La España Vacía

Sin título

Tierra de conquistadores,
no nos quedan más cojones,
pues si no quieres irte lejos,
te quedarás sin pellejo.

[Extremaydura, Extremoduro]

Es cómodo esperar a que llegue la Navidad para que críticos y escritores publiquen sus listas de lo mejor del año que finaliza y así no errar en los regalos navideños. Con el paso de los años resulta relativamente sencillo inferir, a partir de una breve reseña de esos libros top, los que merecen la pena de los que son productos puramente comerciales y de los que tratan asuntos ajenos a mis inquietudes. Hace unos días revisé las lecturas que habría lamentado perderme en 2016 de Enric González, con lo que me remití al genial artículo En la España sin nadie de Antonio Muñoz Molina. Y así, sin más retórica, decidí regalarme “La España vacía”.

“La España vacía: viaje por un país que nunca fue” es un extraordinario ensayo de Sergio del Molino (Madrid, 1979, 37 años) que estudia el éxodo a las ciudades, sobre todo el fenómeno producido entre los años 50 y 70 al que llama “El Gran Trauma”, y las consecuencias del vaciamiento de gran parte del interior de la península. Sin ir más lejos, recomiendo echar un vistazo a este gráfico de la evolución de la población en Villaescusa de Haro, donde se ilustra con triste clarividencia el gran trauma.

Sergio del Molino describe con tremenda sensibilidad el desamparo del interior de la península afectado por la despoblación, una región mesetaria sin mar ni playa que ocupa más de la mitad de la superficie de España y, por contra, solo cuenta con el 15% de la población. Junto a Laponia y el norte de Suecia, la tercera región más deshabitada de Europa. A través de un lenguaje preciso y literario y desde una mirada atenta, didáctica y sensible, analiza un fenómeno que incide en el carácter español de forma muy notable, desde nuestra asepsia patriótica hasta nuestros vínculos familiares.

En cualquier caso, no es intención del autor limitarse al éxodo franquista, sobre todo porque es consciente de que “la confrontación entre una España rural y una España urbana es anterior a la revolución industrial y a cualquier éxodo campesino”. De hecho, subraya que “hay una corriente de fondo que observa el campo como un espacio salvaje. La civilización frente a la barbarie”. Sin ánimo de ofensa, el escritor relata algunos de los episodios de la España negra, miserable y bárbara como Fago o Puerto Hurraco: “pienso en las historias de violencia que todas las comunidades pequeñas contienen. Los odios de siglos, las rencillas que el roce y la moral de vía estrecha acentúan, el aburrimiento. Todo se reduce a una cuestión de heterofobia. Concluye que la falta de estímulos sensoriales provoca efectos devastadores sobre los individuos y propicia la aparición de trastornos mentales. En el entorno hermético y diminuto del pueblo, las tensiones y disputas se magnifican hasta niveles insoportables.

Se incide en el paisaje y el concepto de mar de tierra, imagen ampliamente utilizada en la literatura española. Como si los habitantes de estas latitudes fuésemos marineros cuasi náufragos, “campesinos pobres desperdigados por una meseta de clima hostil”. Subraya que en esta relación, los pobres, cuando consiguen contarse a sí mismos, escoran el punto de vista hacia la dignidad, el esfuerzo y la honradez.

Del Molino huye del elogio de aldea (beatus ille) para mostrar con desnuda crueldad la desesperanza de la vida rural y el abandono político de nuestro campo. Por mi posición política y mi actitud vital no me quedó más remedio que aplaudir las atinadas observaciones del joven escritor, cruelmente sinceras, tras la lectura de algunos párrafos. Y eso que advierte que “no pertenezco al lugar y tiendo a idealizarlo, a caricaturizarlo o a explotar su pintoresquismo”. Más aún: “es muy difícil viajar a la España vacía sin la aprensión del explorador de lo exótico o sin la ilusión del misionero que va a salvar a los indios”. Lejos de esas premisas, se ha de reconocer una exhaustiva labor de investigación que salta entre referencias a Bauman y Muchachada Nui, a Lipovetsky y Extremoduro, al teatro de la Barraca de Lorca y Amanece que no es poco. Todo junto en un ejercicio casi de autopsia de un país.

Al final, en palabras del autor, la España vacía resulta ser un mapa imaginario, un territorio literario, un estado (no siempre alterado) de la conciencia; un frasco de las esencias que, aunque esté casi vacío, conserva perfumes porque se ha sellado muy bien. Fueron muchas las familias que emigraron a la periferia de las ciudades en los años ya citados pero que siguen teniendo el pueblo como referencia nostálgica, aunque Del Molino recuerde que “la nostalgia es una expresión suave y resignada del miedo”. Al fin y al cabo, aunque los pueblos se vacían, existir en la memoria es una de las formas más poderosas de existencia que conocen los humanos”.

