Como si eso sirviese para algo


Ernesto Sábato (www.guapacho.net)

Hay libros con los que uno se tropieza casi sin darse cuenta. Me sucedió con El túnel cuando tenía unos diecisiete. Lo empecé a leer una tarde de domingo simplemente porque era más finito que sus vecinos de estantería, unas ciento veinte páginas que me absorbieron sin pedir permiso a mi voluntad. Lo abrí y empecé a leer como quién no quiere la cosa sentencias del tipo “uno se cree a veces un superhombre, hasta que advierte que también es sucio y mezquino” o “vivir consiste en construir futuros recuerdos” o “gente que andaba de un sitio a otro, como si eso sirviese para algo.” Sentencias firmes y sencillas que taladraban una mente maleable y adolescente y la llenaban de desamparo junto a otros tropiezos existencialistas como La náusea o El extranjero.

Y ahora, a los 99, ha muerto el escritor que decía que “con los años se llega a saber que la muerte no sólo es soportable sino hasta reconfortante.” Sábato ha tenido mucho tiempo para acomodarse, sin duda. Algo así le pasó también a Márai, que duró hasta los 89. Sólo que él se suicidó a esa edad. Parece casi un suicidio frustrado: a esa edad ya no tiene sentido, es como si Ian Curtis hubiese dicho “me cuesta mucho vivir, pero mejor me espero en este calvario”, ¿o pensaba durar otros noventa años? Precisamente de esa edad habla García Márquez en una controvertida novelita: “No obstante, cuando desperté vivo la primera mañana de mis noventa años en la cama feliz de Delgadita, se me atravesó la idea complaciente de que la vida no fuera algo que transcurre como el río revuelto de Heráclito, sino una ocasión única de voltearse en la parrilla y seguir asándose del otro costado por noventa años más.” Y Sábato, a menos de dos meses de hacerse centenario, ha optado por voltearse pero hacia el otro lado.

Hormiguitas negras


Ana María Matute (laclavecultural.blogspot.com)

Todo está relacionado. En mi pueblo, para exagerar y separar conceptos totalmente dispares, dicen ¡pero qué tendrá que ver el tocino con la velocidad! Pues mira por dónde, mucho, porque cuanto más tocino tengas en los michelines menos velocidad alcanzarás. Y eso que es una frase hecha para burlarse de conceptos imposibles de relacionar. Todo está relacionado. También Ana María Matute y Tony Soprano.

Ayer, Ana María Matute pronunció su obligado discurso en la ceremonia de entrega del Premio Cervantes. La escritora, tan sencilla en su “vida de papel”, con esa humilde fragilidad nada disimulada, dictó un emotivo alegato en pos de la imaginación, de la invención, del mundo que habita en nuestro interior. Una lectora siempre sorprendida: “¿cómo es posible que de aquellas páginas de papel, de aquellas hormiguitas negras que las surcaban se levantara un mundo ante mis ojos, mis oídos y mi corazón de niña? ¿Qué clase de magia, de sortilegio era aquel que sobrepasaba cuanto yo vivía y cuanto vivía a mi alrededor?” La puedo imaginar a sus cándidos diecinueve llamando a las puertas de la editorial Destino con el manuscrito de su primera novela “en un cuaderno escolar, cuadriculado, con las tapas de hule negro.” Tenía claro su lugar en el mundo, en su mundo de sueño y fantasía, porque “el que no inventa no vive”. Su felicidad, su pasión, era empezar con un “Érase una vez” que la arrojase al mar de la imaginación.

Entonces me acordé de Tony Soprano, protagonista de Los Soprano, jefe de una vasta familia de mafiosos americanos de pasado italiano. Pensé en la felicidad de Tony contrapuesta a la de Ana María. Cómo ella sufrió la miseria de hacer “interminables colas para conseguir pan y patatas” y, sin embargo, alcanzó su más profunda felicidad navegando entre las páginas de los sueños y las ilusiones. Y Tony, infeliz en su poder más su dinero más sus amigos más su ostentación más su mejor whisky del mundo más sus apetecibles amantes. Refugiando su fracaso personal en una psiquiatra de prestigio a pesar de tener a una esposa fiel y en una parvada de patos a pesar de tener un yate.

