Houellebecq Insumiso


Trashumancia en dirección Teruel en el solsticio de verano.

La raíz que tú arrancaste
no ha crecido nunca más.
Nadie vino de esa tierra fría
a llorar tu funeral.

[Romance de la plata, Christina Rosenvinge]

Agradezco haber devorado Sumisión a pecho descubierto, sin ir provisto de armas ni del lápiz de subrayar y anotar. Una lectura fugaz para huir del miedo sociológico. Habría sido, esta vez, un combate fatigoso, el lápiz contra las páginas de la novela, contra unas páginas que contienen tanto de una sociedad en decadencia, de una civilización al borde del abismo de la pereza y de la rendición, de un gremio débil contra las cuerdas, de la sumisión de la intelectualidad a la sexualidad, del alcohol como único refugio, del nihilismo suicida que impregna un fundado pesimismo ante el futuro político y el nuevo orden mundial.

Cuando mi hijo me preguntaba qué estaba leyendo le decía que la historia de un señor que no tiene mujer, ni novia, ni padre, ni madre, ni hijos, ni trabajo, ni coche, ni bici, ni apenas amigos. Me miraba triste, con sus dos años y medio, y se iba desinteresado a colocar los números del puzzle en el tren. Y ahí me quedaba yo, a solas con François, temeroso de que se quitase la vida tras el propio suicidio de la civilización europea post grandes guerras, ratificado en la autopsia del historiador británico Arnold J. Toynbee. Él jugando y yo sufriendo.

El viejo cabrón de Houellebecq es un prestidigitador o es un estafador, conclusión poco original para definir siempre al autor de una distopía. Sumisión pasa a la cumbre de lo que he leído del autor junto a El mapa y el territorio, y por encima de Las partículas elementales y Plataforma. Al francés le encanta hacer malabares sociológicos por no decir que aspira a abofetear nuestra ignorancia, inocencia y pereza.

Cuando me sienta preparado, me armaré de lápiz e ideas para enfrentarme otra vez a Sumisión y a Houellebecq. Espero sobrevivir.

P.S. Escuchad la canción de Christina Rosenvinge, un tema terrible y que ella tan bien introduce cuando lo toca en directo, apoteosis de poco amor a un padre.

El Gigante Enterrado


Gigante.

No hay canciones en la radio que hablen de lo que soñamos.
No hay futuro, ya ha pasado,
El presente no se ve…
Nunca vamos a volver.

[Nómadas, La Maravillosa Orquesta del Alcohol]

Me lo recomendó el mismo cura que me dio a conocer a Sándor Márai: El Gigante Enterrado, de Kazuo Ishiguro. Me lo apunté en “la” nota del móvil porque prometía y lo que no apunto se pierde en la niebla, y lo que se diluye en la niebla no sabemos si es bueno o si es malo o merecía la pena. Ishiguro, británico de origen japonés, reciente premio Nobel en 2017, editado en los Compactos de Anagrama, aventuras épicas, historia medieval, razones suficientes para abrir el apetito.

Cuando terminas de leerlo sabes que es uno de esos libros que siempre te van a acompañar. Ni siquiera tienes fuerzas para esbozar una síntesis del argumento, que en realidad se reduce a una historia lineal del viaje de un viejo matrimonio britano en busca de su hijo ambientado en la Inglaterra medieval. Como en cualquier viaje, Axl y Beatrice se tropiezan con aventuras y personajes que van hilvanando una trama inolvidable.

La prosa es sencilla y poco dada a la floritura, paradójicamente poco épica para un libro de aventuras. Las descripciones se caracterizan por su sobriedad, como si el autor quisiese despojarse de todo lo innecesario para que el lector se centre en lo esencial, ¡y la esencia es tanta! Se podría decir que tiene tono de fábula pero soy reacio al moralismo. Ishiguro nos habla del amor eterno de una vida de matrimonio, del necesario olvido, de los odios enterrados que pueden prender en cualquier momento inesperado para desatar guerras, de buscar un sentido a la vida a través de una misión concreta, de los miedos a lo que no se conoce y cómo les damos forma, de rendir cuentas sobre lo vivido antes del final, y del dragón hembra Querig que marca su territorio desde su atalaya en la montaña.

Quince Libros

Me lo pidieron por el facebook.

Emosido Engañado


Atardecer en La Poveda.