***

Compré “La España vacía” desde un rincón conquense de esa España vacía en las que las carreteras se hacen para huir y no para venir. Amazon me lo envió en apenas dos días; el transportista de Seur ya conoce el camino a casa. Pienso en lo díficil que me resulta creer ciertos capítulos del libro, aunque en realidad creo que acierta Sergio del Molino en sus apreciaciones al respecto de la vida rural, si bien notablemente más matizadas y suavizadas de lo que la literatura le exige.

Intento identificar los inconvenientes que tiene vivir en la desértica meseta. Hace mucho frío en invierno. No hay mercadona. Solo hay un bar abierto cuando salgo del trabajo. El cine está a media hora y el aeropuerto a hora y media. Ayer rompí las cuerdas de la raqueta jugando al frontón y tendré que recorrer más de veinte kilómetros para encordar de nuevo la raqueta.

Enormísimo cronopio

Se cumplen cien años del nacimiento de Cortázar. Cuando yo era universitario, no sé si hace diez años o diez siglos, promovíamos en la residencia de estudiantes de vez en cuando actividades culturales después de cenar, generalmente “cinefórums” (algunos todavía están buscando dónde cayó el hueso que lanzó el mono junto al monolito de “2001″, y dos siguen debatiendo si Rick Deckard es un replicante). Una de esas noches se planteó un pequeño homenaje a Cortázar con lectura de fragmentos de sus textos y el visionado de la entrevista que le hizo Joaquín Soler Serrano en el programa “A fondo”. Al terminar de cenar un chaval de la residencia me preguntó: “¿ese señor del cartel va a venir esta noche a leer?”. Y estábamos en la universidad, educación “superior”.

Leímos “El almuerzo”, entre otros:

No sin trabajo un cronopio llegó a establecer un termómetro de vidas. Algo entre termómetro y topómetro, entre fichero y curriculum vitae. Por ejemplo, el cronopio en su casa recibía a un fama, una esperanza y un profesor de lenguas. Aplicando sus descubrimientos estableció que el fama era infra-vida, la esperanza para-vida, y el profesor de lenguas inter-vida. En cuanto al cronopio mismo, se consideraba ligeramente super-vida, pero más por poesía que por verdad. A la hora del almuerzo este cronopio gozaba en oír hablar a sus contertulios, porque todos creían estar refiriéndose a las mismas cosas y no era así. La inter-vida manejaba abstracciones tales como espíritu y conciencia, que la para-vida escuchaba como quien oye llover -tarea delicada. Por supuesto la infra-vida pedía a cada instante el queso rallado, y la super-vida trinchaba el pollo en cuarenta y dos movimientos, método Stanley Fitzsimmons. A los postres las vidas se saludaban y se iban a sus ocupaciones, y en la mesa quedaban solamente pedacitos sueltos de la muerte.

P.S. Termino de escribir esto, busco en el blog si alguna vez he escrito acerca de Cortázar y justo me encuentro una entrada plagiada inconscientemente (¡incluso en el título!).

10.000 horses can’t be wrong

Goal
Capilla del Convento de los Dominicos a la intemperie.

Si la naturaleza le ha creado como murciélago,
no pretenda ser un avestruz.

[Demian, Hermann Hesse]

¡He perdido mi gotita de rocío!
Dice la flor al cielo del amanecer,
que ha perdido todas sus estrellas.

[Rabindranath Tagore]

“Diez mil caballos no pueden estar equivocados” titula Simian Mobile Disco uno de sus discos. Y me lo cuestiono. Muchos miles de españoles van al cine a ver “Pringados en autobús”, muchos miles escuchan a Andy y Lucas incluso en la intimidad, muchos miles sólo (con tilde, maldita RAE) han leído “El código Da Vinci” y esperan otro best-seller de esas hierbas para agarrar una novela. Creo que esos “miles” son los mismos repetidos, lo cual no daría para una minoría absoluta como decía Juan Ramón Jiménez sino para una aproximación a la nulidad absoluta mayoritaria. En esa denominación también entran, sin prueba de acceso, los que no arrancan los protectores de plástico de las pantallas de aparatos electrónicos, los que no beben cerveza en verano, los que bajan en ascensor para salir a correr y los que han “empezado” a ver The Wire “alguna vez”. Ayer me tropecé con un soplo de esperanza cuando vi que The Wire tenía una valoración media de 8,8 en FilmAffinity. Minipunto para la dictadura de la democracia, la mayoría.