Como si la imaginación de Ana María tuviese más valor que todo el dinero que Tony había gastado y ahorrado en su vida. Esas hormiguitas negras.

Va de cuento

Hace un par de meses propusimos una lista con una docena de libros imprescindibles. Ahora es el turno de su hermano menor, el relato. A continuación enumeramos un puñado de relatos con los que es conveniente tropezarse alguna vez…

8. Grace (”A mayor gracia de Dios”), James Joyce, en Dublineses.

James Joyce diserta acerca de la religión y su valor moral en la cultura irlandesa narrando la historia de un borrachín dublinés -valga la redundancia- que tiene un percance debido al alcohol y al que sus amigos tratan de domesticar a través de la mediación de un sacerdote. El mejor relato del celebrado compendio de Dublineses con permiso de Los muertos.

His line of life had not been the shortest distance between two points.

7. El ojo Silva, Roberto Bolaño, en Putas asesinas.

Una narración desnuda y sincera, una prosa ágil y cotidiana con la que Bolaño narra una anécdota del Ojo Silva, un chileno que se exilia (como el autor) y vive una experiencia tremenda en la pobreza de la India.

Siempre intentó escapar de la violencia aun a riesgo de ser considerado un cobarde, pero de la violencia, de la verdadera violencia, no se puede escapar, al menos no nosotros, los nacidos en Latinoamérica en la década del cincuenta.

6. El centinela, Arthur C. Clarke.

El germen de la magnífica película 2001: una Odisea en el Espacio. Un grupo de astronautas descubre un artefacto mineral con forma de pirámide en la Luna que emite “señales” a un lugar remoto del infinito espacio. ¿Quién ha “colocado” al centinela en la Luna? ¿existen los alienígenas que reciben las señales que emite el artefacto? ¿qué propósito tiene, acaso es una señal de alarma con la misión de desactivarse cuando el Hombre llega a la Luna? En la cumbre de la ciencia-ficción, sin duda.

Los mecanismos de la pirámide, suponiendo que lo sean, son fruto de una tecnología que se halla mucho más allá de nuestro horizonte, quizás una tecnología de fuerzas parafísicas.

5. Los crímenes de la Rue Morgue, Edgar Allan Poe.

Una mujer y su hija son brutalmente asesinadas en su apartamento parisino. Hay que buscar al culpable y, para ello, la policía contrata al analítico detective Auguste Dupin, precursor del gran Sherlock Holmes. Dupin traza una explicación asombrosa del crimen en este relato detectivesco y tan negro como el resto de la prosa de Poe.

Así como el hombre robusto se complace en su destreza física y se deleita con aquellos ejercicios que reclaman la acción de sus músculos, así el analista halla su placer en esa actividad del espíritu consistente en desenredar.

4. El Aleph, Jorge Luis Borges, en El Aleph.

El Aleph es la obra maestra de un maestro del cuento, simplemente. Un relato genial y complejo que se pregunta acerca de la existencia y la eternidad a través del “aleph”, un punto en el espacio que contiene todos los demás puntos.

La escalera del sótano es empinada, mis tíos me tenían prohibido el descenso, pero alguien dijo que había un mundo en el sótano. Se refería, lo supe después, a un baúl, pero yo entendí que había un mundo.

3. El Principito, Antoine Saint-Exupery.

Poco se puede descubrir sobre este relato largo o novela corta que abarca en tono aparentemente infantil cuestiones como el sentido de la vida, el valor de la amistad y el amor. El príncipe del asteroide B 612 forma ya parte del imaginario colectivo e, incluso a pesar de su empalagosa omnipresencia, sigue manteniendo su sencilla trascendencia.

Conozco un planeta en el que vive un señor muy colorado. Nunca ha olido una flor. Nunca ha contemplado una estrella. Nunca ha amado a nadie. Nunca ha hecho otra cosa que sumas. Se pasa el día diciendo, como tú: “¡Soy un hombre serio! ¡Soy un hombre serio!”, lo que le hace hincharse de orgullo. Pero eso no es un hombre, ¡es un hongo!.