Yo soy todo lo que quieres
cuando todo lo que tienes
no te basta.

[Joana, Xoel López]

Stefan Zweig era buena gente, digo yo. Nacer en una familia rica siempre te da facilidades para ser buena gente, e incluso para tener preocupaciones tan atractivas como coleccionar incunables o no perderte ningún estreno musical en tu ciudad. Y si tu ciudad es Viena a principios del s. XX, cima de la música y la cultura y el teatro, entonces eres uno de los seres más afortunados del mundo. Incluso si viene una guerra mundial siempre tendrás opciones de salvoconducto para camuflarte en Suiza, volar a Gran Bretaña o, en última instancia, refugiarte en Brasil. Te puedes permitir el privilegio de ser amable y caritativo, de ser buen amigo de amigos como Rilke y, si eres tan inteligente como Stefan, de mostrarte como un visionario ante la compleja perspectiva social que produce un giro político desordenado. Al final puede traicionarte o la sensibilidad o el miedo.

El día que supe que Stefan Zweig se había suicidado en 1942 junto a su esposa en Brasil por temor a que el nazismo se extendiese por todo el mundo se me derrumbó un mito. Puedes ser ejemplar toda tu vida y que tu obra te avale como indispensable pero no pidas que tenga fe en ti. Su nota de suicidio: “creo que es mejor finalizar en un buen momento y de pie una vida en la cual la labor intelectual significó el gozo más puro y la libertad personal el bien más preciado sobre la Tierra”. Dicho de otro modo: me gusta escribir y adoro la libertad pero el miedo a Hitler es más grande que la literatura más la libertad más el miedo a la muerte.

También está Roberto Bolaño, pobre de misericordia, emigrante desamparado. Tuvo que pasar hambre fijo. Su bibliografía está jalonada de pobres, de putas, de gente que hace lo que puede por sobrevivir, para sobrevivir, de gente como Lorenzo, “es difícil ser artista en el tercer mundo si uno es pobre, no tiene brazos y encima es marica” o como Hans Reiter, que “no parecía un niño sino un alga”. Él mismo trabajó en lo que pudo para subsistir, lavaplatos, vendimiador, mucho tiempo como vigilante nocturno en el camping Stella Maris. Había épocas en las que se le acumulaban los cafés a crédito en su cafetería habitual de Blanes; no tener para pagar un café es un listón bajo. Su vida y su libertad estaban por encima del dinero, por simplificar. Podríamos interpretar de algunos de sus textos que desdeñaba el dinero, su órbita giraba en torno a la poesía, sentido y sensibilidad. Hasta que nacen sus hijos y entonces sabe que con la poesía no va a poder comer pero con la prosa quizá sí.

Y hete aquí que se va a morir de insuficiencia hepática y, antes de que arrojen al Mediterráneo sus cenizas, deja dispuesto que 2666 se publique en cinco tomos diferentes para poder garantizar la solvencia financiera de sus dos hijos, Lautaro y Alexandra, ad aeternum. No tienes para pagar un café esta tarde pero quieres asegurarte de que tu hija pueda remodelar la cocina dentro de treinta años.

También está el húngaro Sándor Márai, descendiente de una familia acomodada de origen sajón que pudo disfrutar de viajes de juventud por Europa. Una vida de éxito literario al nivel de Stefan Zweig y respeto social que termina como emigrante en California. Un humanista que se suicida con 88 años: se pega un tiro en la cabeza a los 88 tacos. La soledad como catalizador de la muerte. Joder, que nos hablaste de cosas bonitas en muchas de tus novelas, que fuiste un referente en los asuntos de importancia, que te leímos en casa durante una época con fervor, y al final te rindes.

Emosido Engañado. En el momento de la verdad, parece, el miedo vence al amor, el dinero vence a la literatura, la soledad vence a la amistad. Convivimos con la decepción. Presté mi coche y me lo devolvieron con gasoil bonificado y muchos kilómetros. Confié en la oposición y me colaron un gancho. Pasé apuntes en la universidad y el viernes que la resaca me jodió la mañana nadie se levantó a cogerme el testigo. Presté dinero y se evaporó. La lealtad me la devolvieron con marginación y los favores con traiciones. Pero seguiremos siendo antes ilusos que desconfiados.

¡Europa!

Zweig

The weight of the world is in our hands, right
straight as my oath that I live by
don’t even know what we’re fighting for.