Paréntesis. Treme también tenía muy buena puntuación, merecida. Empecé a verla por David Simon con gran escepticismo por su “parto” anterior, y qué injusto fui. Nunca he escrito sobre Treme porque es una serie donde el hilo argumental lo entretejen los sentimientos de un abanico de personajes que se vuelven carismáticos al espectador a medida que van pasando los capítulos. Y cuando terminé la segunda temporada estaba tan impactado que ni me atreví a plasmarlo en una entrada. Sólo escuchaba de fondo el sonido del estribillo del himno de guerra del Gran Jefe y el trombón de Antoine Batiste y el violento discurso político de Bernette a través de YouTube y la dulce voz de Annie cantándole al viejo Harley, cuya guitarra tenía una pintada en su cajetín en la que se leía This machine floats. En Nueva Orleans, tras el Katrina. Y no es que todos esos personajes se vuelvan carismáticos de repente, simplemente son personas normales con comportamientos normales: puedes tener que emigrar si tu negocio no funciona o puedes enamorarte sin remedio y ser correspondido, y entonces el enamorado tiene que acercarse periódicamente al buzón de la emigrante para recoger la correspondencia. O puedes ir a pescar para alejarte de tus fantasmas y hacer terapia anti-drogas. Puede parecer paradójico pero lo cotidiano es emocionante. Treme es sensible, no vayas sino a acariciarla. Fin paréntesis.

Diez mil caballos suelen estar equivocados. Trotan en la dirección del caballo con jinete. Y aunque el jinete desconozca el deseo de la manada trotona, esa masa fluye como un líquido en el que él mutase en atracción gravitatoria para darle consistencia. Eso no es sumisión, es física y es naturaleza. El problema aparece cuando un avestruz monta al caballo y una cría de koala se agarra al cuello del avestruz y sobre ella un murciélago descansa sosteniendo una garrapata en una de sus alas plegadas. El problema viene cuando la garrapata decide el designio de diez mil caballos. El pivot griego del Barça se llama algo así como Microcefalidis, perfecta denominación para nuestra garrapata.

En ningún momento la garrapata prometió a la manada que los guiaría al paraíso. A Microcefalidis no le interesa la justicia ni el destino, si es que esas cosas se pudiesen definir. Tampoco yo he prometido a la bandada de palomas una vivienda digna en lo alto del convento de los dominicos de forma perenne. Un día, más pronto que tarde, deberán emigrar y abandonar sus panorámicas de lujo. El cielo como apetecible destino, aunque el amanecer le robe las estrellas y le deje el sueño. Tanta paz llevéis como palomina dejáis.

A mí tampoco me prometieron vivienda perenne, ni siquiera me lo prometió la garrapata Microcefalidis, y mejor así porque en tal caso dormiría siestas largas. Cada vez más largas. He llegado a la edad en la que el dinero sobrepasa a la gente trabajadora de mi generación, y por eso piensan si el ratio coste-disfrute merece la pena en una excursión, compran por internet porque cuesta tres con cincuenta más barato y echan cuentas hasta que convierten hipoteca y futuro en dos palabras sinóminas. Cínico el que lo niegue. Poner la vista en el mañana es innegociable, pero sin coartar el hoy. Me enamoró esa frase que leí hace pocos días: “acumular dinero es comprar la inocencia de tus hijos.” Ahora te toca calibrar el valor de la inocencia y de la libertad, tarea no trivial.

Tengo que abandonar el telediario y la prensa. El Papa admite la existencia de un lobby gay en el Vaticano. Un desvariado asesina y descuartiza a su mujer y la congela junto a las croquetas. Snowden certifica que Obama lo sabe todo de nosotros gracias a un despiadado espionaje de nuestra intimidad. Aparece la rabia. Messi nos roba. Mandela se desgrana. Grecia clausura la televisión pública. Tengo que acordarme de sintonizar Teledeporte.

Y por encima de la inocencia y la libertad, decíamos, está la música, que es el elemento básico que transmite un sentimiento pleno y lo inyecta en los sentidos para excitar nuestra existencia. La única literatura auténtica se concentra en la música: filtra lo superficial y genera una esencia estimulante universal que remarca el swing del tiempo absoluto. Nadie es inmune a la música a no ser que sea un mutilado sensorial.

Nadie, ni siquiera de forma consciente, podría ser inmune a tu mirada certera y a tu lengua que me hace cosquillas en una noche fría. No hay futuro porque el presente lo abarca todo, como si el hoy envolviese el tiempo y la ilusión en un satélite que eclipsase lo cotidiano. No desvirtúes su giro, rotación y traslación, que fuerzas invisibles lo guían. Encima de la garrapata estaban las palomas, y encima la vivienda digna, luego la música, y sobre todas las cosas, un satélite en compás de dos por cuatro. He cogido Rayuela para ponerte una frase ingeniosa, pero no eres la Maga y no requieres mi inocencia, ni me necesitas como dirían The Smiths, ni soy inmune al giro astronómico a ritmo de bachata.

