la nieve que cubre con manto blanco la vida lenta.
  • Plataforma (Michel Houellebecq) - aunque no sea mi novela preferida del escritor francés sigue estando bastantes peldaños por encima de casi todo lo que se publica hoy. Una vez más, feroz e incisivo, mete la llaga en males contemporáneos como el turismo sexual, el terrorismo islámico, la desigualdad de la riqueza, la turismofobia y las vidas aburridas, ¡qué más quieres?
  • Sostiene Pereira (Antonio Tabucchi) - aunque esté escrita por un italiano esta novela está ambientada en Lisboa durante el régimen de Salazar. Pereira es un periodista tranquilo y aburrido encargado de la sección cultural de un periódico local. Y existe una posibilidad remota de que perturben la paz de un señor aburrido que solo come omelettes a las finas hierbas.

También el quinteto de los suplentes, aquellos que están bien pero podría haber sobrevivido sin ellos, la clase media:

  • En la orilla (Rafael Chirbes) - esta novela es tan notable y disecciona con tal precisión la crisis de estos últimos años, sus causas y consecuencias, que termina cansando en su genialidad. Ha sido demasiado tiempo de pesimismo y desilusión como para seguir rebozándose.
  • Instrumental (James Rhodes) - autobiografía de un músico de cuna pudiente que sufre abusos sexuales en su infancia y trata de salir del trauma utilizando como terapia la música clásica. Los intelectuales apalean a Rhodes con tanta inquina como éxito goza entre el público generalista, tanto su libro autobiográfico como sus conciertos. Debo ser muy poco intelectual porque me pareció un libro bastante ilustrativo y didáctico.
  • Luz de agosto (William Faulkner) - un novelón lúgubre y de personajes sucios que van incorporándose a nuestro imaginario a fuerza de desgarros y que, me temo, permanecerán ahí durante muchos años. La suciedad de Faulkner mancha.
  • Mientras haya bares (Juan Tallón) - a ver, lo compré por el título, evidentemente, y un poco también por la editorial (Círculo de Tiza) y porque el autor es joven y tendrá que sacarse un dinerillo para unas copas. Se lee como se mondan pipas; se saltan páginas lúcidas, se tropieza en anécdotas curiosas y ágiles que se olvidan a medida que se leen.
  • Pedro Páramo (Juan Rulfo) - la pongo aquí porque es mi lista y hago lo que quiero, aunque esté entronizada en la cumbre de la literatura universal. Realismo mágico con tantos vericuetos formales que mi paladar es incapaz de saborearla con intensidad. Comala mola más como mito que como lugar.

Y por último voy a señalar algunos de los que tampoco habría pasado nada si no los hubiese abierto, por si estoy a tiempo de recomendar su no-lectura:

  • La insoportable levedad del ser (Milan Kundera) - lo que resulta insoportable son sus toneladas de existencialismo pasado de moda y esa perspectiva de enfocar la vida de una pareja con altibajos emocionales.
  • La mirada de los peces (Sergio del Molino) - lo compré por ser del autor de La España Vacía y sin saber qué me encontraría, y lo que encontré fue un libreto de memorias de juventud del joven escritor en el barrio de San José de Zaragoza y una hagiografía de su profesor de filosofía del instituto. Supongo que tenía el dinero de la editorial encima de la mesa por el éxito de ventas de La España Vacía y luego pasan estas cosas.
  • Amberes (Roberto Bolaño) - amigo Roberto, con lo que yo te quiero y que me hagas esto, que me he gastado cientos de euros en tus libros para que tus descendientes no pasen penurias, como tú querías, pero no hacía falta llegar a esta novela poética de juventud, por mucho que te sintieses orgulloso de su prosa poética inconexa.
  • Bésame mucho (Carlos González) - esto va de bebés y la crianza. Carlos González viene a decir que a los bebés hay que quererlos mucho, abrazarlos mucho, y hacer siempre lo que pidan, bien sea teta, brazos o compañía; que ya crecerán y habrá que educar, pero en etapas posteriores de su desarrollo. Pues vale, muy bien, pero en un artículo me lo habías contado.
  • Para siempre (Susanna Tamaro) - es la novela dramática sobre la tristeza y el poder regenerador de la naturaleza que podría escribir una italiana, demasiada glucosa y conflicto existencial.

Y, por último, vamos a enumerar una serie de propósitos lectores de cara al 2018:

  • El disputado voto del señor Cayo (Miguel Delibes) - ya lo he empezado y, de momento, parece que lo escribió Delibes en un rato que no tenía ganas de trabajar. Eso sí, salta a la vista una percepción privilegiada de la política y su relación con las zonas despobladas: no gente, no votos, no interés.
  • Una habitación propia (Virginia Woolf) - más vale hoy en día ponerse en el bando del feminismo.
  • Corazón tan blanco (Javier Marías) - no he leído nada de Javier Marías y es hora de corregirlo.
  • El mundo de ayer (Stefan Zweig) - mi madre lleva años convenciéndome para que lo lea, y parece que la Europa actual lo recomienda con más ahínco.
  • Solenoide (Mircea Cartarescu) - mi olfato de listas de mejores libros del 2017 me dice que este año este libraco es el ganador, por eso lo he regalado para que luego me regrese prestado.
  • La alegría del amor (Javier de la Torre) - para trabajar el amor y la convivencia en el matrimonio a través de la catequesis.
  • El ruido y la furia (William Faulkner) - regresaremos a Yoknapatawpha algún rato si el tren lo permite.
  • La vida negociable (Luis Landero) - siempre viene bien exprimir a un antihéroe castizo.
  • Mortal y rosa (Francisco Umbral) - me encantó en su día y creo que se merece una relectura, creo que ahora lo entenderé mejor.
  • El último día del invierno (Miguel Pérez de Castro) - novela de un joven escritor villaescusero presentada en agosto y que está ahí en el escritorio esperando su turno.

>>> CAJA TONTA - Con la mente sintonizada <<<

Sigo siendo enemigo de llamar caja tonta a la televisión por identificarlo como el soporte que me permite disfrutar y sentir grandes emociones con películas y series de ficción.

Reconozco ya, muy a mi pesar, la grave crisis de creatividad que asola al cine tradicional y, no en vano, solo destacaría dos películas de las que he visto este año. Una, Verano 1993, española, humilde y precaria, de emociones sinceras en la narración del descubrimiento del mundo de una niña huérfana, dirigida por la joven catalana Carla Simón. Una película tan desnuda que en ocasiones parece un documental y ha sido seleccionada por España para los Óscar. La otra, en las antípodas, La La Land, el hito abarrotasalas anual que de forma cómica ganó el Óscar a mejor película por equivocación durante unos segundos. No es un peliculón de guión sobresaliente pero el buen rollo es contagioso y la interpretación de Emma Stone para enamorarse.

En el otro lado del ring, la madurez de las series de ficción, que cada vez atraen más inversión, guiones más atractivos y actores de mayor reputación. Destaco cuatro: The Young Pope, la historia de ese Papa tan bizarro como creyente, Black Mirror, capítulos hirientes de una distopía tecnológica que no entiendo cómo todavía no había visto, The Handmade’s Tale, otro mundo distópico creado por Margaret Atwood en la novela homónima sobre el sometimiento de la mujer en una sociedad cuasi estéril, y Stranger Things, esa miniserie ochentera maratoneable de la que todo el mundo habla y que no tiene más pretensiones que las que muestra a pecho descubierto.