[Misery Company, Kaiser Chiefs]

Haya querido la providencia que devore las últimas páginas de “El mundo de ayer: memorias de un europeo”, la autobiografía del judío austríaco Stefan Zweig, en este contexto socio-político tan inestable e impredecible y en unas semanas en las que se anuncia el acuerdo para que Gran Bretaña abandone la Unión Europea, Italia se limpia los mocos con las recriminaciones europeas a sus próximos presupuestos, unos catalanes inician huelga de hambre por considerarse presos políticos, una formación extremista se abre paso en autonómicas nacionales y el gremio de los politólogos se rasga las vestiduras por la marcada tendencia centrífuga de los resultados electorales a lo largo y ancho de nuestro viejo continente.

“El mundo de ayer” es un imprescindible incuestionable de esos que no necesitan recomendación. Más aún, casi considero indigno atreverme a comentar algunas ideas y sensaciones transmitidas en un libro tan lúcido y conmovedor, un libro donde cada página es un regalo en forma de minuciosa descripción, de amena anécdota, de curioso secreto o de reflexiva idea. Y si alguna nota quería adjuntar casualmente hoy han sacado del horno un artículo titulado Ver la historia desde el palco que ronda el concepto de las devastaciones inexplicables y la inocencia con que recibimos modificaciones legislativas con recorrido de fondo.

Imaginar conflictos bélicos tan terribles como las dos grandes guerras del siglo veinte que sufrió Zweig se antoja, a día de hoy, tanto simplista como alarmista, incluso a pesar de los indicios y paralelismos en los comportamientos sociales, así como en la gestión política del miedo y el odio que toleramos en la actualidad. A pesar de la distancia, no obstante, es inevitable estremecerse en una analítica narración del caldo de cultivo que desemboca en una guerra: el odio intrínsecamente nacionalista al diferente, el miedo a la incertidumbre, la utilidad de la propaganda incisiva, la financiación de material bélico por empresarios poderosos y, sobre todo, la deslealtad y la mentira como herramientas infalibles para la movilización interesada de las masas.

La genial y actual radionovela Guerra 3, en su entradilla, repite: “¿Cómo empieza una guerra? Los libros de historia nos dicen que al principio de todo hay una explosión, un disparo. Un país invade otro, alguien muere, mueren cientos o miles. Pero no es cierto. Las guerras empiezan mucho antes del primer disparo.” Zweig esboza como un frío visionario el ascenso de Hitler y el contexto social alemán durante aquellos determinantes años treinta. Poco importa que lo relatase a posteriori, lo relevante es entenderlo y aprenderlo más allá de recursos literarios de advenimientos predichos. Pero si algo demuestra la historia es que se repite y no se aprende a corregir errores, como si fuese algo innato a nuestra genética.

En la base de toda la autobiografía subyace la idea de la Unión Europea a la que aspiraba el escritor judío y que se materializó mucho después de que él pudiese conocerla. Siempre he pensado que el hecho de cursar un año académico como Erasmus ha determinado mi concepción de Europa, tan afín a las ideas de Zweig: la necesidad de la unión, la solidaridad, la fusión cultural, el respeto, el entendimiento con concesiones y el progreso común. Más allá de efectos secundarios, errores cometidos e inconvenientes inherentes a las “super-administraciones”, los hechos han demostrado durante décadas las bondades de la Unión. ¿Sabremos cuidarla como se merece o preferimos asomarnos a abismos conocidos?

Stefan Zweig, de cuna pudiente, amigo de los hombres más relevantes del siglo veinte, felizmente casado y rico se suicidó en febrero de 1942 pocos meses después de publicar “El mundo de ayer”.

Angustias

Carros y carretas

Terminar de leer “Mientras agonizo” el día de San Valentín resulta una casualidad irónica. Menudo título.

Reordenando estanterías de libros, me tropecé con esta novela de William Faulkner que compré en aquellos tiempos universitarios en alguna de las pocas librerías de la ciudad. Si la compré fue por ser de Faulkner -aunque no conociese ni un título de su bibliografía, estaba encumbrado mitológicamente en la literatura que debía atraerme, sin ir más lejos en aquella referencia devocional de Amanece que no es poco- y porque era barata, una edición de bolsillo de Alianza de esas que tienes que leer sin abrir del todo las páginas porque se descuajeringa la encuadernación y se transparentan las letras de la página siguiente porque las hojas son de papel de fumar. La compré para no leerla, como procedía.

