In Nomine Patris

He pasado un buen rato gugleando infructuosamente para encabezar esta entrada con una viñeta humorística que me tropecé cuando era adolescente en una revista médica de mi madre (Jano, de Elsevier, no es una revista médica al uso, sino que combina medicina y humanidades). Si mi memoria no me falla más de quince años después, Forges firmaba la viñeta y en ella aparecía un niño que llegaba a casa con un caimán mastodóntico cogido de una correa a modo de mascota mientras su orgulloso padre exclamaba a su atónita madre: “desde pequeño siempre quise tener uno”. Ahora que se aproxima la paternidad me acuerdo a todas horas de aquella viñeta que se me quedó grabada a fuego y que me sigue pareciendo la definición perfecta de la paternidad en su variante más peligrosa.

Otra. El jueves pasado un niño vestía camiseta del Atlético de Madrid, justo el día después de la cruel eliminación de los colchoneros, rendidos al embrujo de Karim Benzema en el Calderón. El triste niño pasó una nota en clase bajo cuerda a sus compañeros: “a partir de hoy soy del Madrid, no le digáis nada a mi padre”. Lamer tu orgullo herido y tus complejos mediante la exposición a humillación de tu hijo se me antoja una rama poco sensata de educación paternal, supongo.

¿No acojona pensar en dirigir una educación para que tu hijo emule a Zinedine Zidane y tu hija a Virginia Woolf? ¿Se alimenta tu orgullo paternal de los éxitos y triunfos de tus retoños? ¿Si tu hijo es de los más torpes del equipo de balonmano y le cuesta aprobar incluso estudiando sentirás menos satisfacción y vanidad? ¿No vivimos una era de extrema obsesión con el modelado educativo de los hijos para que sean los más mejores y podamos exponerlos como trofeos, desligando al mismo tiempo la responsabilidad de ellos mismos como parte de su educación, sus aspiraciones y su descubrimiento del mundo? ¿No ve cada padre a su retoño como un proyecto de sí mismo en el que canalizar sus obsesiones y frustraciones ignorando conscientemente sus potenciales preferencias y mutilando su libertad? Podría plantear las mil cuestiones similares que me atormentan precisamente en este momento del feto en desarrollo pero lo único que puedo hacer es sentir un agradecimiento infinito por la educación que recibí ahora que me lo planteo como reto.

La vigilante y el dentífrico

Los Barruecos
Nidos de cigüeñas y caballos pastando en Los Barruecos.

En Viena hay diez muchachas,
un hombro donde solloza la muerte
y un bosque de palomas disecadas.
Hay un fragmento de la mañana
en el museo de la escarcha.
Hay un salón con mil ventanas.

[Pequeño Vals Vienés, Enrique Morente,
con letra de García Lorca y música de Leonard Cohen]

Se paseaba de un lado a otro de la sala con las manos en la espalda, como si estuviese esposada, lentamente, sin atender ni por un momento a las obras de arte que la rodeaban y que, no en vano, le daban de comer, para que digan que el arte no alimenta. Su misión consistía en que no robásemos el alma a susodichas obras, prohibido hacer fotografías, gracias, ni con cámara ni con teléfono. Paréntesis. En la Capilla Sixtina anuncian ¡por megafonía! de modo mecánico y periódico “no photo, no video”, anulando el sobrecogimiento ante la maravilla de Miguel Ángel, ya maltrecho por la marabunta inevitable, para mí ha quedado desnuda de lo que la convierte en arte. Fin paréntesis. De vez en cuando la vigilante miraba al exterior por una ventana como el que se asoma a ver si llueve, obviando por completo la maravilla de la naturaleza que encuadraba el marco, Los Barruecos, Malpartida de Cáceres. Paréntesis. Aquí han rodado escenas de Juego de Tronos por lo atípico de un paisaje de oasis mágico, y doy fe que así parece. Fin paréntesis.

Como éramos los únicos visitantes, vigilaba mi cámara de fotos como si la fuese a desenfundar de un momento a otro y ¡pum! ¡catástrofe congelada! La sentía al acecho como si formase parte de la colección del Museo Vostell, por cierto muy recomendable; como sea que algunas de las originales obras de arte conceptual estaban planteadas para la interacción, no resultaba descabellado asignar a la vigilante -por su comportamiento- un valor artístico. Me la imaginaba en sueños susurrándome “zona de confort tu puta madre”.