Y para 2018, tenemos ya en el tintero: The Crown, The Leftovers, The Deuce, Big Little Lies y Fargo III.

El Odio del Ocio

El (o la) community manager de JotDown repite periódicamente el tuit “decidme, ¿qué se odia hoy?”, descargando todo su sarcasmo sobre la cibertribu tuitera de los odiadores profesionales, haters para los amigos, gente que se loguea reiteradamente en una red social con el cuchillo entre los dientes y se excita despedazando al personal. Se me antoja tremendamente deprimente malgastar tanto tiempo y energía en generar vibraciones negativas a nuestro alrededor.

Parece que hemos venido a internet a odiarnos, lo que equivale a confesar que nos pone sembrar nubes negras en nuestro tiempo libre y de ocio. Da lo mismo que sea con el representante de España en Eurovisión, con un torero, con Rita Maestre o con Pablo Motos. Y qué decir si el asunto va de feminismo y se descontextualiza una respuesta de una entrevista, como le pasó a Blanca Suárez. Qué frustrante y depresivo resulta leer las respuestas que genera cualquier tuit de un personaje relevante; cuando lees un puñado de reacciones lo dejas y casi sientes ganas de disculparte por haber entrado en esa sala abarrotada de hienas hambrientas.

Evidentemente no estoy descubriendo nada nuevo, la literatura que ha generado ya el fenómeno hater es inmensa, pero cada día resulta más penoso poder ejercer el derecho a la libertad de expresión. De un lado, porque al estar las lanzas siempre de punta resulta harto difícil expresar opiniones o ideas que puedan alejarse de lo tuiteramente aceptable, que a la postre es nada nadie nunca. Raúl del Pozo lo expresó como “en las redes sociales se cocina la censura actual”. De otro lado porque resulta complicado dibujar el contexto pormenorizado de cada opinión que se pretende defender cuando las hordas van a maltratar una parte o desfigurar el todo. Además, un hater no tiene ningún escrúpulo en mezclar churras con merinas porque en ningún caso su propósito será el de debatir sino el de destruir. Y para colmo, si el mensaje no es suculento se dirige la crítica al sujeto y no al objeto.

Se presenta cómodo, por tanto, destripar al aventurado iluso, máxime cuando debe enfrentarse a una jauría inquisidora, habitualmente numerosa y con capacidad para incendiar diversos frentes. En el génesis de las redes sociales los debates se eternizaban y difuminaban, hoy en día no queda más remedio que tragarse la impotencia, dejar a los haters con la chicha entre los dientes y tener fe en que sean mayoría los que capten un mensaje en su contexto y sin tergiversar. Y no, por supuesto, porque el mensaje primario aspire a erigirse como Verdad Absoluta©, que en muchas ocasiones las collejas son merecidas y en otras (léase Pérez Reverte o Soto Ivars) juegan a provocar a sabiendas de la susceptibilidad de las redes, sino porque las respuestas suelen apostar a la destrucción por la destrucción.

Algo así como la democracia del exterminio y la devastación. Un joven escritor lo expresó ayer de forma certera tuiteando “cada día me carga más el prestigio intelectual que tiene el desprecio” (supuse que como asustada respuesta al linchamiento que ayer mismo sufrió Antonio Maestre por escribir que en su infancia llevaba J’Hayber). Y es que existe un grupo de gente que siempre ve todo negativo y criticable, con un enfoque permanente de desprecio y reproche. Gente que, no sabemos si por interés propio o por oscura perspectiva vital, tiende a la destrucción y evita arrimar el hombro donde diagnostica un problema. Gente empeñada, en fin, en abrazarse a la crispación como modo de vida.

Hace pocos días redacté un mensaje de agradecimiento a todos los maestros que han pasado por el colegio de nuestro pueblo dejando huella en la esmerada educación sin complejos ni carencias que nos brindaron. En vez de recuerdos melancólicos de los lectores, los comentarios terminaron criticando a Cospedal y lamentando la desaparición de la banda de música del pueblo. Pobres maestros.

In Nomine Patris

He pasado un buen rato gugleando infructuosamente para encabezar esta entrada con una viñeta humorística que me tropecé cuando era adolescente en una revista médica de mi madre (Jano, de Elsevier, no es una revista médica al uso, sino que combina medicina y humanidades). Si mi memoria no me falla más de quince años después, Forges firmaba la viñeta y en ella aparecía un niño que llegaba a casa con un caimán mastodóntico cogido de una correa a modo de mascota mientras su orgulloso padre exclamaba a su atónita madre: “desde pequeño siempre quise tener uno”. Ahora que se aproxima la paternidad me acuerdo a todas horas de aquella viñeta que se me quedó grabada a fuego y que me sigue pareciendo la definición perfecta de la paternidad en su variante más peligrosa.

Otra. El jueves pasado un niño vestía camiseta del Atlético de Madrid, justo el día después de la cruel eliminación de los colchoneros, rendidos al embrujo de Karim Benzema en el Calderón. El triste niño pasó una nota en clase bajo cuerda a sus compañeros: “a partir de hoy soy del Madrid, no le digáis nada a mi padre”. Lamer tu orgullo herido y tus complejos mediante la exposición a humillación de tu hijo se me antoja una rama poco sensata de educación paternal, supongo.

¿No acojona pensar en dirigir una educación para que tu hijo emule a Zinedine Zidane y tu hija a Virginia Woolf? ¿Se alimenta tu orgullo paternal de los éxitos y triunfos de tus retoños? ¿Si tu hijo es de los más torpes del equipo de balonmano y le cuesta aprobar incluso estudiando sentirás menos satisfacción y vanidad? ¿No vivimos una era de extrema obsesión con el modelado educativo de los hijos para que sean los más mejores y podamos exponerlos como trofeos, desligando al mismo tiempo la responsabilidad de ellos mismos como parte de su educación, sus aspiraciones y su descubrimiento del mundo? ¿No ve cada padre a su retoño como un proyecto de sí mismo en el que canalizar sus obsesiones y frustraciones ignorando conscientemente sus potenciales preferencias y mutilando su libertad? Podría plantear las mil cuestiones similares que me atormentan precisamente en este momento del feto en desarrollo pero lo único que puedo hacer es sentir un agradecimiento infinito por la educación que recibí ahora que me lo planteo como reto.

MAMOCU, un infierno consentido

La expresión “poner a alguien mirando pa’ Cuenca” cobra esplendoroso significado en la MAMOCU, carrera de montaña en la que los simpáticos diseñadores del recorrido trazan un circuito que asciende a todos los cerros, numerosos y escarpados, que rodean la ciudad de Cuenca. No sé si con ánimo de invitar al corredor a contemplar la belleza de esta capital Patrimonio de la Humanidad desde todas las perspectivas posibles o más bien, sospecho, con intención de colocar al atleta en posición favorable para la penetración anal. Algo de eso sentimos.

