Emosido Engañado


Atardecer en La Poveda.

Yo soy todo lo que quieres
cuando todo lo que tienes
no te basta.

[Joana, Xoel López]

Stefan Zweig era buena gente, digo yo. Nacer en una familia rica siempre te da facilidades para ser buena gente, e incluso para tener preocupaciones tan atractivas como coleccionar incunables o no perderte ningún estreno musical en tu ciudad. Y si tu ciudad es Viena a principios del s. XX, cima de la música y la cultura y el teatro, entonces eres uno de los seres más afortunados del mundo. Incluso si viene una guerra mundial siempre tendrás opciones de salvoconducto para camuflarte en Suiza, volar a Gran Bretaña o, en última instancia, refugiarte en Brasil. Te puedes permitir el privilegio de ser amable y caritativo, de ser buen amigo de amigos como Rilke y, si eres tan inteligente como Stefan, de mostrarte como un visionario ante la compleja perspectiva social que produce un giro político desordenado. Al final puede traicionarte o la sensibilidad o el miedo.

El día que supe que Stefan Zweig se había suicidado en 1942 junto a su esposa en Brasil por temor a que el nazismo se extendiese por todo el mundo se me derrumbó un mito. Puedes ser ejemplar toda tu vida y que tu obra te avale como indispensable pero no pidas que tenga fe en ti. Su nota de suicidio: “creo que es mejor finalizar en un buen momento y de pie una vida en la cual la labor intelectual significó el gozo más puro y la libertad personal el bien más preciado sobre la Tierra”. Dicho de otro modo: me gusta escribir y adoro la libertad pero el miedo a Hitler es más grande que la literatura más la libertad más el miedo a la muerte.

También está Roberto Bolaño, pobre de misericordia, emigrante desamparado. Tuvo que pasar hambre fijo. Su bibliografía está jalonada de pobres, de putas, de gente que hace lo que puede por sobrevivir, para sobrevivir, de gente como Lorenzo, “es difícil ser artista en el tercer mundo si uno es pobre, no tiene brazos y encima es marica” o como Hans Reiter, que “no parecía un niño sino un alga”. Él mismo trabajó en lo que pudo para subsistir, lavaplatos, vendimiador, mucho tiempo como vigilante nocturno en el camping Stella Maris. Había épocas en las que se le acumulaban los cafés a crédito en su cafetería habitual de Blanes; no tener para pagar un café es un listón bajo. Su vida y su libertad estaban por encima del dinero, por simplificar. Podríamos interpretar de algunos de sus textos que desdeñaba el dinero, su órbita giraba en torno a la poesía, sentido y sensibilidad. Hasta que nacen sus hijos y entonces sabe que con la poesía no va a poder comer pero con la prosa quizá sí.

Y hete aquí que se va a morir de insuficiencia hepática y, antes de que arrojen al Mediterráneo sus cenizas, deja dispuesto que 2666 se publique en cinco tomos diferentes para poder garantizar la solvencia financiera de sus dos hijos, Lautaro y Alexandra, ad aeternum. No tienes para pagar un café esta tarde pero quieres asegurarte de que tu hija pueda remodelar la cocina dentro de treinta años.

También está el húngaro Sándor Márai, descendiente de una familia acomodada de origen sajón que pudo disfrutar de viajes de juventud por Europa. Una vida de éxito literario al nivel de Stefan Zweig y respeto social que termina como emigrante en California. Un humanista que se suicida con 88 años: se pega un tiro en la cabeza a los 88 tacos. La soledad como catalizador de la muerte. Joder, que nos hablaste de cosas bonitas en muchas de tus novelas, que fuiste un referente en los asuntos de importancia, que te leímos en casa durante una época con fervor, y al final te rindes.

Emosido Engañado. En el momento de la verdad, parece, el miedo vence al amor, el dinero vence a la literatura, la soledad vence a la amistad. Convivimos con la decepción. Presté mi coche y me lo devolvieron con gasoil bonificado y muchos kilómetros. Confié en la oposición y me colaron un gancho. Pasé apuntes en la universidad y el viernes que la resaca me jodió la mañana nadie se levantó a cogerme el testigo. Presté dinero y se evaporó. La lealtad me la devolvieron con marginación y los favores con traiciones. Pero seguiremos siendo antes ilusos que desconfiados.

Lo Cotidiano


Perspectiva de un día nublado.

Éramos todos tan felices.
[El desencanto, Michi Panero]

Hace unos días, de camino a Cuenca, escuchaba una entrevista de radio de 1976 a la familia Panero acerca de la peli-documental “El desencanto”; en una declaración vital Leopoldo Panero hablaba de “la agonía de la vida cotidiana”, el peso de cada uno de los momentos de un presente angustiado.

Hoy leo una entrevista también de radio y también de los 70 a un cura alemán que se llamaba Ratzinger y que en una larga disertación acerca de las minorías creativas hacía referencia a “la pasión cotidiana”.

¿Lo cotidiano es, pues, una agonía o una pasión?

Paz, guerra y dos huevos fritos


Trashumancia por Las Pedroñeras.

Ya llevo demasiado
aguantando tus bromas
porque nadie te ha dicho
que no tienen puta gracia.