Pero ahora ya no hay vuelta atrás. Ya soy espectador eterno de las desgracias de la familia Bundren. He convivido unos días intensos, pocos por la brevedad de la novela pero intensos, con estos personajes desamparados que “hacen todo lo que pueden” mientras trasladan el cuerpo de la madre de familia, Addie Bundren, para su enterramiento en Jefferson en un viaje tremendamente cargado de sufrimiento resignado. Ellos mismos se han abierto a mi inocente lectura con todas las aristas de sus almas, sedimentando en mi conciencia un sólido y pesado poso de triste compasión.

Anse, padre de familia, guía hacia la oscuridad, encorvado campesino, qué vida de humillación sufres y qué eterna desconfianza hacia los demás inspiras mientras repites “mi familia nunca deberá nada a nadie”. Cash, hermano mayor, generoso y comprensivo con su familia, obstinado y hábil trabajador, qué entereza demuestras en tu sufrimiento mientras intentan curarte con cemento una pierna rota. Darl, imaginación al borde del colapso, la energía hecha carne, el equilibrio inestable, qué vueltas de tuerca sufrimos contigo mientras narras gran parte de la historia de tu familia. Jewel, agrio carácter, fuerza descontrolada, describirte es destripar la narración, te imagino en los momentos álgidos siempre dando el cien por cien de ti. Dewey Dell, única hija, ni tan frágil ni tan inocente, incubada en el ambiente hostil de la granja familiar, cómo sobrevives a tantos reveses y a un destino certeramente perfilado por un dios cruel. Vardaman, hijo menor de la saga, mirada inocente de niño, creatividad coartada por el analfabetismo, aprendemos a ver el mundo con tus ojos y jamás podremos convencerte de que tu madre no es un pez.

“Mientras agonizo” se te mete dentro e invade tus pensamientos de forma recurrente, como los libros que se vuelven imprescindibles.

Obstinada Imaginación Húmeda

Hace ya tiempo me tropecé con un párrafo de Vila-Matas en, reconozco, el único libro que de él he leído y que ni recuerdo cómo se titulaba. Creo que llevaba “París” en el nombre, resultaría sencillo identificarlo gracias a google. Creo recordar que no me entusiasmó pero este fragmento premia de por sí mi admiración por el controvertido catalán. El párrafo en cuestión se me repite frecuentemente como una larga sobremesa de bocadillo de chorizo:

“Desde luego, es más bien complicado ser joven, aunque eso no implica ni muchísimo menos que uno deba andar desesperado. Claro que la madurez tampoco es que sea una maravilla. En la madurez conoces la ironía, sí. Pero ya no eres joven y la única posibilidad que te queda de serlo un poco estriba en resistir, no renunciar demasiado, con el paso del tiempo, a aquella húmeda imaginación del arcón de Neauphle-le-Chateau. Sólo te queda resistir, no ser como aquellos que, a medida que la intensidad de su imaginación juvenil va decayendo, se acomodan a la realidad y se angustian el resto de su vida. Sólo te queda tratar de ser de los más obstinados, mantener la fe en la imaginación durante más tiempo que otros.”

La España Vacía

Sin título

Tierra de conquistadores,
no nos quedan más cojones,
pues si no quieres irte lejos,
te quedarás sin pellejo.

[Extremaydura, Extremoduro]

Es cómodo esperar a que llegue la Navidad para que críticos y escritores publiquen sus listas de lo mejor del año que finaliza y así no errar en los regalos navideños. Con el paso de los años resulta relativamente sencillo inferir, a partir de una breve reseña de esos libros top, los que merecen la pena de los que son productos puramente comerciales y de los que tratan asuntos ajenos a mis inquietudes. Hace unos días revisé las lecturas que habría lamentado perderme en 2016 de Enric González, con lo que me remití al genial artículo En la España sin nadie de Antonio Muñoz Molina. Y así, sin más retórica, decidí regalarme “La España vacía”.

“La España vacía: viaje por un país que nunca fue” es un extraordinario ensayo de Sergio del Molino (Madrid, 1979, 37 años) que estudia el éxodo a las ciudades, sobre todo el fenómeno producido entre los años 50 y 70 al que llama “El Gran Trauma”, y las consecuencias del vaciamiento de gran parte del interior de la península. Sin ir más lejos, recomiendo echar un vistazo a este gráfico de la evolución de la población en Villaescusa de Haro, donde se ilustra con triste clarividencia el gran trauma.