2. El perseguidor, Julio Cortázar, en Las armas secretas.

Extenso relato en el que Cortázar rasca en el alma humana narrando la decadencia de un saxofonista borracho y bohemio llamado Johnny Carter, inspirado en el gran Charlie Parker. Se desgrana su contradictoria personalidad y cómo logra encontrar en su genio musical el sentido último de la existencia. El estilo literario es avasallador, magnífico y directo, nada retórico.

De golpe dejó de tocar y soltándole un puñetazo a no sé quién dijo: “Esto lo estoy tocando mañana.”

1. 19 de diciembre de 1971, Roberto Fontanarrosa, en Cuentos e historias.

De largo el mejor relato sobre fútbol de la historia. Una narración directa y vibrante acerca del secuestro del viejo Casale para llevarlo a un partido de fútbol crucial en la pasional Argentina, patria del autor. Un ejemplo de cómo transmitir la pasión por el fútbol y los sentimientos que conlleva.

Yo iba a llevar, por supuesto, el gorrito que venía llevando a la cancha todos los últimos partidos y no me había fallado nunca el gorrito. A ése lo iba a llevar, era un gorrito milagroso ése. El Coqui iba a ir con el reloj cambiando de lugar, o sea en la muñeca derecha y no en la izquierda, porque en un partido contra no sé quién se lo había cambiado en el medio tiempo porque íbamos perdiendo y con eso empatamos.

Altheia #04

Ni siquiera se ha cumplido un año del día en el que lanzamos el primer número de la revista Altheia, editada por la Asociación Juvenil Altheia de Villaescusa de Haro. Desde entonces han sido muchos y muy variados los artículos que han encontrado cobijo bajo esta discreta publicación local y, de hecho, nos disponemos en breve para el lanzamiento del cuarto número de Altheia. Cada vez, si cabe, con más ilusión y con el peligroso convencimiento de que el listón está cada vez más alto.

Pero no desvelaremos ningún secreto antes del sábado 23 de abril, precisamente el Día Internacional del Libro, salvo la portada:

portada04
Portada del cuarto número de Altheia (abril 2011).

Un profeta cabreado (o a medio cabrear)

Retrato de un erudito agricultor
Retrato de Adolfo Martínez (julio 2010).

Y es que el hombre actual es aquel bárbaro antiguo pero sin su grandeza, un bárbaro que ha perdido la inocencia; ésta se pierde cuando se descubre una gran mentira, cuando se descubre una traición, o cuando el Gran Tontaina te convence de que lo que hay que hacer es desmitificar. Por desgracia, estos hallazgos no traen madurez ni sabiduría sino dureza y malicia. Os apunto una aproximación a la grandeza, o a ser hombre simplemente, no lo sé: aquél que a pesar de todo mantuvo su inocencia.

El hombre de hoy no se pregunta, afirma. Y es pasmosa la zafiedad y la delectación con que esta sociedad contempla una maniática e inepta maniobra de acoso y derribo de lo sagrado, último asidero del ser humano. Nos rodea la necedad como una espesa niebla y no nos damos cuenta porque, como entonces, nos anestesian con pan y circo y nos sucede como a la nariz saturada de malos olores, que ya no huele.

[Los profetas cabreados, Adolfo Martínez, 2011]

P.S. Ediciones La Discreta presentó el sábado pasado en Villaescusa de Haro dos libros nuevos y sorprendentes: “Los papeles secretos de La Discreta” y “Los profetas cabreados”. Este último, publicado sin conocimiento de su autor, Adolfo Martínez, de quién ya se ha hablado por aquí alguna vez a raíz de su libro “Erótica urbana” y de la exposición veraniega que hizo de algunas esculturas y cuadros propios. “Los profetas cabreados” contiene un compendio de textos variados que van del pregón de fiestas de su autor en la ya nombrada villa hasta el texto que elaboró su editor para la presentación del libro “Erótica rural” pasando por diferentes relatos del erudito villaescusero.

¿Por qué leer?