Una de las instalaciones consistía en una pequeña habitación con paredes llenas de lana (el edificio del museo fue en tiempos de la trashumancia un prestigioso lavadero de lanas) y con una aspiradora en el centro, conectada a la corriente, de tal forma que podías optar por recoger la lana, redistribuirla por las paredes, o limitarte a ser un mero observador de la instalación. La vigilante decidió por nosotros con su papel activo en la sala 2 del museo: la supremacía de la autoridad ante las gilipolleces del artista. Con perdón.

Conté un taquillero, dos vigilantes en la primera sala, otro vigilante en la entrada de la segunda sala y la vigilante-artista-omnipotente. Cinco personas para dos visitantes, a dos con cincuenta la entrada. Complicada rentabilidad. Indagando descubro que el museo ha recibido 47.376 visitantes en 2016, lo que equivale a casi mil visitantes a la semana. Que me perdonen los que hacen el recuento y los que venden esas cifras porque si un sábado soleado de mayo a media mañana pude contar un puñado de parejas en la cafetería del museo (en el propio museo no coincidimos con nadie) me cuesta admitir esa taquilla salvo que todos los colegios, institutos y jubilados de la provincia lo visiten anualmente.

Doy por hecho que un museo no nace para ser económicamente rentable y que su rendimiento se mide con otras varas. Es más, agradezco haber tenido la posibilidad de disfrutar con recogimiento y atención de las ideas vanguardista del alemán Wolf Vostell en ese mágico y remoto rincón de Extremadura. Tanto las obras como el enfoque y los materiales me remitían insistentemente a Adolfo y sus piezas. Descubro que a esta corriente se le conoce como Fluxus, aunque adentrarse en ese mundo es harina de otro costal. Desde la obra que da la bienvenida al visitante, Fiebre del Automóvil, un coche con elementos móviles rodeado de platos vacíos que plantea el abismo que separa el primer y el tercer mundo, el recorrido se presenta sugerente y reflexivo saltando entre diversas obsesiones y temáticas del artista. Como ni se podía hacer fotos ni se repartían folletos (la guía era un folio plastificado que tenías que devolver al finalizar el recorrido) no guardo recuerdos en soporte físico, pero he memorizado dos frases muy significativas del autor: “son las cosas que no conocéis las que cambiarán vuestra vida” y “la mayor obra de arte del hombre es la paz”.

Tanto el entorno natural de Los Barruecos como el arte contemporáneo del museo Vostell ensancharon nuestro estrecho conocimiento del mundo este sábado aunque Wolf Vostell tampoco ha resuelto mi dilema metafísico vital: por qué no venden dentífricos -bonita palabra- de medio kilo para no tener que luchar con tanta frecuencia contra el cuello de los envases.

Obstinada Imaginación Húmeda

Hace ya tiempo me tropecé con un párrafo de Vila-Matas en, reconozco, el único libro que de él he leído y que ni recuerdo cómo se titulaba. Creo que llevaba “París” en el nombre, resultaría sencillo identificarlo gracias a google. Creo recordar que no me entusiasmó pero este fragmento premia de por sí mi admiración por el controvertido catalán. El párrafo en cuestión se me repite frecuentemente como una larga sobremesa de bocadillo de chorizo:

“Desde luego, es más bien complicado ser joven, aunque eso no implica ni muchísimo menos que uno deba andar desesperado. Claro que la madurez tampoco es que sea una maravilla. En la madurez conoces la ironía, sí. Pero ya no eres joven y la única posibilidad que te queda de serlo un poco estriba en resistir, no renunciar demasiado, con el paso del tiempo, a aquella húmeda imaginación del arcón de Neauphle-le-Chateau. Sólo te queda resistir, no ser como aquellos que, a medida que la intensidad de su imaginación juvenil va decayendo, se acomodan a la realidad y se angustian el resto de su vida. Sólo te queda tratar de ser de los más obstinados, mantener la fe en la imaginación durante más tiempo que otros.”

La España Vacía

Sin título

Tierra de conquistadores,
no nos quedan más cojones,
pues si no quieres irte lejos,
te quedarás sin pellejo.

[Extremaydura, Extremoduro]

Es cómodo esperar a que llegue la Navidad para que críticos y escritores publiquen sus listas de lo mejor del año que finaliza y así no errar en los regalos navideños. Con el paso de los años resulta relativamente sencillo inferir, a partir de una breve reseña de esos libros top, los que merecen la pena de los que son productos puramente comerciales y de los que tratan asuntos ajenos a mis inquietudes. Hace unos días revisé las lecturas que habría lamentado perderme en 2016 de Enric González, con lo que me remití al genial artículo En la España sin nadie de Antonio Muñoz Molina. Y así, sin más retórica, decidí regalarme “La España vacía”.