[Juramento, Anni B Sweet]

La paz no existe sino como marco de convivencia que soporta tensiones. Y quizá así deba ser, entender la paz como el contexto en el que las presiones tienen la posibilidad de escape sin reventar el recipiente de la coexistencia. Qué infantil la paz que pretendemos vender en épocas como la Navidad, edulcorada y llena de corazoncitos y revoluciones de las sonrisas y deseos vanos, como si el mundo fuese un lugar paradisiaco en el que los “problemas de verdad” pudiesen resolverse con besos cariñosos, como si la paz no fuese de facto un sustituto de la vida y la supervivencia. Que la situación sea compleja no supone una circunstancia tan terrible como observar la cantidad de ciudadanos ilusos que mentalmente asocian el concepto de paz a un sosiego higiénico, si acaso la semántica de “sosiego higiénico” pudiese existir. Ni todo es blanco o negro ni todo es guerra o paz, aunque nos reconforte pensar que la ausencia de guerra implica paz, una paz frágil fundada por el miedo, sostenida por la cobardía y apuntalada por legislación. Que nos deseemos paz estos días para un armonioso 2o2o, pero con el convencimiento de hacerlo con el ahínco que requiere construirla, conscientes de que implica disposición y batalla, valga la paradoja.

Decía Luis Piedrahita que “la vida es como un hotel, un sitio en el que vas a estar poco tiempo y tienes que llevarte todo lo que puedas”. Si alguien tiene una definición más certera que levante la mano. ¿Y qué nos hemos echado este año 2o19 a la mochila en este contexto sin paz ni guerra?

Si el año pasado quedé tremendamente fascinado y acongojado con “El ruido y la furia” de Faulkner y con “El mundo de ayer” de Stefan Zweig, también este año han sido dos los libros que pasan a un lugar privilegiado de la estantería de mi memoria. Ian McEwan me sorprendió con “Chesil Beach”, quizá por mi “pre-escepticismo” -que no prejuicio- de sospechar que no podía tener mucho recorrido una trama tan sencilla como la noche de bodas de un joven matrimonio virgen; y vaya si consterna la narración a pesar de lo acotado del escenario, qué forma de esbozar el contexto y entender una situación, qué forma de poner en palabras sencillas un sentimiento tan indescriptible, y sobre todo qué lección de humanidad, de psicología, de instintos descritos y de tabús despedazados. McEwan al desnudo asestando una puñalada certera a la guerra humana del miedo que subyace bajo la paz de las normas sociales. También en la mochila del año la genial “Solenoide” de Mircea Cartarescu, un prodigio de literatura íntima, el relato extenso de una mente habitada por fantasmas incapaz de discernir la realidad en la Rumanía comunista, jalonado por reflexiones deliciosas más para saborear que para leer, uno de esos libros a los que saludas con un sincero “encantado de conocerte” porque sabes que es especial y bendices haberlo descubierto.

Hacerle la guerra al yo del pasado forma parte de nuestra esencia como seres competitivos y comparativos, atributos inherentes a nuestro instinto de supervivencia. Y si es fácil tender trampas al inocente yo anterior debido a la experiencia que la edad concede, no lo es tanto batirse a nivel deportivo contra un yo más joven e impetuoso. El amor propio y la vanidad son buena leña para la locomotora de la superación y este año vengo a humillar a mi yo pasado. Orgulloso confirmo que en la MAMOCU (esto siempre siempre hay que escribirlo en mayúsculas) ascendí de la posición 166ª del 2018 a la 138ª de este año clavando el tiempo en un escenario mucho más exigente, me gané por 8 segundos en la subida al castillo de Belmonte, subí tres puestos del 28º al 25º en el duatlón del Queso en Aceite para seguir como campeón local por quinto año consecutivo y, en condiciones adversas, le gané un segundo y dos puestos a mi yo del 2018 en la carrera del Queso en Aceite. No he batido ninguna plusmarca mundial pero he dejado tocado y hundido a mi yo del 2018, y qué es la vida si no derrotarse a uno mismo aunque sea haciendo trampas.

Hay guerras que ya no siento como propias. Si hace años la Fotogramas era obligada, así como listar y valorar las decenas de películas que caían en mis manos y redactar críticas para sesiones de cine-fórum, ahora ni recuerdo cuándo fue la última vez que fui al cine salvo para la presentación de Rocambola como invitado amigo del director Juanra Fernández. La “Roma” de Alfonso Cuarón y el “Dolor y Gloria” de Almodóvar me dejaron frío, ignoro si porque el distanciamiento me ha endurecido la sensibilidad. Qué suerte, por contra, haber dispuesto del entorno apropiado para paladear esa joya innegociable llamada Chernobyl, la terrorífica serie sobre el enemigo invisible y silencioso más terrible, lección de historia y, sobre todo, de política.

La música gana la batalla como arte de expresión, ninguna experiencia sensorial artística llega más lejos ni es capaz de estimularnos hasta los confines de nuestro inconsciente. Me aterra pensar que podrá llegar el momento en el que olvide tres grandes conciertos de este año: Menil, Marlango y Christina Rosenvinge. Hace ya meses hablamos del concierto de Menil que nos fascinó en el convento de las justinianas local y que, gracias al técnico de sonido, puedo rememorar con frecuencia. El 4 de julio, en la entrada del parador de Cuenca y ante la postal más significativa de la ciudad, fue Marlango el grupo que brindó un concierto perfecto, delicado pero salvaje, íntimo pero ambicioso. Leonor Watling, sensual y carismática, nos encandiló presumiendo de versatilidad a través de sus temas de siempre y versiones acertadamente escogidas. Y por último, Christina Rosenvinge, que nos emocionó con un breve concierto de cuatro temas en la sede de la Fundación Antonio Pérez, cuatro obras maestras para paladear: “La Flor entre la Vía”, “Canción del Eco”, “Romance de la Plata” y “La Tejedora”. Rosenvinge aturde con su presencia, nos deja con la sensación de que no somos nadie al lado de la luz que emite, supernova del arte. ¿He confirmado que estamos enamorados de Leonor y Christina?