Poco amigo de competiciones de media y larga distancia consciente, sobre todo, de los perjuicios para articulaciones y tendones, me atreví el pasado domingo excepcionalmente con la MAratón de MOntaña de CUenca, a la postre Campeonato Regional de Carreras de Montaña. En concreto, nos lanzamos al reto de la media maratón, medida en más de veintidós kilómetros y medio aquí en Cuenca (no porque lo diga el GPS, que también, sino porque así se informaba ya en el track de la organización). Mi anterior media maratón fue en 2009 en Valencia, más corta, más joven y liviano, clima agradable, nulo desnivel, muchas chicas; supongo que sería como comparar un churro con un botellín. Desde aquel día hasta este domingo nunca me había dado por correr más de una hora, me remito para ello al principio de este párrafo.

Con una hora robada al sueño y al descanso, y después de una semana aliñada con un eficaz virus gastrointestinal, tres inocentes villaescuseros nos presentamos bajo el nublado cielo conquense. Recogimos la bolsa del corredor, impoluta y sin tontunas de relleno, lo que es de agradecer: un bonito buff multicolor conmemorativo de la prueba y un práctico chaleco cortavientos.

Cuando, en la salida, miramos a nuestro alrededor nos sentimos marginados. Desde que empecé a trotar por los alrededores del pueblo en 1999 (sí, no sé por qué motivo pero la selectiva memoria recuerda mi primera salida con el buen tiempo después de una tarde de estudio en aquella época en la que no existían el running ni el jogging, a lo sumo el footing) siempre he corrido con zapatillas, pantalón y camiseta, más sudadera y guantes en invierno. Y así también mis dos compañeros. Confesemos, no obstante, que los últimos meses hemos paseado el teléfono para medir tiempo y distancia. Pero allí, en la línea de salida, escuchando a un speaker que arengaba más que animar, tropezamos con una pujante raza atlética: el corredor de montaña. Un ejemplar modelo de esta raza calza zapatillas de trail, usa medias compresoras para los gemelos, lleva mallas -cortas o largas- pero nunca pantalones de deporte, se sirve de una mochila o un cinturón de hidratación y casi siempre lleva gorra para el sol o cinta en la frente para el sudor. Espero que no se desprenda ningún cariz peyorativo de la descripción porque en realidad envidio esa capacidad de adaptación a la moda y esa tenaz obstinación en mimar los detalles del hato.

Desde que empiezo a correr pienso en el kilómetro en el que me voy a retirar. Las piernas me pesan desde los primeros metros, lo que achaco al virus de principios de semana. Nada más salir se sube el alto de la Guindalera: casi dos kilómetros de ascensión para un desnivel de unos 200 metros. Pienso que quizá hubiese sido más prudente inscribirse en la prueba de iniciación de 10K, al fin y al cabo es la primera vez que afronto una carrera de montaña. En lo alto, Km 4, estoy hecho polvo, así que pensar en otros cuatro picos y otros dieciocho kilómetros se me antoja sobrehumano. No porque la distancia y el desnivel supongan una gesta épica, sino por mi estado renqueante.

Los tres nos lanzamos al descenso desde la Guindalera hasta los pies del Júcar. Marcos ha bajado miles de veces estas sendas con la bici “a fuego” durante sus años de estudiante en la ciudad serrana, así que disfruta como enano saludando a todas las piedras del camino entre saltos. Mientras, Pablo y yo aprendemos una lección de perogrullo: los trails se corren con zapatillas de trail; en caso contrario es fácil resbalar pisando una piedra húmeda o una zona de barro y caer al suelo. No besamos el suelo durante el descenso de puro milagro. Intento levantar la vista y disfrutar de un paisaje espectacular, pero el cansancio y el miedo al tropiezo son muchísimo más poderosos que el mundo contemplativo.

Casi al final del descenso se bifurca la prueba para los de 22K y los de 10K. La tentación de tomar el camino más corto es poderosa, pero decido que es preferible retirarse cuando fallen las piernas antes que limitarse a lo fácil. Además, en la bifurcación nosotros seguimos descendiendo y los de 10K empiezan una pequeña ascensión, así que ante la duda, para abajo.

Estamos en la ribera del Júcar, en primavera, el ambiente es fresco y recorremos unos cientos de metros llanos, así que disfrutamos inocentemente sin saber que vamos al matadero, al puto abismo. El infierno está en el Km 8,5, donde se dibuja un ascenso perfecto desde el Júcar hasta el cerro San Cristóbal, una senda casi lineal y escarpada de unos 750 metros con una pendiente media del 33% y rampas del 50%. Algo así como subir un edificio de 80 plantas pero sin escaleras, intentando anclar el pie en la tierra para dar un paso más. Los corredores vamos en fila india, y dan ganas de agarrarse al tobillo del que te precede porque no puedes dar un paso más. Si lo das es por orgullo, por vergüenza, y por miedo a caerte hacia abajo y arrastrar como fichas de dominó a todos los demás. Solo miras los pies del de delante, para ir pisando en los mismos sitios y llevar la cabeza agachada para no mirar lo lejos que está la cima, en el cielo. Cada paso es un martirio que hay que rumiar y tomar la decisión de dar porque tu cuerpo, por sí mismo, sabio, no lo daría. Cuando quedan menos de 100 metros no puedo dar un paso más, tengo los gemelos completamente rígidos y con buen criterio me suplican una tregua. Me aparto de la fila, me siento y veo subir a los demás, entre ellos Marcos y Pablo. El descanso no dura más de quince segundos, que saben a gloria, y me incorporo otra vez a la fila para alcanzar la cima.

Arriba casi me atraganto bebiendo agua desesperadamente en el avituallamiento. Agua, aquarius, golosinas, plátano y lo que vea. No llevamos ni diez kilómetros y tengo las piernas petrificadas, va a ser una quimera que me aguanten mucho tiempo. Pero bueno, ahora toca un descenso hasta el Km 11, cuando se cruza por el puente de San Pablo, y aunque solo sea porque Inma va a estar ahí animando hay que hacer un gratificante sacrificio. Mientras descendemos, nos cruzamos con los líderes de la prueba de 22K, que ya vienen de vuelta por el Km 14 y subiendo, qué máquinas.

Abajo cruzamos el famoso puente de madera los tres al trote, mágicamente recuperados después de asomarnos al averno. Nos anima Inma, me paro a darle un beso, y también los padres de Marcos, entre nuestras pesadas y ruidosas pisadas por el vertiginoso puente. Desde ahí comienza una nueva ascensión al cerro del Socorro, por el parador nacional. Esta subida es más tendida (más de un kilómetro para menos de 200 metros de desnivel positivo) pero estoy tan cansado que, desde las primeras rampas, sopeso abandonar y bajar a encontrarme con Inma. Así Pablo y Marcos podrán ir a su ritmo y yo disfrutar de un merecido descanso. No sé por qué no me doy la vuelta, pero voy subiendo estación a estación por los monolitos del viacrucis que adornan la subida; sé que son catorce, que Jesús ya ha caído dos veces por el peso de la cruz y la Verónica le ha limpiado el rostro. Seguimos andando, en algunos tramos apoyando las manos en los muslos para ayudar a las piernas a dar la siguiente zancada.