Sergio del Molino describe con tremenda sensibilidad el desamparo del interior de la península afectado por la despoblación, una región mesetaria sin mar ni playa que ocupa más de la mitad de la superficie de España y, por contra, solo cuenta con el 15% de la población. Junto a Laponia y el norte de Suecia, la tercera región más deshabitada de Europa. A través de un lenguaje preciso y literario y desde una mirada atenta, didáctica y sensible, analiza un fenómeno que incide en el carácter español de forma muy notable, desde nuestra asepsia patriótica hasta nuestros vínculos familiares.

En cualquier caso, no es intención del autor limitarse al éxodo franquista, sobre todo porque es consciente de que “la confrontación entre una España rural y una España urbana es anterior a la revolución industrial y a cualquier éxodo campesino”. De hecho, subraya que “hay una corriente de fondo que observa el campo como un espacio salvaje. La civilización frente a la barbarie”. Sin ánimo de ofensa, el escritor relata algunos de los episodios de la España negra, miserable y bárbara como Fago o Puerto Hurraco: “pienso en las historias de violencia que todas las comunidades pequeñas contienen. Los odios de siglos, las rencillas que el roce y la moral de vía estrecha acentúan, el aburrimiento. Todo se reduce a una cuestión de heterofobia. Concluye que la falta de estímulos sensoriales provoca efectos devastadores sobre los individuos y propicia la aparición de trastornos mentales. En el entorno hermético y diminuto del pueblo, las tensiones y disputas se magnifican hasta niveles insoportables.

Se incide en el paisaje y el concepto de mar de tierra, imagen ampliamente utilizada en la literatura española. Como si los habitantes de estas latitudes fuésemos marineros cuasi náufragos, “campesinos pobres desperdigados por una meseta de clima hostil”. Subraya que en esta relación, los pobres, cuando consiguen contarse a sí mismos, escoran el punto de vista hacia la dignidad, el esfuerzo y la honradez.

Del Molino huye del elogio de aldea (beatus ille) para mostrar con desnuda crueldad la desesperanza de la vida rural y el abandono político de nuestro campo. Por mi posición política y mi actitud vital no me quedó más remedio que aplaudir las atinadas observaciones del joven escritor, cruelmente sinceras, tras la lectura de algunos párrafos. Y eso que advierte que “no pertenezco al lugar y tiendo a idealizarlo, a caricaturizarlo o a explotar su pintoresquismo”. Más aún: “es muy difícil viajar a la España vacía sin la aprensión del explorador de lo exótico o sin la ilusión del misionero que va a salvar a los indios”. Lejos de esas premisas, se ha de reconocer una exhaustiva labor de investigación que salta entre referencias a Bauman y Muchachada Nui, a Lipovetsky y Extremoduro, al teatro de la Barraca de Lorca y Amanece que no es poco. Todo junto en un ejercicio casi de autopsia de un país.

Al final, en palabras del autor, la España vacía resulta ser un mapa imaginario, un territorio literario, un estado (no siempre alterado) de la conciencia; un frasco de las esencias que, aunque esté casi vacío, conserva perfumes porque se ha sellado muy bien. Fueron muchas las familias que emigraron a la periferia de las ciudades en los años ya citados pero que siguen teniendo el pueblo como referencia nostálgica, aunque Del Molino recuerde que “la nostalgia es una expresión suave y resignada del miedo”. Al fin y al cabo, aunque los pueblos se vacían, existir en la memoria es una de las formas más poderosas de existencia que conocen los humanos”.

***

Compré “La España vacía” desde un rincón conquense de esa España vacía en las que las carreteras se hacen para huir y no para venir. Amazon me lo envió en apenas dos días; el transportista de Seur ya conoce el camino a casa. Pienso en lo díficil que me resulta creer ciertos capítulos del libro, aunque en realidad creo que acierta Sergio del Molino en sus apreciaciones al respecto de la vida rural, si bien notablemente más matizadas y suavizadas de lo que la literatura le exige.

Intento identificar los inconvenientes que tiene vivir en la desértica meseta. Hace mucho frío en invierno. No hay mercadona. Solo hay un bar abierto cuando salgo del trabajo. El cine está a media hora y el aeropuerto a hora y media. Ayer rompí las cuerdas de la raqueta jugando al frontón y tendré que recorrer más de veinte kilómetros para encordar de nuevo la raqueta.