En un mundo abarrotado de turistas, viajar cada vez está más sobrevalorado. Viajamos para conocer y para valorar que la paz está en la cama de casa. Cada viaje supone el conflicto de no entrar al trapo de los escenarios fabricados para deleite del turista ávido de emociones, de estampas, de sabores, de hacer check en la visita a esa ciudad. Hay mil formas de viajar, y líbreseme del pecado de juzgar el enfoque de cada viajero, máxime ante la imposibilidad de huir del mundo prefabricado que se ha montado en estos últimos quince años. Ha sido el primer año entre muchos, por desgracia y/o casualidad, que no he pisado suelo extranjero y tan solo he pasado por Barajas como chófer de viajeros. Si hago memoria, el listado de destinos es tan poco romántico que cualquier malpensado podría sospechar que el resultado ha sido premeditado: Benalúa de Guadix, Roquetas de Mar, Salvatierra de Tormes o Bótoa, amén de decenas de municipios conquenses. ¿Buscando la paz a través del pueblo?

Mil y una veces he escuchado a un hombre decir que sería incapaz de matar a sangre fría, que sería incapaz de ser protagonista de una guerra, de batirse a vida o muerte con enemigos anónimos ni en Normandía ni en Teruel. Quizá infravaloramos la naturaleza humana, la genética de la guerra, los mecanismos químicos programados para hacer frente a las situaciones más traumáticas o emocionantes, el mejunje de hormonas que nos amoldan a la ocasión para que no reviente nuestro corazón en mil pedazos en la coyuntura de la paz y de la guerra. A cada poco sobrevienen circunstancias que afrontar, como batirse con Gabriel Rufián, combatir por una victoria electoral, dar un paso al frente en tus filas para afrontar nuevos retos, analizar la estrategia de la guerra de guerrillas que son las convocatorias de subvenciones públicas, ser cómplice de cómo un hombre abre sus entrañas en un gesto de respeto y amor a la humanidad y la sociedad, hacer de la espera un arte en la batalla, celebrar aniversarios en tiempos de paz. Siempre alerta.

Y, por supuesto, la familia, búnker infranqueable de la guerra de la vida, salvaguarda del único patrimonio que importa, entorno de definición de la estrategia bélica de la supervivencia común, aún a riesgo de poder llegar a convertirse en la más temerosa trinchera de forma inesperada. Quizá un año clave y definitorio en todos los frentes de batalla: bienvenidas al mundo, consolidación de la fertilidad, florecimiento de la pasión, espontáneo brote de motivos para seguir en la contienda, maduración del aliado y, sobre todo, el día a día del asedio.

No tenemos intención de rendirnos y batirnos en retirada.

Patrimonio, por sus hechos los conoceréis

Ruinas II

Entre el cielo y el suelo hay algo
con tendencia a quedarse calvo
de tanto recordar.
Y ese algo, que soy yo mismo
es un cuadro de bifrontismo
que solo da una faz.

[Me cuesta tanto olvidarte, Xoel López & Combo Viramundo]

El concepto Patrimonio viene sufriendo en los últimos tiempos un abuso y manoseo que diluye su significado y desvirtúa peligrosamente su relevancia social. Debemos ser conscientes de que el Patrimonio Histórico-Artístico no se reduce a un amasijo de piedras bien dispuestas, “montones de piedras” dicen algunos de forma simplista y despectiva, sino que engloba al conjunto de bienes materiales e inmateriales que hemos heredado de nuestros antecesores. En consecuencia, su valor está íntimamente ligado a nuestra identidad y a nuestra forma de ver el mundo, a cómo lo vieron antes que nosotros y a la proyección que hacemos de nuestra cultura, de nuestro arte, de nuestra arquitectura, de nuestra tradición.

El Monasterio de Uclés, el Castillo de Belmonte o la Catedral de Cuenca son ejemplos que se asocian de forma instintiva al concepto de bien patrimonial. No obstante, no está de más recordar que también forman parte de nuestro patrimonio muchos otros monumentos que no han corrido la misma suerte con el devenir del tiempo como el Convento de los Franciscanos de Torrejoncillo del Rey o el Palacio de los Gosálvez de Casas de Benítez. Y, por supuesto, también otros bienes inmateriales como las danzas de paloteo que siguen vivas en las festividades de muchos pueblos como Montalbo o Iniesta, la Endiablada de Almonacid del Marquesado, la Trashumancia por la cañada real de Los Chorros o las Maderadas de los Gancheros por el Escabas y el Júcar.

Ahora que está de moda el concepto “apropiación cultural”, se podría inferir el concepto “apropiación política” para hacer referencia al anhelo de confiscación de un valor con fines políticos y partidistas. No se debe pensar en el Patrimonio como en un territorio en el que clavar la bandera propia o enterrar la clavada por otro, sino como un compromiso que a todos incumbe tanto por razones económicas, debido al potencial turístico de muchos rincones de la provincia, como por razones de justicia histórica, debido a la responsabilidad íntima con la herencia de nuestros ascendientes.