En la cima llevamos 12,5 Km, poco más de la mitad de la prueba, así que ya he corrido más que los de 10K, he cumplido, puedo retirarme con la cabeza alta, pero reponemos fuerzas en el avituallamiento y nos lanzamos al descenso. Empiezo a bajar y les digo a Pablo y Marcos que ahora me pillan. Es el descenso más difícil y peligroso, con grandes escalones y mucha piedra suelta. A los cuádriceps les cuesta un mundo retener la inercia de mi cuerpo, así que intento descender haciendo eses, como esquiando, para minimizar el impacto en los maltrechos músculos, que están a punto de saltar por los aires. Pablo tropieza y cae, pero como va detrás no lo veo, así que sigo bajando muy concentrado, consciente de que como me dé un tirón bajaré rodando hasta el auditorio. Al final del todo hay una cuerda para bajar rapelando la última roca, me agarro y mientras bajo sonrío pensando en lo inocente que fui al inscribirme. Aquí en el auditorio, Km 13,7, está el punto de control: había que llegar en tres horas y, como no llevo reloj, no sé ni cuánto llevamos. Marcos dice que vamos bien, que llevamos una hora y cuarenta. Más o menos lo que se tarda en hacer una media maratón.

Ahora toca subir al alto del Castillo. No es que sea fácil ni corta, pero de todas las ascensiones es la más asequible, así que en contra de la voluntad de mis piernas tiro para arriba. Amenazan con boicotear los deseos de mi ilusión, pero se resignan y siguen dando un paso tras otro, escalón a escalón, aunque estén ya solidificadas desde los gemelos hasta los glúteos. Sé que Marcos y Pablo podrían ir más rápido y les animo a que busquen un tiempo que los deje satisfechos, pero prefieren que vayamos los tres juntos (casi seguro que porque prometí invitarlos a comer). En lo alto del castillo estamos en el Km 15, así que calculo que quedan más de siete todavía. En este momento pienso que voy a seguir hasta que me respondan las piernas, que no puedo pensar en abandonar salvo que estallen las fibras de los músculos.

En el descenso del castillo al río nos adelantan como gamos los dos líderes de la prueba de 42K, que salieron una hora antes que nosotros y que vuelan hacia la meta en genial duelo; sacaron veinte minutos al tercero del maratón. Al final de la bajada hay un kilómetro llano, otra vez por la ribera del Júcar, pero ya me cuesta un mundo trotar. A duras penas alcanzamos la base de la última ascensión de más de 200 metros de desnivel por la ermita de San Julián el Tranquilo. Me convenzo a duras penas de que “en subiendo ya es to’ bajar” aunque mis fuerzas estén exprimidas. Hacemos la subida andando y, en los tramos de descanso, intento trotar, trotar como lo haría un elefante en terreno embarrado, más artificio que eficacia. Sospecho que los músculos de las piernas han llegado a un acuerdo democrático de tal forma que no van a permitir a ninguno de ellos conceder el privilegio de su propia distensión. Cuando falta poco para la cima adelanto a un atleta que va todavía peor que yo y me dice que ya hemos entrado en “modo walking dead”, como no tengo fuerza ni para contestar, afirmo, sonrío y continúo. Me duele hasta la espalda de empujar “con los riñones” en las zonas con más desnivel.

En la cima estamos ya en el Km 19 y ahora ya es todo bajada hasta la meta. Cruzo los dedos para que me respeten los músculos y trotamos hacia abajo. Luego en la ducha un chico cuenta que se ha tenido que retirar en el Km 19, qué rabia, podría haber rodado hasta la meta. Son tres kilómetros de bajada, pero se hacen eternos, con las piernas graníticas, descendiendo el alto de la Guindalera que subimos al principio de la prueba. Estoy a punto de tropezar dos o tres veces con piedras y raíces, ya exhausto, nos adelantan unos cuantos corredores que están sacando fuerzas de flaqueza para maquillar su tiempo. A mí obviamente me dan igual el tiempo y la posición, he sufrido demasiado como para que un puñado de minutos deprima mi satisfacción.

Llegamos a la meta junto al cuarto clasificado de la prueba de 42K, así que el speaker ni se fija en nosotros, Inma y los padres de Marcos nos aplauden y hacen fotos, claro, ya casi estaban preocupados porque no llegábamos. Cuando cruzamos el arco de meta veo que hemos tardado más de tres horas, posición 145 de casi trescientos inscritos, a Marcos y a Pablo les da un poco de vergüenza y se van a estirar donde no los vea nadie. Yo estoy tremendamente orgulloso de haber vencido a un trail que los propios expertos califican como rompepiernas (+1300m, es decir, subir un edificio de más de 400 plantas), de soportar una prueba que triplica el tiempo que normalmente salgo a correr, de superar una recurrente sobrecarga en el sóleo durante los últimos meses y un virus a principios de semana. Soy consciente de que la gesta no es épica ni sobrehumana pero todas las circunstancias eran adversas.

Para celebrarlo nos vamos a comer al Nazareno y Oro. La compañía es inmejorable, el cochinillo asado sabe a gloria, hemos pasado un domingo de sufrimiento y diversión, aunque parezcan adjetivos antónimos. Entre bocado y bocado planteamos inscribirnos a la MAMOCU 2018, aunque nos vuelvan a poner mirando pa’ Cuenca.

Obstinada Imaginación Húmeda

Hace ya tiempo me tropecé con un párrafo de Vila-Matas en, reconozco, el único libro que de él he leído y que ni recuerdo cómo se titulaba. Creo que llevaba “París” en el nombre, resultaría sencillo identificarlo gracias a google. Creo recordar que no me entusiasmó pero este fragmento premia de por sí mi admiración por el controvertido catalán. El párrafo en cuestión se me repite frecuentemente como una larga sobremesa de bocadillo de chorizo:

“Desde luego, es más bien complicado ser joven, aunque eso no implica ni muchísimo menos que uno deba andar desesperado. Claro que la madurez tampoco es que sea una maravilla. En la madurez conoces la ironía, sí. Pero ya no eres joven y la única posibilidad que te queda de serlo un poco estriba en resistir, no renunciar demasiado, con el paso del tiempo, a aquella húmeda imaginación del arcón de Neauphle-le-Chateau. Sólo te queda resistir, no ser como aquellos que, a medida que la intensidad de su imaginación juvenil va decayendo, se acomodan a la realidad y se angustian el resto de su vida. Sólo te queda tratar de ser de los más obstinados, mantener la fe en la imaginación durante más tiempo que otros.”

El Perú: Más Zapatilla Que Miel (5 de 5: Selva Amazónica)


Estampa del afluente del Amazonas con la característica vegetación de palmeras de agua.

Si tu viaje transcurre por la parte sur de Perú, como es el caso, y quieres conocer la inmensa selva de la cuenca amazónica, las agencias de viajes -y el sentido común- te recomiendan acercarte a Puerto Maldonado. Capital de la Biodiversidad del Perú y del Departamento Madre de Dios, Puerto Maldonado cuenta con apenas cien mil habitantes y a su orilla el río Tambopata desemboca en el río Madre de Dios.