Evolución o Involución

Sala de armas
Sala de armas del Castillo de Belmote, el pasado y quizá el futuro.

You’re too old to lose it,
too young to choose it.

[Rock'n'Roll Suicide, David Bowie]

Es complicadísimo plasmar una evolución en una manifestación artística, a pesar de que gente como Cervantes lo consiguiera con su Alonso Quijano o John Ford con el misterioso hombre que pudo matar a Liberty Valance. Jaume Cabré lo consigue en “Yo confieso” aunque el esfuerzo le haya supuesto casi una década de trabajo y seguramente múltiples quebraderos de cabeza en el ambicioso propósito de hilvanar la evolución psicológica de un personaje con un complejo entramado de historias entrecruzadas a través de la Historia: de monjes en monasterios de la Edad Media al Holocausto o la vida actual en una universidad catalana; y ambos esfuerzos tocados por una prosa especialmente atractiva. Es una novela sin artificios que no merece la pena reseñar, sólo agarrar el mamotreto y atreverse a sumergirse en el mundo de Cabré, aunque su envergadura evitará que te la lleves a la cama.

Preferible a día de hoy acercarse a esos mundos que a otros de asfalto, calorías y euros. Con tanto periodismo actual, democratizado gracias al internet, ya sobran nuestras opiniones de otros temas de actualidad que abundan en periódicos y blogs. Esta semana se han publicado dos columnas de dos escritores antagónicos y siempre controvertidos que considero reseñables: Discurso de Rajoy (versión descartada) de José A. Pérez y Somos lo que somos de Salvador Sostres:

“Lo cierto es que, durante décadas, en España hemos potenciado la cleptocracia, la cultura del pelotazo y la corrupción en todos los estamentos sociales. También en el político. Todos los gobiernos han apostado por la burbuja, el pelotazo y la especulación. Por la picaresca y la ley del mínimo esfuerzo. Ni siquiera hemos sido capaces de llegar a pactos mínimos de pura responsabilidad institucional, como el de la educación.”

“En contraposición tenemos alegría, sol y fútbol. Una imponente gastronomía, exportable y refinada, y que en estos momentos es la más interesante del mundo. Tenemos mala leche, sentido del humor, buenos poetas y una capacidad fuera de lo común para estar contentos y hasta para ser felices. Esta es nuestra realidad, entre lo genialoide y la piratería, entre el Buscón y Velázquez, entre Ferran Adrià y el Lazarillo. La belleza no está exenta de sordidez y la alegría contrasta a veces con el lacrimógeno dramón tercermundista, pero, sea como sea, tenemos el indiscutible don de saber vivir bien, aunque a veces sea limitando con la golfería.”

Cada párrafo de uno de ellos, posiblemente intercambiables. Podemos querer vivir bien y ser ricos simultáneamente, pero eso implica necesariamente esfuerzo; la otra vía es el pelotazo y la truhanería, que ha demostrado ser inviable a largo plazo. O podemos renunciar a querer ser alemanes y contar chistes sin gracia. Mientras tanto, generalizando aunque sea injusto, seguiremos apostando por la mediocridad conformista, por la demagogia populista, por el pesimismo (justificado) paralizador, por “mi” opinión infalible para que Rajoy y Del Bosque tengan éxito. Somos el bochorno y la pena.

Mejor leer a Cabré, salir a pasear al fresco o volver a soñar contigo, que ya van tantas noches que ni sé si existes o eres un fantasma en el espejo. No es que me importe mientras me entretengas las noches bochornosas de verano.

#casquería (de marfil)

Juez midiendo que la pala es reglamentaria
Juez midiendo que la pala es reglamentaria.

“Though she needs you more than she loves you”.
[The Smiths, I know its over]

“Lola Xica se pasó una semana llorando, pero salía de su cuarto disimulando con mucha habilidad el disgusto que tenía, que debía de ser inmenso. Tardé muchos años en saber por qué lloraba, pero lo que descubrí en aquel momento fue que algunos sinsabores podían durar una semana entera, y me dio un poco de miedo la vida.”

Hay autores que escriben y luego da tanta envidia leerlos que casi compensa obviarlos. Compensa si lo piensas, pero luego en segunda instancia uno no puede -ni debe- resistirse a descubrir esos encadenamientos de palabras comunes en un orden tan mágico que, sin saber por qué, emocionan. Esa cita es de “Yo confieso”, un noveloncio de más de 800 págs de un catalán llamado Jaume Cabré escrita en forma de confesión en primera persona y orientada de una forma caótica e innovadora.