Y por lo expuesto, precisamente, resulta desalentador que las buenas intenciones se queden tantas veces en el trastero cogiendo polvo. En este contexto de sensibilización y “apropiación política” no se pueden entender dos decisiones puntuales tomadas por dos instituciones gobernadas por el PSOE como la Diputación Provincial de Cuenca y la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha.

De un lado, Martínez Chana ha propuesto y aprobado en la institución provincial una reducción del remanente destinado a “inversiones en conservación y rehabilitación de patrimonio” desde 7 millones hasta 2,92 millones de euros, una merma de más de la mitad de lo presupuestado por la anterior Corporación presidida por Benjamín Prieto. Esta decisión implica la no ejecución de varias inversiones ya aprobadas, con el consiguiente perjuicio e inseguridad para los proyectos afectados.

Del otro lado, y más flagrante, resulta la decisión de Page puesto que el Proyecto de Ley de los Presupuestos Generales de la JCCM para el año 2020 reserva la injustificable cifra de 137.860 euros en la partida “bienes patrimonio histórico, artístico y cultural”. Podría parecer una broma pero esa es la cantidad que Page presupuesta para inversiones en bienes patrimoniales para el conjunto de Castilla-La Mancha de cara al próximo ejercicio.

Invade la tristeza y la decepción cuando se escuchan discursos de defensa del Patrimonio, de potenciar recursos turísticos y de conservar el pasado para enriquecer el futuro en boca de aquellos cuyas decisiones van en dirección contraria. La “apropiación política” del Patrimonio por parte de los socialistas Martínez Chana y García Page se diluye en sus presupuestos. Por sus hechos los conoceréis.

La belleza de la ruina


Los Frailes 2011

Pienso mucho, hablo poco,
me he enganchado a un serial,
y cuando duermo además de solo, lo hago mal.

[Estado provisional, León Benavente]

El posmodernismo idolatra a la ruina, ve bello el presente precario y destrozado de una realidad desde un prisma de romanticismo vanidoso, ese que alimenta el ego del posmoderno en el convencimiento de que solo él valora la destrucción en su medida de justicia y estética. Hemos llegado al punto de creernos dioses de opinión rodeados de arcángeles de certezas; y, sin embargo, podría documentarse el inesperado hito evolutivo del ser que huye hacia atrás, homo reditus. Imaginad la mutación de un gen que provoca que las cebras vayan a abrazar a los leones.

Mi madre tenía en su consulta una nota que subrayaba que “el máximo grado de inteligencia humana es la bondad. Es el mejor medio de asegurar la felicidad personal y la dignidad de la convivencia. La maldad goza de un prestigio intelectual que no merece”. Sin entrar a considerar tan espinosa sentencia, sobre todo por su distancia con el tema en discusión, sí podemos afirmar que, a día de hoy, la ruina también goza de un prestigio intelectual que no merece. No lo merece porque la ruina simboliza la negación del futuro, o el deseo inconsciente de un presente eterno.

Que hoy se alabe la iglesia memorial Kaiser Wilhelm de Berlín tiene sentido solo como símbolo de la destrucción de la guerra de Hitler; pero, seamos sinceros, la conciencia del pasado se evapora a pasos agigantados. En cine triunfan las historias de perdedores de vida desesperada como Big Little Lies y en música se exprimen letras cargadas de hastío y decadencia. La fotografía que acompaña a cualquier artículo de prensa sobre la despoblación muestra viviendas derruidas en aldeas abandonadas desde hace décadas. En cualquier feria de arte contemporáneo exponen un montón de escombro. En eso se parece el arte a la política. Y las redes sociales se muestran como escaparate impecable de la desolación social.

La ruina se desprenderá y seremos polvo, mas polvo enamorado y consciente de su destrucción.

La Revuelta de la España Vaciada

Soria Ya
La Revuelta de la España Vaciada (31 de marzo de 2019)

Colgado de un barranco
duerme mi pueblo blanco,
bajo un cielo que, a fuerza
de no ver nunca el mar
se olvidó de llorar.
Por sus callejas de polvo y piedra
por no pasar, ni pasó la guerra,
solo el olvido.

[Pueblo Blanco, Joan Manuel Serrat]

Este pasado domingo estuvimos en “La Revuelta de la España Vaciada”, la manifestación promovida por diferentes asociaciones en defensa de la vida de los pueblos del país y en contra de las políticas que han provocado el vaciamiento de gran parte del interior y la polarización poblacional.

Los propios organizadores pidieron -con criterio- a los partidos políticos que se mantuviesen al margen y que, si asistían representantes, fuesen discretos en su participación. Hubo marabunta de sorianos y turolenses (tuvieron que dejar sus provincias “vacías”, ja, ja, ja, perdón), pero llamaba la atención la escasa presencia conquense. Quizá signo de nuestro carácter.

Con mi hijo a hombros, pequeño Robinson de la infancia villaescusera, confieso que me emocioné con la estruendosa “rompida de la hora” de los tambores del Bajo Aragón tras un respetado minuto de silencio antes del inicio de la marcha. Las pancartas y consignas eran muy variadas pero subyacía en todas el amor al pueblo, el patriotismo del corazón, la indignación e impotencia por vivir en primera persona el ocaso de tantos rincones únicos. No le deseo ni a mi peor rival político la amargura de cerrar un colegio.