El Madre de Dios es precisamente navegable y manso desde Puerto Maldonado hasta su desembocadura en el río Beni y tiene un caudal medio aproximado al de doce ríos Ebro. Para imaginar la bestialidad del Amazonas, el Beni es afluente del Madeira, que a su vez desemboca en el mastodonte amazónico. El Amazonas tiene un caudal similar al de 45 ríos Madre de Dios y en su desembocadura en el Atlántico tiene una distancia entre riberas de 330 km, casi nada. Desde hace pocos años, además del río más caudaloso, el Amazonas se considera el río más largo del mundo por delante del Nilo. Nace en Perú y es la ciudad de Iquitos, en el norte del país y por tanto lejos de nuestra ruta, la considerada capital de la amazonía peruana.

Cuando aterrizas en Puerto Maldonado y se abren las puertas del avión, el calor y la humedad te dan la bienvenida de agresivo golpazo. Desde la considerable altitud fría de Cuzco, se desciende hasta los 139 msnm en un entorno característico por su elevada humedad. El sudor, en esta región, es omnipresente, incómodamente omnipresente.

A nivel económico, se detecta de un vistazo que están un paso por detrás de otros departamentos más turísticos o comerciales. La mayoría de la gente se desplaza en moto, supongo que porque las distancias son asequibles y solo las principales vías están asfaltadas, e incluso hay taxis que son motos en las que el piloto lleva un chaleco identificativo.

En la agencia, una habitación destartalada con dos ventiladores a toda velocidad, nos marcan nuestra travesía para llegar desde Puerto Maldonado hasta el lodge en el que nos alojaremos durante tres días, inmerso en la Reserva Nacional del Tambopata. El trayecto comienza en el puerto, con vistas al puente de la Carretera Interoceánica que comunica Perú con Brasil, donde se toma una vetusta embarcación de diminuto motor para surcar el Madre de Dios durante cuarenta minutos. En este trayecto se observan artesanales montajes de extracción de oro en la orilla: la minería de oro es uno de los pilares de la economía local.


Navegando por el río Madre de Dios, de aguas pardas y riberas verdes.


Almuerzo en la embarcación: un juane, una suerte de arroz con pollo o gallina y aceitunas que se envuelve en una hoja de bijao para hervir y que posteriormente se conserve en buen estado durante un tiempo.

Una vez alcanzado el desembarcadero de entrada a la reserva, donde debes presentar la autorización para la estancia en una especie de aduana, se debe caminar unos cuatro kilómetros adentrándose en el corazón de las selvas vírgenes de exuberante vegetación de la reserva. La sudorífera caminata termina en el lago Sandoval, donde se coge una pequeña barca a remo para alcanzar el embarcadero de entrada al Sandoval Lake Lodge.


Embarcadero del lodge.

La estampa durante la navegación por el lago Sandoval es inolvidable, un tranquilo lago vestido por aguajes (palmeras de agua) en su perímetro y con los sonidos de las aves de la selva como banda sonora. El vuelo de la grandiosa garza blanca, tan elegante, da la bienvenida. Y ya de noche, un paseo en barca por el lago es más asombroso aún, con la luna iluminando las aguas del lago en las que se reflejan las palmeras. Y allá donde se ven dos puntos rojos brillantes, un sigiloso caimán negro de cinco metros vigilando desconfiado a dos metros de ti. Al no haber nada de contaminación lumínica, si el cielo está raso impresiona la bóveda estrellada y su reflejo en el lago.


Orilla del lago Sandoval repleta de palmeras de agua.


Caimán negro pasando la tarde en el lago.

La vida en el lodge es sosegada, un oasis pacífico de desconexión y contacto con la naturaleza con la hamaca como reina. No hay agua caliente, ni cobertura para el teléfono, ni electricidad salvo la generada por un grupo electrógeno de seis a nueve de la tarde. A esa hora puntual, después de una cena frugal, el motor se silencia y, con él, la actividad en el lodge. Más allá de la remendada mosquitera de la cama quedan solo los sonidos de la selva en la oscuridad.


Entrada a las habitaciones de un sector del lodge.

Las empresas de aventura ofertan diferentes actividades al turista en función de los intereses personales, el estado de forma y la climatología. Una sencilla caminata a través del bosque primario se vive con gran intensidad; el bosque primario o primigenio es aquel que no ha sido talado y reforestado y que, por tanto, cuenta con inmensos árboles centenarios como caobas, castañas o cedros, algunos de ellos con notable valor místico para los nativos.

Llama la atención la lucha por la supervivencia de las especies vegetales en esta región, una supervivencia que se basa en una desesperada pelea por alcanzar los rayos del sol entre la exuberante vegetación. Un árbol parece un ser vivo bonachón y apacible, pero en la selva cada especie lucha por sobrevivir con sus armas, desde palmeras andantes con unas raíces exteriores que le permiten orientarse hacia el sol hasta matapalos que se abrazan a un árbol primero para apoyarse y crecer hacia el sol y después para estrangularlo.


Palmera andante con raíces superficiales.


Matapalos, que parece romántico pero es cruel y aspira a axfisiar al tronco que abraza.


Una simpática amiga en el paseo por el bosque primigenio.

Una de las actividades más demandadas y curiosas consiste en acudir temprano, sobre las cinco de la mañana, a la collpa de palmeras, un rincón anexo al lago donde acuden los guacamayos y los papagayos a almorzar. Estas grandes y vistosas aves se alimentan del aserrín de las palmeras huecas y muertas en un festival de color y sonido (una pena no tener fotos de este mágico momento). Por ser la hora del amanecer, además del espectáculo, se vive el despertar de la selva, con los chillidos-ladridos del mono aullador, el desayuno de las nutrias gigantes en el lago, el torbellino de los monos capuchinos por las copas de los árboles o los primeros vuelos de la jacana y la garza sobre las aguas del Sandoval.


Libélula en un paseo nocturno.


Insecto palo.

También existe la posibilidad de realizar una visita a lo que llaman la isla de los monos, una pequeña isla en mitad del río Madre de Dios habitada exclusivamente por primates. Una asociación sin ánimo de lucro lleva a cabo un proyecto de conservación y protección para rescatar a monos confiscados en zonas urbanas -en ocasiones, maltratados- y enseñarles a sobrevivir en la selva. Aunque eran varias las especies de primates que se enviaron a la isla, a día de hoy los monos araña y los capuchinos han conquistado al resto. Asombra ver cómo descienden a velocidad de vértigo desde lo alto de la copa de descomunales árboles hasta el suelo.


Inmersión en la isla de los monos.


Mono capuchino harto a plátanos ofrecidos por los turistas.

Si la selva en una reserva natural vigilada y adaptada por seguridad al turista -no sería bonito cruzarse por casualidad con un jaguar o una anaconda- desborda tanta vida descontrolada, me fascina imaginar cómo vibrará el corazón de la amazonía virgen y qué batallas se librarán en su seno por supervivencia.

Si estremece sentarte a oscuras en mitad de la noche en un sendero que ya has recorrido entre ruidos desconocidos que acechan alucinaciones, me aterra fantasear con caer una noche cualquiera en las entrañas ocultas de la vegetación selvática.

Si asusta navegar en una sobria barca a remo aunque el guía diga que los caimanes son pacíficos, me atemoriza pensar en tener que cruzar a nado el lago o el río de aguas opacas habitado por invisibles peligros y otros tan identificados como las pirañas rojas o los propios caimanes negros.