El sheriff Carson, por ejemplo, es un personaje que “vive” sus aventuras y no es más que un vaquero de juguete que convive con caballos de plástico e indios de diez centímetros como Águila Negra. Igual que en la vida y en el gintonic, los sabores se mezclan y crean unos ambientes únicos. Si por algo tuviese que definir a Cabré sería precisamente por tener voz propia, que es una cosa que no se ve y parece fácil pero que, a la larga, se siente.

Como Houellebecq, el de “El mapa y el territorio”, cuyo libro me recordó la famosa cita de “2666″: “un oasis de horror en medio de un desierto de aburrimiento”. Una novela en la que el protagonista se dedica a pintar cuadros y, en un momento dado, gana 30 millones de euros por sus ventas en una exposición. Así, tan sencillo, tú pones en una frase que tu protagonista ha ganado 30 millones y ya tienes al lector pensando que qué maravilla tantos ceros y tanto dinero a mano. Carlos Slim creo que compra un cuadro en el libro, que es tan cool que incluso el autor se mete como personaje, a lo Unamuno, pero en moderno. Y Houellebecq describe a Houellebecq y se tiende una broma macabra a sí mismo hasta que termina diciendo que “por el momento la nada sólo engendraba la nada.”

Houellebecq comprende y hace comprender que la vida es difícil, que no todos somos guapos y que hay gente que se emborracha y pega a su mujer y traiciona a su compañero de trabajo para conducirlo al fracaso. Y hay faltas de ortografía, vehículos que no siguen el trazado del asfalto, muchos deseos gris oscuro, muchos. Cabré también dice que la vida da miedo, y es lo mismo.

Mientras, la gente va escribiendo en blogs o en cursos literarios de media tarde para aprender a decir que una manzana es roja cuando lo importante no es el color sino la luz que incide en la manzana o que un sentimiento de amor era tan fuerte que le bailaba el intestino delgado a través de todos los órganos internos. El amor, a la postre, es la casquería revuelta.

Otros no escriben y se lanzan a la calle, a seguir tensando la cuerda en la lucha por una definición social: qué es derecho y qué es privilegio, qué es deber y qué es esquilme. Esa delicada línea divisoria que cada uno tiende a dibujar en beneficio propio porque a todos nos interesa caer siempre de pie como los gatos. Aunque al llegar a casa da igual que sea de noche; lloras cuando acuestas a tu hijo y te pregunta “mamá, ¿qué es lo que comen las brujas?” mientras recuerdas que “leche, galletas y a ti, corazón.”

Las brujas son del gremio de las grandes revoluciones y de las grandes pasiones, pero es que cualquier pasión es una enfermedad, como correr maratones sin ir a ningún sitio, jugar varias horas diarias al ping-pong o ensayar con el oboe ocho horas diarias. Pero entonces el amor o es casquería o es enfermedad o es un elefante maduro al que le han cortado el cuerno de marfil para subastarlo al mejor postor.

Libertad y otras palabras gruesas

Libros Navidad 2012
Libros para una Navidad conquense.

“Los niños siempre han dado sentido a la vida. Te enamoras, te reproduces, y luego tus hijos crecen, se enamoran y se reproducen. Precisamente ésa ha sido siempre la finalidad de la vida. El embarazo. Más vida”.
["Libertad", Jonathan Franzen]

Si no hubiese tropezado con la reseña de El Cultural en la que se aseguraba que Libertad nacía con el signo inequívoco de los clásicos como la gran novela norteamericana del siglo XXI”, entonces no creo que la hubiese buscado y, quién sabe, quizá ni la conociese. Pero no me arrepiento.

Libertad es el grito de rabia desesperada de un autor que afirma escribir “para los que no encajan en el mundo” (bien visto esa sentencia es una estupidez, pero allá él con sus técnicas de marketing). Así, Franzen dibuja un fresco colérico contra la sociedad de los EE.UU. retratando el microcosmos de una familia “estándar” que le permite representar diferentes modelos de comportamientos y pensamientos típicamente made in America XXI. ¿Y por qué Libertad? Leña contemporánea: por la sensación asfixiante de su carencia desde el 11-S. De forma certera, se trata de “un estudio antropológico de la neurosis colectiva de nuestra civilización.”