En el fondo creo que no somos tan ilusos como para diagnosticar a la ligera los problemas y soluciones de ese fantasma gigantesco al que llamamos Despoblación. Algunos políticos sí pecan de esa valoración superflua y se atreven a vender una bajada de IRPF (Albert Rivera), flexibilizar la burocracia para crear empresas (Paco Núñez) o a proponer una Renta Rural de Repoblación (Pablo Iglesias) como un maná vaporoso. Pdro Snchz va todavía más allá y se lanza, en su línea carente de escrúpulos, a promocionar desde su posición de poder una Estrategia Nacional para el Reto Demográfico que pierde toda su fuerza después del título.

Conscientes de la relevancia del asunto, se reclama un pacto de Estado, al que ya apellidan como pacto de Teruel, en el que se acuerden compromisos políticos firmes que ayuden a mantener la llama viva. En el entretanto, muchos municipios se juegan literalmente la vida, su viabilidad de futuro, e incluso de presente en comarcas como los Montes Universales.

Espero que, al menos, el acto del domingo vaya horadando la conciencia pública en dos vertientes profundas a medio plazo: por un lado, en la necesidad de incorporar la perspectiva rural como se hace con la perspectiva de género en las decisiones políticas y económicas y, por otro lado, en la necesidad de hacer atractiva la perspectiva de vivir en un pueblo y no pensar que se debe repoblar a la fuerza (pecado político de primero de primaria del mundo rural).

Hay tanto país en cada rincón de la meseta.

non confundas me ab expectatione mea

Lavadero Romano
Lavadero municipal.

Ay que chiquitín, tin, tin,
que era aquel ratón, ton, ton,
que encontró Martín, tin, tin,
debajo un botón, ton, ton.

[Debajo un botón]

Seguimos teniendo ilusiones y sobresaltos y esperanzas y, afortunadamente, a alguien que nos recuerda que estamos más gordos y más canosos y que no deberíamos llevar calcetines con agujeros ni camisetas con jerseys de punto. Somos conscientes de que nuestras convicciones se van cayendo como hojas caducas o como capas secas de cebolla. Se desprendió la capa de la emoción antológica por un gol propio o de Van Basten, luego el sentimiento de vivir en cine y rezar a los grandes de la historia desde Kubrick a Léolo, se cayó también la capa de la emoción del bikini, y poco queda ya de la conmoción íntima ante un adjetivo preciso en un texto poético. Como si cada vez fuésemos más espectadores y menos protagonistas, la perogrullada de la madurez. Otrosí digo que tenemos la ilusión de bajar dos millones de veces las escaleras al sótano solo para encender la luz de la alacena y abrir el arcón. Y nuestro universo lingüístico se restringe a un “¡ta!” que lo dice todo.

También somos afortunados porque la modernidad líquida nos resbala sin dejar mancha y seguimos prefiriendo leer a publicar entradas y pasear en frías noches mirando la húmeda vegetación que crece en la umbría de la iglesia a sufrir atascos gratuitos escuchando Onda Cero con bocinazos de fondo. Vivimos el más hipócrita de los tiempos líquidos y por eso mutilamos nuestras lenguas para que las marabuntas que saben dónde van sin ir a ningún sitio no nos arrastren a sus vacíos. Otrosí reitero nuestra fortuna por el privilegio de poder seguir siendo ilusos, ilusos con esperanzas para los que todos los errores han prescrito siquiera antes de haberlos cometido.

A Pompeyo le atribuyen la bravuconería de arengar a sus marineros con el desafiante “navegar es necesario, vivir no”. Otrosí insisto en la suerte de ser náufragos que han perdido la noción de si lo importante es la vida o el sentido de navegar. Si el sentido conlleva comportamientos simiescos como mamporrear el teclado para edificar ira o cotillear sobre la maripuri quizá sea preferible valorar el milagro de la naturaleza en sí mismo que aspirar a construir una catedral a partir de barro seco.

Se antoja ficción la tarea de navegar entre las olas de una sociedad cada vez más nórdica, es decir, más aséptica, más higiénica, con menos “¡buenos días!” y menos envoltorios de caramelos en las calles. Nos vamos a la cama temprano para mañana madrugar y en los sueños no aparecen fantasmas sino que calculas y estimas entre la certidumbre y la seguridad, cuánta leche queda, a qué hora pongo el despertador, tengo que comprar crema hidratante, una alcachofa para la ducha y cambiar la talla de los botines. Quién es capaz de navegar en mitad de tan vitales disquisiciones y sabiendo que una rama de la acacia del vecino se está metiendo en nuestro patio por encima de la tapia. Disculpad, de antemano, nuestras dudas. Nos abruman vuestras certezas y nos fascina vuestra seguridad, vuestra capacidad para proponer soluciones infalibles a problemas imposibles.

Quién se atreve a lanzarse al mar bajo la tormenta después de ocho horas de oficina, pasar por el mercadona y recoger la nota simple para rehacer las escrituras. Me gustaría ver la gallardía de Blas de Lezo intentando darse de baja de vodafone mientras su hijo pequeño arranca las hojas de todos los periódicos de todos los tiempos. Pero qué grande nuestra suerte que hay botones que escupen agua potable para que no se infecten nuestras heridas y otros que iluminan pesadillas en la noche y nos permiten disfrutar de las cosas de la hbo y otros que se llevan lejos nuestros desechos naturales para no ver ni oler.