“La España vacía: viaje por un país que nunca fue” es un extraordinario ensayo de Sergio del Molino (Madrid, 1979, 37 años) que estudia el éxodo a las ciudades, sobre todo el fenómeno producido entre los años 50 y 70 al que llama “El Gran Trauma”, y las consecuencias del vaciamiento de gran parte del interior de la península. Sin ir más lejos, recomiendo echar un vistazo a este gráfico de la evolución de la población en Villaescusa de Haro, donde se ilustra con triste clarividencia el gran trauma.

Sergio del Molino describe con tremenda sensibilidad el desamparo del interior de la península afectado por la despoblación, una región mesetaria sin mar ni playa que ocupa más de la mitad de la superficie de España y, por contra, solo cuenta con el 15% de la población. Junto a Laponia y el norte de Suecia, la tercera región más deshabitada de Europa. A través de un lenguaje preciso y literario y desde una mirada atenta, didáctica y sensible, analiza un fenómeno que incide en el carácter español de forma muy notable, desde nuestra asepsia patriótica hasta nuestros vínculos familiares.

En cualquier caso, no es intención del autor limitarse al éxodo franquista, sobre todo porque es consciente de que “la confrontación entre una España rural y una España urbana es anterior a la revolución industrial y a cualquier éxodo campesino”. De hecho, subraya que “hay una corriente de fondo que observa el campo como un espacio salvaje. La civilización frente a la barbarie”. Sin ánimo de ofensa, el escritor relata algunos de los episodios de la España negra, miserable y bárbara como Fago o Puerto Hurraco: “pienso en las historias de violencia que todas las comunidades pequeñas contienen. Los odios de siglos, las rencillas que el roce y la moral de vía estrecha acentúan, el aburrimiento. Todo se reduce a una cuestión de heterofobia. Concluye que la falta de estímulos sensoriales provoca efectos devastadores sobre los individuos y propicia la aparición de trastornos mentales. En el entorno hermético y diminuto del pueblo, las tensiones y disputas se magnifican hasta niveles insoportables.

Se incide en el paisaje y el concepto de mar de tierra, imagen ampliamente utilizada en la literatura española. Como si los habitantes de estas latitudes fuésemos marineros cuasi náufragos, “campesinos pobres desperdigados por una meseta de clima hostil”. Subraya que en esta relación, los pobres, cuando consiguen contarse a sí mismos, escoran el punto de vista hacia la dignidad, el esfuerzo y la honradez.

Del Molino huye del elogio de aldea (beatus ille) para mostrar con desnuda crueldad la desesperanza de la vida rural y el abandono político de nuestro campo. Por mi posición política y mi actitud vital no me quedó más remedio que aplaudir las atinadas observaciones del joven escritor, cruelmente sinceras, tras la lectura de algunos párrafos. Y eso que advierte que “no pertenezco al lugar y tiendo a idealizarlo, a caricaturizarlo o a explotar su pintoresquismo”. Más aún: “es muy difícil viajar a la España vacía sin la aprensión del explorador de lo exótico o sin la ilusión del misionero que va a salvar a los indios”. Lejos de esas premisas, se ha de reconocer una exhaustiva labor de investigación que salta entre referencias a Bauman y Muchachada Nui, a Lipovetsky y Extremoduro, al teatro de la Barraca de Lorca y Amanece que no es poco. Todo junto en un ejercicio casi de autopsia de un país.

Al final, en palabras del autor, la España vacía resulta ser un mapa imaginario, un territorio literario, un estado (no siempre alterado) de la conciencia; un frasco de las esencias que, aunque esté casi vacío, conserva perfumes porque se ha sellado muy bien. Fueron muchas las familias que emigraron a la periferia de las ciudades en los años ya citados pero que siguen teniendo el pueblo como referencia nostálgica, aunque Del Molino recuerde que “la nostalgia es una expresión suave y resignada del miedo”. Al fin y al cabo, aunque los pueblos se vacían, existir en la memoria es una de las formas más poderosas de existencia que conocen los humanos”.

***

Compré “La España vacía” desde un rincón conquense de esa España vacía en las que las carreteras se hacen para huir y no para venir. Amazon me lo envió en apenas dos días; el transportista de Seur ya conoce el camino a casa. Pienso en lo díficil que me resulta creer ciertos capítulos del libro, aunque en realidad creo que acierta Sergio del Molino en sus apreciaciones al respecto de la vida rural, si bien notablemente más matizadas y suavizadas de lo que la literatura le exige.