El ser humano ha conquistado todas las zonas habitables del planeta y, desde un prisma frío y prepotente, podríamos decir que somos los reyes del mundo; no se me ocurre mejor cura de humildad que pasar unos días en la selva expuestos a la intemperie.

El Perú: Más Zapatilla Que Miel (4 de 5: Machu Picchu)


Perspectiva de las ruinas de la ciudad sagrada de Machu Picchu.

Para llegar a Machu Picchu existen básicamente dos formas: el camino inca o el tren. La primera opción requiere dedicar unos tres o cuatro días a pie desde el punto kilométrico 82 de la ruta del camino inca a través de unos parajes espectaculares. La segunda opción consiste en tomar un tren desde Ollantaytambo hasta Machu Picchu Pueblo, conocido como Aguas Calientes.

El tren realiza un recorrido que se adentra desde el Valle Sagrado por entre las montañas selváticas del área de conservación de Choquequirao aprovechando la estrecha ribera del río Urubamba. El trayecto solo lo operan dos compañías, PeruRail e IncaRail, y desde el mayor de los desconocimientos se me antoja un negocio goloso la “casi” obligatoriedad del tren para alcanzar Machu Picchu. El precio de los billetes es desorbitado en comparación con el nivel de vida peruano, aunque se intenta compensar con unos trenes lujosos y un servicio muy digno. Imagina la velocidad del tren que invierte más de una hora y media en recorrer los 30 Km. que separan Ollanta de Aguas Calientes.


Puente Inca de acceso a la ciudad construido sobre la pared de la montaña y con troncos atravesados. El camino inca no es tan prohibitivo, pero casi mejor ir en tren.

Aguas Calientes es un pequeño pueblo encajonado entre montañas y traspasado por el río Urubamba en el que no hay vehículos ni taxis, a lo más alguna bici. Como suele suceder en las periferias de grandes monumentos, vive por y para el turismo: como lanzadera para Machu Picchu y por sus baños termales, que precisamente le dan nombre. Sus precios son disparatados y cuenta con montones de restaurantes y hoteles; de hecho el peor almuerzo de todo el viaje fue allí: peor calidad a mayor precio.

Para subir de Aguas Calientes a las célebres ruinas incas primero hay que madrugar mucho (el recinto abre a las 6 a.m.) y después tomar uno de los frecuentes autobuses que salen desde la estación y realizan la ascensión por un vertiginoso camino de montaña sin asfaltar que en perspectiva parece la subida al Alpe D’Huez. Media hora después, y ya con las nubes por debajo de nuestras zapatillas, estamos a las puertas de Machu Picchu.


Machu Picchu entre la bruma matutina. Cómo se va abriendo paso la ruina entre las nubes y la niebla es uno de los mayores espectáculos de una visita madrugadora.


Perspectiva oeste de la ciudad.


Franceses contemplando la ciudad mágica (no sé si son franceses, pero lo parecen).

Machu Picchu, por abreviar, es el rincón más mágico del mundo. Bueno, del mundo que yo conozco, que tampoco es tanto. Si consigues aislarte de los tres mil turistas diarios que llegan, junto a ti, que también eres visitante, puedes sentir entre las piedras de la ciudadela sagrada una emoción íntima en la que confluye la belleza de la naturaleza salvaje con el sentimiento de ser partícipe de una cultura y una historia.

El entorno natural de Machu Picchu es fascinante por ser el punto de confluencia entre la montaña andina y la inmensa selva de la cuenca amazónica; el meandro del río Urubamba, precisamente afluente del bestial Amazonas, cientos de metros debajo del precipicio y sin embargo tan a la vista desde ambos lados de Machu Picchu. Y las montañas abrigando entre nubes la ciudad inca, abruptas, imponentes, de mirada inmisericorde. Si lo que pretendía el Inca Pachacútec en su origen fue buscar una ubicación sagrada para construir un santuario religioso, no es necesario que el guía ofrezca muchas explicaciones a su emplazamiento.

Un halo de misterio envuelve la historia en torno a Machu Picchu y son muy pocas las evidencias acerca de su origen, su construcción, su colonización y su posterior descubrimiento. Las hipótesis que se plantean en la bibliografía son, por contra, abrumadoramente variopintas. Esta incertidumbre e ignorancia histórica acrecientan más si cabe la magia del rincón cuzqueño.

La ciudad supone el punto álgido de la arquitectura e ingeniería incas. Remarcan los guías y la literatura que las ruinas arquitectónicas a la vista del turista son como la parte visible de un iceberg y que alrededor del sesenta por ciento de la construcción es subterránea. La ciudad fue planificada para que fuese eterna en una región de alta actividad sísmica y abundantísimas lluvias anuales, de ahí el esmero en el sistema de canalización del agua, tanto para evacuar el agua de lluvia como para abastecer a la ciudad del agua que proviene de un manantial en lo alto del cerro Machu Picchu (“montaña vieja” en quechua). Y, por supuesto, aspirando a garantizar la estabilidad de las construcciones a lo largo de los siglos, desde los templos sagrados hasta las terrazas agrícolas. Pablo Neruda abordó en un extenso poema titulado “Alturas de Machu Picchu” un homenaje a los constructores de la ciudad en tan hostil territorio.


Única puerta de acceso a la ciudad, que más que proteger de posibles conquistadores servía de defensa frente a osos y pumas.


Templo del Sol, construido con tremendos bloques de granito. Se puede observar cómo ha sufrido daños por un terremoto.


Intihuatana, construcción religiosa que servía como reloj astronómico.

Las construcciones de Machu Picchu se integran en la montaña homónima a la manera de otras ciudades incaicas. Asombra la inmersión de la piedra en la montaña, como si los indígenas no quisiesen hacer daño a la mole de tierra sino adornarla y venerarla. El respeto inca a la montaña y a la naturaleza era vital en su religión. Por cierto, la cultura inca se regía por tres sencillas reglas: no robar, no mentir y no estar ocioso.

Al fondo de cualquier postal de Machu Picchu se alza imponente el abrupto promontorio de Huayna Picchu (del quechua waynapicchu, “montaña joven”). Con el boleto de entrada a las ruinas se puede adquirir de forma opcional la entrada a la Montaña Sagrada, que es como conocen a Huayna Picchu, donde se permite la subida de cuatrocientas personas al día: la mitad a las 7 a.m. y la otra mitad a las 10 a.m. Eso sí, ni cuando compras el boleto ni cuando firmas en el libro de visitas para acceder a la ascensión te informan de la dificultad física de la subida y de la peligrosidad de la bajada.


Vista de Huayna Picchu desde un ventanal de una construcción de la ciudad.


Vista de Huayna Picchu desde el Intihuatana.

Cuando, desde la plaza de Machu Picchu, detectas a turistas caminando por la cima de Huayna Picchu piensas que es imposible que se pueda subir a esa montaña, sin embargo, los incas tallaron en la pared una senda que permite el acceso a su cima y, para más inri, construyeron un templo casi en la cumbre. La ascensión suma unos 300 metros de desnivel positivo, casi todo escalones estrechos y altos para conseguir salvar la verticalidad de la montaña. Si a esto se suma la altitud y la elevada humedad, la subida a Huayna Picchu se convierte en un reto. Casi cualquiera puede realizar la ascensión con paciencia y equilibrio, incluso en una mañana lluviosa como nos tocó a nosotros, pero siempre siendo conscientes del esfuerzo y el peligro.