Porque leer es algo más que una afición o un entretenimiento; como respirar, es una de nuestras funciones esenciales. Como dice el filósofo toledano José Antonio Marina, privarse de la lectura coarta el conocimiento y nos empobrece, al mismo tiempo que nos hace menos inmunes a la estupidez y el fundamentalismo, por ende nos convierte en presas fáciles de la consigna, del eslogan publicitario. Al fin y al cabo, en meras marionetas de los manipuladores medios de comunicación.

Por su parte, José María Pérez Álvarez afirma que fue aprendiendo lo poco que sabía por las novelas, por los libros que le abrieron los ojos; que existían el amor y la amistad, el rencor y la nostalgia, el miedo y la melancolía, pero sólo cuando esas pasiones estuvieron reflejadas en las páginas de un libro comprendió la exactitud de su existencia. Y es que aprender a comunicarse con eficiencia y a expresar sentimientos con fidelidad requiere en gran medida de la capacidad de expresión, y ésta de páginas y páginas de lectura. La lectura fortalece los pilares del puente a la comunicación y esquiva los malentendidos dado que incrementa la capacidad de argumentar y de atender a argumentos.

Por si todo esto se calculase insuficiente, el libro permite conocer los valores, los saberes y, en definitiva, el imaginario de la humanidad. El libro abriga, que diría el recientemente fallecido Francisco Umbral. Abriga si hace frío, y si no, entretiene, descubre, en última instancia, enseña. Como colofón, la opinión de Lorenzo Silva al respecto: “no leyendo sabemos menos, podemos expresar menos, podemos pensar menos. O sea: somos menos”.

P.S. Fragmento de un artículo que escribí hace años para una revistilla culiparda que rescato ahora para dedicarlo a los Nirtos. Por no conocer el secreto de la lectura y ser felices en su hercúlea ignorancia.

Una docena de libros

Creo que por primera vez vamos a hacer una lista por aquí. Una lista con la docena de libros que más me han impactado o más me alegro de haber leído o, mejor, los doce libros que con más cariño guarda mi memoria a día de hoy (seguro que mañana ha cambiado alguno). En muchas ocasiones se nos pregunta por alguna recomendación y uno siempre se queda en blanco, sin saber qué proponer, escarbando en la memoria en busca de esa novela infalible. Espero que esta lista sirva al menos para tener en mente esta docena de maravillas. Allá vamos…

Just a little rest
Libros y lugar para leerlos (febrero 2010).

12. Mortal y rosa. Paco Umbral.

Umbral en su máximo esplendor lírico y en su momento más jodido, la muerte de su hijo: “Tengo miedo, ahora, de tocar el desorden frágil y abandonado de tus juegos, hijo, porque no se me desmorone el alma y por no rectificar el azar sagrado de tu vida.” Un monólogo interior delicioso y poético acerca de toda una vida pero que, sin embargo, suele acabar hastiando a muchos lectores por su barroquismo.

Antes, cuando era un escritor joven y responsable, quería describir minuciosamente las situaciones, los lugares. Luego comprende uno que basta con dar un olor o un color. Al lector le basta. Al lector le sirve todo esto mucho más. Dice Baroja de una calle que era larga y olía a pan. Ya está. Un largo olor a pan. Para qué más. El arte descriptivo, minucioso, es pueril y pesado. El arte expresivo, expresionista, aísla rasgos y gana, no sólo en economía, sino en eficacia, porque arte es reducir las cosas a uno solo de sus rasgos, enriquecer el mundo empobreciéndole, quitarle precisión para otorgarle sugerencia.

11. El libro del desasosiego. Fernando Pessoa.

Se vende como la autobiografía de Bernardo Soares, alter ego de Pessoa, y se puede resumir como la visión del mundo del escritor portugués a través de un compendio de fragmentos, ideas, reflexiones filosóficas y anécdotas. Un libro con ideas brillantes acerca de la vida desde un punto de vista entroncado con el existencialismo más puro y deprimentemente pesimista. Si al terminar el libro eres capaz de amar este mundo y la sociedad que lo habita, entonces eres sobrehumano.

Con pequeños malentendidos con la realidad construimos las creencias y las esperanzas, y vivimos de las certezas a las que llamamos panes, como los niños pobres que juegan a ser felices.