La reja gótica que da acceso a la deslumbrante capilla reza desde hace siglos un verso del Salmo 119: “non confundas me ab expectatione mea”, que no quede defraudada mi esperanza, no me confundas en mis esperanzas. Tu ilusión es bajar las escaleras sin ayuda y la mía que siempre me pidas la mano para agarrarte y darte seguridad en el descenso.

Un Hombre Jamás Duerme En Pijama

Obama

Tan sólo hay que mirar
debajo de la mesa
a ver si hay migas de pan.
Cúantas cosas quedan por barrer,
ya ni te agachas
y no te importa.

[Nunca estás a la altura, Klaus & Kinski]

Estupefacto al descubrir que en más de diez años de blog no he escrito la palabra “lenteja” ni la palabra “adular” porque eso significa que no se ha presentado la ocasión de traer a Diógenes para plasmar su certero aforismo: “si aprendieses a comer lentejas no tendrías que adular tanto al emperador”. Y después de escribirlo es difícil añadir nada más.

“El desencanto” es un documental mítico de Jaime Chávarri en el que la familia del poeta Leopoldo Panero abre sus miserias en canal. Documental, aunque algunos digan que se visiona más bien como película de terror, y mítico en su acepción más literal: “historia fabulosa de tradición oral que explica, por medio de la narración, las acciones de seres que encarnan de forma simbólica fuerzas de la naturaleza y/o aspectos de la condición humana”. Emana unos fantasmas tan perturbadores que duele verla. En un momento del documental Michi, el más pequeño de los hijos, mirando a su madre -paradójicamente llamada Felicidad- y anticipándose a la extinción de su estirpe familiar, confiesa que a la muerte de su padre repetía “éramos todos tan felices”. De forma estúpida e inconsciente cada vez que doy un repaso fugaz por redes sociales como facebook, instagram o whatsapp stories se me repite esa frase deformada como “parecemos todos tan felices”, repicando cada una de las cuatro palabras. Y me acuerdo de los amigos que no publicitan su estado y me pregunto si, aunque no enseñen que parecen felices, lo son. Y también de forma estúpida e inconsciente querría que mandasen una notificación espontánea como certificado de bienestar.

Pedro Sánchez duerme en Moncloa desde hace pocos meses. Al mirarlo a los ojos se siente que le gusta, que satisface un hambre personal, pura vanidad de político de cartón piedra más preocupado por la imagen y la consigna publicitaria que por los ciudadanos y por materializar en políticas su ideario, entre otras cosas porque carece de arquitectura ideológica. Qué lejos se percibe de gente como Manuela Carmena, Carolina Bescansa, Angela Merkel o Mariano Rajoy, cuyas miradas transmiten la conciencia de su responsabilidad. Estudios e imágenes demuestran el envejecimiento aplastante de los políticos comprometidos -célebre resulta el caso de Barack Obama- como consecuencia de la presión inherente a su cometido social. Pedro Sánchez no tiene pinta de ir a envejecer en su cargo.

En el pueblo solemos comer lentejas una vez a la semana, dicen que son sanas porque tienen hierro. Ignoro si serán muchos los vecinos que, tras cada cucharada, sientan ese dulce gusto de triunfo sobre el poder.

Pregoneras y Patriotismos

Crestería & Farola

Sueño que estoy andando
por un puente y que la acera (mira, mira, mira, mira)
cuanto más quiero cruzarlo
más se mueve y tambalea.

[Malamente, Rosalía]

Un alcalde de un pueblo vecino se quejaba, de forma casi infantil y con el respaldo de su mujer, de que a los demás alcaldes les interesaba hacer acto de presencia en “los pueblos grandes” pero al suyo no se acercaba ninguna autoridad en sus fiestas patronales y se sentía abandonado y ninguneado. Como sea que entre mis mil y un defectos se cuenta el de sentir compasión por la pena cuando viene originada por un sincero sentimiento de inferioridad y desamparo, decidí acompañar junto a mi familia a Fernando en su acto de coronación y pregón a San Benito Abad. A él y a sus 69 habitantes según el INE, que son 48 reales contados uno a uno por un concejal en mi presencia; el concejal ronda la cincuentena y remarca con triste orgullo que es el “duodécimo más joven del pueblo”.

Al llegar, Fernando nos presentó a la pregonera de fiestas, oriunda del lugar, en la treintena, sacrificada a unos innegablemente incómodos zapatos de tacón y exteriorizando tensión, nervios e ilusión. Pensé en qué podría decir de su pueblo, sin un pasado glorioso que evocar ni un futuro brillante del que presumir; un pueblo cuya mayor singularidad consiste en tener dos pequeños cerritos idénticos tras el núcleo urbano conocidos popularmente como “las tetas de Monreal“. Hace poco el alcalde confesó que aspira esta legislatura a comprar “las tetas”.

Ya en el escenario Cristina brindó una alocución contundente en forma y fondo. Centró su discurso en torno a su infancia, a su vida en el pueblo, a su familia y amigos, a los numerosos vecinos fallecidos este año que duelen individualmente y horadan sin piedad el oscuro futuro de Monreal. Sin retórica difusa ni complejos lastimeros pregonó una profunda y emotiva declaración de amor al lugar que la vio crecer, con sus lágrimas, su orgullo y sus vivas como punto y final.