Enormísimo cronopio

Se cumplen cien años del nacimiento de Cortázar. Cuando yo era universitario, no sé si hace diez años o diez siglos, promovíamos en la residencia de estudiantes de vez en cuando actividades culturales después de cenar, generalmente “cinefórums” (algunos todavía están buscando dónde cayó el hueso que lanzó el mono junto al monolito de “2001″, y dos siguen debatiendo si Rick Deckard es un replicante). Una de esas noches se planteó un pequeño homenaje a Cortázar con lectura de fragmentos de sus textos y el visionado de la entrevista que le hizo Joaquín Soler Serrano en el programa “A fondo”. Al terminar de cenar un chaval de la residencia me preguntó: “¿ese señor del cartel va a venir esta noche a leer?”. Y estábamos en la universidad, educación “superior”.

Leímos “El almuerzo”, entre otros:

No sin trabajo un cronopio llegó a establecer un termómetro de vidas. Algo entre termómetro y topómetro, entre fichero y curriculum vitae. Por ejemplo, el cronopio en su casa recibía a un fama, una esperanza y un profesor de lenguas. Aplicando sus descubrimientos estableció que el fama era infra-vida, la esperanza para-vida, y el profesor de lenguas inter-vida. En cuanto al cronopio mismo, se consideraba ligeramente super-vida, pero más por poesía que por verdad. A la hora del almuerzo este cronopio gozaba en oír hablar a sus contertulios, porque todos creían estar refiriéndose a las mismas cosas y no era así. La inter-vida manejaba abstracciones tales como espíritu y conciencia, que la para-vida escuchaba como quien oye llover -tarea delicada. Por supuesto la infra-vida pedía a cada instante el queso rallado, y la super-vida trinchaba el pollo en cuarenta y dos movimientos, método Stanley Fitzsimmons. A los postres las vidas se saludaban y se iban a sus ocupaciones, y en la mesa quedaban solamente pedacitos sueltos de la muerte.

P.S. Termino de escribir esto, busco en el blog si alguna vez he escrito acerca de Cortázar y justo me encuentro una entrada plagiada inconscientemente (¡incluso en el título!).

10.000 horses can’t be wrong

Goal
Capilla del Convento de los Dominicos a la intemperie.

Si la naturaleza le ha creado como murciélago,
no pretenda ser un avestruz.

[Demian, Hermann Hesse]

¡He perdido mi gotita de rocío!
Dice la flor al cielo del amanecer,
que ha perdido todas sus estrellas.

[Rabindranath Tagore]

“Diez mil caballos no pueden estar equivocados” titula Simian Mobile Disco uno de sus discos. Y me lo cuestiono. Muchos miles de españoles van al cine a ver “Pringados en autobús”, muchos miles escuchan a Andy y Lucas incluso en la intimidad, muchos miles sólo (con tilde, maldita RAE) han leído “El código Da Vinci” y esperan otro best-seller de esas hierbas para agarrar una novela. Creo que esos “miles” son los mismos repetidos, lo cual no daría para una minoría absoluta como decía Juan Ramón Jiménez sino para una aproximación a la nulidad absoluta mayoritaria. En esa denominación también entran, sin prueba de acceso, los que no arrancan los protectores de plástico de las pantallas de aparatos electrónicos, los que no beben cerveza en verano, los que bajan en ascensor para salir a correr y los que han “empezado” a ver The Wire “alguna vez”. Ayer me tropecé con un soplo de esperanza cuando vi que The Wire tenía una valoración media de 8,8 en FilmAffinity. Minipunto para la dictadura de la democracia, la mayoría.