A lo largo de 667 páginas vamos conociendo de forma fragmentaria el devenir de un matrimonio y sus dos hijos, más todo lo que los rodea, a saber, la crisis de las subprime, la guerra de Irak, la competitividad en el mercado y con los de tu alrededor, la neurosis alrededor de los músicos de rock exitosos, el problema de la superpoblación, la corrupción por cifras de dólares con mínimo cinco ceros o la codicia desangelada, twitter, el sentimiento actual de soledad, las riñas con los vecinos, las reivindicaciones de los ecologistas, la naturalidad de las infidelidades, el enamoramiento juvenil, el carpe diem y sálvese quién pueda, la misantropía, la depresión al descubrir que podría haber sido mejor, la incomunicación familiar, ¿sigo o ya te sientes identificado? No es necesario: todo lo actual.

Y por supuesto, un todo delicadamente tejido para dar coherencia a una historia particular que resume muchas historias comunes y que, en última instancia, resume el mundo de hoy: “vivimos en un tiempo en el que la estupidez y la maldad han concertado su poder destructivo. No descubro nada al señalar que nuestra civilización se asoma a un ocaso sin épica ni grandeza.”

Pero sin embargo hay esperanza. No sé si se mueve, pero la hay, incluso aunque la reduzcamos a esa cosa con plumas de Emily Dickinson.

Ejército Enemigo

Braguitas de novela

“Un pie en el barro y el otro en el cuento de hadas. El ciudadano se ignora a sí mismo.”
["Ejército enemigo", Alberto Olmos]

Supongo que Alberto Olmos lo primero que hizo fue coger una libreta y empezar a pensar en los temas más rabiosamente actuales. A ver, las ONG, sí, con su solidaridad muchas veces mal entendida. A ver, la publicidad, sí, que nos rodea y abruma con cada vez técnicas más disparatadas. A ver, la ciudad y los barrios empobrecidos, sí, que así da pie a hablar de la despersonalización, de la globalización por la variedad de colores de piel, de la falta de identidad. A ver, internet, sí por supuesto, para explicar los procesos de comunicación modernos, internet como extensión de nosotros mismos, y la peligrosa privacidad que se nos esfuma entre el cobre de la Red. A ver, el capitalismo, sí claro, que con la crisis da mucho juego. A ver, la pornografía, sí, que tiene una relevancia social tremenda desde su ostracismo (y bueno, porque el autor se confiesa un gran fan del porno). A ver, mmm, bueno, no se me ocurre ningún otro asunto tremendamente actual, con estos tengo bastante.

Y cuando Alberto ya tenía todos los temas, se le ocurrió una idea para combinarlos y que quedase coherente que es tan in que parece off: parecer rabiosamente incorrecto. Sí, eso que está tan de moda ahora en las entrevistas y que consiste en criticar lo políticamente correcto. Pasarse al lado oscuro pero sin la calefacción demasiado alta y con cerveza. Y así hilar un grito de inconformismo que se plantea los cimientos de la solidaridad moderna y de lo molón que queda muchas veces donar sangre, ir a una mani, no insultar a quién se cuela en el súper y donar un dinerillo para las eventuales grandes catástrofes naturales. Y a vivir.

¿Algo que resaltar? Pues sí, porque la verdad es que se trata de un escritor joven con ideas elaboradas, bien expresadas, y que casan bien en el guión de esta novela “obscenamente actual”. Durante la lectura pensaba en cómo se interpretaría su argumentación pasado el tiempo:

“Me gusta que mis expectativas de éxito sean casi indistinguibles de mis posibilidades de fracaso.”

“Todo anuncio es un anuncio de un anuncio.”

“Yo era normal, como ahora, de esas personas que hacen girar el mundo. Vamos, que trabajan y consumen, sin gilipolleces.”

“¿La solidaridad? ¡Oportunidad de negocio! El capitalismo aplicado a un sector en auge: la culpabilidad.”

“¿Mañana hay mani? ¿Quién se toma en serio una protesta que se hace el domingo por la tarde? ¿Quién hace algo en serio los domingos por la tarde? Dime dónde estás los lunes y te diré por qué el sistema funciona.”

“internet nos dejó sin intimidad, pero nos había dado en compensación un nuevo derecho: el de permanecer.”

Y mucho más en una novela, en general, aconsejable para estudiar la solidaridad actual. Para que nos planteemos los cimientos de los procesos de sensibilización, concienciación, acción social, o como quiera llamarse. Para hacerse más fuerte una vez cuestionado el sentido de la movilización.