Ajeno a los sentimientos y emociones que el discurso afloró en el auditorio local por una evidente carencia de contexto, me descubrí conmovido por un pensamiento paralelo: Cristina me acababa de abofetear con una rotunda lección de humildad mostrando que su pueblo no era menos que ningún otro que tuviese más habitantes, un pasado más célebre, más personajes ilustres o un entorno más atractivo. La pregonera, en su desnudo alegato de cariño a Monreal, desbordaba autenticidad y un cariño específicamente enfocado a “su” lugar y “su” gente, su pequeño lugar común y su gente humilde. Tan simple y evidente que casi da incluso vergüenza relatarlo, ¿quién si no tú va a querer a tu gente y tu sitio en el mundo? ¿acaso alguien quiere menos a su vecino por no ser astronauta o estima menos su infancia por no crecer en una ciudad patrimonio de la humanidad?

En esas andaba divagando cuando me vinieron a la mente aleatorias instantáneas de dos viajes recientes; unas imágenes de un blanco y húmedo pueblo costero de pescadores de una isla balear y otras de un espectacular pueblecito vasco verde en sus cuatro costados en la frontera entre Guipúzcoa y Navarra. El camarero balear de nuestro restaurante de confianza esos días confesaba con satisfacción que trabajaba seis meses en hostelería para luego disfrutar de otros seis de salir al mar con su hijo todos los días. La casera vasca de nuestro alojamiento rural presumía de caserío del siglo XVI en el que las vigas de madera del gran salón diáfano se asentaban sobre la roca natural del enclave y mostraba los retratos de antepasados que allí mismo habían llevado a cabo sus vidas.

Y así fue cómo un joven camarero de temporada, una cariñosa vasca y una pregonera manchega acabaron encontrándose sin saberlo y sin conocerse en un mismo sentimiento de noble orgullo emergido por su casual habitación geográfica. A eso se le suele llamar patriotismo y, aunque sea un concepto que viene untado por connotaciones peyorativas, considero elemental la sensibilidad individual del agradecimiento y el aprecio a nuestro lugar en el mundo. Camilo José Cela lo resumió en un aforismo: “el nacionalista cree que el lugar donde nació es el mejor lugar del mundo; y eso no es cierto. El patriota cree que el lugar donde nació se merece todo el amor del mundo; y eso sí es cierto.”

Huelga recordar que cada vida es irrepetible, y el patriotismo conforma una de las vigas en las que se sustenta esa unicidad. La singularidad que viene del chopo tronchado en el que te rompiste el brazo, del bar del primer beso y de la iglesia de tu primera comunión, de las casas en las que cantas villancicos cada Nochebuena, del banco de tus mejores botellones y del césped de las resacas del verano, de la arena de tus mejores goles, de la cuesta de tus mayores sudores y de la esquina de tu artesanal cabaña. Y eso sin un mar Mediterráneo bañando la Pesquera ni un frondoso bosque en el cerro de los Molinos.

Lo Rural

Mirando al campo desde ventanas inesperadas
Mirando “lo rural” desde ventanas inesperadas.

Estáis aquí, estáis aquí,
en Buenos Aires y en Berlín.
Estáis callados pero sé que estáis aquí.

[Estáis Aquí, Sidonie]

Hace unos días me propusieron participar en una mesa redonda acerca del reto demográfico (enfocado desde el punto de vista político) en la provincia de Cuenca. Puesto que la despoblación encabeza mis preocupaciones a nivel político (y casi personal), decidí aceptar la invitación aunque mi perspectiva sea moderadamente pesimista y mi aportación probablemente reiterativa.

De un tiempo a esta parte estamos asistiendo a una vorágine de literatura acerca de las zonas rurales de la península y su despoblación, la España vacía, la Laponia del Sur, la Meseta desierta. Tan abrumadora es la presencia en la actualidad de la dispersión poblacional que no entiendo cómo las grandes recetas de los gurús no han desembocado en que tengamos que construir un hospital, una casa de apuestas y una universidad en el pueblo. Miento, sí lo entiendo, por dos motivos, el primero porque se trata de un problema muy complejo, de difícil diagnóstico y más difícil remedio, y el segundo porque mucha de la literatura que se está generando aspira a una premeditada apropiación de “lo rural” con ánimo de lucro y afán de comercialización de románticos conceptos como “el pueblo” y “el campo”.

Según la RAE la despoblación se define de forma tan dramática como “reducir a yermo y desierto lo que estaba habitado”. Estéril. Desierto. Muerto.

La provincia de Cuenca se presenta como el arquetipo de región despoblada, puesto que contiene 206 pueblos con menos de mil habitantes (de un total de 238 municipios y doscientos mil habitantes, un cuarto del total en la capital). Y me resulta paradójico que la prensa cite modelos de éxito que imitar como el de las Highlands de Escocia, como si tuviese algo que ver un escocés con un vecino de Villar de Domingo García o de Villaverde y Pasaconsol (quién le pondría nombre).

Acotando más el entorno, Villaescusa de Haro cuenta con alrededor de medio millar de habitantes (según el INE, señor que nunca ha venido a contarlos), situado como el 61º de los 238, encabezando el segundo cuartil. No obstante, la cifra es engañosa porque se encuentra en un frágil equilibrio asomado al abismo desde el momento en el que se tuvo que cerrar el colegio local en septiembre de este mismo curso. Dos datos que corroboran esta mala salud: solo hay dos niños nacidos desde el 2010 (¡en ocho años!) que viven en el pueblo, uno de ellos mi hijo, y no llegan a 70 personas las menores de 40 años. Imaginad la pirámide (sic) poblacional, una nítida peonza girando precariamente sobre su punta. Huelga decir que cada vez hay más población estacional y menos población fija.