10. Los tres mosqueteros. Alexandre Dumas.

Una novela de aventuras en toda regla, perfecta desde la concepción hasta el engranaje psíquico que mueve a cada uno de los personajes en busca de sus metas vitales. Es imposible olvidar al bruto Porthos, al delicado Aramis, al sensato Athos o al célebre D’Artagnan. Y mucho menos al cardenal Richelieu. Desde 1844 no se ha inventado otra forma mejor de divertirse.

Aún eres joven -le dijo Athos- y tus amargos momentos tienen tiempo para convertirse en dulces recuerdos.

09. Bajo las ruedas. Hermann Hesse.

Una novela que repasa la vida de un estudiante ejemplar y cuidadosamente educado. Una devastadora crítica hacia el sistema educativo y su forma de enfocar el desarrollo de una persona, vista como el sumatorio de los conocimientos adquiridos pero aislada de cualquier capacidad moral o crítica. Todavía resuenan en mi conciencia esas palabras del profesor al alumno: “esfuérzate, muchacho, si no se acaba bajo las ruedas.”

El profesor. Su deber y la misión encomendada a él por el Estado son domar y segar en el joven los toscos apetitos y las fuerzas de la naturaleza, y plantar en su lugar ideales comedidos, tranquilos y reconocidos por el Estado.

08. Cien años de soledad. Gabriel García Márquez.

El mejor exponente del realismo mágico, una historia en la que se entremezclan las vivencias de varias generaciones de habitantes de Macondo, esa ciudad ya en el imaginario colectivo, donde un personaje puede vivir cientos de años y un protagonista morir atado a un árbol como si fuese un perro en la más absoluta soledad. Combina la reflexión con una prosa de agilidad pasmosa.

Terminó por recomendarles que se cagaran en Horacio, y que en cualquier lugar en que estuvieran recordaran siempre que el pasado era mentira, que la memoria no tenía caminos de regreso, que toda primavera antigua era irrecuperable, y que el amor más desatinado y tenaz era de todos modos una verdad efímera.

07. La madre. Maximo Gorki.

Novela que narra la lucha de una madre en favor del socialismo ruso de principios del s. XX y en la que el hijo de dicha mujer se convierte en uno de los principales arietes revolucionarios de su ciudad. Este libro hace apología de un socialismo puro y utópico y resulta fundamental para entender los entresijos de las revoluciones comunistas, sus motivos y sus aspiraciones. Esta novela ha sido explotada hasta la extenuación, pero todavía conserva una lectura fresca y probablemente necesaria.

¿Hay en el mundo algún alma que no haya sido ofendida? A mí me han ultrajado tanto que estoy cansado de ofenderme. ¿Qué vas a hacer si la gente no puede proceder de otro modo? Las ofensas entorpecen el trabajo; si se detiene uno ante ellas, se pierde el tiempo en balde. ¡Así es la vida! Yo, antes, a veces me enfadaba con la gente, pero lo pensé mejor y vi que no valía la pena. Cada cual teme el golpe del vecino y trata de alumbrar la bofetada del primero. ¡La vida es así madrecita mía!

06. El extranjero. Albert Camus.

Dice tanto en tan poco. Una novelita de esas que tienen pocas páginas pero pesan como losas. El protagonista se siente al margen del mundo, de la vida, todo le parece absurdo y se siente un “extranjero” en su vida cotidiana. ¿Cómo afronta la vida alguien para quién todo es indiferente? Existencialismo crudo, crudo.

Hoy ha muerto mamá, o quizá ayer. No lo sé.

05. Crimen y castigo. Fiodor Dostoievski.

¿Quién no conoce la historia de Rodión Romanovich Raskolnikov? Ese joven estudiante ruso que comete un crimen y se debate a lo largo y lo ancho de la obra acerca de las consecuencias éticas y morales de su homicidio. Mata a una usurera, lo que irónicamente podría plantearse como una lectura muy de moda en esta crisis en la que tantos querrían matar a su banquero. Esta novela clásica del s.XIX tiene uno de los finales mejor narrados de la historia de la literatura.

Tiene tres opciones: el suicidio, el manicomio o sumirse finalmente en la depravación que enturbia la mente y petrifica el corazón.