Como si eso sirviese para algo


Ernesto Sábato (www.guapacho.net)

Hay libros con los que uno se tropieza casi sin darse cuenta. Me sucedió con El túnel cuando tenía unos diecisiete. Lo empecé a leer una tarde de domingo simplemente porque era más finito que sus vecinos de estantería, unas ciento veinte páginas que me absorbieron sin pedir permiso a mi voluntad. Lo abrí y empecé a leer como quién no quiere la cosa sentencias del tipo “uno se cree a veces un superhombre, hasta que advierte que también es sucio y mezquino” o “vivir consiste en construir futuros recuerdos” o “gente que andaba de un sitio a otro, como si eso sirviese para algo.” Sentencias firmes y sencillas que taladraban una mente maleable y adolescente y la llenaban de desamparo junto a otros tropiezos existencialistas como La náusea o El extranjero.

Y ahora, a los 99, ha muerto el escritor que decía que “con los años se llega a saber que la muerte no sólo es soportable sino hasta reconfortante.” Sábato ha tenido mucho tiempo para acomodarse, sin duda. Algo así le pasó también a Márai, que duró hasta los 89. Sólo que él se suicidó a esa edad. Parece casi un suicidio frustrado: a esa edad ya no tiene sentido, es como si Ian Curtis hubiese dicho “me cuesta mucho vivir, pero mejor me espero en este calvario”, ¿o pensaba durar otros noventa años? Precisamente de esa edad habla García Márquez en una controvertida novelita: “No obstante, cuando desperté vivo la primera mañana de mis noventa años en la cama feliz de Delgadita, se me atravesó la idea complaciente de que la vida no fuera algo que transcurre como el río revuelto de Heráclito, sino una ocasión única de voltearse en la parrilla y seguir asándose del otro costado por noventa años más.” Y Sábato, a menos de dos meses de hacerse centenario, ha optado por voltearse pero hacia el otro lado.

Hormiguitas negras


Ana María Matute (laclavecultural.blogspot.com)

Todo está relacionado. En mi pueblo, para exagerar y separar conceptos totalmente dispares, dicen ¡pero qué tendrá que ver el tocino con la velocidad! Pues mira por dónde, mucho, porque cuanto más tocino tengas en los michelines menos velocidad alcanzarás. Y eso que es una frase hecha para burlarse de conceptos imposibles de relacionar. Todo está relacionado. También Ana María Matute y Tony Soprano.

Ayer, Ana María Matute pronunció su obligado discurso en la ceremonia de entrega del Premio Cervantes. La escritora, tan sencilla en su “vida de papel”, con esa humilde fragilidad nada disimulada, dictó un emotivo alegato en pos de la imaginación, de la invención, del mundo que habita en nuestro interior. Una lectora siempre sorprendida: “¿cómo es posible que de aquellas páginas de papel, de aquellas hormiguitas negras que las surcaban se levantara un mundo ante mis ojos, mis oídos y mi corazón de niña? ¿Qué clase de magia, de sortilegio era aquel que sobrepasaba cuanto yo vivía y cuanto vivía a mi alrededor?” La puedo imaginar a sus cándidos diecinueve llamando a las puertas de la editorial Destino con el manuscrito de su primera novela “en un cuaderno escolar, cuadriculado, con las tapas de hule negro.” Tenía claro su lugar en el mundo, en su mundo de sueño y fantasía, porque “el que no inventa no vive”. Su felicidad, su pasión, era empezar con un “Érase una vez” que la arrojase al mar de la imaginación.

Entonces me acordé de Tony Soprano, protagonista de Los Soprano, jefe de una vasta familia de mafiosos americanos de pasado italiano. Pensé en la felicidad de Tony contrapuesta a la de Ana María. Cómo ella sufrió la miseria de hacer “interminables colas para conseguir pan y patatas” y, sin embargo, alcanzó su más profunda felicidad navegando entre las páginas de los sueños y las ilusiones. Y Tony, infeliz en su poder más su dinero más sus amigos más su ostentación más su mejor whisky del mundo más sus apetecibles amantes. Refugiando su fracaso personal en una psiquiatra de prestigio a pesar de tener a una esposa fiel y en una parvada de patos a pesar de tener un yate.

Como si la imaginación de Ana María tuviese más valor que todo el dinero que Tony había gastado y ahorrado en su vida. Esas hormiguitas negras.

Va de cuento

Hace un par de meses propusimos una lista con una docena de libros imprescindibles. Ahora es el turno de su hermano menor, el relato. A continuación enumeramos un puñado de relatos con los que es conveniente tropezarse alguna vez…

8. Grace (”A mayor gracia de Dios”), James Joyce, en Dublineses.

James Joyce diserta acerca de la religión y su valor moral en la cultura irlandesa narrando la historia de un borrachín dublinés -valga la redundancia- que tiene un percance debido al alcohol y al que sus amigos tratan de domesticar a través de la mediación de un sacerdote. El mejor relato del celebrado compendio de Dublineses con permiso de Los muertos.