Paréntesis. Treme también tenía muy buena puntuación, merecida. Empecé a verla por David Simon con gran escepticismo por su “parto” anterior, y qué injusto fui. Nunca he escrito sobre Treme porque es una serie donde el hilo argumental lo entretejen los sentimientos de un abanico de personajes que se vuelven carismáticos al espectador a medida que van pasando los capítulos. Y cuando terminé la segunda temporada estaba tan impactado que ni me atreví a plasmarlo en una entrada. Sólo escuchaba de fondo el sonido del estribillo del himno de guerra del Gran Jefe y el trombón de Antoine Batiste y el violento discurso político de Bernette a través de YouTube y la dulce voz de Annie cantándole al viejo Harley, cuya guitarra tenía una pintada en su cajetín en la que se leía This machine floats. En Nueva Orleans, tras el Katrina. Y no es que todos esos personajes se vuelvan carismáticos de repente, simplemente son personas normales con comportamientos normales: puedes tener que emigrar si tu negocio no funciona o puedes enamorarte sin remedio y ser correspondido, y entonces el enamorado tiene que acercarse periódicamente al buzón de la emigrante para recoger la correspondencia. O puedes ir a pescar para alejarte de tus fantasmas y hacer terapia anti-drogas. Puede parecer paradójico pero lo cotidiano es emocionante. Treme es sensible, no vayas sino a acariciarla. Fin paréntesis.

Diez mil caballos suelen estar equivocados. Trotan en la dirección del caballo con jinete. Y aunque el jinete desconozca el deseo de la manada trotona, esa masa fluye como un líquido en el que él mutase en atracción gravitatoria para darle consistencia. Eso no es sumisión, es física y es naturaleza. El problema aparece cuando un avestruz monta al caballo y una cría de koala se agarra al cuello del avestruz y sobre ella un murciélago descansa sosteniendo una garrapata en una de sus alas plegadas. El problema viene cuando la garrapata decide el designio de diez mil caballos. El pivot griego del Barça se llama algo así como Microcefalidis, perfecta denominación para nuestra garrapata.

En ningún momento la garrapata prometió a la manada que los guiaría al paraíso. A Microcefalidis no le interesa la justicia ni el destino, si es que esas cosas se pudiesen definir. Tampoco yo he prometido a la bandada de palomas una vivienda digna en lo alto del convento de los dominicos de forma perenne. Un día, más pronto que tarde, deberán emigrar y abandonar sus panorámicas de lujo. El cielo como apetecible destino, aunque el amanecer le robe las estrellas y le deje el sueño. Tanta paz llevéis como palomina dejáis.

A mí tampoco me prometieron vivienda perenne, ni siquiera me lo prometió la garrapata Microcefalidis, y mejor así porque en tal caso dormiría siestas largas. Cada vez más largas. He llegado a la edad en la que el dinero sobrepasa a la gente trabajadora de mi generación, y por eso piensan si el ratio coste-disfrute merece la pena en una excursión, compran por internet porque cuesta tres con cincuenta más barato y echan cuentas hasta que convierten hipoteca y futuro en dos palabras sinóminas. Cínico el que lo niegue. Poner la vista en el mañana es innegociable, pero sin coartar el hoy. Me enamoró esa frase que leí hace pocos días: “acumular dinero es comprar la inocencia de tus hijos.” Ahora te toca calibrar el valor de la inocencia y de la libertad, tarea no trivial.

Tengo que abandonar el telediario y la prensa. El Papa admite la existencia de un lobby gay en el Vaticano. Un desvariado asesina y descuartiza a su mujer y la congela junto a las croquetas. Snowden certifica que Obama lo sabe todo de nosotros gracias a un despiadado espionaje de nuestra intimidad. Aparece la rabia. Messi nos roba. Mandela se desgrana. Grecia clausura la televisión pública. Tengo que acordarme de sintonizar Teledeporte.

Y por encima de la inocencia y la libertad, decíamos, está la música, que es el elemento básico que transmite un sentimiento pleno y lo inyecta en los sentidos para excitar nuestra existencia. La única literatura auténtica se concentra en la música: filtra lo superficial y genera una esencia estimulante universal que remarca el swing del tiempo absoluto. Nadie es inmune a la música a no ser que sea un mutilado sensorial.

Nadie, ni siquiera de forma consciente, podría ser inmune a tu mirada certera y a tu lengua que me hace cosquillas en una noche fría. No hay futuro porque el presente lo abarca todo, como si el hoy envolviese el tiempo y la ilusión en un satélite que eclipsase lo cotidiano. No desvirtúes su giro, rotación y traslación, que fuerzas invisibles lo guían. Encima de la garrapata estaban las palomas, y encima la vivienda digna, luego la música, y sobre todas las cosas, un satélite en compás de dos por cuatro. He cogido Rayuela para ponerte una frase ingeniosa, pero no eres la Maga y no requieres mi inocencia, ni me necesitas como dirían The Smiths, ni soy inmune al giro astronómico a ritmo de bachata.

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