04. El último encuentro. Sándor Márai.

Novela insignia del escritor húngaro Sándor Márai en la que dos abueletes que habían sido amigos íntimos se reencuentran después de muchos años y pasan una larga velada, desnuda y emotiva, repasando los entresijos de su vida. Difícilmente se puede reflexionar con más lucidez y sencillez acerca de grandes tópicos como la muerte y el amor. Una meditación que emociona, aunque mucha gente dice que se debe leer en la madurez.

La pasión no conoce el lenguaje de la razón, ni sus argumentos. Para una pasión, es completamente diferente lo que reciba de la otra persona: quiere mostrarse por completo, quiere hacer valer su voluntad, incluso aunque no reciba a cambio más que sentimientos tiernos, buenos modales, amistad y paciencia. Todas las grandes pasiones son desesperadas: no tienen ninguna esperanza, porque en ese caso no serían pasiones, sino acuerdos, negocios razonables, comercio de insignificancias.

03. Ciudadela. Antoine Sáint-Exúpery.

Un mastodonte. Un libro en el que el autor de El Principito puso toda la carne en el asador para cocinar una visión de la vida, de la organización social, del sacrificio y de cualquier asunto terrenal y divino. No fui capaz de leer más de 8-10 páginas por hora porque cada párrafo contenía más sabor que muchos libros completos. Cambia tu visión del mundo, pero a cambio te pide un esfuerzo sobresaliente.

Porque me había nutrido para vivir, había vivido para conquistar, y había conquistado para retornar y meditar y sentir mi corazón más vasto en el reposo de mi silencio.

02. Los detectives salvajes. Roberto Bolaño.

Roberto Bolaño es un mundo. Un escritor con una prosa ágil y poética que va dejando un reguero de migas de sabiduría como quién monda pipas, y ahí radica su mérito, en no dárselas de fanfarrón, sino en contar historias con una sencillez que sugiere más que muestra. En concreto, esta novela narra las aventuras de un grupo de jóvenes poetas lationamericanos y la búsqueda de una pionera poetisa revolucionaria. Magistralmente original en su concepción y en su prosa.

Hay momentos para recitar poesías y hay momentos para boxear.

01. Rayuela. Julio Cortázar.

El grandote argentino traza una novela experimental abrumadora y con una lírica deliciosa que cambia la idea que uno tiene de la literatura. A las doce páginas ya sabes que nunca habías leído un libro con esa carga poética y luego te das cuenta de que en Rayuela caben muchos registros y muchas reflexiones. Cada sorbo es un placer.

¿Qué punto de comparación tenés para creer que nos ha ido bien? ¿Por qué hemos tenido que inventar el Edén, vivir sumidos en la nostalgia del paraíso perdido, fabricar utopías, proponernos un futuro? Si una lombriz pudiera pensar, pensaría que no le ha ido tan mal.

P.S. Y ahora supongo que es el turno de que los lectores añadan su propia docena de libros.

O un Bloody Mary y un Dry Martini

No siempre ganas
Tarde primaveral en las Tablas de Daimiel (mayo 2010).

Si Dios me pide un Bloody Mary y vamos a estar un rato juntos, lo más probable es que le diga que creo que se ha equivocado, que yo prefiero tomar cualquier otra cosa, aunque no sé qué tal le sentará el reproche. A fin de cuentas un descuido lo tiene cualquiera.

Y si después charlamos juntos, le confesaré que me fascina cómo creó el mundo, esa asombrosa perfección en los asuntos de la naturaleza: todo eso del 1,618, la sincronía en el movimiento de los planetas giro tras giro (rotamos a más de 1500 Km/h y ni nos damos cuenta), la complejidad y especialización de todos los elementos de algo tan diminuto como una célula (sigo sin entender que ahí quepan ¡dos metros! de información genética), la magia de que a partir de un espermatozoide y un óvulo se generen diferentes tejidos y órganos y luego sentimientos y pensamientos, las alas para volar que puso a las palomas, las flores que se reproducen sin hacer nada.