His line of life had not been the shortest distance between two points.

7. El ojo Silva, Roberto Bolaño, en Putas asesinas.

Una narración desnuda y sincera, una prosa ágil y cotidiana con la que Bolaño narra una anécdota del Ojo Silva, un chileno que se exilia (como el autor) y vive una experiencia tremenda en la pobreza de la India.

Siempre intentó escapar de la violencia aun a riesgo de ser considerado un cobarde, pero de la violencia, de la verdadera violencia, no se puede escapar, al menos no nosotros, los nacidos en Latinoamérica en la década del cincuenta.

6. El centinela, Arthur C. Clarke.

El germen de la magnífica película 2001: una Odisea en el Espacio. Un grupo de astronautas descubre un artefacto mineral con forma de pirámide en la Luna que emite “señales” a un lugar remoto del infinito espacio. ¿Quién ha “colocado” al centinela en la Luna? ¿existen los alienígenas que reciben las señales que emite el artefacto? ¿qué propósito tiene, acaso es una señal de alarma con la misión de desactivarse cuando el Hombre llega a la Luna? En la cumbre de la ciencia-ficción, sin duda.

Los mecanismos de la pirámide, suponiendo que lo sean, son fruto de una tecnología que se halla mucho más allá de nuestro horizonte, quizás una tecnología de fuerzas parafísicas.

5. Los crímenes de la Rue Morgue, Edgar Allan Poe.

Una mujer y su hija son brutalmente asesinadas en su apartamento parisino. Hay que buscar al culpable y, para ello, la policía contrata al analítico detective Auguste Dupin, precursor del gran Sherlock Holmes. Dupin traza una explicación asombrosa del crimen en este relato detectivesco y tan negro como el resto de la prosa de Poe.

Así como el hombre robusto se complace en su destreza física y se deleita con aquellos ejercicios que reclaman la acción de sus músculos, así el analista halla su placer en esa actividad del espíritu consistente en desenredar.

4. El Aleph, Jorge Luis Borges, en El Aleph.

El Aleph es la obra maestra de un maestro del cuento, simplemente. Un relato genial y complejo que se pregunta acerca de la existencia y la eternidad a través del “aleph”, un punto en el espacio que contiene todos los demás puntos.

La escalera del sótano es empinada, mis tíos me tenían prohibido el descenso, pero alguien dijo que había un mundo en el sótano. Se refería, lo supe después, a un baúl, pero yo entendí que había un mundo.

3. El Principito, Antoine Saint-Exupery.

Poco se puede descubrir sobre este relato largo o novela corta que abarca en tono aparentemente infantil cuestiones como el sentido de la vida, el valor de la amistad y el amor. El príncipe del asteroide B 612 forma ya parte del imaginario colectivo e, incluso a pesar de su empalagosa omnipresencia, sigue manteniendo su sencilla trascendencia.

Conozco un planeta en el que vive un señor muy colorado. Nunca ha olido una flor. Nunca ha contemplado una estrella. Nunca ha amado a nadie. Nunca ha hecho otra cosa que sumas. Se pasa el día diciendo, como tú: “¡Soy un hombre serio! ¡Soy un hombre serio!”, lo que le hace hincharse de orgullo. Pero eso no es un hombre, ¡es un hongo!.

2. El perseguidor, Julio Cortázar, en Las armas secretas.

Extenso relato en el que Cortázar rasca en el alma humana narrando la decadencia de un saxofonista borracho y bohemio llamado Johnny Carter, inspirado en el gran Charlie Parker. Se desgrana su contradictoria personalidad y cómo logra encontrar en su genio musical el sentido último de la existencia. El estilo literario es avasallador, magnífico y directo, nada retórico.

De golpe dejó de tocar y soltándole un puñetazo a no sé quién dijo: “Esto lo estoy tocando mañana.”

1. 19 de diciembre de 1971, Roberto Fontanarrosa, en Cuentos e historias.

De largo el mejor relato sobre fútbol de la historia. Una narración directa y vibrante acerca del secuestro del viejo Casale para llevarlo a un partido de fútbol crucial en la pasional Argentina, patria del autor. Un ejemplo de cómo transmitir la pasión por el fútbol y los sentimientos que conlleva.

Yo iba a llevar, por supuesto, el gorrito que venía llevando a la cancha todos los últimos partidos y no me había fallado nunca el gorrito. A ése lo iba a llevar, era un gorrito milagroso ése. El Coqui iba a ir con el reloj cambiando de lugar, o sea en la muñeca derecha y no en la izquierda, porque en un partido contra no sé quién se lo había cambiado en el medio tiempo porque íbamos perdiendo y con eso empatamos.

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