Intento identificar los inconvenientes que tiene vivir en la desértica meseta. Hace mucho frío en invierno. No hay mercadona. Solo hay un bar abierto cuando salgo del trabajo. El cine está a media hora y el aeropuerto a hora y media. Ayer rompí las cuerdas de la raqueta jugando al frontón y tendré que recorrer más de veinte kilómetros para encordar de nuevo la raqueta.

El Perú: Más Zapatilla Que Miel (5 de 5: Selva Amazónica)


Estampa del afluente del Amazonas con la característica vegetación de palmeras de agua.

Si tu viaje transcurre por la parte sur de Perú, como es el caso, y quieres conocer la inmensa selva de la cuenca amazónica, las agencias de viajes -y el sentido común- te recomiendan acercarte a Puerto Maldonado. Capital de la Biodiversidad del Perú y del Departamento Madre de Dios, Puerto Maldonado cuenta con apenas cien mil habitantes y a su orilla el río Tambopata desemboca en el río Madre de Dios.

El Madre de Dios es precisamente navegable y manso desde Puerto Maldonado hasta su desembocadura en el río Beni y tiene un caudal medio aproximado al de doce ríos Ebro. Para imaginar la bestialidad del Amazonas, el Beni es afluente del Madeira, que a su vez desemboca en el mastodonte amazónico. El Amazonas tiene un caudal similar al de 45 ríos Madre de Dios y en su desembocadura en el Atlántico tiene una distancia entre riberas de 330 km, casi nada. Desde hace pocos años, además del río más caudaloso, el Amazonas se considera el río más largo del mundo por delante del Nilo. Nace en Perú y es la ciudad de Iquitos, en el norte del país y por tanto lejos de nuestra ruta, la considerada capital de la amazonía peruana.

Cuando aterrizas en Puerto Maldonado y se abren las puertas del avión, el calor y la humedad te dan la bienvenida de agresivo golpazo. Desde la considerable altitud fría de Cuzco, se desciende hasta los 139 msnm en un entorno característico por su elevada humedad. El sudor, en esta región, es omnipresente, incómodamente omnipresente.

A nivel económico, se detecta de un vistazo que están un paso por detrás de otros departamentos más turísticos o comerciales. La mayoría de la gente se desplaza en moto, supongo que porque las distancias son asequibles y solo las principales vías están asfaltadas, e incluso hay taxis que son motos en las que el piloto lleva un chaleco identificativo.

En la agencia, una habitación destartalada con dos ventiladores a toda velocidad, nos marcan nuestra travesía para llegar desde Puerto Maldonado hasta el lodge en el que nos alojaremos durante tres días, inmerso en la Reserva Nacional del Tambopata. El trayecto comienza en el puerto, con vistas al puente de la Carretera Interoceánica que comunica Perú con Brasil, donde se toma una vetusta embarcación de diminuto motor para surcar el Madre de Dios durante cuarenta minutos. En este trayecto se observan artesanales montajes de extracción de oro en la orilla: la minería de oro es uno de los pilares de la economía local.


Navegando por el río Madre de Dios, de aguas pardas y riberas verdes.


Almuerzo en la embarcación: un juane, una suerte de arroz con pollo o gallina y aceitunas que se envuelve en una hoja de bijao para hervir y que posteriormente se conserve en buen estado durante un tiempo.

Una vez alcanzado el desembarcadero de entrada a la reserva, donde debes presentar la autorización para la estancia en una especie de aduana, se debe caminar unos cuatro kilómetros adentrándose en el corazón de las selvas vírgenes de exuberante vegetación de la reserva. La sudorífera caminata termina en el lago Sandoval, donde se coge una pequeña barca a remo para alcanzar el embarcadero de entrada al Sandoval Lake Lodge.


Embarcadero del lodge.

La estampa durante la navegación por el lago Sandoval es inolvidable, un tranquilo lago vestido por aguajes (palmeras de agua) en su perímetro y con los sonidos de las aves de la selva como banda sonora. El vuelo de la grandiosa garza blanca, tan elegante, da la bienvenida. Y ya de noche, un paseo en barca por el lago es más asombroso aún, con la luna iluminando las aguas del lago en las que se reflejan las palmeras. Y allá donde se ven dos puntos rojos brillantes, un sigiloso caimán negro de cinco metros vigilando desconfiado a dos metros de ti. Al no haber nada de contaminación lumínica, si el cielo está raso impresiona la bóveda estrellada y su reflejo en el lago.