Síntoma de decadencia
Síntomas de decadencia y abandono.

Personalmente no soy partidario del intervencionismo artificial que intenta aumentar la población con medidas puntuales que a la larga no consolidan población, si acaso alguna familia que trae más problemas que hijos. Esas propuestas con una pizca de suerte y mucha buena voluntad sirven para salir en la tele, como el alcalde de Chumillas en Salvados, pero no para garantizar un futuro estable.

En el diagnóstico de los motivos de la despoblación se repiten insistentemente las mismas hipótesis, que permiten abrir difusas y genéricas líneas de trabajo para paliar sus consecuencias:

  • La falta de servicios públicos y la necesidad de garantizar el acceso a los mismos en igualdad de condiciones. Si bien jamás en la historia los pueblos han tenido a su disposición tal cantidad y calidad de servicios públicos, y aún así se siguen desangrando.
  • La necesidad de fondos públicos e inversiones que prioricen a las zonas rurales; aunque desde la Unión Europea se han invertido millones de euros con programas de cohesión (FEDER, LEADER, etc) y se sigue perdiendo población.
  • Las políticas estatales de aglomeración. Supongo que es más barato y sencillo gestionar una multitud bien juntita; aunque deberían ser conscientes algunos políticos de que esto no es un problema que nos afecta solo a nosotros, sino a todos, porque la desertización conlleva la desvertebración de la sociedad española y de su propio territorio.
  • La necesidad de un régimen fiscal reducido específico para empresas y vecinos de municipios pequeños. Como Canarias, pero rodeados de tierra en vez de agua.
  • La necesidad de crear puestos de trabajo como elemento clave para fijar población, favoreciendo la creación de empresas de sectores vinculados al mundo rural y mimando a lo que llaman en Bruselas “los campeones ocultos”, que son aquellos emprendedores con potencial de los que se debe conseguir explotar sus virtudes.
  • Revertir el esquema tipo de población rural: envejecida, abundancia de solteros/as y familias mucho menos numerosas que las de generaciones anteriores. En este sentido se debe valorar muy positivamente la labor de los inmigrantes que se establecen en núcleos de población pequeños.
  • Fomentar el uso de las TIC y conseguir que todos los rincones puedan disponer de acceso de calidad a Internet para favorecer el trabajo a distancia dado que cada vez son más las profesiones que se pueden desempeñar de forma ubicua (en mi caso personal, gracias al teletrabajo puedo vivir junto a mi familia en mi pueblo).

Centinela de la nada
Centinela de la nada.

No obstante, más allá de esas líneas de trabajo tangibles y de políticas intervencionistas, considero que el factor anímico y psicológico es primordial para entender el fenómeno. En ocasiones pienso que algunos pueblos prefieren morir, abandonarse a su suerte y no ser incordiados en su decadencia; como enfermos terminales que ansían su fin, desahuciados y desesperados, o como tozudos e imperturbables vecinos que aspiran a ejecutar nuevos planes siguiendo idénticas estrategias.

Una veterana ex-eurodiputada muy concienciada con el asunto incidió en su ponencia en el peligro de la incertidumbre, el miedo que paraliza y favorece la emigración urbanita. Incertidumbre a realizar una inversión, incertidumbre ante el turismo que se desconoce si llegará, incertidumbre ante la potencial supresión de servicios públicos, incertidumbre ante un futuro difuso y claramente gris oscuro. El miedo es un factor determinante en la despoblación de hoy más que en décadas pasadas.

Por último, también a nivel psicológico y educativo, en la conciencia de muchos jóvenes subyace la idea de que vivir en un pueblo supone un fracaso. Se percibe un nítido complejo de inferioridad y de falta de orgullo por la patria, quizá alimentado por factores externos como la imagen que se sigue proyectando -paradójicamente- hoy día del mundo rural. Falta, en ciertos casos, orgullo, ilusión y autoestima por vivir y dar vida en un pueblo.

No hablo de terceros, sino de casos que vivo en primera persona y que, por supuesto, no juzgo porque cada uno tiene unas circunstancias y toma libremente unas decisiones que lo deben encaminar a buscar su lugar en el mundo. Resulta triste sufrirlo, máxime cuando a día de hoy se podría medir con parámetros objetivos la buena calidad de vida en el pueblo sin necesidad de recurrir a rancios conceptos románticos ni a anacrónicos beatus ille.

Ajenos a esa corriente de frustración, no somos pocos los que consideramos impagable el pan del horno local, con su olor a infancia y su sabor a siempre, y las verduras y hortalizas de huertas comarcales. O la sensación de libertad y sosiego al salir a pasear cual canguro por pistas, caminos y sendas bien conocidas y, todavía, asombro al tropezar con zorros, jabalíes o lechuzas. El bienestar tranquilo de ser consciente de que hay tiempo para todo -el trabajo, la familia, las relaciones sociales y las aficiones personales- sin atropellarse.

Ayer di un paseo para hacer las fotos que ilustran el post y coincidí con un pre-adolescente que estaba jugando solo al baloncesto. Ese es el problema.

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