Luego espero que me permita preguntarle con qué elemento inventó el sacrificio, porque no concibo a una persona compitiendo en un iron man (ale, a nadar 4 Km., otros 180 Km. en bici y a correr 42 Km.) con su hijo discapacitado a cuestas. Por qué algunos valientes o inconscientes o iluminados invierten su vida en los más miserables y sacrifican hasta la última gota de su sudor y de su sangre y otros simplemente se preocupan de generar dinero y no quedarse solos una noche a los setenta. Y encima sospecho la paradoja de que los primeros se sienten más identificados con versos como: “tengo tanta hambre de vida / que me la como a dentelladas / y sin descongelar / lo suficiente.”

Y luego espero que me permita preguntarle de qué material fabricó el olvido. Por qué mi ordenador siempre recuerda lo que le dije y, sin embargo, mi memoria es tan frágil. Dicen que Kant tenía una nota sobre su mesita que leía todos los días y en la que había escrito “Debo olvidar a Lampe.”

Y al final, antes de que se vaya, espero atreverme a preguntarle si sería tan amable de cederme tus planos. Para replicarte.

Look left on the road

Look Left or Follow the Arrow
Look left or follow the arrow, Dublín (diciembre 2010).

Sí, aquel inolvidable On the road, esa novela vital de Jack Kerouac sobre la que no merece la pena hablar, simplemente leer y descubrir. Como Bolaño o Saint-Exupery, se te quedan ahí, reposando años después en algún sitio de ti mismo. No sabes dónde ni qué dejaron, pero están. Como esa pregunta de Kerouac a una camarera en el camino “¿que qué le pido a la vida? No lo sé, sólo atender las mesas e ir tirando.” Así, tan desolador, o no, como si se hubiese desprovisto de cualquier atisbo de futuro, o no quisiese buscar otro más estimulante, simplemente follow the arrow. Una camarera con un sentido común tan rotundo como la María Teresa Solsona de Los Detectives Salvajes, también camarera y culturista por afición. Una mujer que había acotado sus perspectivas para ceñirse a un estrecho marco vital en el que había metido todo lo que le incumbía con un pragmatismo abrumador. Como si fuese fácil desprenderse de las cosas que menos nos importan, como si los pequeños detalles se pudiesen obviar. Ambas sabían que había un mañana y no iba a ser ni mejor ni peor que ese hoy. Y luego estaban los desorientados, los Kerouac, los Arturo Belano, “yo no tenía nada que ofrecer a nadie, excepto mi propia confusión.”. Los que leen ese Look left y se lanzan a contracorriente pensando que no hay mañana y luego se dan cuenta de que lo que no hay es un hoy. Tan desnudos e indefensos que el tráfico les viene de cara y encima no tienen las instrucciones del juego. Al final no les queda más remedio que aceptar el ir tirando.

Una transformación, o dos

Intimidad
Ikea e iPod, baluartes de la globalización (abril 2010)

Era como la luz anaranjada de las farolas de algunos pueblos manchegos, sobria pero con aires de íntima calidez. Una habitación así, tenue, vaporosa. Una cama amplia y algodonosa. Mientras ella se descalzaba sus largas botas de forma desapasionada o quitando hierro al asunto o desentendiéndose de mi intención, me llamó la atención ese libro sin título sobre una moderna mecedora de llamativa funda roja. Lo abrí y leí al azar: blablabla y “en mi transformación no existía el menor deseo de conflicto o rebelión, sino solo el propósito de un desamarre sin rumbo.”

Plas. En el clavo. Justo lo que me rondaba los últimos meses durante las tardes de niebla y oscuridad. Y ni siquiera había sido capaz de poner nombre a mi silenciosa metamorfosis, tan bien definida ahora gracias a un libro sin título. Una revolución pacífica que desea un cambio profundo sin el temblor de ningún elemento cotidiano, como si uno quisiese una larga noche de amor en una cama y que al día siguiente las sábanas siguiesen intactas, algo así. Y yo ansiaba una mansa metamorfosis, no brusca como la del bicho raro ese, no un abismo entre dos vidas, sino un dejar hacer a las olas del mar o de la sociedad o de mi capricho.

Y en ese momento ella regresó de desmaquillarse del baño convertida en una mariposa y ya me daba igual ser cucaracha, larva o no saber si me abrirían en casa transformado en insecto. Cerramos la puerta.

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