Orilla del lago Sandoval repleta de palmeras de agua.


Caimán negro pasando la tarde en el lago.

La vida en el lodge es sosegada, un oasis pacífico de desconexión y contacto con la naturaleza con la hamaca como reina. No hay agua caliente, ni cobertura para el teléfono, ni electricidad salvo la generada por un grupo electrógeno de seis a nueve de la tarde. A esa hora puntual, después de una cena frugal, el motor se silencia y, con él, la actividad en el lodge. Más allá de la remendada mosquitera de la cama quedan solo los sonidos de la selva en la oscuridad.


Entrada a las habitaciones de un sector del lodge.

Las empresas de aventura ofertan diferentes actividades al turista en función de los intereses personales, el estado de forma y la climatología. Una sencilla caminata a través del bosque primario se vive con gran intensidad; el bosque primario o primigenio es aquel que no ha sido talado y reforestado y que, por tanto, cuenta con inmensos árboles centenarios como caobas, castañas o cedros, algunos de ellos con notable valor místico para los nativos.

Llama la atención la lucha por la supervivencia de las especies vegetales en esta región, una supervivencia que se basa en una desesperada pelea por alcanzar los rayos del sol entre la exuberante vegetación. Un árbol parece un ser vivo bonachón y apacible, pero en la selva cada especie lucha por sobrevivir con sus armas, desde palmeras andantes con unas raíces exteriores que le permiten orientarse hacia el sol hasta matapalos que se abrazan a un árbol primero para apoyarse y crecer hacia el sol y después para estrangularlo.


Palmera andante con raíces superficiales.


Matapalos, que parece romántico pero es cruel y aspira a axfisiar al tronco que abraza.


Una simpática amiga en el paseo por el bosque primigenio.

Una de las actividades más demandadas y curiosas consiste en acudir temprano, sobre las cinco de la mañana, a la collpa de palmeras, un rincón anexo al lago donde acuden los guacamayos y los papagayos a almorzar. Estas grandes y vistosas aves se alimentan del aserrín de las palmeras huecas y muertas en un festival de color y sonido (una pena no tener fotos de este mágico momento). Por ser la hora del amanecer, además del espectáculo, se vive el despertar de la selva, con los chillidos-ladridos del mono aullador, el desayuno de las nutrias gigantes en el lago, el torbellino de los monos capuchinos por las copas de los árboles o los primeros vuelos de la jacana y la garza sobre las aguas del Sandoval.


Libélula en un paseo nocturno.


Insecto palo.

También existe la posibilidad de realizar una visita a lo que llaman la isla de los monos, una pequeña isla en mitad del río Madre de Dios habitada exclusivamente por primates. Una asociación sin ánimo de lucro lleva a cabo un proyecto de conservación y protección para rescatar a monos confiscados en zonas urbanas -en ocasiones, maltratados- y enseñarles a sobrevivir en la selva. Aunque eran varias las especies de primates que se enviaron a la isla, a día de hoy los monos araña y los capuchinos han conquistado al resto. Asombra ver cómo descienden a velocidad de vértigo desde lo alto de la copa de descomunales árboles hasta el suelo.


Inmersión en la isla de los monos.


Mono capuchino harto a plátanos ofrecidos por los turistas.

Si la selva en una reserva natural vigilada y adaptada por seguridad al turista -no sería bonito cruzarse por casualidad con un jaguar o una anaconda- desborda tanta vida descontrolada, me fascina imaginar cómo vibrará el corazón de la amazonía virgen y qué batallas se librarán en su seno por supervivencia.

Si estremece sentarte a oscuras en mitad de la noche en un sendero que ya has recorrido entre ruidos desconocidos que acechan alucinaciones, me aterra fantasear con caer una noche cualquiera en las entrañas ocultas de la vegetación selvática.

Si asusta navegar en una sobria barca a remo aunque el guía diga que los caimanes son pacíficos, me atemoriza pensar en tener que cruzar a nado el lago o el río de aguas opacas habitado por invisibles peligros y otros tan identificados como las pirañas rojas o los propios caimanes negros.

El ser humano ha conquistado todas las zonas habitables del planeta y, desde un prisma frío y prepotente, podríamos decir que somos los reyes del mundo; no se me ocurre mejor cura de humildad que pasar unos días en la selva expuestos a la intemperie.

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