Parte baja de la subida al Huayna Picchu.

En la cima, la vista de Machu Picchu mimetizado en la montaña y circundado por el precipicio hasta el río Urubamba es acongojante. El vértigo asoma cuando te encaramas a alguno de los miradores que permiten disfrutar de la perspectiva y piensas inevitablemente en la cantidad de obreros que fallecerían construyendo el Templo de la Luna, y en los turistas que habrán caído al vacío por diferentes circunstancias; sin ir más lejos en los últimos meses se ha publicado que un turista alemán falleció al caer mientras se hacía un selfi y otra turista murió por un golpe provocado por la onda expansiva de un rayo que cayó cerca.

Si la ascensión, aunque agotadora, es asequible, los primeros tramos del descenso se convierten en un auténtico desafío, sobre todo porque no existen cables de acero clavados en la pared que puedan servir de pasamanos y garantizar la seguridad. Cuando te encaramas a alguna de las escaleras de la parte alta sientes vértigo al ver que la senda termina en precipicio: los escalones son demasiado estrechos y altos y húmedos y hay gente detrás que también puede tropezar. Al final todo se resume en una cuestión de confianza y de respeto. Salvados los primeros tramos, el resto del descenso para volver a acceder a Machu Picchu es sencillo y, encima, te llevas de vuelta en la mochila la seductora experiencia.


En la roca situada en la cima de Huayna Picchu.


Cumbre de Huayna Picchu en la cara del Templo de la Luna.

A pesar de todos los desvelos, la hipótesis más extendida afirma que la ciudad se construyó en solo cuarenta años y se mantuvo habitada y activa tan solo treinta y cinco años más. Durante la colonización se supone que los habitantes la abandonaron huyendo de los españoles y bloquearon los caminos de acceso a la ciudad para mantenerla a salvo de los conquistadores. Y ahí permanecería, perdida a ojos del mundo, durante siglos, inaccesible y cubierta de vegetación selvática, hasta que en 1911 llegó Hiram Bingham, un explorador norteamericano y profesor en Yale de expedición por la zona en busca de los vestigios incas de Vilcabamba, a la sazón último reducto inca. El espigado Bingham “redescubrió” Machu Picchu y lo mostró al mundo a través de las páginas de la célebre revista National Geographic.

Tanto la carretera que sube de Aguas Calientes a las ruinas como el tren más lujoso que cubre el trayecto entre Ollanta y Aguas Calientes reciben el nombre de “Hiram Bingham” en homenaje al explorador americano. No obstante, este lado de la historia es bastante oscuro y siempre ha existido una fuerte controversia en lo referente al papel de Bingham como descubridor de las ruinas incas. Sería ambicioso en exceso resumir el último siglo de historia de Machu Picchu, pero resulta relevante comentar, al menos, dos puntos esenciales: el descubrimiento y el expolio.

Todos los honores del nuevo descubrimiento de Machu Picchu han recaído en Hiram Bingham, y realmente a él se le debe reconocer el mérito de estudiar, difundir y profundizar en el pasado perdido del imperio inca. No obstante, unos años antes que él, en 1902, llegó allí Agustín Lizárraga con tres amigos cusqueños y dejó inscrito su nombre en el Templo del Sol: “Agustín Lizárraga es el descubridor de Machu Picchu y vive en el pueblo de San Miguel. 14 de julio de 1902”. Bingham ordenó borrar la inscripción y omitió en sus publicaciones este hecho, a pesar de tenerlo anotado en su cuaderno de campo.

Huelga decir, por otra parte, que además de aquellos que pretenden colgarse las medallas del reconocimiento, este paraje era conocido, mucho antes, por los nativos y por los arrendatarios, los Recharte y los Álvarez, que trabajaban la tierra en las centenarias terrazas y todavía bebían agua del manantial que les llegaba por el canal incaico. Capítulo aparte requeriría precisamente el estudio de la propiedad de Machu Picchu: desde que Pizarro dividió en lotes de terreno aquellas latitudes entre sus soldados de confianza, estas montañas pasaron por diversas manos propietarias y todavía hoy una familia reclama su derecho como legítima propietaria de la ciudad sagrada.

Bingham, además de la humilde expedición del descubrimiento, promovió dos expediciones más a Machu Picchu, ya con inversiones de mayor envergadura y respaldo tanto de la Universidad de Yale como de National Geographic y el Gobierno de Perú. Estas expediciones sacaron a la luz las ruinas y permitieron rescatar los tesoros ocultos en la ciudad, miles de piezas de diferente valor. Todo el material arqueológico fue trasladado a la Universidad de Yale para su estudio. Y allí sigue. Tan solo en 2011, centenario del descubrimiento de Machu Picchu, el Gobierno de Perú -después de años de insistencia- consiguió “rescatar” un puñado de las piezas almacenadas en la universidad americana. Con pesar nos dijo el guía que tendrán que esperar otros cien años para recuperar otra porción de su historia.


Panorámica de las terrazas del área agrícola, con orientación este.

A principios del siglo XXI, el millonario Bernard Weber promovió, de forma unilateral y sin aval de la Unesco, un concurso para elegir “Las Siete Maravillas del Mundo Moderno”. El Gobierno de Perú vio en este certamen un filón turístico incuestionable y convirtió casi en cuestión de Estado lograr que Machu Picchu entrase en los siete monumentos elegidos. Dado que la elección se realizaba a través de votaciones populares por sms e internet, el Gobierno de Alan García movilizó al pueblo peruano para defender y votar a su joya inca e incluso llegó a instalar pantallas en la Plaza de Armas de Cuzco para que los turistas votasen a Machu Picchu. El 7 de julio de 2007, en una pomposa gala en Lisboa y con todo Perú a la espera, se anunció que Machu Picchu había sido la segunda maravilla más votada en todo el mundo y Alan García aprovechó a apuntarse el tanto decretando el 7 de julio como “Día del Santuario Histórico de Machu Picchu”.

Al margen de concursos públicos, también confieso que he inscrito a la ciudad mágica en el top personal de lugares que recomiendo visitar.

P.S. Recomiendo encarecidamente disfrutar de estas 23 fotos que ha publicado National Geographic acerca de Machu Picchu.

El Perú: Más Zapatilla Que Miel (3 de 5: Cuzco e Imperio Inca)

Puno, capital del lago sagrado, y Cuzco, cuna y capital del imperio inca, están separados por menos de 400 kilómetros. El trayecto se puede realizar en avión, tren o autobús. Optamos por el bus turístico que, aunque dura diez horas (desde las siete de la mañana a las cinco de la tarde), ofrece atractivos interesantes; entre ellos, un almuerzo con buffet libre de gastronomía peruana y la imagen de transición por carretera entre el altiplano y los Andes centrales.


Paso de montaña de La Raya en el bus Puno-Cuzco con los Andes al fondo.

Aunque son varias y atractivas las paradas, me gustaría destacar la visita al sitio arqueológico incaico de Raqchi. Allí se encuentra el famoso templo de Wiracocha, con paredes de adobe de casi veinte metros de altura que han sobrevivido al paso de los años y de los conquistadores incluso a pesar de haber perdido lo que supuestamente fue la cubierta más grande del imperio inca. Las dimensiones del templo resultan abrumadoras, igual que la canalización de agua de la montaña vecina para abastecer de agua tanto a los palacios incas, primero, como a las viviendas y los cultivos agrícolas, después, en un sistema hídrico que todavía hoy se mantiene activo. Además, la ciudad es atravesada por el eje principal del camino inca que recorría la espina dorsal del imperio desde Colombia hasta Argentina.


Muros supervivientes del templo de Wiracocha en Raqchi.

La llegada en el autobús a Cuzco, pocos kilómetros después de sorprendernos ante la iglesia de San Pedro en Andahuaylillas (conocida como la “Capilla Sixtina de América”), resulta llamativa porque su periferia es extensa y ha sufrido un crecimiento bastante descontrolado. Y como Perú ahora está en un pico de desarrollo, se percibe la actividad frenética en la construcción. El aeropuerto, sin ir más lejos, ha sido engullido por la ciudad y puedes ver cómo los aviones despegan junto a la avenida.

Cuzco (o Cusco o Qosqo) es, nada más y nada menos, que una ciudad Patrimonio de la Humanidad considerada la capital histórica del Perú desde que fue capital del Imperio Inca. Se ubica a 3400 metros de altitud y dicen que la forma que dibuja su contorno es la de un puma, uno de los tres animales que conforman la trilogía inca junto a la serpiente y el cóndor. Aunque si hay un animal que se deja ver en la ciudad es el perro callejero, que pasea ajeno al mundo por cualquier rincón.

Para entender la relevancia de Cuzco simplemente hay que imaginar que fue capital del Imperio Inca y sede de Gobierno del Virreinato durante la época colonial. No es de extrañar, entonces, que Cuzco esté repleta de monumentos históricos y vestigios de pasadas épocas esplendorosas, orgullo patrio como cuna del imperio incaico.

El núcleo indiscutible de la ciudad es su Plaza de Armas, enorme plaza con imponentes edificios alrededor de todo su perímetro de entre los que los que sobresale la Catedral. Y por supuesto, franquicias de McDonald’s, Starbucks y KFC en los rincones privilegiados, la nueva conquista gringa. Por el avasallador turismo que recibe, Cuzco está repleta de tiendas, restaurantes, agencias de viajes, etc; incluso en algún callejón, improvisados mercadillos de souvenires. Y presidiendo los edificios públicos, la bandera arco iris, emblema de los pueblos incas adoptado por Cuzco, y cuyo origen es anterior al de la bandera gay.

Muy cerca de la Plaza de Armas se encuentra el Mercado de San Pedro, tan antiguo que proviene de la época colonial. Hoy se ha convertido en un gran mercado local orientado más a los cuzqueños que al turista, pero como hoy en día se lleva lo de la inmersión cultural, se abarrota de turistas curiosos. Recorrer el edificio del mercado se convierte en una abrumadora experiencia olfativa, con muchos e intensos olores provenientes, principalmente, de los puestos de carnes, pescados y “restaurantes”. Los precios son insuperables para el almuerzo o para tomar un jugo de frutas, siempre y cuando tengas el estómago acorazado.


Puestos de fruta, jugos y laxantes en el Mercado de San Pedro.

De la gastronomía cuzqueña hay un plato que sobresale respecto al resto: el cuy al horno. El cuy (conejillo de indias o cobaya) se asa al horno (también se ofrece frito) en las cuyerías locales, restaurantes especializados que solo sirven este producto. Se encuentra también en la carta de muchos restaurantes del centro, pero para que esté crujiente y recién asado se debe buscar una de las cuyerías de los barrios obreros de la ciudad. Nos recomendaron el “Sol Moqueguano”, que se encuentra en el barrio alto, lejos del centro histórico. El lugar no deja lugar a dudas: trasiego de comensales autóctonos y, en todas las mesas, el mismo menú. Prejuicios a un lado (y cubiertos al otro, porque no hacen falta para maniobrar el cuy), el animalito supone un manjar, sabroso y tierno, como una hipotética mezcla de conejo a la brasa y cochinillo asado.


Cuy al horno con papas y rocotó (pimiento rebozado y relleno de carne con picante).

Aunque Cuzco ostente el título de capital inca, la auténtica inmersión en esta cultura se percibe en el viaje hacia Machu Picchu atravesando las ruinas incaicas que sobreviven en los alrededores del conocido como Valle Sagrado de los Incas. A treinta kilómetros al norte de Cuzco se encuentra Pisaq, un yacimiento arqueológico incaico impresionante. Si Cuzco tenía forma de puma, Pisaq tiene forma de perdiz.

En Pisaq fascina sobremanera la integración de las construcciones en la montaña, signo representativo de esa cultura en su respeto a la naturaleza y devoción por los tesoros de la Pachamama (Madre Tierra). En especial destaca la solución inca a la siembra en cerros y montañas utilizando terrazas que permiten solventar la erosión del suelo y garantizar una siembra factible.


Terrazas de cultivo en Pisaq, también conocidas como Escaleras de Gigantes.

Además del sitio arqueológico, también se conoce como Pisaq a la ciudad colonial que hay en la parte baja del valle atravesada por el río Vilcanota. A los españoles conquistadores les resultaba más fácil tener a la población a pie de valle para una cómoda evangelización que andar por montañas y terrenos escarpados a esta altitud. Si subían, según contó el guía, era para saquear las tumbas, por la tradición inca de enterrar a los suyos con todos los honores y pertenencias. Hoy en día, la ciudad de Pisaq se promociona como el sitio ideal para compra de joyas, especialmente de plata.


Perspectiva del Valle Sagrado desde Pisaq.

La siguiente parada en la ruta es Ollantaytambo, Ollanta para los amigos, un complejo monumental ubicado estratégicamente para dominar el Valle Sagrado. Además de ser la única ciudad del incanato en Perú que sigue habitada, es un magnífico ejemplo de la arquitectura e ingeniería incas. Los 150 escalones de subida al Templo del Sol se antojarían una ruta mística si no fuese porque están abarrotados de turistas jadeantes en la ascensión. Desde arriba se domina el valle y se observa una perspectiva completa de la ciudad, con sus callejuelas empedradas atravesadas de canales activos de agua.


Vista de la subida al Templo del Sol en Ollantaytambo.

Y al fondo, se observa en la montaña Pinkuylluna el rostro grabado del dios Viracocha soportando sobre sus espaldas el mundo inca. No se sabe realmente si fue tallado por los incas en la montaña o es un accidente natural. A un lado de la imagen de Viracocha, se pueden observar los almacenes incas (colcas), situados en las alturas para que el aire de las montañas ventilase los alimentos y se conservasen en buen estado.


Montaña con el rostro de Viracocha de perfil y la colección de almacenes o colcas.

En Ollanta se coge el tren que lleva a Aguas Calientes. Esperas el tren y vas sintiendo un cosquilleo íntimo ante la perspectiva de asomarte pronto a una de las Maravillas del Mundo, Machu Picchu. Palabras mayores.

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